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Los diez libros que más me han marcado

No son mis diez libros favoritos, en absoluto; hay alguno que no recomendaría siquiera. Pero la lista no habla de los más prestigiosos, ni de los más literarios, ni siquiera de mis básicos. Lo interesante de esta lista que pulula por internet y que cada uno hace suya es que son los diez libros que más le han marcado a uno, y si uno es honesto, el resultado puede ser radicalmente opuesto a una selección de preferidos. Porque en esta lista no está Dahl, Calvino, Saramago, Böll, Mo... ni tampoco novelas que me han entusiasmado como La colina de Watership, El dios de las pequeñas cosas, Rebelión en la granja... y un montón de libros que me llevaría a una isla desierta para leer hasta que se despegasen las hojas. Esta lista habla de libros que me dejaron marca, libros que me influyeron. Y eso, me temo, lleva a una selección a veces vergonzosa, pero sin ninguna pretensión. Eso es lo que más me gusta.
Mi selección es terriblemente honesta. Desconfiad de las listas de libros influyentes que empiezan en la adolescencia o vida adulta, como si no fuese la infancia la época en la que más marca nos dejan las cosas, en la que más nos puede influir el entorno. Tampoco podemos «soltar» los títulos y adiós muy buenas: si te animas a completar los tuyos, recuerda explicar el porqué de cada uno.
Estos son, en definitiva, los míos:

1. La bruja aburrida de Roser Capdevila y Mercè Company
Es el primer libro (y serie por extensión) que recuerdo buscar yo mismo cuando era muy pequeño, cuando empecé a leer y acompañar a mi padre a la librería era lo más emocionante que me ocurría durante la semana. Entonces sabía que las autoras eran las mismas que Las tres mellizas, libros que tenían mis hermanos, pero que para mí eran las aburridas de verdad (sin embargo, es curioso que ya tuviese conciencia de qué era un «autor»).
Como libro objeto, me impresionó que pudiese rellenar el «Este libro pertenece a» (un hito cuando eres el pequeño de cuatro hermanos) o la animación que podías crear pasando rápido las esquinas del libro. Lo mejor de todo es que no era una serie con statu quo: igual te contaba la infancia, la boda, como el día que conoció a un personaje que reaparece tres números más tarde.

2. Buenas maneras. 201 normas de urbanidad de Ana Serna Vara y Margarita Menéndez
Este libro repleto de normas de educación me impresionó muchísimo de muy niño y su influencia dura hasta nuestros días. Con versos repipis sobre no chillar o cómo comportarse a la mesa, lo que me marcó fue el concepto de urbanidad.
En la urbanidad cabe tanto respetar las horas de sueño cuando se llama a la casa de un amigo como pagar todos los impuestos aunque uno no se apellide Botín. Para mí no hay ninguna diferencia.
Odio que este libro esté en la lista, pero es que no puedo obviar lo que más me ha marcado.

3. La sabana
No he encontrado la cubierta ni el autor, pero recuerdo que M. me lo regaló en un cumpleaños de Primaria y que aluciné con los animales: los elefantes, los leones y las jirafas. No sé hasta qué punto mi obsesión por la sabana africana es culpa de este libro; la biografía Volando Solo de Roald Dahl también tiene su parte de culpa, pero el poso ya lo había dejado este cuento. Mi amiga S. dice que todos tendríamos que elegir un país: a falta de país, yo elijo la sabana africana.


4. Los Leo Leo
Era una colección, pero tuvo una influencia brutal en mi afición a la lectura y curiosidad por las publicaciones. Recuerdo la intriga que me provocó cuando la cabecera cambió de editorial y las preguntas que hice a mi padre al respecto. Ahí empecé a ver los libros como un negocio y una profesión. Ya os digo que tenía inquietudes muy raras para mi edad.

5. La materia oscura de Philip Pullman 
Conocí la serie en un viaje a Londres y me compré el primer volumen de regreso a España. Tendría unos diez u once años  cuando lo leí y el papel de la religión y de Dios en la historia me marcó muchísimo. Ya he escrito largo y tendido sobre mi admiración por esta trilogía, pero es que es imposible leerla y que no te deje huella. Me da igual que tengas diez que sesenta años: lo que Pullman propone en el desenlace es de lo más rompedor, arriesgado y políticamente incorrecto (y brillante) que he leído en mi vida. Mi pensamiento ateo le debe mucho a esta trilogía.

