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Zapatero no teme huelgas

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M.S. y M.N.

Dios. Marta Sánchez y Mónica Naranjo NO son la misma persona. He necesitado ver sus nombres en la misma frase para darme cuenta. ¿Qué será lo próximo? ¿Que Susana Griso es el desdoblamiento de personalidad de la Quintana?
Necesito fin de semana ya.

Oda por EpC

El Tribunal Supremo decide al fin que la asignatura escolar de Educación para la Ciudadanía no es susceptible de objeción de conciencia. En las próximas horas veremos al PSOE increpar contra el PP y al PP con eso de "yo no dije eso". Yo es que tengo muy poca fe en las instituciones públicas, que parecen manejadas por el gobierno de turno. Así que no entro a análisis jurídicos cuando ni los máximos representantes lo hacen de verdad. En estos últimos años ellos y los del Constitucional han hecho que les pierda el respeto. Se lo buscaron.

Pero bueno, menos lobos, caballeros. Ni celebren ni se indignen, que todos tienen parte de razón. Es razonable que Educación para la Ciudadanía sea abstractamente legal, como asignatura. Estaba claro que lo iba a ser, así que sin sorpresas.
El problema, damas y caballeros, y lo que van a olvidar los políticos en las próximas horas, es que no ha sido la asignatura, ni sus pautas del Ministerio de Educación, los que han puesto el dedo en la llaga. Han sido los libros de textos, por obra y mérito de editoriales privadas (y sólamente privadas, con sus criterios privados), los que han provocado esa objeción. Y hay auténticas BARBARIDADES en esos libros, y las hemos visto todos, que no tienen nada que ver con "unos padres gays molan tanto como unos hetero", ya polémico de por sí, sino como con cosas graves de verdad como "pasa de tu madre; ella no sabe lo que quieres", "el capitalismo es perjudicial. El comunismo es el único sistema de justicia" y otras perlitas parias.
El Estado, con sus órganos, dan unas pautas básicas sobre qué deben contener estos libros: luego son las editoriales las que lo adaptan a sus ideologías, y esta vez ha sido la izquierda la que más vergüenza ha dado, con un adoctrinamiento que ni Stalin (o Franco, mismo). ¿O acaso se ha visto el mismo agresivo adoctrinamiento por las editoriales católicas, o parecido? El problema no está en Educación para la Ciudadanía, sino en Santillana, SM, Pearson, Edelvives o la que sea. Y luego, en segundo término, la responsabilidad está también en el colegio, que es la que elige qué libro quiere para sus alumnos. Os aseguro que en una clase no se enseña tal cosa si el profesor no lo quiere, y ya tendrá que rendir cuentas ese profesor al director como le pille. Pero Educación para la Ciudadanía, así, en singular como asignatura, no me supone ningún problema.
Mis hijos, por lo menos, no hubiesen sido objetores. Yo quiero unos hijos íntegros (qué recuerdos del colegio, caray), respetuosos con todos y con valores. Si mis hijos estudiasen que el comunismo es la leche me preocuparía porque tuviesen dos versiones, mejor que ninguna o sólo la mía. Y también, para qué engañarnos, quiero que mis hijos estudien en un colegio católico. Por los valores, no por la religión. También sería una forma de que respetasen a las religiones por haberlas conocido más de cerca, y porqué no, de criticarlas con conocimiento de causa. Lo que quieran, pero libres. Quien crea que un libro puede convencer a un niño, es que infravalora mucho al niño. EdP no es la primera asignatura donde se mete ideología. Ya pasaba con Historia, o con Valenciano. Y los estudiantes llevamos tres décadas ignorando soberanamente al profesor y al libro. Somos expertos en quedarnos sólo con lo que nos interesa, y enviar al cuerno todo lo demás.

Un esfuerzo para entender el nacionalismo, el independentismo y el centralismo

Llevo meses leyendo artículos de aquí y de allá, entrevistas a representantes de partidos políticos y algún que otro artículo de opinión, todo para hacerme a la idea de qué busca exactamente el nacionalismo español y así explicárselo mascadito a los lectores de América. Y juro que me he llevado una sorpresa muy grata con partidos como CiU, especialmente con su Durán Lleida, y también me ha ayudado a entender otras posiciones como la del PSC.

A ver. Ahora me hago una idea más redondeada del nacionalismo. Y por lo tanto, más pienso que llamarlo "nacionalismo" es un error, entendido como lo entienden en PSC o CiU. Pero bueno: la palabra ya está hecha, es la que se usa en la calle y no hay vuelta de hoja: comprendiendo lo que buscan, creo que prefiero llamarlo regionalismo, que debería ser igualmente válido, pero las cosas son como son y yo no puedo cambiarlas. Está bien: llamémoslo nacionalismo.
En Valencia -o en el Reino de Valencia- hay partidos nacionalistas, pero de nula representación. Hoy por hoy, en nuestro parlamento, la mayoría es del PP, después está el PSOE y por último tres escaños cochinos, de una coalición a la desesperada de partidos de izquierda. A duras penas puedo considerar al PP nacionalista (entendiendo "nacionalista" como "regionalista"), y del PSOE no es que no lo sepa yo, es que no lo saben ni ellos. El resto, o no tienen representación o no tienen modo de expresarse, ya que hasta sus tres escaños se llevan a muerte. Y partidos como Esquerra Republicana de Catalunya, que aunque no lo creáis también concurren en las elecciones de aquí (gastando papel, naturalmente) no huelen la presentación ni de lejos. De modo: que en el Reino de Valencia, el regionalismo es bien escaso. Partidos los hay, claro, pero nada que se pueda tomar en serio. De modo que es posible que a los valencianos nos cueste entender el nacionalismo tanto como a los madrileños, o a los cántabros. Y por lo tanto, lo demonizamos en nuestra ignorancia. Imagino que para vascos, catalanes y etcéteros (me guardo esta palabra para cuando me den el asiento E de la R.A.E., prometido) será fácil de entender, pero si existe tanto conflicto en España puede haber buena culpa en que ni unos han puesto ganas de escuchar, ni los otros de hacerse entender.
Mis conclusiones de todo lo leído es que primero existe el regionalismo, donde la palabra "nación" me importa bien poco (no modifica en absoluto el discurso, no hasta ver el punto siguiente), que consiste en conseguir más y más competencias para la zona en cuestión, a dispensas del Estado. Por lo tanto, un regionalismo no significa necesariamente independencia o desvinculación: simplemente puede ser la propuesta de otro tipo de modelo de Estado, federal, que es perfectamente válido y en el que podría seguir participando España. CiU se incluye en este punto, y supongo que el PSC (que para mí, lo digo ahora y lo diré más tarde, es un partido distinto del PSOE, y todavía no me explico qué hacen concurriendo juntos en las elecciones).
Luego está el más allá, también válido, con partidos independentistas que no se conforman con un regionalismo más avanzado, sino que quieren una desvinculación total del Estado español para crear el suyo propio. Supongo que aquí está ERC (un partido minoritario que no tendría mayor relevancia de no ser por culpa del PSC, pero aquí estamos, hablando de él) y el PNV me lo pone difícil, porque con ETA al lado y sus tentáculos ilegalizados cada dos por tres (y más dos que tres), juega al "ahora sí ahora no" que da miedo. Supongo que el PNV es parecido a CiU, con la diferencia de que Durán Lleida, incluso Artur Mas, son más moderados de lo que Ibarretxe podría imaginar en sueños. E Ibarretxe le tiene gusto a eso de meter miedo al presidente de turno, y también hacer ojitos a los etafílicos. Lo cierto es que pretende hacer un referéndum, o a lo mejor es pura paparruchada: es igual. Independentista o no, es regionalista. Tanto lo uno como lo otro es perfectamente respetable.
Y luego, oye, también están los que como yo son centralistas. Ojo: cualquier día me harto de España y abogo por la disolución, que yo estoy muy contento con el Reino de Valencia, pero por ahora creo que es mejor para todos, desde absolutamente todos los aspectos, una unión. Y como yo sí soy socialista, socialista de verdad y no de pego, como el PSC, creo en la redistribución de renta tanto de las personas como de las comunidades autónomas, que a fin de cuenta, va a ir también para las personas. Por eso soy centralista. Como Estado federal mucho mejor nos iría a los valencianos, oiga. Y a los extremeños y andaluces que les follen, y también a los vascos, que ya sabemos que reciben del Estado más de lo que aportan. Que eso lo apoye un partido de derechas lo entiendo, pero uno de izquierdas me parece un chiste. Lo hacen igualmente.
Todo por el puto tema de los nombres. Así tenemos todos la picha hecha un lío. Si no, díganmente cómo se entiende que Cataluña sea una nación y España otra. Que el País Vasco sea un país, y España otro. Y luego hacemos una federación de Estados, ¿y qué será España, si ni es nación, ni país, ni Estado? Lo dicho: echa un lío, la picha.
Y lo otro: que mejor nos iría a todos si hiciésemos un esfuerzo por comprender lo que dicen los demás. Pero también tendrán que admitir los demás que sus políticos hacen muy poco por entenderse: que todos, sin excepción, tiran del victimismo. Y que como buenos negociantes, saben que conseguir un millón tienen que pedir diez. Por eso es natural que otros busquen las orejas al lobo. Que si el resto de España ve a los regionalistas como independentistas, es porque ellos han jugado a contentar a todo tipo de votantes. Y les cuesta mucho decir eso de "no somos independentistas", porque saben que pierden muchos votos y ganan bien pocos. Son políticos, vamos.

