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Desmontando a los catalanes. Una pequeña investigación para conocerlos a través de ellos mismos, lejos de estereotipos y con preguntas de actualidad

Cuando hace unos meses propuse a los lectores de este blog que participasen en un experimento contra los estereotipos, fuisteis unos cuantos los que os prestasteis. Había que estrechar el cerco por lo que empecé por uno de mis favoritos, los catalanes, por su historia y orgullo patrio, y oye, para qué engañarnos, porque la gente les tiene manía y siempre crea más polémica y crispación.

A los catalanes se les tiene por peseteros, un término que los acompañará por más que sobrevivamos siglos con el euro. Se les tiene por nacionalistas, o lo que es "peor", independentistas. Los españolistas no se deciden si los quieren fuera de España, por eso de que cuanto más lejos mejor, o mantenerlos dentro, aunque sea por joder. Muchos representantes se aprovechan de esta fama para alimentarla y sacar crédito, del político o monetario, y en medio de todo están los catalanes, los de toda la vida, los nuevos, los que se sienten de más de aquí que de allá, también los que están hartos de acusaciones y tampoco faltan los que pasan de todo follón como quien oye llover. Éste no es un análisis de todo el pueblo catalán. Éste es un análisis limitado de quienes han participado en él, personas que por leer Crónicas Salemitas ya se les podría definir. Ojalá sirva para derribar algún prejuicio, abrir las mentes y oye, que alguien visite hoy el blog.

