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Una peligrosísima revelación

Hoy, que no robaría ni un post-it, que mi concepto de la propiedad privada está desarrolladísimo, no perdono una sola falta en lo que a hurtos se refiere. Me indignan las manos largas que se auto-exculpan con "es que es muy caro", "nadie se va a dar cuenta" o "a quién voy a molestar". Si no es tuyo déjalo donde lo has visto, fin de la historia.

Pero todos tenemos nuestro pasado oscuro, y mi pre-adolescencia no fue menos criminal que la de la media de la gente. A diez años vista, y sin entrar en detalles con el ferviente deseo de que todos mis delitos prescriban, tengo que admitir que un verano de playa me cubrí de gloria como amigo de lo ajeno. En realidad fuimos todos los del grupo, verano de cigarrillos y primeros tragos de alcohol, y ya he pasado la fase de recordar aquello con vergüenza -que la merece, la verdad- para reírme un poco de mí mismo y no olvidar que he hecho las mismas gilipolleces que aquellos a quien miro de reojo. Diré en mi defensa que mi pasado ladrón se reducen a un verano en Dénia. Ni qué decir que aprendí la lección sin necesidad de que me pillaran.
Podría hacer un inventario de todo lo que robé, principalmente música. En mi habitación de Valencia todavía tengo cedés tan variopintos como una antología de Frank Sinatra o la banda sonora de Misión Imposible III. Todavía hoy, cuando paso por aquella tienda de discos, pienso en el día que volveré con un cheque para compensar aquellos hurtos. Aunque creo que cambiaron de dueño, de modo que no sé cómo lo haré al final.
Pero.
Claro.
No iban a ser los discos la joya de la corona.
Y aquí llega la peligrosísima revelación.
Inédita.
Culpable.
Exclusiva.
Siempre he presumido de tener una primera edición británica de Harry Potter y la Cámara de los Secretos. Un libro que vale unos miles de euros, y que yo alardeaba de haber comprado por una libra en cualquier rastrillo inglés.
Lo has adivinado: no costó una libra.
No costó dos.
Más bien, costó algo así como una carrera contra la justicia.
Sí. Mi primera edición de Harry Potter y la Cámara de los Secretos está robada. De una biblioteca británica. Vale que fui un ladrón, pero nadie me negará el robo selecto. A mis doce años reconocí perfectamente el valor del libro y también encontré autojustificación a mi acto: "Si me lo llevo yo, nadie más podrá seguir estropeándolo". La sección infantil, de hecho, era la única de toda la biblioteca sin barrotes de seguridad. Ese ejemplar, que ya entonces era valioso, estaba sin ningún tipo de protección... ni cariño. Nadie podrá negarme mi amor por los libros en ese robo que yo llamaré compasión.
Nunca he pensado en vender el libro. Y tengo muy claro que lo voy a devolver: por correo y sin remitente, eso sí, y con un post-it de colores que diga bien claro "IT IS A FIRST EDITION. Ps: Sorry, I borrowed time ago". Tanto si quieren subastarlo por la beneficiencia como si sacan dinero para poner un ascensor, a mí plum. No es mi libro. Sólo espero el momento -legalmente irreprochable- para devolverlo a su dueño.
Y hasta aquí la historia de hoy. Del día que Cronista se dañó un poco más si cabe su imagen.

Pop!ular

Decía Oscar Wilde que "que hablen de uno es espantoso; pero hay algo peor: que no hablen". De ahí a eso de mejor que hablen mal a ni mencionarlo, hay un paso. Como si viviésemos de los chismes.