Bestiario moderno: Rita Barberá

Con el fenómeno Obama parece que se haya descubierto la adoración por los políticos, cuando el caso de la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá (o Rita a secas, porque es como la conoce todo el mundo), es un caso clínico de veneración absoluta.
Los valencianos, en su mayoría absoluta, quieren a Rita. Y preocupantemente, la aman con locura. Rita no es un político como Zapatero, que puede caer bien, o como Rosa Díez, que levanta pasiones y odios. No: lo de Rita es distinto, muy distinto, y hay que vivir en Valencia para conocer el culto a la alcaldesa, que raya lo enfermizo. Y como Valencia es la niña buena de España, que saca buenas notas y jamás se mete en polémicas, estamos muy lejos de ocupar encuestas nacionales, pero si hiciesen una sobre Rita los resultados iban a ser peculiares. Pongo la mano en el fuego de que más extraños que con cualquier otro político del país, sea cual sea su rango.
Rita llega al punto que se le perdona todo. Más bien llegó hace años, antes de que yo tuviese conciencia política, y ahora sólo se relaciona su marcha con su jubilación: ni la oposición se plantea echarla en las urnas. Ésto, que tiene que ver con una gestión muy decente durante varias legislaturas, también atropella cualquier saludable cambio de poder. Camps consigue mayoría porque el PSOE-PSPV no se quiere a sí mismo. Rita, sin embargo, gana porque se deja querer.
Si tuviese ocasión de cenar una noche con un político de España, creo que me decantaría pro Rita. Vale, puede que Zapatero sea mi segunda opción, pero hay muchas cosas de Rita que quiero saber. Ella es consciente, tiene que serlo, de que no es querida por el pueblo: lo que el pueblo siente por ella (electoralmente hablando) es pura obsesión. Y eso debe inflarle el ego, y Dios sabrá cómo lo lleva. Yo siempre he dicho que si Rita se hiciese una estatua de sí misma en la plaza del ayuntamiento, pocas voces se levantarían. Se le permite todo, se le consiente más.
Y vale, sí, insisto y reconozco que Valencia mola y Valencia está donde está por Rita, pero Valencia también tiene asignaturas pendientes que nuestra alcaldesa se niega a admitir. Y mientras el pueblo llano se niegue a exigírselas, porque ella puede hacer cuanto le de la gana, aquí seguiremos teniendo carencias de cosas básicas. Somos muchos los que pedimos menos deportes y más cultura (la sanidad es un asunto aparte: es competencia de la Generalitat, y hay que saber pedir a cada uno lo que le compete).
En fin. Tendremos a Rita para rato, hasta que le apetezca jubilarse. Mal le irá al que se atreva a sustituirla, porque tendrá que estar a la altura de una política considerada diosa. Ni a Zapatero ni a Aznar ni a nadie se les consideró tanto como a Rita. Pero ahí sigue, implacable, con su vestido rojo, de dama y señora conservadora y haciendo oídos sordos a las bromas que desde hace años preguntan lo mismo: "¿El Papa sabe lo tuyo?".

Spotify, recomendación tecnológica

El memo de fry3288905498059 me recomendó hace días Spotify, invitación que acepté en el acto. Es un programa, por ahora gratis y sin publicidad, con el que puedes encontrar practicamente toda la música que quieras y reproducirla al instante, sin tiempos de carga. Útil para escuchar la música antes de descargarla, para no tener el Ares abierto tontamente. Además crea listas de reproducción y tal, por lo que puedes dejarlo encendido y va sonando lo que te gusta, sin interrupción. Una pasada, en resumen, que espero que dure así por más tiempo.

Ala, id a www.spotify.com. A escuchar se ha dicho. Y ya puestos, me recomendáis música. Que siempre estoy esperando.

Opinión evolucionada

Voy camino de los dos años en este blog, y como no soy un cabeza-buque, todavía me permito cambiar en determinadas opiniones. Que sea de ideas fijas no significa que todas mis ideas lo estén: hay muchas ocasiones en las que si la oposición me convence, de verdad que lo hace. Lo que quiero es ser más crítico, no agilipollao.


Y noto que si hay un tema en el que mi opinión ha evolucionado desde el inicio de este blog es precisamente el aborto. A finales de 2007 me declaraba al margen, en Julio de 2008 ya me declaraba anti-abortista y en Octubre del mismo año ya hacía esta defensa apasionada de lo que yo considero vida. Una evolución justificada.

Es un tema tan sumamente complejo que ninguna entrada de blog sería suficiente. Cada vez estoy más convencido de lo que pienso, por más que escucho y leo opiniones de ambas partes, y aunque me siento un poco raro por ser un anti-abortista agnóstico sé que no soy el único que tiene esas ideas. Hablamos de vidas. Vidas humanas, vidas. No es un tema con el que me pueda quedar de brazos cruzados fingiendo que el mundo ya cambiará a su ritmo. Si de verdad creo en lo que digo, me veo en la santa obligación de convenceros. Y os juro que no recurriré a creaciones de Dios para defenderlo, palabrita del niño Jesús. Pero como no es un debate de Pepsi contra Coca-Cola, algo trivial en lo que da igual lo que opinemos, sino serio de verdad, voy a poner todo mi empeño y cerebro en mostraros mis argumentos. No me juzguéis de antemano, porque no usaré los mismos que la mayoría de personas. Y seguirán siendo argumentos, y de peso.
Tengo ideas al respecto. Como ya digo que una entrada de blog no es suficiente, pienso escribir más desarrollado y publicar el documento en este mismo espacio, para quien lo quiera descargar. No será un ensayo pero tampoco una novela. Ya lo veréis. Sólo quiero que por favor, os paréis a pensar en mis argumentos. Es un tema que me preocupa, cómo no me va a preocupar. Son vidas. No frivolicemos con ello. Putas vidas cochinas: si dices que tu vida vale lo mismo que la del presidente de los Estados Unidos, entonces no hay excusa para pensar que la de un no nacido vale menos.
Pero al tiempo. Tengo muchas páginas por delante. Y primero tengo que terminar la novela que estoy escribiendo, que se acerca peligrosamente al final. Sólo cinco capítulos y fin. Lo que vendrá después será para vosotros. Todo cuanto os pido es que abráis la mente.

La Guerra Civil según mis abuelos

Hasta los veinte años podía presumir de tener los cuatro abuelos vivos, lo cuál no lo puede decir todo el mundo (más cuando mis hermanos son mayores que yo). Los tres que todavía viven están en una forma física envidiable, pese a pasar todos los ochenta, y mal me tendría que ir para no llegar a centenario. Los genes juegan a mi favor.
Mis abuelos son muy especiales. Teniendo en cuenta que yo no soy el prototipo de "chico familiar", podéis creer que lo digo en serio. Cada uno tiene una personalidad muy marcada, distinta a la del resto, y los tres (y el cuarto, en paz descanse: de su muerte escribí este relato sin título) son memorables a su manera. Por eso siempre me ha gustado verlos, más para escucharles que para hablar yo, y siempre con la curiosidad de bucear entre sus recuerdos.
Pasas a saludar y terminas comiendo. Ni preguntan, a traición: de repente tienes un sitio en la mesa. Aceptas, pidiendo disculpas. "Si me quedase a comer os avisaría con tiempo...". "Calla, calla", suelta mi abuelo. "Tú comes aquí".
Y ahí estamos, comiendo, con mi abuelo que habla por todos (y todos boquiabiertos escuchando) y mi abuela, que no recuerda lo que ha hecho esta mañana, ni lo que ha preguntado sólo un minuto antes, pero que poco a poco va atando los recuerdos de su infancia. De repente olvidas su enfermedad (ella, por supuesto, no tiene ni idea). De repente, los dos ancianos son analistas de la Guerra Civil.

Después de treinta años escuchando las grandezas del Generalísimo, en una versión que chirriaba de vergüenza, parece políticamente correcto afirmar todo lo que sea lo opuesto. Al cuerno los principios de la Transición, que es momento de poner rabo de diablo a todos los franquistas. Los vemos continuamente retratados en la televisión, de las formas más burdas y sesgadas. Igualito a como hacía Franco con los republicanos, vamos. Son todos del mismo palo.
Mi bisabuelo, el padre de mi abuelo paterno, era republicano. Creía en la república ("todos los valencianos eran muy republicanos", apunta mi abuela, que pese a vivir en Valencia desde niña sigue considerándose aragonesa. A muerte) e incluso había tenido cargos políticos durante los últimos años del sistema. Trabajaba, para colmo, en una mutua: derechos para el trabajador, no era ningún peligro para nadie. Y sin embargo, al mes de comenzar la Guerra Civil, su jefe fue tiroteado por los rojos en la escalerilla que subía al barco que le daría el exilio. Él no lo entiendía, como tantos otros.
"La guerra no la ganaron los franquistas", dice mi abuela muy seria. "La pierdieron los republicanos". "Tenían dominadas las ciudades más ricas: si las perdieron, fue sólo por su mala gestión. La gente se daba cuenta de que no podían apoyar lo que hacían", agrega mi abuelo.
Mi bisabuelo tenía mujer y dos hijos, de unos once y catorce años. Podía ser objetivo como no serlo. Trabajar en la mutua no debía suponer ningún peligro, más cuando trabajabas para los obreros, pero después de morir su jefe ya no podía confiar en nadie. Un día recibió una llamada anónima, o al menos él nunca quiso admitir quién era: "Mañana te matan", le advirtió una voz amiga. "Vete ahora".
La señora y el mayor, mi difunto tioabuelo, fueron al puerto en coche. Mi abuelo y su padre, en un tranvía a la Malvarrosa. Si huían por separado tenían menos probabilidad de ser interceptados y además, el hecho de que mi abuelo fuese un chiquillo le libraría de la cárcel si los rojos tomaban a su padre y lo mataban. Al menos podría contarle a su madre lo que había pasado.
Para todos esos que creen que sólo hubo exiliados en un bando, que sólo los franquistas mataban (y mis abuelos admiten que los franquistas mataban, no son tan necios ni de negarlo ni de defenderlo), ésta es la historia de un exilio forzado. A vivir en París y luego Bruselas. Y más tarde en Sevilla, mientras fue nacional. La familia de un hombre republicano, que se salvó de las balas de los rojos por una llamada anónima, posiblemente un pariente que no deseaba ese final. Mientras algunos insistan en que hubo un bando bueno y un bando malo jamás conoceremos la verdad, porque con semejante premisa estamos negándola de facto.
"Fue horrible esa guerra", recuerda mi abuela. "La gente se delataba y murió mucha gente inocente. Muchas venganzas personales. Muchos porteros de edificio que señalaban a sus inquilinos a lo mejor porque habían tenido una riña, o porque le debían diez pesetas". Dicen mis abuelos que mientras Valencia fue republicana no se celebraron juicios. Gente que buscaban, gente que no volvía. Mi bisabuelo, de milagro, no sirve hoy de ejemplo. Pero luego está mi otro bisabuelo, el padre de mi abuela, que era un militar retirado de Zaragoza, objetivo primero de los republicanos, "y jamás tuvimos un problema", asegura ella. Las guerras del pueblo dejan historias muy extrañas. Dicen que cuando Franco ganó Valencia no se mataba a nadie sin consejo de guerra. Nada de desaparecidos, salvo un falangista que había denunciado a todos sus compañeros. Los juicios podían ser más o menos justos, pero eran a la vista de todos y ya no servían las rencillas personales. Como siempre, esta es una versión. Como todas las otras.
Destacable el análisis final: "En mi familia éramos republicanos; lo que no éramos era comunistas. Y la guerra jamás hubiese empezado de no ser por ellos. La república nunca les debió consentir todo lo que hicieron".
Cada persona, una historia. Esta no aspira a ser más veraz que el resto. Pero desde luego no pretendo ser tan ignorante de quedarme sólo con una versión. Me ha gustado el análisis final: republicano sí, comunista no. Y capaz eso fue lo que llevó a muchos a apoyar el golpe de Estado.

