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Relato: El niño del surf

- Que me aburre el surf.
Mauro había repetido las palabras para terror de sus padres. Ellos creían no haberle escuchado bien, querían no haberle escuchado bien, pero la firmeza de su hijo les hizo temblar y echarse las manos a la cabeza.
- Me he hartado. No quiero volver a practicar surf jamás.
El señor Prieto, que se encontraba al borde de una crisis nerviosa, tuvo un extraño recuerdo. Fue como si se desvaneciese del tiempo actual y apareciese en la casa de su abuela, con el mismo aspecto de cuando tenía ocho años. Su abuela Araceli estaba donde la recordaba, preparando la masa del pan en la mesa de madera. Le miraba con ternura y le decía: “Si sigues jugando a fútbol te acabarás convirtiendo en un profesional”. Sin embargo, la cruda realidad le arrancó de tan bello recuerdo para devolverle a la sala de estar, con su mujer e hijo.
- Estás nervioso, Mauro… -dijo temeroso-. No te puede aburrir el surf. Es tu pasión.
Mauro negó con la cabeza. La señora Company, la madre, empezó a toser. El día que se murió el abuelo hizo lo mismo: se pasó la tarde tosiendo, y la noche tosió más, y no dejó de toser hasta que el psicólogo consiguió hacerse oír entre tanto rugido gutural. Esta vez la tos era más suave, menos agresiva, pero parecía que fuese a estallar de un momento a otro. El señor Prieto, preocupado como estaba por su esposa, le agarró la mano con la que no se acariciaba la garganta. Aquel problema lo iban a compartir los dos.
- Y… ¿a qué viene tan repentino cambio? –le pregunto a su hijo con una mezcla de terror y enfado.
Mauro, que no podía imaginar lo complicado de su decisión, respondió con sinceridad:
- Es que me he dado cuenta de que hay más cosas en esta vida. Y tengo doce años. Creo que puedo hacer otras cosas. No sé… me apetece jugar a baloncesto.
- ¿A baloncesto? –preguntó la señora Company en medio de una tos compulsiva-. ¿Ahora el niño quiere jugar a baloncesto?
El chico miró a su madre y se encogió de hombros. Lo mismo le daba el baloncesto que el rugby que el fútbol. En realidad no sabía que quería hacer, ¡tenía doce años! Lo único que tenía claro es que jamás volvería a surfear. Ni por todo el oro del mundo. Aquel deporte había conseguido aburrirle.
Viendo el disgusto de sus padres, Mauro pensó que era mejor marcharse a su habitación. Los dejó en la sala de estar, en completo silencio de no ser por la persistente tos de su madre, y cerró suavemente la puerta de su habitación. Las vistas de su cuarto daban a un restaurante de comida rápida y tuvo que cerrar la ventana porque a esa hora era cuando empezaba a oler a frito. En cambio el dormitorio de sus padres tenía un mirador envidiable, con vistas a la playa de la Roca del Elefante, una de las más bellas de Australia. Se tumbó en la cama y cerró los ojos pensando en cómo había llegado hasta allí, él, que era un sencillo chico manchego.

El matrimonio Prieto Company se miraba con gran preocupación. No había palabras, solo convulsiones en la garganta. Por la terraza se filtraba una suave brisa otoñal muy distinta a la que habían conocido en España. Pero lo cierto es que no sólo el viento había cambiado para ellos: desde que Mauro había conocido el surf en un campamento, todo habían sido cambios. Antes de que pudiesen darse cuenta, alquilaban un apartamento en Algarbe y sin darse tiempo para asimilarlo, el crío era campeón de Europa. El señor Prieto dejó su trabajo de funcionario y su mujer se despidió de sus amigas para irse todos juntos a Australia, el paraíso de las olas. Ahí, en una preciosa casa que daba al mar, Mauro entrenaba para ser el nuevo líder del mundo mientras que su padre le representaba y su madre malgastaba las ganancias. Todo a lo que habían renunciado por la incipiente afición del niño se venía abajo por un simple capricho infantil.
- No se lo vamos a consentir–dijo visiblemente disgustado-. No hemos venido hasta este lugar para renunciar a todo.
- Desagradecido. Cómo podrá ser tan desagradecido.