Supongo que hay gente que lo daría todo por ser popular. Supongo que les merece la pena ser personajes odiados con tal de ser eso, personajes, que es mucho más de lo que otros pueden decir. Sucede también que estos obsesos por la popularidad se creen que todos los demás seres humanos ansían lo mismo en secreto, como si se tratase de rechazar un vaso de agua en lo más recóndito de un desierto o el mando a distancia en medio de un documental de cine español: un suicidio bromista, casi.
Pues bien: los hay, los haymos, que adoramos el anonimato. Que no querríamos ver nuestro rostro pegado en ningún muro publicitario de gasolinera, que no querríamos que nos reconociesen ni para decirnos "eres tan guapo como en el muro publicitario de la gasolinera", que no querríamos tener que usar gafas de sol. Los haymos, quizá más exagerados, que no soportamos que hablen de nosotros ni aunque sea para bien. Que preferimos la más absoluta de las indiferencias a un simple elogio. Que nos sonrojamos con cualquier palabra de bien, como con cualquiera que pretenda el efecto contrario. Que nos sentimos mejor si sabemos que sólo existimos para los que existen para nosotros, y que ni a ellos revelaríamos nuestro sabor favorito del yogourt. Es un caso patológico de intimidad, pero intimidad a fin de cuentas.
Definitivamente no todos queremos ser famosos. Los haymos que preferimos hacer nuestras cosas bien, e incluso que se conozcan nuestras cosas, pero nunca la mano que mece la cuna, la firma que estampa la firma, el rostro que da rostro a la pared publicitaria de la gasolinera. Una vez una chica me dijo que se me notaba que disfrutaba cuando la gente se me acercaba al terminar un podcast. Qué poco me tenía que conocer para pensar semejante cosa. Puedo ser cortés, e incluso sacar el lado divertido del momento, pero difícilmente podré disfrutar de estar nunca en el punto de mira. Ni aunque sea por llegar el último al andén de la estación.

Fan terrible

Digo que soy fan de Belén Esteban y nadie me cree. Será que parezco demasiado inteligente para "seguirla", pero oye, más estúpido sería creerse demasiado inteligente para seguirla.

También soy fan de Carme Chacón. Supongo que la ministra no lo llevaría nada bien de saber quién es mi otra ídola, que por la Esteban no hay problema, que no sabrá quién es la Chacón.
Yo es que soy de cultura llana, pueblo bajo, que lo mismo me da ver el debate político de Las mañanas de Cuatro, Página 2 que el Sálvame. Qué tontos son esos que creen que van a agilipollarse por bajar a los infiernos. No saben lo que se pierden.

Nuevo diseño

Un cambio de aires bien merece un cambio en el diseño del blog. No es gran cosa, pero me apetecía hacer el dibujo (y una vez hecho, lo prefiero al anterior). De paso sed buenos y votad en la encuesta del menú lateral. Eso también va por los que leen este blog por RSS. Y a los twitteros, les recuerdo las coordenadas: @el_croni Se puede ser más chungo pero no más guapo.

Mi favorito

Antes, cuando me preguntaban (o me entrevistaba en vísperas a la recepción del Premio Nobel de Literatura, aprox), decía que mi libro favorito era 1984, de Orwell. Un libro que como suele ocurrir con los que más me han gustado, me aburrió la primera vez que me puse con él (pero algún poso tuvo que dejar para que lo retomase tiempo después, que tampoco es que sea masoca). Ahora, sin embargo, no elegiría ese libro como mi título de cabecera. Sí, sigo considerándolo genial, pero no lo elegiría como el mejor.

Cien años de soledad, Harry Potter, Las uvas de la ira, La colina de Watership, Opiniones de un payaso, Ensayo sobre la ceguera, El juego de Ender, El dios de las pequeñas cosas, Matar un ruiseñor, Cumbres borrascosas, Rebelión en la granja y Los renglones torcidos de Dios son libros en los que no puedo dejar de pensar a pesar del tiempo que ha pasado desde que los leí (necesito más para asimilar Tobi Lolness, pero es susceptible de entrar en esta lista. Las dos entregas). Sin embargo, no podría decidirme por ninguno. Puedo tener mis más, pero a todos los considero geniales. No, no me siento capacitado para elegir mi libro favorito.
Pero mi autor preferido es otro tema. No tiene que ser el escritor de mi libro favorito. Puede ser otro. De hecho, mi autor favorito no ha escrito ninguno de los libros antes mencionados, pero lo considero el más completo, el más genial, y aquel al que la literatura ha hecho menos justicia. Definitivamente, y a fecha de hoy, afirmo que mi escritor favorito se llama Roald Dahl.

Vecinos y videojuegos empiezan por V

Instalarte en una nueva casa no implica sólo compañeros de piso, sino también nuevos vecinos. Yo, que fue elegido El Joven Más Amable de la Escalera 2005-2009 (con excepción de 2004, cuando le dije a la del sexto que dejase de tratarme como si tuviese ocho síndromes graves, cuando el único que tengo es el de los pies inquietos) en mi finca de Valencia, me veía en la incógnita de cómo me tratarían mis nuevos compatriotas de escalera en esta etapa. Y