Su hijo es tonto; asúmalo

Ayer hice un descubrimiento apasionante: caminando por el pasillo, por ese tramo que sólo hago cuando están mis padres en casa (porque tengo que ir al baño de mis hermanos; si no uso el de mis progenitores, que de normal lo tengo sólo para mí) encontré, por casualidad, un viejo carpesano. La etiqueta del lomo lo decía todo: "Notas", a lo que se agregaba mi nombre y el de mi hermano más próximo en edad.

Intrigado, lo saqué de la estantería y me ovillé en el sillón, queriendo averiguar en qué consistía eso. Y lo que descubrí fue un archivo, compilado por mi padre, de absolutamente todas mis calificaciones académicas desde la guardería hasta los últimos años de colegio. Las del último curso, de hecho, las guardo yo entre páginas de libros leídos. No tenía ni idea de que mi padre conservaba todas las anteriores.
Empecé por el principio, naturalmente, con aquel Colegio Inglés que tan buenos recuerdos me trae. Es un cartón simple, con ilustraciones, y todo cuanto se me juzgaba era por "Rasgos de personalidad", "Actitud hacia el aprendizaje" "e "Información de su aprendizaje". Cuando iba a primero de preescolar, entre los cuatro y cinco años, todo era nuevo para mí: los saltos (Bien), el gateo ("tiene dificultad") el esquema corporal "lo reconoce con dificultad" y la discriminación de figura de fondo, en la que ahora mismo suspendería por no saber qué es, entonces se me daba muy bien a juzgar por el "lo reconoce muy bien". La profesora escribió esto para mis padres: "Hombre con criterio está feliz en clase. Juega bien con los demás. No le interesa mucho el trabajo manual y le falta confianza para emprender tareas nuevas, pero está madurando y haciendo progreso". Bueno, era el primer año.
En el segundo de la guardería me fue mejor. La miss observaba: "Según se le ha ido mejorando su lenguaje, también se le han mejorado los demás aspectos escolares, y él ha ganado en confianza". Joder la alegría de mis padres ese día. Un Bien en Pre-cálculo, en pre-lectura y en pre-escritura. Lo menos, un Normal el Inglés, Expresión Oral y Dramatización.

Salté al colegio. Ese Escolapios que me persiguió en sueños durante muchos años después de mi marcha se encargó de mi educación, como pudo, en los siete años siguientes. En segundo de preescolar todo se me daba bien, todo lo bien que se te pueden dar las cosas con cinco o seis años, pero según Mari Carmen me faltaba "fluidez verbal" y "aseo", que capaz era un asunto de mocos en la manga. Cualquiera sabe a esa edad. El problema del habla fue a más, por lo visto, porque la tutora se lo tomó en serio y llegó a aconsejar a mis padres que me llevasen a un "logopeda" (nota cabrona: según varios padres de alumnos, la logopeda del colegio daba lecciones de pronunciación siendo la suya bastante controvertida, "Se dice assshhí", lo que provocaba el pitorreo entre los adultos).

No sé qué me pasaba con la expresión oral, que es mi único Necesita mejorar del primer año de primaria, cuando cumplí los siete. "Debe expresarse con más claridad", decía el profe. De nuevo la misma burra. La credibilidad de estos informes viene con la siguiente nota. "Debe practicar la lectura hasta la letra que hemos dado". De nuevo el dichoso tema. Y cuando en el curso siguiente me salí de esta, me quedó el sambenito de la lectura. El Oso Bussi y La Bruja Aburrida no debían contar para ellos. Bueno: al menos, para final de año, ya se me reconocía la mejora notable. Que no se dijese.

Y cómo no, en segundo de primaria, lo mismo de siempre: la expresión oral, mi lastre infantil. Hasta hoy, no tenía ni idea. Ese año hicimos un test de inteligencia, y éste dio la razón a mis profesores: 16% en discriminación lectora. Que igual significa leer bien que coger a Cervantes y basurear a Dan Brown.
Divertidas son los criterios-plantilla de la asignatura de Religión. A mis ocho años, "Casi siempre ama y cuidaba la naturaleza como creación de Dios" o "Casi siempre valora la figura de Jesús como ejemplo a seguir". No sé cómo se debieron sentir mis padres con este agnóstico en potencia. Supongo que decepcionados.
Me asustan, de verdad me asustan, estos criterios religiosos. Con todos los respetos a la institución de la Iglesia, pero leer en una hoja de notas, con letra de puntitos, cosas como "Entiende que Dios ha creado todo por amor" (y al lado, "Conseguido de manera satisfactoria") me parece más fanático que fervoroso. No recordaba estas cosas. Por lo menos, por una vez, se me reconocía la expresión oral.

Las notas de los siguientes cursos de primaria son aburridas. Salvo por las calificaciones de Religión, que cada año sorprenden, son meras plantillas con "Siempre", "Casi siempre" y "Conseguido de manera satisfactoria". Ni rastro de las observaciones que tanto me gustan ahora. Hay que ir hasta sexto, mi último año en Escolapios, para buscar el entretenimiento. "Hombre con criterio alterna resultados bastante buenos con algunos malos". Pues lo de toda la vida, hoyga. Rascarme las pelotas hasta que el agua me llega al cuello.
En el último test psicológico del colegio, a los doce años, me encuentro con algo sorprendente: me suspenden en "Razonamiento verbal" (40%), pero en cambio me dan un 98% en "Comprensión verbal". Cuánto de verdad tendrían estas pruebas y cuanto de tontería no lo sé.
(Antes de irme del colegio consideraron que "Normalmente" "Valora el mensaje de las Bienaventuranzas como camino de la felicidad". De verdad, qué mal rollo me da ver estas cosas)

Me cambié (o cambiaron) de colegio, y Cumbres me recibió con las puertas abiertas. Ahí era más persona y también más como hoy, y aunque por fin dejaron de considerarme un retrasado verbal (pasé a serlo en otras materias) las observaciones de los profesores siempre van por el mismo rollo: "Esperamos más de ti", "Estás por debajo de tus posibilidades", "Sabes que tienes más dentro de ti de lo que realmente muestras", "Hay que ser más ambiciosos". Vida nueva, sambenito nuevo. En Cumbres me colocaron el de que no aprobaba porque no me daba la gana. Su teoría la "confirmaron" con los test de inteligencia de último curso, que en contra de cualquier ley de protección de datos (y hoy, sin dudarlo, hubiese amenazado al colegio con demandarlo: es un delito grave), los resultados de las pruebas fueron leídos por medio profesorado, que para colmo, se dedicó a comentarlos en clase a la vista de todos. Dos profesores lo utilizaron para felicitarme y darse la razón. Me obligaron a hablar con la psicóloga, que a diferencia del resto, no tenía ninguna orientación de que era un suspendedor nato. Durante diez minutos me dio consejos para sacar Sobresaliente en todo y al final, un poco harto, le dije que los Sobresalientes que ella imaginaba eran más bien mis Suspensos. Cara de sorpresa. No puede ser. Pues sí. Pero si aquí sale que... Da igual lo que ahí salga. Suspendo y punto.

Compruebo a lo largo de mi vida los cambios que ha habido en mis calificaciones. La de veces que han dado a entender que soy cortito, o lo que es igual de grave, que era extremadamente inteligente. Distintos resultados para una misma persona que según el profesor, era esto o aquello, y al final de una época, de dos y tres, superada la guardería, primaria, ESO y bachiller, me pregunto cuán en serio se podrá tomar a estos profesionales. Los que ponen etiquetas a nuestros hijos, los que me las ponían a mí. Cuantos padres sufrirán por ciertos resultados y luego, gualá, la realidad será bien distinta. Quizá necesiten unos años para comprobarlo, pero ese miedo, esa incertidumbre, no se la quita nadie. Yo ya no sé lo que era, si muy listo o subnormal. Lo único seguro es que nuestro sistema educativo necesita mejorar.

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"Las cifras del paro que da Bruselas tienen que estar equivocadas. Aquí somos diecisiete ministros y todavía no han despedido a ninguno"

Sorprendido (pero agradecido)

En un ejercicio de egooglentrismo compruebo los blogs que enlazan con Crónicas Salemitas. Para mi perplejidad, son unos cuantos los que citan éste como uno de sus favoritos, y yo, que decidí desde el primer día evitar cualquier link a cualquier sitio (tengo mis motivos: no se puede contentar a todo el mundo, así que prefiero no descontentar a nadie), me siento hoy miserable por no dar las gracias a todos esos blogueros que desinteresadamente, y de verdad desinteresadamente, dan a conocer a sus lectores este espacio sin más pretensiones que compartir lo que les gusta con sus amigos y seguidores.