Los catalanes según los españoles. Cada español o ciudadano mundial tendrá su propia impresión del pueblo catalán, pero es interesante comprobar cómo creen ellos que los ven desde fuera. Cuando se les pregunta al respecto, piensan que los españoles los tienen por insolidarios, "muy suyos", que dedican todos sus esfuerzos a cuestiones independentistas. "Tal vez por defender Cataluña, el idioma o tradiciones catalanas creen que nos creemos mejor que el resto y que menospreciamos todo lo que no es Cataluña", continúa Anna, de 23. Raquel, de 30, completa: "Se han agarrado a estos tópicos para sentirse más justificados, y no intentan ni quieren entender que posiblemente los hay, pero como en todas las comunidades autónomas de España y en otros países". Sin embargo, para Daniel, de 20 años, no hay que preocuparse: "Creo que los que nos tienen odio son una minoría".
Pero, ¿cómo se ven ellos mismos? Se describen como modernos, cosmopolitas, con una vida cómoda; una percepción generalizada es que son los que más contribuyen a las arcas de España, y los que menos reciben. Según Carmen, de 42, el catalán es "trabajador, con 'seny' (sentido común) y más que peseteros somos ahorradores; en el cuento de la cigarra y la hormiga, seríamos la hormiga". Para Anna, el catalán de la calle está harto del cruce de acusaciones entre españolistas y catalanistas: "Es un cruce absurdo y sin sentido que no le importa a la mayoría de catalanes pero que sin embargo va calando...".
Preguntados por su identidad nacional, las respuestas no son muy variopintas, lo cuál quizá describa mejor a los lectores de este blog (mea culpa) que a los propios catalanes. La mayoría dice sentirse español y catalán por igual, sin distinguir, y muchos lo justifican recordando que sus familias llevan pocas generaciones en Cataluña. Cuando se les pregunta por el nacionalismo, la mayoría hace descripciones teóricas, pero algunos como Carmen van más lejos: "Los nacionalismos son un cuento chino para que la gente no se preocupe de los verdaderos problemas y tenga un motivo para pelearse con el vecino. A veces es el único argumento que se le da al pueblo para ocultar las miserias de sus gobernantes, siempre se le puede echar la culpa a otro. Sin embargo, es necesario preservar la cultura y el idioma de un pueblo", matiza al final.
La independencia de Cataluña se discute desde hace tiempo y más últimamente por ciertos referendos no oficiales que se han realizado en territorio catalán. Así ven la situación los preguntados: "Me parece una tontería pedir la independencia de Cataluña. La principal motivación de los independentistas catalanes es que Cataluña sea diferente de España, es más por patriotismo o identidad cultural que por otra cosa. No veo ninguna razón sólida y lógica para querer separarse de España. Podría entenderlo en caso de dominación o abuso por parte del resto de España pero me parece que Cataluña no está para nada en una situación así. No quiero ni entrar en las repercusiones sociales, económicas o políticas que podría traer la independencia de Cataluña, simplemente me parece algo innecesario", comenta Anna. Algunos prefieren que no se celebren estas consultas, pero Daniel se muestra indiferente: "Por mí que hagan los que quieran, pero ya se ha visto lo que pasa: no acude ni la mitad del pueblo. La mayoría de gente no se mete en estas cosas". Ventura, de 14, deslegitima los resultados: "Una mayoría sobre un 30% de la población no es lo que la mayoría piensa, es lo que piensa la mayoría de una parte. Además, es injusto que dejen votar a gente sin papeles (por interés) y que amplíen la edad hasta los 16 porque entre los jóvenes el independentismo está más evolucionado". Para Carmen, el referéndum sería determinante para confirmar de una vez por todas que la mayoría de los catalanes no es independentista.
El Estatuto de Cataluña es otro de los asuntos que provocan confrontación. El recurso de inconstitucionalidad lleva cuatro años estancado en el Tribunal Constitucional y se espera un fallo inmediato. Los participantes en este experimento o se muestran indiferentes o conformes con el texto, aunque admiten no ser expertos en la materia. A ninguno le obsesiona su resolución, pero sí están conformes con los beneficios que les otorga.
¿Y la lengua catalana? Al contrario de lo que opina la mayoría de españoles, los castellanoparlantes son mayoría en Cataluña, correspondiendo a un 55% según datos oficiales. El catalán es la segunda lengua más hablada, y cada vez está más implantada en las instituciones públicas e incluso privadas, debido a las normativas del parlamento. Daniel, por ejemplo, habla catalán la mayor parte del tiempo. Anna habla las dos lenguas por igual, y en su vida se producen mezclas que resultarían extrañas fuera de regiones bilingües: "Con mis amigos, con algunos en catalán y con algunos en castellano, depende de dónde y cómo los he conocido. Si conozco a alguien y empezamos a hablar en una lengua, al cabo de un tiempo me es difícil hablarle a esa persona en la otra así que muchas veces me encuentro en conversaciones con varias personas a la vez en las que unas hablan en catalán y otras en castellano. En clase pasa lo mismo, algunos profesores hablan catalán y algunos castellano, eligen la lengua en que se sienten más cómodos para dar la clase. También me he encontrado con profesores que dan la clase en catalán pero pasan los apuntes en castellano y viceversa"; Carmen, en cambio, emplea más el castellano al ser la lengua de su núcleo familiar.
Cuando se les consulta por el mayor orgullo catalán, es imposible encontrar unanimidad: Dalí y Gaudí son los apellidos más repetidos, pero se suman escritores o políticos a la lista. Los catalanes están orgullosos de su territorio, y os invitan a todos a conocerlo.

A los participantes, ruego disculpen la selección de citas: era imposible ponerlo todo, y se ha buscado lo más representativo posible. Y a los demás, ojalá esto sirva de algo.

Apagón

La programación de la TV Analógica ha dejado de emitirse en este canal.
puede seguir visualizando este programa en TDT.
Más información en 901 2010 04

Eso es lo que aparece hoy en todos los canales de nuestra televisión. Lo que no dijeron con eso de "¡ánimo, compren ya un aparato TDT!", es que la televisión de algunos no tiene ni euroconector, de modo que ahora o nos compramos una nueva tele o es nuestro fin audiovisual.
Miento. Todos los canales han dejado de funcionar, salvo uno. Saca anuncios de Venca, una teletienda infinita. Creo que quiero morir.

Las vecinas de Valencia, cuatro años y medio después

Mi video favorito de YouTube por fin tiene continuación. Pero qué bonito es vivir.

(Y si digo que he estado en la casa de las vecinas de Valencia, no me creeríais. Lo cuento entre los momentos más frikis de mi existencia).