  1. Ya les he conocido mucho más de lo que jamás hubiese esperado. Sobre todo a los de mi planta.
  2. Son bastante amables, y casi todos merecen un personaje de novela
  3. A los madrileños les desconcierta que uno les diga 'gràcies' o 'adéu'. Digo desconcertar por no decir jode, que es precisamente lo que me propongo. El día que alguien se queje se expondrá a mi discurso más ensayado sobre las lenguas cooficiales y la intolerancia a las otras lenguas.
En mi casa tenemos una figurita, más bien una hucha agujereada, con forma de dos payasos montados en un cochecito leré. Es treméndamente fea, nada que ver con las jirafas de la misma mesilla, pero supongo que mis compis le ven cierto valor sentimental porque pertenecieron a los anteriores inquilinos, unos supuestos drogodependientes que sólo salieron de allí cuando un juez dictaminó sentencia (lo segundo lo he comprobado en Google, donde encontré la sentencia completa. Lo primero lo podemos dejar en cultura de Radio patio). El caso es que yo quiero sacarle partido a esa figurita horrenda, y como lo de tirarla sería muy fácil, he pensado en crear el Torneo de la Figura de los Payasos. ¿Que por qué el torneo?
  1. Porque es una excusa para invitar a los vecinos y conocernos de algo más de un 'hola' en el portal.
  2. Porque es una buena forma de deshacernos de los payasitos sin hacer añicos la figura. Tengo miedo que las almas de los drogadictos se conserven en su interior cual monedita de diez céntimos, y que al romperla salgan los fantasmas y nos atemoricen en el retrete cada vez que les entre mono de ectoplasma.
Claro que como somos muchos vecinos en la escalera, tampoco es plan de invitarlos a todos. Por eso he hecho mi pequeña selección, que incluye a tres personajes imprescindibles. Necesito una lista más:
  1. El chino de la tienda de alimentos de abajo. Tiene un nivel nulo de castellano. La gente se cree que sabe decir 'hola', pero eso eso sólo porque 'capullo' en mandarín se pronuncia exactamente igual.
  2. La pareja de ancianos de la puerta de al lado. Son los clásicos abuelos de edificio. Los que utilizan el ascensor por separado no sea que se queden encerrados allí y nadie les pueda rescatar.
  3. El loro (sería el único invitado animal) del segundo, al que sacan a pasear al descansillo varias veces al día.
  4. El chico del Cuarto-Centro, el auténtico motivo por el que se da la reunión (aparte de deshacernos de los payasos, claro).
Si Mercedes Milá necesita una veintena de personas para hacer un experimento es porque no le conoce a él. Yo con uno me basto: le sigo desde la mañana hasta la noche, y apunto mentalmente todas sus evoluciones. Desarrollo mis propias teorías y las comparto con todos los que pasan por casa. También me atribuyo ciertos descubrimientos que son el resultado de más de quince días de obstinada investigación.
Lo que hace tan especial a mi vecino del Cuarto-Centro es que nunca deja de jugar a la X-BOX. Mires a la hora que mires, siempre está con lo mismo. Y el videojuego, salvo alguna rara ocasión en el que se pasa al fútbol, siempre es el mismo de la metralleta en mano. A todas horas. Todos los días. Y según mis compañeros de piso, que me cedieron a regañadientes esta reservadísima investigación, ya lleva así tres años.
Como grita mucho al jugar, al principio pensaba que en realidad no eran uno sino dos. Luego advertí que por más que hablase, en realidad nunca había respuesta, de modo que sólo se trataba de una persona. La explicación a sus monólogos interrumpidos está en que usa (o debe usar, porque no hay nada comprobado) algún tipo de comunicación internetero que le une a otros jugones, que imagino también inspiración de sus vecinos detectives. De hecho, creo que los vecinos de estos jugones deberíamos crear algún tipo de fundación para unir datos, porque siento que me estoy perdiendo muchos porqués de la historia.
Tengo que admitir que sólo veo la pantalla del videojuego. A él nunca le he visto, pero sus gritos son tan fuertes que no hay planta a la que no lleguen: yo, que estoy justo al lado, estoy condenado a enterarme de cuántas veces le matan, pero oye, aquí encantado, porque uno se siente así más acogido por el vecindario (aunque se trate de un obseso de los videojuegos. Bueno, retiraré lo de obseso por si luego del Torneo dela Figura de los Payasos se convierte en mi mejor amigo. No le podré ocultar este blog por demasiado tiempo. Por cierto, saludos a la librera salemita que el otro día me reconoció en Madrid. Juro que mi estupefacción al presentarse no iba con ella, sino conmigo. En ese momento yo estaba haciendo un ridículo espantoso que dudo que le pasase desapercibido). Yo tengo muchas ganas de celebrar el Torneo, pero mi compi #1 no está muy por la labor. No sé, creo que al final le convenceré. Pero lo que está claro es que entre las pruebas de estas grandes olimpiadas no podrá haber ni diccionarios (a menos que queramos fusilar al chino al más puro estilo 2 de Mayo), ni pruebas físicas (diría que por los abuelos, pero creo que yo estoy peor) ni de videojuegos, porque el del Cuarto-Centro nos puede dar un palizón. Y no es plan. Por más que queramos perder de vista a los payasitos.
Pensaba el otro día el tiempo que hace que no juego a videojuegos. Recuerdo cuando no me perdía un número de la Hobby Consolas, y mírame ahora, que no sé por qué número van de la Play. Antes las teníamos todas: la Game Gear (que la trajeron mis padres de un viaje a Nueva York, y que era algo así como un trillón de veces mejor que la Game Boy), la Master System, la Mega Drive, la DreamCast (mi favorita), la Game Boy Color y la Advance, la Play 1 y la 2, en la que me quedé yo estancado.
Si tuviese que elegir un juego, ese sería sin duda el Chu Chu Rocket. Era un juego que para colmo, era gratuito: llamabas a un teléfono de Sega y te lo enviaban a casa por la cara. Era simple hasta decir basta y sin embargo, adictivo. Creo que eso es lo que tienen los mejores juegos.
Otro que me encantaba era el Jet Set Radio, el de los grafitis: pura originalidad. O el Metal Gear Solid, pero lo que me pasaba con esa clase de juegos es que no podía jugarlos solo. Tenía que estar mi hermano presente para rebajar un poco la tensión. El Crash Bandicoot (los primeros) era genial, aunque las fases de agua siempre me han provocado un agobio inmenso. Tengo miedo al mar abierto en la realidad y las pantallas, cosas que pasan. O el Spyro the Dragon, otra chulada. Pero poco más. Seguramente habrá más títulos, pero hoy soy 0% jugón. No creo que tenga que ver nada con la madurez. Me temo, simplemente, que a veces nuestros gustos cambian. Gracias a Dios que tengo al vecino del Cuarto-Centro para recordarme lo mucho que antes me divertían. Por él y por la figura de los payasos va este post. Ya os contaré cómo fue el torneo.