A mí, que me encanta que otros disfruten con Crónicas Salemitas (o que les haga usar la sesera, que también), me sabe mal no ser suficientemente agradecido con todas estas personas, que en su grandísima mayoría ni conozco y que provienen de los rincones más recónditos del mundo hispano.
Por eso, y a modo de gracias, quiero mostraros todos esos blogs "caricativos". Éstos son los que más contribuyen a que Crónicas Salemitas tenga los lectores que tiene: Anatomía de una oruga¡Carpe Diem!, Claro de Luna, De valentías y otras mentirasDelirium TremensDivagando en la Luna, El mundo alternativoEl Mundo de AbraxamEl Rincón de Vito, El sueño del dragón, FoungtanlandI can't be moved, La AbadíaLa Fuente de la PercepciónLa Parada ArtísticaLa Pluma y el Clarinete, La Rosa Azul, Medium de vida, Médula EspinalMerodeadora de la nocheMi mundo de colores, Mi mundo y yoOlvidado por la magiaOpiniones de una SiriusinaPensamientos frente al micrófono, Personalmente intransferiblePiruchupiliz, Samuel González, Sueños de papel couché, Sweet dreamsTe hablo de arte, Todas mis vidasVentilando la vida.
Un diez para todos ellos. De verdad, gracias. No sé qué motivos os habrá llevado a enlazar a mi blog, pero os aseguro que me hace mucha ilusión que se lo recomendéis a vuestros lectores. Esta es mi forma de compensaros por mi política de no vincular, y es que sois tantos que espero que lo entendáis.
Si tu blog también enlaza con el mío y no lo he mencionado, te pido disculpas. Me baso únicamente en el buscador de Google. De ser así, no dudes en decírmelo en comentarios. Gracias de nuevo.

El escritor aficionado

Te puede gustar el fútbol y jugar todos los sábados en el campo de tu barrio, sin que eso signifique que seas profesional. Te puede gustar la fotografía y tomar instantáneas a todo quisqui, y la gente lo ve como tan normal. Te puede gustar la cocina sin ser chef, te puede gustar dibujar sin ser ilustrador profesional, hasta puedes permitirte el lujo de tocar en una banda de música sin que nadie pretenda que te contrate una discográfica. ¿Por qué entonces nadie entienda que a algunos nos guste escribir, sin más pretensiones que eso? No sé quién decidió que la escritura no podía ser una afición, y que si no publicas eres un absoluto subnormal que podría catalogarse como inútil para las letras o como tipo raro que dedica su tiempo a algo tan estúpido como juntar palabras. A quien le gusta escribir, no sé por qué, se le presume una calidad literaria que en la mayoría de los casos no alcanza. Y por lo tanto, decepciona a quien se la presumen. No puedes ser un escritor aficionado: o publicas, o fracasas. Es como si fuese un arte que estuviese reservada exclusivamente para las glorias de las letras. Ni lo intentes, te dicen, eres un prepotente por insinuar que te gusta escribir. Y mientras ves sus rostros apenados ("¿y no tienes nada publicado?", como si fuese lo mismo que subir un video a YouTube) te entran impulsos de reprocharles que sean otros fracasados en sus aficiones, porque así lo ven ellos con lo tuyo. No juegues en el equipo de tu barrio, miserable, juega en primera división. ¿Que no puedes? Ah, me lo temía. Deja de freir croquetas: no tienes derecho a cocinar sin un par de estrellas Michelín. Y por favor, olvídate de pintar esos horribles cuadros de sirenas: sólo los compran las amigas de tu madre, y si fueses al Cotolengo descubrirías a dónde van a parar tus obras. Pero no. Al que le gusta escribir reprime. Relativamente. Observa, aguanta, y desde su humilde afición, tan justa como cualquier otra, publica la protesta en su blog. Que nos dejen ser simples aficionados, por favor. Yo qué sé si lo que escribo merece la pena: lo único seguro es que me gusta, y me llena, y que no lo cambiaría por nada. Pero no me hagáis sentirme mal por no llegar hasta vuestras estanterías. Tengo tanto derecho a tener una afición como cualquier otro. Y seguiré escribiendo hasta el fin de mis días. Quizá sea un cero a la izquierda, pero no por ello tengo menos derecho a escribir que los Premios Nobel. No es tan difícil de entender.


Posdata: JWG#1 va bien. Ya he pasado el ecuador. Sigo pensando la forma de celebrarlo cuando lo termine. Desde 2003 que trabajo en esta saga, y por primera vez un intento de escribir la primera parte va en serio. Y tanto que lo va. Escribir la última palabra de un primer borrador es de las mayores satisfacciones de mi vida. Aunque me deje los ojos y las neuronas en ello.

Vergonzosa candidatura al Mundial

Me entero de que España y Portugal presentan candidatura conjunta para el Mundial 2018, y joder, por la cara de los firmantes parece que estemos de enhorabuena. Atentos a las declaraciones, que podrían provocar abortos: "Juntos somos muy fuertes". Joder, qué vergüenza nacional.

Que dos países pequeños se unan lo entiendo. Que Portugal quiera un compañero lo entiendo. Que España, que no es ni pequeña, ni cutre, acepte (¡y quizá proponga, quién sabe!) me parece un asunto de vergüenza nacional.
Con todos los respetos a los vecinos portugueses, España no necesita de uniones para ser candidata. Esas uniones, lejos de fortalecernos, nos humillan. Y no soy futbolero y hay temas que se me escapan, pero esto lo digo con todas las letras y consecuencias. Quien se junta es porque cree que sólo no tiene nada que hacer. Nuestro país tendrá que preguntarse si ese es su caso, porque es la imagen que vamos a dar en el resto del mundo. Vergonzoso.
Y para vergonzosa, la última declaración de Ángel María Villar, actual presidente de la Federación Española de Fútbol. No contento con firmar un pacto que sólo él debe encontrar atractivo, deja una advertencia para nuestro señor presidente, para el siguiente y el siguiente también. "Es muy importante que ambas federaciones estén en todo este proceso y un cambio en la dirección de la FPF sería un error"A ver si lo he entendido bien: el director quiere que no le tiren hasta por lo menos 2018. Y para eso, firma un contrato de mierda con un país que no tiene nada que aportarnos.
Bravo por el señor Villar. Hasta yo, que ni tengo una etiqueta de 'Deportes' en mi blog, me indigno. Primero por lo cutre. Segundo, por la falta de vergüenza.

Que Lincoln no fundó los Estados Unidos, leches

Washington, un día de Septiembre de 2008. Memorial de Lincoln. Un hombre sentado, de piedra, con la vista perdida en un enorme estanque que atrae mosquitos y turistas por igual. Yo no puedo evitar la pregunta:

¿Por qué era famoso Abraham Lincoln?
No fundó los Estados Unidos. No fue el primer presidente del país. De hecho, no fue ni el segundo, ni el tercero. Es el decimosexto. Y sin embargo, ahí está, esculpido como una de las mayores leyendas de la historia norteamericana.
Entonces ¿por qué era famoso Abraham Lincoln?
Se encogen de hombros. Las respuestas fallan. Tengo que buscar para encontrarlo.
Presidía el gobierno durante la Guerra Civil. Y la Guerra Civil venía provocada por la voluntad de separación de unos cuantos Estados, que no estaban a favor de la futurible abolición de la esclavitud y deseaban más libertades comerciales. La Constitución estadounidense, de hecho, no se lo prohibía. Sólo fue la intervención dictatorial de Abraham Lincoln, el hoy considerado héroe, la que evitó que éstas regiones ejerciesen su derecho de enajenación. Él quería mantener el país unido, aunque ellos quisiesen irse. Gran mérito el de este tipo, y por lo que hoy le recuerdan. Si no llega a ser por la abolición de la esclavitud, no me lo explico.

Entre ayer y hoy he encuestado a la gente sobre conocimientos de la Segunda República. Mi pregunta es fácil, o eso se supone: ¿Quién fue el último presidente de gobierno antes de la victoria de Franco?
Ante el silencio popular, reformulo mi pregunta: Dime un presidente de la Segunda República.
De nuevo, silencio.
Sólo hubo dos, pero sus nombres deberían estar grabados con fuego: Alcalá-Zamora y Azaña. Me temo que la Historia no les ha rendido suficiente tributo, y con los años que han pasado desde la caído del Generalísimo, ya no tenemos excusa. Ala, a estudiar todos. Por respeto a nosotros mismos. Muchos esfuerzos por dinamitar la imagen del franquismo, sí, pero ni un amago de enseñarnos la Segunda República. Lo justo y necesario, como es habitual en los colegios. Lo justo y necesario. Cada día me siento más tonto y más inculto.

P.D: Más tiro del hilo, y más convencido de que para ser presidente de España hay que tener una Z en el apellido: Zapatero, Aznar, González, Suárez, Azaña y Alcalá-Zamora. A Calvo Sotelo lo dejamos al margen, que no salió de las urnas.

Mis primerísimas lecturas

Teo me parecía un ñoño. En verdad lo era. A mi hermano le encantaba y sabe Dios que es verdad, porque no ha vuelto a coger un libro desde entonces. Será que el nivel está muy alto.