Steinbeck

De ratones y hombres estaba a eso de frustrarme. Amé Las uvas de la ira y me encantó Al este del Edén. La perla me resultó interesante y El pony rojo sin más, pero volvía a pensar en los dos primeros para recordarme por qué John Steinbeck es un maestro de las historias, por qué es un merecidísimo Premio Nobel accesible para todas las mentes.

Pero De ratones y hombres, pluf. Siendo tan corto, me lo he dejado hasta en dos ocasiones. Ayer le di un nuevo impulso y lo terminé, y tengo que decir, tranquilo, que se confirma todo lo que pienso de este autor. No es el mejor de Steinbeck, desde luego, pero tiene un final soberbio que da coherencia a toda la historia desde la primera página hasta la última. Se trata de uno de mis escritores favoritos -bueno, Dahl, no te pongas de mala leche. No he dicho que sea mi favorito- y todo el mundo debería leerlo alguna vez. Sumergíos en Salinas. Nos vemos en eso que abrís la tapa.

Relato: La ilusión

A falta de algo interesante que contar, pego este relato sin corregir que escribí en 2006 y que hoy he encontrado por casualidad entre mis ficheros. Me ha divertido leerlo. He puesto a caldo a mi Yo de entonces.


LA ILUSIÓN

La brisa de aquella noche estaba en perfecta armonía con la luna llena, para hacer del balcón de los Siabinny un lugar mágico y romántico. En el interior de la casa celebraban un importante baile, pero Sarah, quien tenía la cabeza para todos menos para celebraciones, salió a refrescarse. Enseguida agradeció su decisión.

- Si me permite que lo diga, nunca antes había visto una dama de semejante belleza –dijo un hombre a su lado. Sarah se giró y descubrió al señor Mirager entre las sombras. Era un hombre corpulento, peludo y ceñudo, que sin explicarse cómo, ella encontraba hermoso-. Será un placer para mí disfrutar de su compañía en este rincón abandonado. Tengo entendido que es usted una gran lectora. Es extraño encontrar a jovencitas de su clase social que se interesen en algo más que folletines.

Sarah se ruborizó y alisó su vestido para disimular su emoción. Inconscientemente marcaba más su figura, y el caballero sonreía divertido.

- En realidad, es mi tía quien me ha inculcado el placer por la lectura. Yo solo leo sus recomendaciones, que casi siempre son buenas. Todo el mérito es de mi mentora literaria.

- ¿Casi siempre? Adivino que ha habido excepciones –dijese lo que dijese, el señor Mirager resultaba encantador. Y a sus ojos, terriblemente atractivo. Tenía que medir sus palabras, o acabaría diciendo una tontería.

- Al contrario de mi tía, considero que Jane Austen es una romántica aburrida –reconoció con una risita nerviosa-. Pero salvo por Orgullo y Prejuicio, no hemos discrepado en nada. ¿Y usted, señor Mirager? Ya conozco sus viñedos, pero poco o nada de lo que hace en su tiempo libre. Se escuchan rumores muy curiosos acerca de sus aficiones…

Sarah se mordió la lengua. No debería haber dicho eso. El señor Mirager podría pensar que ella era una chismosa.

- Me divierten las habladurías –le dijo con sinceridad-. Me pregunto si por una vez estarán en lo cierto. ¿Puede sacarme de dudas?

- Lo que dicen… cuentan las viejas en las meriendas… que usted es ilusionista.

Aquello hizo que el señor Mirager pronunciase una sonora carcajada. Sarah no esperaba semejante reacción de alguien con tanto prestigio como aquel caballero. Le tranquilizó saber que no le había ofendido.

- Me divierte saber que por una vez, el rumor es cierto. Sí, señorita, mi afición favorita es el ilusionismo.

Sarah no supo que decir. Se había quedado boquiabierta, observándole. A cada segundo que pasaba, se sentía más atraída por él. Aquel misterio que le rodeaba, lejos de espantarla, le seducía.

- No me mienta, señor. Soy una inocente, pero no consiento que me engañen.

- Oh, por favor, le aseguro que no le mentiría por nada del mundo. Le digo la verdad, yo soy ilusionista. Desde los trece años, para ser exactos. Es un arte tan antiguo como difícil, y ni una vida es suficiente para conocerlo a la perfección. Pero creo que puedo defenderme. Soy muy constante.