Las hermanas del bapisterio

Una nueva perla de Callejeros. Aunque nada igualará a las vecinas de Valencia, una auténtica joya de la televisión contemporánea.

Del referéndum de Cataluña

A mí si Cataluña se quiere independizar me la trae floja, la verdad. Me la trae floja en lo que a mi sentimiento español se refiere, que a nivel cultural y social creo que perderíamos todos, y ellos los primeros. Ya no hablo de economía, que la que iba a caer en picado iba a ser la catalana (no seré yo quien haga el boicot, pero haberlo, lo habrá). A mí me parece que si ellos están dispuestos a perder a nivel cultural, económico y social, pues adelante, nosotros no somos quienes para decirles lo que es mejor para ellos, pero yo mantendré mi defensa del castellano (como lengua igualitaria, que ni más ni impuesta) en todas las regiones bilingües, sea cual sea el pasaporte que llevan en la maleta. Si Cataluña respetase el castellano como co-oficial, santas pascuas. Pero como no dan muestras de ello, y sus políticos más demagogos siguen con ese erre que erre que parece que Cervantes luchase en el bando nacional, pues miedito me dan.

Lo que pasa con los referendos, que nos llenamos la boca con el derecho a opinar, es que hay que ser coherentes con ellos. Y si alguien quiere declarar la independencia de su calle respecto al barrio, tendrían que dejar sin derecho a réplica que el vecino de la finca número 92 también pueda declararse independiente de la misma calle. Es una caja de pandora muy complicada de abrir.
En fin. Los referendos deberían hacerse donde el independentismo esté bien arraigado y probado, y negárselo es un error. Será inconstitucional, pero que no me venga De la Vega con eso que ella y los suyos se mean en la Carta Magna dos veces por semana. Pero que cuando haya independentismo, que nunca se aplasten derechos individuales. Garantizar las discrepancias debería ser primordial, e ignorar al 40% de catalanes que hablan castellano en su casa es sumamente grave. Parece que uno tenga que ser una minoría para que le hagan caso.