Tampoco me gustaba Las Tres Mellizas. La serie de dibujos podía tener su gracia, pero como cuentos eran algo así como coge-la-pistola-y-apunta.
Pero sí me gustaba, y mucho, La Bruja Aburrida. Qué sí, que era de la misma autora que las tres insípidas adeeneidénticas, que incluso se hacían cameos, pero nada mejor que las aventuras exclusivas de la bruja más retorcida por excelencia. La Bruja Aburrida, no tenía otro nombre.
No sé si fueron los primeros cuentos que leí yo sólo, pero seguro que fueron los primeros que leí como un fan. Me encantaba ir a la librería y encontrarme con un nuevo número, y volver a casa y devorarlo, y jugar con las puntas de las páginas, con ese buho que bailaba, eclosionaba o se dormía. Era la felicidad.
También, a esa temprana edad (¿cuando nos enseñan a leer?) ya me aferré a la coherencia de las historias, algo que no me ha abandonado hasta ahora, porque mis preferidas eran aquellas que a la Bruja Aburrida le sucedía algo que cambiaba el curso de las siguientes. Cuando conocía al monstruo del Lago Ness, por ejemplo, o su nacimiento o boda (aunque ésta acabase frustrada, claro). Era ingeniosa y divertida, muy bien ilustrada, y el resto de cuentos no tenían parangón. Por eso siempre me ha gustado Superlópez y aborrezco Mortadelo. Porque lo que le ocurriese a la supermedianía en el número 23 le dejaba marcado para todas las aventuras siguientes, fuese lo que fuese, y la historia crece con los años. Los de Ibáñez, sin embargo, siguen tan planos como el primer día. Al cuerno las tres niñatas o el pelirrojo de sueter a rayas. A mí me gustaba la retorcida bruja, no me valía cualquier cosa.
No fue la única publicación que me influyó: antes que Leo Leo, que marcaría mis años siguientes, esperaba con impaciencia cada nuevo número de El Osito Bussi. No sé cómo ha vuelto a mi memoria, pero sé que no me perdía ni un sólo número, y llevaba la cuenta de cuándo se publicaba el siguiente. Era una revista, y la recibía por correo a mi nombre. Eso también explica porqué desde que tengo uso de razón me fijo en las cartas que llegan a casa.
Debía ser minúsculo cuando me pregunté quién escribía los libros. Alguien tenía que crearlos, ¿no? No se harían sólos. Fui hasta mi padre con el último de El Osito Bussi, recuerdo que estábamos en el campo, en el cuarto de estar, y le pregunté quién lo había hecho. Yo debía tener cuatro o cinco años. Y mi padre, sin pensar en mi edad, me respondió que lo hacían psicólogos y pedagogos. Recuerdo esa respuesta como si fuese ayer y eso que no debía ni entender lo que significaba. Psicólogos y pedagogos. Nunca se me ha ido de la cabeza esa revelación pero ahora, cuando he buscado una imagen de Bussi para decorar esta entrada, me he encontrado con el siguiente subtítulo en el encabezado de la revista: "Con la colaboración de psicólogos y pedagogos". Está visto que mi padre no se quemó las neuronas.

Algún día tengo que dedicar una entrada a mis siguientes lecturas. Leo Leo marcó mi infancia, de qué manera. Pero eso será más adelante. Hoy me contento con mi particular tributo a la Bruja Aburrida y Bussi, los dos cabritos que me enseñaron a leer. No sólo me enseñaron: en cierto modo, encendieron mi curiosidad por el mundo editorial. Y no ha parado.

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Estoy haciendo experimentos con el blog. He metido la opción de votar entradas en Bitacoras y también opinar en una palabra qué os parece. Usadla si queréis. Lo de votar, si creéis que merece la pena, se supone que sirve para promocionar el blog en Bitacoras.com. Capaz no sirve de nada, pero es gratis y no pierdo nada probando. Gracias a JFHP por la explicación, ya veremos cuanto dura el sistema.

La crisis de ETA, de Gaza y la personal

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Derechos civiles en el siglo XXI

Tengo el problema de ser todo lo contrario a un visionario. Si yo digo blanco, el futuro será negro. Si digo que ganará A, ganará Z. Uno se acaba acostumbrando, y entonces me decanto por lo contrario de lo que pienso. El problema es que entonces lo que pienso cambia, y vence el primero. Es un sinvivir.

En la Historia han hecho falta más visionarios. Visionarios que viesen la necesidad de reconocer los derechos a los esclavos, cuando parecía de chiste. A las mujeres, ante la carcajada del resto. O a los homosexuales, ante el asombro de los demás. ¿Y ahora, qué? ¿Somos tan estúpidos y engreídos como para creer que nuestra sociedad ya ha dado todos los derechos civiles que cabe esperar? Me niego a pensar que es así: lo mismo pensaron en cada época, satisfechos (la mayoría) con lo que tenían. Pero entonces, ¿dónde está el siguiente paso en derechos civiles?
Siendo nuestro país puntero en el tema, no podemos fijarnos en las naciones vecinas. Quizá podamos fijarnos en el derecho a defender la propiedad de los Estados Unidos, derecho que admiro y deseo. Pero no es demasiado. Ni tan revolucionario. Ni tan necesario ni urgente. Entonces, ¿dónde está el siguiente paso?
Me fijo en las minorías. ¿No se supone que están todas reconocidas? Supongo que ese era el error de los antiguos (y cuando digo antiguos, hablo de muchos siglos y también muy pocos años): considerar mayorías a lo que les interesaba, y las minorías no existían hasta el punto de no ser consideradas minorías. Están los gitanos e inmigrantes, pero desde que tienen papeles disponen de los mismos derechos que el resto y los pueden hacer valer. No, los tiros no van por ahí. Entonces, ¿por dónde?
Ya lo digo: mi imaginación realista es corta. No soy un visionario, insisto. No tengo ni la más remota idea de quienes serán los próximos en levantar pancartas y abrirnos los ojos, ante la obviedad de que merecen derechos. Pero ocurrirá, estad seguros. ¿O es que en 2009 ya hemos agotado el abanico de derechos civiles habidos por haber, con miles de años por delante?
Los animales. Es lo único que se me ocurre. Lo que ahora es descabellado para algunos (recordadlo: siempre fue así) podría ser el sentido común del futuro: protegerlos con dignidad, y no como simples segundones de la creación divina (odio ese antropocentrismo: sólo reconoce la inferioridad del hombre por su ignorancia). Pero lo dicho: no soy nada bueno haciendo apuestas. Si yo digo que los próximos serán los animales, es que no lo serán. ¿Qué piensas tú? ¿Dónde está la siguiente revolución de derechos? Si ya sabemos que está al caer... ¿por qué no nos ahorramos años de ridículo, y los concedemos ya?
El mundo es impredicible.

Dimisiones

Mira, te juro que soy todo lo contrario a las dimisiones. Me cabrea la facilidad con que las personas de la calle o los políticos gritan "¡Dimisión!", cuando se tratan de errores humanos que no justifican dejar a una persona sin su empleo. El drama familiar que conlleva eso, qué barbaridad. No, no, pedir una dimisión es algo muy grave. Me preocupa la facilidad con que la piden algunos.

De todos los casos de dimisiones exigidas que se ven en el día a día, apoyo muy pocos. El jefe es el superior, desde luego, y se hace responsable de los fallos de los que tiene a su cargo, pero echarle el muerto por cosas en las que de verdad, no podía tener previsión, me parece inhumano. Entiendo cuando no dimiten. Piénsalo: si no encuentra otro empleo, cosa probable, pasará el resto de su vida en el paro. Y ellos, sin embargo, insisten: "¡Dimisión!". Da miedo lo inhumanos que son a veces.
Pero hoy... todo está peor. España, esa economía que era la envidia de Europa, cae más rápido que ninguna otra. Y yo, que nunca gusto de hablar de cosas que no entiendo, creía a Zapatero. Le creía. Me parecía absurdo cuando decían que no iba a terminar esta legislatura.
Pero hoy, insisto, la situación es radicalmente distinta a la de Marzo de 2009. España cae y cae, y sólo sabremos dónde está el fondo cuando lo toquemos. Yo no responsabilizo al PSOE de la crisis, ni a Solbes, y les he defendido en este terreno por mucho tiempo. No más. Si bien no son los culpables de la situación, si son los culpables de no haber sabido remediarla. De todo el continente, el español es el país que más se pierde, donde más crece el paro, donde su principal economía se descalabra. Y ahí sí tienen responsabilidades los políticos del gobierno, porque los Presupuestos Generales del Estado eran vitales para solventar esta situación y ellos, con los datos de la crisis en la mano, se negaron a ver la realidad. Ahora lo pagaremos todos.
No es que haya crisis en España. Es que hay crisis en cada casa, en cada hogar. Todo lo estamos viendo en nuestros vecinos o entre nuestras paredes. No necesitamos gráficos ni estadísticas, sólo queremos vivir y salir de ésta. Y ahora, sí, por primera vez, creo que las elecciones deberían volver a celebrarse. Porque si bien es cierto que Rajoy no preguntó por la economía en cuatro años de oposición, sí lo hizo en las elecciones. Ahí se le tachó de alarmista y antipatriota, ¿os acordáis? España era infranqueable. Ni siquiera admitían "recesión".
Por respeto a todos los votantes, a todos los que le afecta la crisis, elecciones en 2010. Porque la situación es la más grave en muchos años, hay que conocer todas las propuestas. Y dado que ningún partido las incluía en sus programas, hay que hacer unas elecciones para sacarnos de esta. Las últimas fueron las del bienestar social, la de más prestaciones públicas. Ya no nos sirven. Aceptemos la realidad y volvamos a las urnas. Lo que nosotros votamos no es lo que toca ahora. Elecciones, por favor.

Matadme

Si un día me meto en un partido político pegadme un tiro. Porque sería una posibilidad, a la que cualquiera puede llegar cuando le gusta la política, pero con el peligro siempre presente de contagiarme de la subnormalidad de los políticos, para criticar la incriticable y defender lo indefendible, siempre de acuerdo a sus siglas. Ningún partido me sirve. Todos, sin excepción, pecan de lo mismo. O eres cabeza de lista, o eres cabeza de tonto. Y no estoy dispuesto a meterme en esos juegos.

Dicen los políticos que quien no cambia las cosas no es solución, sino parte del problema. Quiero pensar que es tan importante su poder como el cuarto, los que les criticamos con las manos libres. Espero que así siga siendo por mucho tiempo. No estoy dispuesto a perder mi autonomía sólo por un carné de UPyD, el PSOE o el PP. Mi fuerza de crítico será nula, pero la que ellos me iban a dar en sus partidos es mucho más repudiable.

Ey y ediciones sangrientas

Mi vida era muy feliz mientras estaba inspirado, pero de repente, y sin avisar, se fue. ¿Te lo puedes creer? La musa se marchó, dejándome sólo con una novela sin terminar, y a las manos de Dios dejo todos los capítulos que quedan.