6. Bone de Jeff Smith
Cuando conocí Bone, todavía se vendía por fascículos en los kioskos, lo editaba Dude Cómics y era en blanco y negro. Era finales de los noventa y yo tenía unos doce años. Entonces creé mi primera web fan, Deren Gard, y a la editorial le hizo tanta ilusión que incluían publicidad gratis con los cómics. Ese fue mi primer contacto con una editorial. Años después interrumpieron la publicación y tuve que comprar los últimos números en inglés, pero la tontería de mezclar internet y literatura (el cómic es literatura) tendría sus consecuencias para mí. Tiempo al tiempo.

7. Harry Potter de J. K. Rowling
Dudo mucho que mi vida fuese igual si Harry Potter no se hubiese cruzado en mi camino. Aparte de lo mucho que me marcó como historia (la saga que vivió), me sumergió de lleno en las comunidad fan de internet y participé de lleno en la web más emocionante que he conocido nunca, HarryLatino (ahora está de capa caída, pero tendrías que haberla conocido hace cinco o diez años). La lista de oportunidades que me surgieron a partir de esta saga es larguísima, pero su trascendencia en mi vida personal (la gente que conocí, los viajes que hice) y profesional (conocí un montón de profesionales del mundo editorial antes de los dieciocho) es incuestionable. Hasta publiqué un libro que vendió 7000 ejemplares en dos semanas (cuando lo prohibieron) y traduje varios. Pero al margen de todo lo que rodeó a la saga, Harry Potter significó y significa mucho para mí como lector. Han pasado un montón de años y todavía me pongo bravo cuando oigo que alguien se mete con los libros. En el 100% de los casos, son personas que no los han leído.

8. Cien años de soledad de Gabriel García Márquez
Fue mi iniciación a García Márquez y mi favorito hasta que leí El amor en los tiempos del cólera; desde entonces no me decido. El uso del lenguaje y el paso del tiempo en la novela marcó mi concepción de la (buena) literatura y aupó a Gabo a los altares de mis ránkings. No es solo un libro que me gustó muchísimo: es un libro que me abrió a América Latina, que me hermanó más si cabe con un pueblo que comparte idioma y que me convenció de que para escribir una obra maestra eterna no hace falta ni haberse muerto.

9. Matar un ruiseñor de Harper Lee
Aparte de que es una novela brillante de principio a fin, influyó mucho en mi sentimiento de justicia. Es un libro donde unos se creen con derecho a aplastar a los demás, hasta que llega Atticus Finch para combatir los prejuicios. A lo mejor no sale todo como querría el lector, pero la de Harper Lee tiene que ser una historia creíble, porque es una historia que pudo ser. Y aunque los malos se salgan con la suya, el poso de dignidad que deja en el lector no lo consiguen todos los libros, tampoco los que tienen final feliz. Cuando terminé el libro, quería ser la mitad de bueno que Atticus. También fue el principio de mi afición por la literatura del conflicto racial, un género en sí mismo.

10. Las uvas de la ira de John Steinbeck
Steinbeck es uno de mis favoritísimos y Las uvas de la ira seguramente sea mi libro de cabecera. Sin embargo, no está en esta lista por lo que lo disfruté, sino por lo que me tocó en lo referente a la emigración. Cuando lo leí, España llevaba un tiempo recibiendo avalanchas de inmigrantes y trataba de acostumbrarse a una nueva realidad. Aunque los veía en las calles, lo cierto es que en mi día a día no tenía contacto con ellos, y tenía una visión muy deformada por la televisión (no digo que negativa, pero sí alejada de la realidad). Las uvas de la ira cambió mi modo de ver a los inmigrantes gracias a los Joad, una familia que sale a la carretera en busca de una vida mejor. Lo que más me impresionó fue cómo los personajes se iban denigrando a medida que llegaban a su destino, y cómo éste no era para nada como lo habían imaginado. En verdad, los Joad no perdían la dignidad, ni tampoco los inmigrantes que llegan a España. Lo que más me marcó del libro fue ver cómo éramos nosotros, los de aquí, los que intentábamos robársela. Cómo los denigrábamos para no verlos como personas, simplemente porque no nos convenía. Es una novela desgarradora que no te deja igual.


Crus me retó a escribir esta lista. Ahora me toca a mí pasar el testigo, así que reto a todos los que lean esto a que publiquen sus diez títulos en los comentarios del blog o donde más les guste. Tengo mucha curiosidad por conocer esos libros que tanto os han marcado. ¡A pensar!