Pasadas las horas, Mauro salió de su habitación. Para él no había motivo para esconderse y no creía que sus padres tuviesen derecho a enfadarse. Fue al garaje a coger la bicicleta, cuando su madre le sorprendió en el pasillo.
- Cariño… -le susurró con voz melosa-. ¿Es que no vas a surfear esta tarde, con el tiempo tan maravilloso que hace?
Mauro negó con la cabeza. Abrió la puerta que conducía al garaje cuando su padre la cerró de golpe, mirándole con una sonrisa extraña.
- Hijo. Está bien que te aburra el surf. Tu madre y yo te apoyamos en todo, como cuando vinimos aquí a vivir por ti. Pero… estaría bien que surfeases al menos una última vez. Por nosotros. Por tus triunfos.
El chico miró a sus padres con asombro. Estaban sorprendentemente felices, nada que ver con su reacción de horas atrás. Mauro no pensó que hubiese motivo para sospechar: a fin de cuentas, unos padres siempre quieren lo mejor para su hijo.
- Supongo que no pasará nada por surfear un rato. Unos minutos. Y después de eso me iré al paseo a pedalear.
- Eso es estupendo, cariño –le dijo su madre-. ¿Por qué no coges la tabla y vas a la playa? Tu padre y yo te seguiremos. No queremos perdernos tu última vez.
Minutos después estaba preparado y con la tabla lista para adentrarse en el mar. Se disponía a meterse en el agua cuando vio a sus padres llegar. Él llevaba una cámara de fotos y ella corría para darle algo. Cuando la tuvo al lado, vio lo que era: un zumo de naranja.
- No me sientan bien antes del surf, mamá.
- Pero te lo he hecho ahora. Tómatelo, mi amor.
- No me apetece.
- Cariño: lo acabo de exprimir. Sabes que a mí se me hacen indigestos los zumos, pero quiero que te lo tomes tú.
Mauro aceptó y se bebió el zumo de dos tragos. Tenía un sabor extraño, distinto, pero no le dio importancia. Despidió a su madre y se dejó devorar por las olas. Poco después surfeaba a cincuenta metros de la orilla y sin darse cuenta siquiera, perdió el conocimiento, se estrelló la cabeza contra la tabla y el golpe le mató. En la terraza del lujoso chalet el matrimonio Prieto Company brindaba con champán. No tendrían de qué preocuparse porque su hijo tenía un seguro de vida de cientos de miles de euros. ¿Quién podría sospechar la verdad?

11 comentarios:

Hombre con criterio dijo...

Antes de que alguien lo diga: sí, ya sé que es una miseria de relato... pero en algún momento la idea original se ha torcido y ha salido esto.

Hombre con criterio dijo...

Bueno, estaba pensando en borrar el relato porque sencillamente me parece vomitivo, pero mejor me explico :P quería escribir sobre la situación en la que se encontrarían los padres de un niño deportista de élite, cuando lo han dejado todo por él y de repente (separado, jujuju) se aburre. Tiene derecho a aburrirse como cualquier niño. Solo que a veces a estos niños, o más bien en el 100% de los casos, se les ponen cargas de adultos. Entonces dejan de ser niños. Cuando él debería tener todo el derecho del mundo a cambiar de idea, a su edad.

Nazaret dijo...

Creo que me das más miedo que King.

Al menos él escribe también sobre el amor, aunque fuera un libro y sea el cuarto de una saga, pero me hizo llorar.

No es que sea vomitivo... no sé cómo definirlo. Yo no lo hubiera terminado así. Verás, me sentía reflejada con la criatura porque a su edad yo también dejé una de mis grandes aficiones, y mis padres terminaron por venderlo todo. Pero aquello no era un capricho. Cada cual tiene su forma de ser, y cuando yo me separo de algo, me separo para siempre. No era un capricho, es, simplemente, que no puedo aceptar una derrota. Así que cuando llega, es hora de marchar y dejarlo pasar, y a otra cosa mariposa.

Pensaba tal vez que sus padres hubieran sido como los míos, un poco más comprensivos.

Pero eso de envenenarle... además, te dije que el café es mejor para el tema del veneno. Nunca me haces caso XD

bru dijo...