Luego volverá, tan caprichosa como es ella, pero aquí estoy yo, esperando, maldiciendo, y será tocar un libro de Derecho y volver a escribir.  Todo sea por distraerme.
En fin. Siempre es la misma historia. Espero que sólo dure unos días.

Siguiendo con mi antología de ediciones sangrientas de libros, incluyo dos defectos más que me ponen calentito: los libros donde el índice se incluye al principio (si no quiero saber cómo se titula el capítulo II sin haber leído el I, ¿cómo me va a interesar el XIII?) y los libros con prólogo, del autor o un tercero, que te habla como si ya hubieses leído la novela y te la destripa sin tapujos.

Un silencio por bombas

Habréis notado que todavía no he hablado de la invasión de Gaza. Eso no significa que no me importe, o que lo vea algo lejano.

Estoy indignado no, indignadísimo.
Igual que con el poco caso que han hecho todo el tiempo al fotógrafo español secuestrado en África, que llevaba ya un mes cautivo. Al joven Ussía le dedicarán una biblioteca de Madrid. A Cendón, gracias a que no ha muerto, no le dedican mas que una esquina en el periódico. El único mérito del primero fue ser asesinado por el gorrilla de una discoteca. El segundo, reportero de guerras. Un hecho no tendría que ver con el otro si no hubiesen sucedido seguidos y nuestras miradas, de marioneta, se fijaron en el primero para dar la espalda al segundo. De nada sirve que sólo se puede hacer algo por el segundo.
Y yo no entiendo nada...

Relato: Navidad

Es en estas entradas cuando me gusta recibir más comentarios... estoy descansando de JWG#1, y me apetecía escribir algo completamente distinto. Sed críticos.