Quinto madridversario

En Madrid me ha pasado de todo: me han visitado fantasmas, he vivido el Apocalipsis y también un poco de todo lo demás. Me he metido en los barros de la lengua para crear un curioso diccionario y me he sentido tan de aquí que hasta me he tomado la libertad de expedir carnés de madrileño a razón de cinco requisitos. Todo para decir que soy el más madrileño.
Ni hay uno sin cinco, ni cinco hasta por siempre jamás. Más o menos.

Desconexión


Las cinco mentiras más repetidas por los monárquicos

Cuando Felipe VI parece inevitable, los monárquicos sacan sus argumentos a relucir. Cuesta creer que una institución tan arcaica pueda encontrar defensores a estas alturas de siglos, pero no te dejes impresionar por sus mentiras. Primero porque se las creen, no tienen maldad. Segundo, porque te resultará muy sencillo desmentirlas. Estas son las más repetidas.

1. Una república es más cara que una monarquía parlamentaria (o la otra versión: «Un jefe de Estado electo sería más caro que el rey»)
Falso. Comparar los presupuestos de nuestra jefatura con la de otros países es una manipulación (¡y en términos absolutos! Que comparen el sueldo de un obrero, a ver). Nuestro jefe de Estado costará lo que decidan nuestros políticos en sede parlamentaria, y puede ser mucho o poco, según la coyuntura económica y el gobierno de turno. En ningún tratado internacional se establecen mínimos de máximos de ningún tipo. Si nuestro rey es más barato que otros jefes de Estado, no quiero pensar la ganga de jefatura de Estado que podemos tener sin familia real.

2. Los países más democráticos del mundo son monarquías parlamentarias
Falso. Es cierto que Suecia, Dinamarca y Noruega lo son, pero países como Islandia, Suiza o Finlandia también copan los primeros puestos en clasificaciones de nivel democrático y son repúblicas como la copa de un pino. Una monarquía parlamentaria es menos democrático que una república por lo menos en una cosa: en la jefatura de Estado. Podrán subir puntos en el resto de instituciones, pero en ese punto suspenden de largo. ¿O hacemos otra clasificación de democracia en jefaturas de Estado, a ver qué tal quedan Suecia, Dinamarca y Noruega?

3. La monarquía es democrática porque los españoles la votaron con la Constitución
Falso. Los españoles votaron una Constitución (y a la desesperada), no si querían monarquía o república. Los españoles estaban deseando salir de una dictadura y la alternativa a la Constitución era bastante oscura. Nadie les dejó votar por bloques.
Incluso si hoy se sometiese a referéndum, la monarquía seguiría sin ser democrática porque no es una cuestión de sí o no, sino de que es una institución en la que sólo caben los suyos. Democracia no es sólo votar; también significa poder ser votado, pero la corona no permite competidores.

4. Mejor un rey que un jefe de Estado del partido de la oposición

Falso. La mayoría de monárquicos que sostienen esto conocen perfectamente países presicencialistas donde el jefe de Estado es el mismo presidente del gobierno, sin bicefalias. Es el caso de países tan atrasados como Estados Unidos, Chile o Corea del Sur.
Pero incluso si queremos que sean personas distintas ¿qué problema hay? El presidente del gobierno de España, que pinta más que el rey, ya pertenece a un partido político. Con un argumento tan ponzoñoso parece que algunos se sentirían más cómodos con un rey para todo: total, así no habría que ver al partido de la oposición gobernando.


5. Hay asuntos más urgentes que la monarquía (argumento cuando las otras mentiras se caen)
Falso. A falta de razones, mejor escurrir el bulto. Los que siempre quieren posponer el debate son genuinamente monárquicos, y el retraso garantiza su statu quo. No es que los republicanos quieran parar el país hasta que el rey abdique (abdique pero bien), sino que creen que es un asunto que se puede resolver con naturalidad en una comisión dedicada a ello. Cuando se aprueba una ley, por importante que sea, el resto de comisiones no detienen su actividad. Tenemos trescientos cincuenta diputados en el Congreso: no hacen falta ni una quinta parte de ellos para avanzar en el asunto. Incluso si los grupos quisiesen dedicar un buen puñado de recursos al asunto, todavía les quedarían muchas manos libres para dedicarse al resto de asuntos que preocupan a los españoles.