Mister Mirager decía la verdad, de eso estaba segura. Pero tenía que pedirle pruebas: no para confirmar que lo que decía era cierto; lo que necesitaba era una excusa para pasar más tiempo con él antes de volver con el resto de invitados a la fiesta.

- Demuéstremelo, por favor. Me encantaría verlo.

Asombrada de su propio atrevimiento, Sarah pensó que el señor Mirager daría media vuelta y volvería con el gentío, pero lejos de dejarla sola, le hizo una pregunta que la dejo todavía más sorprendida:

- ¿Cuál es su flor favorita?

Sarah estaba desarmada. Respondió en el acto.

- El lirio.

Como un pintor que mueve el pincel en el aire, el señor Mirager dibujó entre él y ella un precioso ramo de lirios violetas. Sus dedos eran brochas y su magia la pintura. Antes de que Sarah pudiese darse cuenta, el ilusionista le ofrecía su creación con una pequeña reverencia.

- Son preciosas, tan bonitas como las verdaderas –dijo emocionada al cogerlas-. ¡Miento! Me parecen todavía más bonitas que las verdaderas. No sólo es usted un ilusionista, señor Mirager, es usted un artista.

El mago le dedicó una blanca sonrisa. Sarah tuvo el atrevimiento de besarle en la mejilla. Lo cierto es que era la primera vez en su vida que besaba a un hombre que no fuese su padre, por lo que al despegar sus labios de la piel del señor Mirager tenía el rostro encendido.

- Tenía que agradecerle su regalo, señor. Las pondré en un jarrón nada más llegar a casa. ¿O estas flores no necesitan agua?

- Ni una gota. Pero solo puede saber usted que no son reales, o se desvanecerán al instante.

Quizá había llegado el momento de volver a la fiesta, pero ninguno de los dos tenía ganas. Se sentían muy felices juntos, y no imaginaban lugar más mágico para conocerse que aquella terraza bañada con la luz de la luna.

- Me pregunto para qué utilizará usted sus dones, señor Mirager. ¿Puede una jovencita como yo confiar en usted? –preguntó con picardía.

- Nunca utilizaría el ilusionismo para hacer daño a nadie. Y mucho menos para herir a una jovencita como usted. Empleo mis poderes para ridiculeces. ¿Ve el sombrero que llevo puesto?

Sarah miró la cabeza de mister Mirager. Su sombrero era muy bonito, posiblemente importado de Oviedo o Bummeniè, muy oportuno para la fiesta de aquella noche.

- ¿Cómo no iba a ver su sombrero? Tiene usted muy buen gusto eligiendo.

- A este me refería: utilizo mi magia para crear modestas ilusiones, como este sombrero que he traído esta noche. Sí, Sarah: sólo existe en su imaginación.

De repente, el sombrero desapareció. La joven ahogó una exclamación de sorpresa.

- ¿Qué es lo que ha pasado?

- Lo mismo que con sus flores y todas las demás ilusiones: basta con que uno no crea en ellas, para que se desvanezcan. Tendré que tener cuidado con qué más le cuento, o podré acabar la velada en ropa interior.

Los dos rieron, sin poder dejar de mirarse. Cuando por fin exhalaron la última risotada, acercaron lentamente sus labios. El corazón de Sarah estaba a punto de desbocarse. Sintió el cálido tacto del señor Mirager, y su mano deslizándose por su cadera… y de repente, la chica desapareció.

- ¿Quién iba a querer a un mago de ocho cuartos como tú, Silban? –preguntó una voz chillona a su lado. El señor Mirager se giró y encontró a su propia madre, la señora Mirager, una sesentona de metro y medio de estatura y dedos cubiertos de anillos-. Lo que necesitas es una mujer de verdad, no una ilusión de las tuyas. ¡Qué desesperado debes estar, hijo mío!

- Pero Madre…

- Espero que nadie te haya visto. ¿Tú con una jovencita? Dios mío, si podrías ser su padre. Todos saben que eres incapaz de conquistar a una vaca: conjurar estas ilusiones sólo te dejan en evidencia, a ti y a tu familia.