Está bien. Pero no muy bien. Y te diré dónde has meitdo la pata: el final. Es un asco de final. Describes un asesinato como la cosa más fría del mundo. Y no he tenido hijos pero me parece que ni por un apartamento en la fachada de la Fontana di Trevi (te hablo de una cantidad industrial de millones de euros) mataría a mi hijo. El padre tal vez sí porque están más obsesionados. La madre claro que estaría preocupada por el despilfarro, pero al hijo lo sigue queriendo. Una mujer madura acostumbrada al lujo y a la que se le acaba el chorro tiene dos opciones: trabajar y aceptar una vida más humilde... O buscarse un nuevo chorro de millones. Si el niño no quiere seguir, pues no hay problema. Se divorciaría del marido, se quedaría con la custodia del niño, y se buscaría un millonario viudo o divorciado con quien tirarse la buena vida. Eso es retorcido, cruel, e inteligente, pero no inhumano. Matar a lo que has engendrado, tenido en tu vientre desde su concepción hasta su nacimiento, posiblemente amamantado y amado más que a tu propia vida aunque sólo sea por un segundo es inhumano. Que hay quien lo ha hecho? Sí. La maldad humana es ilimitada, pero quiero pensar que si una madre mata a su hijo es porque tiene una enfermedad mental muy grave, no que ama más a Tiffany's que a su hijo.

En cuanto a la explotación infantil en el deporte... Steffi Graft, Dominique Moceanu (con 15 años, sin probar el helado, y en la ruina por culpa de su padre)... Ha habido casos a mansalva. Si los críos los denuncian a tiempo con mucha suerte logran recuperar algo de lo perdido, menos la infancia, claro. Por otra parte has ignorado una cosa... Los padres no serían hipócritas. El padre lo representa y lo ve entrenar, el padre se lo deja claro al hijo: tú vives para el surf. El padre de Dominique Moceanu era su entrenador y no la dejaba jugar. Es decir, los propios padres habrán demostrado lo que hay, no se habrían tomado la molestia de fingir. Y el crío se hubiera dado cuenta, y se hubiera sentido muy mal. Tiene 12 años, no es tonto, perfectamente puede darse cuenta de que sus padres sólo lo consideran un fondo de inversión.

Como relato está bien pero tú puedes hacerlo mucho mejor. En cuanto al veneno, lo mejor en mi opinión es la cicuta diciendo qeu es una manzanilla. Además, es indoloro. Un beso,

Cristina

Paula dijo...

Me pregunto...¿la creación de ésta historia tiene algo que ver con Madeleine?

El niño me identificó en cierto modo. Cuantas ganas me dan a veces de decirle a mis padres: me aburrí, no lo hago más...
No puedo, que lástima.

Hombre con criterio dijo...

No, no tiene que ver con Madeleine (aunque casualmente cuando busqué la mejor costa portuguesa para surfear me apareció Algarbe, pero es pura coincidencia). Más bien la idea la tuve con otra niña un poco mayor, también española, que se ha ido a vivir a nosequé país con sus padres para seguir practicando su deporte favorito. ¿Y si de repente se aburre? A sus padres les hace una guarrada. Pero a su edad nadie deberia obligarle a hacer lo mismo hasta que sus huesos no se lo permitan. Juguetes rotos no.

Fenix_209 dijo...

También me ha parecido un poco al caso Madeleine..
En fin, o soy un lector pobre, o no valoras lo que escribes?
a mí me ha gustado, no así que diga "Uffa que tremendo relato", pero no es vomitivo como dices xD

De evrdad, me parece bien narrado, y así como hay gente que no haría una cosa de esas, hay otros que sí..
Existen todo tipo de personas en el mundo, ¿no?
no todos pueden ser iguales, ni ver todo de la misma forma..
Estos eran un poco más mezquinos y pensagan en ellos.

Cuidate, y deberías pubicar más relatos xD

ana ryder dijo...

El deporte profesional debería estar prohibido para los menores de edad.

[de repente siempre se ha escrito separado, ¿no?.. ]

Kit dijo...

Me gustó bastante más el otro.

pruna dijo...

Me ha gustado tu relato, aunque resulta muy cruel. Como cruel es la película "Flores en el ático", no sé si alguno la ha visto, es de finales de los ochenta.

Anónimo dijo...

gracias a tu relato e ganado un trabajo escolar de segundaria haciendo una pequeñas modificaciones, me a gustastado muxo felicidades de mi parte.