NAVIDAD
            Cuando te despiertas en mitad de la noche, y abres los ojos como platos, y no ves nada.
            No ves nada, pero sabes que hay alguien.
            Y que ese alguien sí te ve, de alguna forma, y que te tiene dominado.
            En ese momento te orinas encima, y el calor de la orina te recuerda que estás vivo, y que todavía no te ha matado. Tienes el interruptor de la luz al alcance de la mano, pero estás bloqueado. Se supone que eso sólo le ocurre a los ordenadores, que se bloquean y no avanzan ni hacia delante ni hacia atrás, pero espera a que te ocurra un día, que te despierte un ruido extraño en tu habitación, que estés indefenso y entonces, y sólo entonces, sabrás lo que es bloquearse de verdad. No tiene nada que ver con los exámenes orales.
            Estás en tu casa, en tu habitación, esa es tu cama y esa misma es tu vida. Y sin embargo no tienes ni idea de lo que ocurre. No tienes valor para encender la luz. No tienes valor para girar la cabeza cuarenta y cinco grados a la izquierda, y comprobar la hora. No tienes valor para hacer ni un solo movimiento, y rezas y ruegas que quien esté ahí cambie de planes y se marche, y te deje para siempre.
            Entonces, ese alguien hace su segundo movimiento, el que te confirma que está ahí. No es arbitrario, todo lo contrario. Sin tocarte, te ha convertido en su presa.
            De repente, el frío. Los dientes te castañean y tú aprietas las mandíbulas, aterrado, porque no quieres atraer la atención de ese alguien.
            Es inútil, y lo sabes. No te vas a librar tan rápido.
            Los dientes te castañean y mientras tú cierras la boca con todas tus fuerzas, es el cuerpo el que toma el relevo y sufre espasmos, y tú le llamarías frío pero en realidad es miedo, qué digo, es terror. Ya no te conformas con cerrar la mandíbula que también cierras los ojos, porque no quieres ver tu muerte. Tus dientes siguen resistiéndose al arresto y los músculos insisten en bailar. Ya no sólo no eres dueño de tu cuerpo y de tu vida, sino que para colmo se rebelan contra ti. Es el peor momento de tu vida.
            La luz se enciende. Lo percibes a través de los párpados, pero insistes en mantener los ojos cerrados. Entonces unos dedos secos y callosos los abren a la fuerza y tú, pequeño corderito humillado, ves de frente al peligro. Es peor que la peor de las pesadillas. Es el señor Rigault.
            —Estás hecho un cristo —bromea, y suelta unos párpados que se quedan quietos donde están. A él sí le hacen caso, por la cuenta que les trae.
            No sé cómo, pero te incorporas. Le ves, con su chaqueta gastada y barba gris, enmarañada, y esos ojos salientes que te miran de arriba abajo. No tiene ningún arma, ni escondida ni al descubierto. Y no por ello es menos peligroso.
            —Vístete, ahora. Tienes que salir.
            Tengo que decir algo del señor Rigault. Es el más anciano del edificio, pero sólo lleva ocho años viviendo aquí. Está en el 5C, y ninguno sabe si alquila, si es propietario o si sencillamente, ocupa. Nadie le pregunta, evidentemente, y tampoco es que el anterior dueño del piso gozase de muchas simpatías. El señor Rigault es un decadente, Decadente, igual que el resto de vecinos. Si alguna vez has comprado una lata de atún, o de aceitunas, o de melocotón (son básicamente mis tres productos básicos, mi pirámide alimenticia) advertirás el teléfono de atención al cliente. Este teléfono no existió hasta 1983, y fue gracias al señor Rigault. Demandó a una multinacional o algo por el estilo, y el caso es que la compensación económica le valió para vivir como un rey por un tiempo.
            Doy fe de que nunca hubiese sido tan pobre de no haber sido tan rico. Doña Carmen sabe cosas, y entre la leyenda negra de este viejo también se cuenta que mató a dos niños. No sé si será cierto, pero todos nos andamos con cuidado.
            El señor Rigault no se lleva bien con el resto de vecinos. A mí me roba el listín telefónico, pero a los del 5B les caga en la puerta. Sí, ya sé que lo de ellos es peor: por eso siempre dejo el listín a la vista, para que si tiene que robar a uno y cagar a otro, que a mí me toque lo primero.
            —No te lo voy a decir más veces, chaval. Tienes que salir ahora mismo.
            Obediente como un monaguillo, me pongo unos pantalones y un jersei. Para los pies me conformo con las zapatillas de ir por casa, y cuando el señor Rigault ve que ya estoy listo, se pone a andar. Yo le sigo, sin plantearme ni por un segundo la huida. Sólo pienso en la historia de los dos niños muertos.
            El hombre llega al rellano, donde esperan otros vecinos. Todos en pijama, ridículos, parecemos un catálogo de Alcampo de los ochenta. Raquel, que en los periódicos se vende como Vanessa Dos-mamadas-por-diez-euros-precios-de-crisis, ha renunciado a vestirse. ¿Para qué, si ya la hemos visto todos desnuda en el rellano, su oficina de trabajo? Eso es un poco culpa de la vecindad: desde que en la junta de verano le prohibiésemos la entrada a su chulo, ella tiene que trabajar en el portal para que él pueda vigilarla desde la calle. Yo he intentado terminar con la absurda restricción, pero siempre tiran mi propuesta.
            —Le hemos llamado, pero no respondía.
            Es doña Carmen quien habla. Me señala el timbre y, por si no me fiase, lo aprieta durante diez segundos eternos.
            —¿Lo ve? —Vuelve a apretar, por una milésima de segundo, y no sé por qué me recuerda a la última gota de después de mear. Supongo que porque sigo teniendo los calzoncillos mojados de mi propia orina.
            Doña Carmen tiene cincuenta años y luchó en la Guerra Civil. Haces cuentas y es imposible, de modo que miente con la edad o miente con la guerra. Ves su cara. Miente con la edad, definitivamente.
            Cuando digo que aquí sólo viven decadentes no miento. El señor Rigault, en cierto modo, es el cuadro menos raro de la galería. Doña Carmen es una analfabeta de tres al cuarto, que apoyó a Franco y hoy a Rajoy, pero que no vota porque dice que su marido, desde la ultratumba, desaprobaría que ella fuese a las urnas. “Y seguro que cambiaba mi voto, por Dios”, te suelta un día cualquiera en la escalera. “Como para jugársela por los muertos”. Doña Carmen, insistente cincuentona, está en nómina para una conocida cadena de televisión nacional como “testigo de sucesos”. Esto significa que si hay un tiroteo en La Paz, un caso de maltrato en Benimaclet o un botellón en Tres Cruces, allá va ella con la furgoneta de la empresa para dar su testimonio de vecina damnificada que conoce de primera mano la información. Por lo que dice, es un empleo muy habitual en los canales de noticias, que pierden menos tiempo así que buscando a los auténticos perjudicados. No gana mucho, pero teniendo en cuenta que recibe la pensión, supongo que cobra en negro. Ojalá utilizase el dinero para ir al dentista.
            —Que no va el timbre —insiste, cuando ya me he olvidado del tema, y vuelve a pulsarlo otra vez para desquicie de todo el vecindario.
            —Ya me he enterado, señora. No lo toque más veces.
            Doña Carmen se aparta ofendida, y me fijo en el resto de vecinos. Ahí estamos los del quinto y también del sexto. Veo al matrimonio Anguita, y la puerta del 5A está abierta tres centímetros, con el cerrojo puesto, así que imagino a don Cebrián al otro lado con su escopeta. Miro a Pepón, a quien considero el más cuerdo de todos los presentes. Él entiende que pido una explicación.
            —Es la Sole. Que dice que no quiere vivir.
            Doña Carmen chasquea la lengua, mientras que el señor Rigault pone los ojos en blanco. Luis y Fabiana, los Anguita, suspiran apenados, y Rodríguez dice algo así como “pobre mujer”. Raquel, mientras, se humedece los pezones con el dedo índice de la mano izquierda. La puerta del 5A se abre un centímetro más, y puedo ver a don Cebrián cayéndose de la silla para ver la escena con más detalle.
            La Sole, o Soledad García García (y así hasta siete Garcías seguidos, que aunque es un apellido muy común los suyos son todos de la misma familia de La Recueja) vive en el 5D y enviudó en la noche de bodas o algo así. Yo apenas me la he cruzado, y ya sabes que yo no soy de ponerme a hablar con desconocidos, pero doña Carmen cuenta que lo conoció por un chat y ahí mismo les casaron, sin haberse visto siquiera. El matrimonio carece de validez legal, aunque ella mantenga lo contrario, y el novio posiblemente siga vivo con cualquier otro nick, pero la Sole se lo tomó tan en serio que hasta tuvo un embarazo psicológico. Y en eso estamos, en el séptimo mes de gestación. El hijo de puta de Rodríguez dice que como el padre es un tipo del chat, la Sole va a parir un bebé emoticono. Fuera bromas, todos la damos (todavía hablo en presente) por virgen: ni sale de su casa, ni jamás entra a nadie. Sus relaciones empiezan y terminan en la web-cam.
            —¿Pero cuál es el problema? —pregunto—. Que alguien vaya con ella.
            —No nos abre —responde doña Carmen—. Y nos da miedo que se tome unas pastillas o algo y pierda el bebé.
            Voy a recordarle que el bebé es psicológico, algo que ella sabe muy bien, pero en ese momento oímos a la Sole gritar desde el interior de su casa y nos pone a todos en tensión. El señor Rigault, que hace unos minutos me tenía aterrado, es el primero en asustarse.
            —¡NO QUIERO AL NIÑO! ¡SERÍA UNA MIERDA DE MADRE!
            —No digas eso, mujer —dice Fabiana—. Seguro que le cuidas fenomenal.
            —¡MI HIJO NO TIENE PADRE! ¡NO TENGO NADA QUE DARLE!
            Noto que a Rodríguez le entra la risa floja y a mí, que se me pega enseguida, me dan ganas de cerrarle la boca. Intento bajar el tono cuando hablo a Fabiana, pero es que no puedo mantenerme callado ni un minuto más.
            —¿Pero qué haces? No le puedes convencer de que está embarazada. Eso no ayuda.
            La Sole está al borde del suicidio. Si queremos salvarla, primero tenemos que convencerla de que será una buena madre.
            —¡No lo será! Ni siquiera está embarazada.
            —¿Qué quieres? ¿Que se quite la vida ahora mismo? Tenemos que entrar ahí dentro y quitarle esa idea de la cabeza.
            Fabiana y Luis son, además de compañeros de generación, transexuales. Fabiana era Carlos y Luis era Teresa. Se conocieron en el Programa de Intercambio de Sexos y un día decidieron cambiarse el pito por las tetas y no sé qué cosas más. Debía ser que no podían vivir muy lejos de sus órganos, que ahora comparten piso. Y lo más grotesco es que son pareja y se acuestan. Sí, con las mismas partes. Rodríguez dice que lo suyo es en verdad masturbación y que tiene un nombre técnico, pero nunca se acuerda de enseñarme el recorte del periódico en el que lo vio. Fabiana y Luis, además, lo mantienen en secreto y fingen ser un matrimonio idílico del Opus. Lástima que nosotros contemos con doña Carmen, que una vez trabajó como vecina de su antigua casa, justo antes de que les expulsasen del otro barrio por “raros”.
            —Tú deberías hacer algo —me dice el señor Rigault, y en su rostro hay mucha fe—. Se supone que te dedicas a esto.
            —Yo no me dedico a esto —respondo, malhumorado—. Yo soy notario.
            —Lo dice por lo que hacías antes —dice doña Carmen, muy convencida.
            Sé a lo que se refiere. Hasta hace seis meses me dedicaba a maquillar cadáveres en una funeraria, de modo que se me presume cierta experiencia con el ser humano. Me despidieron por algo muy absurdo: cuando trabajas diez horas seguidas poniendo rimel a abuelas y disimulando las heridas de motoristas, acabas descubriendo que cierto porcentaje de las fallecidas tenía la regla en el momento de morir. Por lo tanto, sabes que existe en el depósito otro tanto de fallecidas que murieron en el momento de ovular. Una vez le pregunté a mi compañera si sería posible dejar a embarazada a una muerta, post mortem, aunque el feto no fuese viable. En vez de responderme me denunció al superior y éste me despidió en el acto. No realizaron ninguna investigación, ni mucho menos me llevaron a las tribunales (eso hubiese sido un golpe para su negocio). Pero todavía creen, estoy seguro, que aprovechaba los descansos para violar a todas las muertas, especialmente a las que acababan de ovular. Mi pregunta no podía deberse a una curiosidad desmedida, no. Tenía que ser un depravado mental.
            Intento averiguar cuál será la relación de mi antiguo empleo con la Sole, pero justo en ese momento oímos un golpe sordo en el interior del 5D. Creemos que la chica ha muerto, que se ha desplomado consecuencia de una ingesta de pastillas o de un corte de venas, pero la realidad es muy distinta. Un grito desgarrador nos saca de dudas.
            —¡HE ROTO AGUAS! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE!
            —¿Pero que no estaba de siete meses? —pregunta Fabiana, que a cada palabra agita la nuez.
            —¡No está de nada! —protesto—. ¡Es un embarazo psicológico! ¡PSICOLÓGICO!
            —Voy a pedir una ambulancia —dice doña Carmen, subiendo al sexto—. Es lo que debería haber hecho desde el principio.
            Por primera vez miro la hora. Son las dos de la mañana, hora peninsular, pero el gobierno debería replantearse retrasar los relojes de nuestro edificio, sólo por concordancia con nuestro estado mental. La situación es un chiste, pero no es lo peor que nos ha pasado.
            —Yo podría asistir el parto —dice Rodríguez, y todos nos giramos a la vez para verle. Él sonríe y llama a la puerta. La Sole no responde, la Sole sólo grita. Si antes no tenía intenciones de abrir, ahora ni siquiera puede.
            Rodríguez es mi mejor amigo en el edificio, aunque todavía no me explico el porqué. Lleva toda la vida entre estas paredes y doña Carmen, que presume de saberlo todo, le odia porque él se escapa de sus conocimientos. Yo, de nuevo desconozco por qué, sí sé su historia.
            Rodríguez es escritor. Jamás ha escrito más de dos páginas seguidas, pero él insiste en que ese es su proyecto profesional. En su piso se amontonan folios que arruga al llegar a la quinta palabra, aunque en algún armario guardará sus manuscritos, porque los cuenta por decenas. Entre lo que sé por él y lo que conozco por terceras personas, esta es su historia: harto de no terminar (ni empezar) ninguna novela, empezó a proponer sus trabajos inconclusos a editoriales de prestigio. Pensaba que si le pedían el manuscrito, le vendría de golpe de inspiración y escribiría del tirón, pero lo cierto es que no le salió nada. O no tengo ideas, o no sé cómo plasmarlas, o no sé cómo plasmar las ideas que no tengo. Entonces se le ocurrió enviar a las editoriales los libros de otros autores, para probar suerte, y vio cómo le rechazaban uno por uno los grandes clásicos del siglo XX (esto no lo sé por él, pero un día encontré en una mesa de su casa todas las cartas). “Su novela no encaja en nuestro programa”, decían por Cien años de soledad. O “Los lectores no siguen con facilidad las historias corales. Le aconsejamos que siga practicando”, como respuesta a A sangre fría. Jane Eyre les parecía “aburrido” y El Alephpoco comercial”.
            Lejos de amedrentarse, Rodríguez se tomó tan en serio este rechazo que acabó creyéndose el autor de todas esas historias, y es frecuente oírle decir que acaba de escribir La metamorfosis, Moby Dick o El retrato de Dorian Gray. Yo no le contradigo, sobre todo después de que me dedicase El Quijote, libro que dijo ocuparle dos semanas de aspirinas y cafés.
            Autor o no, Rodríguez está golpeando la puerta. Y en este preciso momento la acaba de tirar al suelo, provocando el grito de todos los presentes.
            —¿Dónde está la Sole? —pregunta alguien, mientras entramos al tropel.
            La Sole está tendida en el suelo, como era de esperar, y su mascota descansa a su lado.
            Su mascota es un cerdo, por cierto. Se llama Pochi y es la causa por la que la Sole y don Cebrían no se dirigen la palabra. Ella le roba las bandejas de comida que le trae la Seguridad Social para dárselas a su mascota, aunque sospecho que lo comparten todo. Cuando la Sole trajo a Pochi a casa todos creímos que iba a ser una de esas locas que “humaniza” al cerdo. Qué va: el cerdo “acerdizó” a la Sole. Pero no nos fijamos en Pochi, no ahora, porque tenemos a una parturienta psicológica a punto de parir o, dicho en términos médicos, de tirarse un pedo.
            —¡ME DUELE! ¡MATADLO! ¡MATADLO!
            Doña Carmen vuelve en ese preciso momento, y ha salido tan rápido de casa que no se ha percatado de que todavía tiene el teléfono fijo en la mano. La caja está en el suelo y el cable llega hasta el piso de arriba. Como sólo tiene ese en toda la casa, compró suficiente cable para moverlo desde el dormitorio hasta la cocina. Por lo visto, el electricista le puso unos cien metros de más.
            —Hay que asistirla. La ambulancia no llegará a tiempo.
            —¿A tiempo de qué? —protesto, pero Fabiana me hace callar. Cuánto se le nota la nuez, joder. Parece un huevo.
            —Necesitaremos toallas y agua caliente —dice la anciana, y Luis obedece al instante, yendo hacia el baño—. Y que alguien se lleve de aquí al cerdo, por favor. Esto es un parto.
            Gracias a que tiene collar, puedo arrastrar a Pochi hasta un rincón del recibidor. El condenado se resiste, e incluso me intenta morder, pero le ahoga el cuello y no le queda más remedio que seguirme. De vuelta a la puerta, me encuentro con los mismos de antes y don Cebrián, que ha salido de su casa. Trae la escopeta, por si acaso. Nunca se sabe si los maquis siguen sueltos.
            —¿Quién tiene experiencia con esto? —pregunto, y entiendo que todos están tan en blanco como yo. Doña Carmen no hace sino repetir lo que ha visto en las películas. De un momento a otro se le ocurre poner Hospital Central en el televisor.
            —Yo he estado embarazada muchas veces —sale Raquel, alias Vanessa.
            —Sí, pero necesitamos a alguien que haya parido alguna vez —replica Fabiana enfadada, y noto cierta envidia en su comentario—. La Sole ya no está para tomarse la píldora del día después.
            —Un aborto no puede ser tan distinto de un parto —se defiende Raquel, que ya ha conseguido dar forma a sus pezones—. Todo acaba en echarlo.
            Nuestra vecina más internacional se agacha para asistir a la Sole, pero doña Carmen le aparta al instante. Pepón se pone a su lado, para ayudarla. El resto nos conformamos con mirar.
            —¡NO QUIERO TENERLO! —protesta la Sole—. ¡ES UN MONSTRUO!
            —Cállate, mujer, que seguro que es muy mono.
            —¡Pero que no está embarazada! —le recrimina Pepón, todavía lúcido.
            ¡Sí! ¡Todavía queda alguien con sentido común!
            —¡QUIERO MORIR!
            En verdad, Pepón es el más idóneo para asistir el parto. Trabaja en un hospital, aunque sea de oficinista. Le encanta cambiar los historiales de sitio, y desde hace años es el encargado de anunciar los fallecimientos a los familiares. “Dicen que se me da bien, pero la verdad es que me gusta ver sus rostros desencajados”. El día del 11M pidió permiso para ir de refuerzo a Madrid, aunque gracias a Dios le rechazaron. Necesitaban médicos y enfermeros, no oficinistas. Pepón, además, se dedica a hacer llamadas de madrugada. Adopta su tono más grave, se aguanta la risa y le dice al primero que descuelga: “Lo lamento, pero su hermano ha fallecido”. Alguna vez le han dicho que es un error, que son hijos únicos, y entonces dice: “Lamento la confusión. Debe tratarse de su padre”. Reconozco que me hace gracia, pero sólo porque levanta las cejas de una forma muy divertidas. Porque ¿quién va a verle las cejas si está hablando por teléfono?
            Y ahí está Pepón, ayudando a doña Carmen, mientras que el resto nos preguntamos en qué momento se acaba la farsa. Ha dilatado, vaya que sí. Estoy a punto de volverme a la cama cuando la vieja pega un grito que nos vuelve a todos:
            —¡YA LA VEO! ¡LA CABEZA!
            Mientras que la Sole insiste en que lo matemos, y después la matemos a ella, o al revés, pero que matemos a los dos, todos corremos a ver lo que sale entre sus piernas.
            —No es la cabeza, tiene que ser el culo —corrige doña Carmen, pero ninguno le recrimina el fallo. Porque de verdad que está saliendo algo, que eso que vemos es un culo, y que nunca creí que un órgano tuviese tanta flexibilidad.
            La Sole hace un último esfuerzo, y la criatura sale de una. Doña Carmen lo envuelve en toallas y todos lo miramos primero, y después a la madre. Volvemos a mirarlo. Miramos a la madre. Y volvemos a mirarlo, atónitos. Es un cerdito.
            Pochi, en un rincón del recibidor, chilla de satisfacción. Corre a ver a su hijo, y la Sole llora desconsolada. Pero sus lágrimas se paran en seco, porque don Cebrián, sentado en su silla, levanta la escopeta, apunta al bulto y dispara.
            —Ya tenemos cena de Navidad, joder.