Todo esto viene por la consulta no vinculante en el municipio Arenys de Mur, que tuvo ayer su minuto de gloria. La participación del 41% no es aplastante, pero sí a tener en cuenta (si ellos dicen que son muchos, yo diré que son los mismos muchos que hablan español en su tierra. Esos a los que, como no interesa, consideran pocos). Pero lo que más asusta es el resultado de la votación, practicamente un 100% por la independencia. No sé cómo leerán el dato los convocadores, pero a mí un número así me desalentaría por completo. No puede restarle mayor credibilidad. A eso y a la bandera republicana en la sala de votaciones. Cuando votábamos delegado en clase, hacíamos las cosas menos chungas.

Mi tierra

Las canciones más bonitas no son las más melódicas, ni las mejor escritas, sino las que nos recuerdan a momentos trascendentales de nuestras vidas. En estos primeros diez días en Madrid he quemado una lista de reproducción del iPod que incluía temas como Señora (la reversión de Marea, genial), Si tuvieras que comerte / Camping de La Casa Azul o Crown of love, de Arcade Fire, que ya publiqué en este blog y tiene un directo que me alucina (y eso que detesto las versiones de conciertos). Pero sin duda, y por los siglos de los siglos, una canción destacará sobre todas las demás en mi integración en la capital de la provincia de Madrid: Mi tierra, de Nino Bravo.


Como la calidad musical es incuestionable, tengo que admitir que gracias a esta canción me pude sentir como en casa desde el minuto cero. "Mi tierra tiene su sol, el mismo sol que tu tierra", colleja a los que creen que son mejores por vivir donde viven. "Mi tierra tiene su voz, que ruge si se le encierra", y antes debería haber rugido contra ese dictador de pacotilla, y tendrá que volver a rugir cuando los seudodemócratas nos cierren la boca. Es que ser libre me emociona, qué le vamos a hacer. "Mi tierra tiene naranjos", homenaje a su/mi queridísima Valencia, acompañado de un "Mi tierra tiene tres mares que la besan", porque los valencianos somos españoles y bien orgullosos de ello.
No sé. Sólo necesité escuchar a Nino Bravo para recordar que en Madrid sigo estando en mi tierra. Y que del mismo modo, a todos nos calienta el mismo sol. Será una gilipollez, pero no sabéis la sonrisa tonta que me entra por la calle cuando la voy escuchando. Cualquier día me paran los del CNI.

A partir de hoy

La sonrisa del otro día bien merecía una explicación, aunque a juzgar por la cantidad de comentarios, creo que ya está todo dicho. Sí, ya estoy en Madrid.

Me pregunto cuántas veces en la vida nos enfrentaremos a eso de "La Decisión Más Importante de Nuestras Vidas", esas que no vienen una vez al mes, sino sólo cada mil años, o una única ocasión. Se trata de la decisión más importantes de nuestras vidas, no como elegir fresa o plátano en el yogourt, y cuando nos enfrentamos a ellas sentimos auténtico pánico por lo que pueda pasar.
Mi decisión la tomé hace meses. Recuerdo cenar pizza en la cocina de Sisi, con Pé y Ser completando la mesa, cuando dije que estaba pensando en marcharme. Supongo que necesitaba expresarlo en voz alta por primera vez para hacerme a la idea yo mismo.
Desde entonces, la idea ocupó toda mi cabeza. Ni con la publicación de La Guía Secreta podía distraerme: el libro iba a estar en las librerías conmigo o sin mí, pero el traslado, con todas sus consecuencias, exigía mi cabeza al cien por cien. Lo miré todo, estudié cada una de las posibilidades, barajé -como siempre lo hago- lo que ocurriría en la opción peor, y al final di el paso definitivo para estar hoy aquí, en la que ya es mi casa, viviendo en la capital de España.
En una semana no ves todas las luces y sombras. Pero siete días son suficientes para meditar sobre la decisión, y cuando Lo Mejor que Has Hecho en Tu Vida coincide con La Gran Decisión, sientes que los planetas que han alineado por ti. La Gran Decisión no es moco de pavo. Lo Mejor que Has Hecho en Tu Vida, tampoco lo es. No sé qué tendría que pasar para que tuviese que volver. Pero siento que en mi futuro sólo existe Madrid*.

*Y unos meses en Nueva York, y una década en una reserva protegida de animales salvajes de África. Pero bueno, todo a su tiempo. Ahora mismo vivo en Madrid. Y soy terriblemente feliz aquí.