EL CLUB DE LA LUCHA - y diferencia entre guión y trama, para quien pregunta

Mira que son malos los prejuicios. Nunca votas a la derecha, evitas cualquier restaurante oriental y no consientes, bajo ningún concepto, que te regalen cava catalán. Agüita con ellos.
En una de esas, pensaba que El club de la lucha sería una de esas películas de acción+acción que logran aburrirme a la tercera escena, donde toda la trama sería un temido duelo final y Brad Pitt serviría de gancho para quinceañeras. Sin mucha fe saqué la película de la biblioteca (cero euros, tomen nota) y hoy, con un par de sanwiches en la bandeja, le he dado al play a ver. Me parecía raro que Helena Bonham Carter participase, sólo era eso. No la imaginaba haciendo aquello que yo imaginaba de la película.

Y obvio que no era lo que imaginaba.
El club de la lucha mola, tiene un guión excelente y una trama apasionante. El reparto lo hace guay, te sorprende de principio a fin y encima no te queda otra que tragarte tus prejuicios. Eso desde el primer minuto de la película, claro, cuando ya te queda claro que no se parece en nada a tu idea preconcebida. Es una película buena en todas sus escenas, y seguramente sorprendente. Ala, para que no digan que sólo critico. Aquí va mi primera recomendación cinematográfica de 2009.

P.D.: Ya lo he dicho alguna vez y me han mirado raro. "¿Por qué distingues entre guión y trama?", me preguntan. Para mí son dos cosas distintas, como supongo que para tantos otros. La trama es la historia, el guión son los diálogos. Van de la mano, pero no es lo mismo. Y a veces una triunfa y la otra patina.
Ejemplo de guión pésimo y trama buena: La Guerra de las Galaxias. Lo siento para sus fans, pero aunque la historia me encanta los diálogos son de risa. Uno no puede estar pensando a cada minuto en la frase que quiere que le pongan en la tumba.
Ejemplo de trama pésima y guión bueno: Lost in Translation, que la vi ayer. Bueno, la trama no es tan pésima, pero digamos que está muy por debajo del guión. La película se hace larga, eso es un hecho. Pero luego, escena a escena, hay que admitir que los guiones son dignos de ver.

1991 y la insensibilidad en el culo


Hoy, casi veinte años después, un sketch así sería inconcebible por la sensibilidad del tema del maltrato. ¿En qué hemos cambiado? ¿Vamos a mejor o peor? ¿Es bueno no intentar sacar algo divertido de lo dramático, para desdramatizarlo en la medida de lo posible? ¿No es eso lo que debería hacer la comedia? Y la duda más importante: ¿por qué el video no tiene ni puñetera gracia?

Desempleados

Me preocupa -el verbo es preocupar; ni enfadar, ni cabrear: es preocupar- la frialdad con la que algunos, que incluso no han pegado un palo al agua en su vida, hablan del desempleo. Y mientras la cifra crece con esta crisis que nos golpea, insisten en decir que "la gente no trabaja porque no quiere", a lo que agregan adjetivos de vagos y caraduras. Siempre haciendo de la excepción, la norma.

Sostienen, orgullosos de sus teorías, que si de verdad quieres trabajar lo mismo te da recoger fresas que barrer calles. Lo mismo da que tengas un título de ingeniero, porque se supone que lo que quieres es trabajar, a cualquier precio. ¿Cómo se les ocurre rechazar éste y aquel empleo? ¡Ladrones, robando de nuestros impuestos! ¡Ladrones y vagos!
Partiendo del hecho que un cincuentón sin formación no lo va a tener fácil para encontrar ningún trabajo, y la crisis está despidiendo a muchos de esos, los del todo-vale-cuando-quieres-un-jornal capaz pecan de falta de dignidad. Digo, porque si no entienden que una persona prefiera cobrar el paro a trabajar en algo que dada su formación, es humillante, es que ellos no se humillarían por nada y por tanto, van escasos de dignidad. Entiendo totalmente que personas preparadas no cojan lo primero que les ponen delante: ¿para eso han estudiado? ¿para dedicarse a algo que podría hacer cualquiera? Sí, si te ves con la necesidad no te queda más remedio: pero cuando la diferencia entre el paro y el sueldo es de 200€, prefieres quedarte en casa a humillarte en un Burguer King. Una persona no estudia ni hace carrera, académica ni profesional, para acabar poniendo nuggets en la carretera nacional.
Y seguirán diciendo eso de "si de verdad tuviesen interés". Punto y final, miserables. No tenéis ni un mínimo de tacto, y mucho menos conocimiento. Para cobrar del paro han tenido que cotizar antes. Incluso esos inmigrantes que hoy vemos en el INEM, que taaantos trabajos nos quitan, subieron y realzaron las cotizaciones hace años y hasta hace sólo unos meses. Un poco de respeto porque los parados de hoy, son los cotizadores de ayer. Y ellos, preparados o no, dignos o indignos, soltaron parte de su sueldo para que mañana, si les iban mal las cosas, tuviesen una compensación del Estado en forma de paro.
No nos están robando nada. Tranquilos, que ya se les cerrará el grifo cuando agoten sus meses de cotización. Mientras tanto, chitón.

Jornada de preguntas (estúpidas) abiertas

En mi ejercicio de sulfurar a los que me rodean, planteo el siguiente hipotético:


Imagina que en tu región, sea cual sea la situación actual, creciese el sentimiento independentista y se declarase territorio independiente, un Estado nuevo, con reconocimiento bilateral. ¿Seguirían viviendo en tu región, o emigrarías al resto del territorio de tu antiguo Estado, el que consideras tuyo?

Ché, hagámoslo práctico: si un vasco seguiría viviendo en Euskadi (nota mental: dejar de llamarle País Vasco. ¿Y luego la montan con la "nación" de Cataluña, cuando sólo se dice en un Estatuto?), si Mataderos se independizase de Argentina, o si Valparaíso de Chile. Sí, puede sonar imposible, pero como en todo este tipo de hipotéticos hay que echarle imaginación. ¿Tú? ¿Seguirías viviendo en tu región, si se convirtiese en Estado, o preferirías seguir en tu país de siempre (que no se ha disuelto, para quien pregunte)?
El otro día mareé el percal con esta pregunta, y lo interesante es que las respuestas fueron variadas. Entre los encuestados, preferían emigrar a España que quedarse en el Reino de Valencia, Comunidad Valenciana, País Valencià o como quiera Dios que llamásemos a esto. Yo lo tengo muy claro: me quedaría aquí. Ahora te tiro la pelota. Es, básicamente, llevar al extremo eso tan viejo de ¿qué te sientes más, español o valenciano? Se aceptan comentarios.