- Madre, yo solo quería…

- No hay nada que decir: tienes prohibido practicar el ilusionismo en tres semanas, o te verás en serios problemas, jovencito.

El hijo agachó la cabeza, avergonzado. Y al instante, se convirtió el polvo.

- ¡Alicia! –gritó el anciano Mirager-. ¿Estabas otra vez con eso? –venía del interior de la casa, pero iba lento a causa de su cojera.

- ¿Yo? No sé a qué te refieres, querido… -disimuló.

- Lo sabes perfectamente, Alicia. Otra vez lo estabas haciendo. Te he visto: has creado una imagen de nuestro difunto hijo.

- ¡No es verdad, Ruperto!

- Por supuesto que sí –insistió el señor Mirager, y se agachó al suelo para coger unas motas del polvo mágico que había dejado la ilusión al desvanecerse-. ¿Qué se supone que es esto?

Su esposa no encontraba palabras. Por su expresión, parecía absolutamente abochornada.

- Te lo ha dicho el doctor, te ha insistido tu hermana pero te lo vuelvo a repetir yo: Si sigues creando ilusiones de nuestro hijo muerto, acabarás por volverte loca. Ya sé que querrías haberlo visto crecer, convertirse en mi sucesor y hasta encontrar una esposa. Pero Alicia, por el amor de Dios: deja las ilusiones. Nunca recuperarán a los muertos.

Y diciendo esto, él también desapareció.

Crí crí crí.

La importancia de llamarse Cayo

Por esa clase de casualidades extrañas, la semana pasada decidí que ya me tocaba leer algo de Miguel Delibes. Autor favorito de mi abuelo, casi también de mi padre, yo siempre lo he ignorado como quien pasa de las películas de la posguerra. Me interesaba igual a cero.

Entonces descubrí que existía un libro titulado El disputado voto del señor Cayo. Señor Cayo o Señor C. es un sobrenombre que he utilizado en broma más de cien veces, y en éste título estaba la inspiración. Dejé pasar un tiempo hasta que la semana pasada, como atraído por una voz, me vi impulsado a comprar el libro. No podía esperar a visitar Valencia siquiera para pedírselo prestado a mi padre.
Busqué en la Casa del Libro de mi barrio, y no tenían ni rastro del título. Todos los típicos, pero no éste. Fue a El Corte Inglés de Goya, y tampoco hubo resultado. Probé en el de Serrano y, de nuevo, nada. "Éste libro sólo está en la tienda de Nuevos Ministerios". Al final fui a la Casa del Libro de Gran Vía y me hice con él. En el mismo camino a casa llamé a mi padre:
-Papa, ¿me pusiste "Cayo" de segundo nombre por el libro de Delibes, verdad?
En realidad, sólo quería confirmar algo que me resultaba obvio.
-No -respondió con sinceridad-. De hecho ni siquiera he leído el libro. Te puse ese nombre por Derecho Romano.
-¡Pero si es tu escritor favorito, y "Cayo" es un nombre súper raro!
-Que no, que no fue por eso.
Me despedí convencido de que mi padre se equivocaba. Claro que me llamo así de segundo nombre por culpa del libro de Delibes, lo que pasa es que él no se acuerda.
Una semana exacta después de esta conversación me encuentro con que muere este escritor. Ya veremos qué rápido colocan El disputado voto del señor Cayo en todas las librerías en las que no había ni rastro hace siete días. Por mi parte siempre creeré que el subconsciente le jugó una mala pasada a mi padre. Tengo que llamarme así por éste escritor. ¿Qué romanos ni niño muerto?

Un día

El otro día oí una frase que me marcó: "Si todo lo que he sufrido sirve para tener un solo día de felicidad, uno solo, vivir habrá merecido la pena". Me pareció terrible. Sabiduría en estado puro. Un bálsamo para mi época más reciente.

Qué cosas que esa perla filosófica salió de Sálvame, programa que no había visto desde hacía meses (incompatibilidad horaria, oiga. Y a partir de hoy, incompatibilidad tecnológica: nuestra tele no tiene enganche a la tdt, y no tenemos ningún plan de comprar otra). La pensadora no era otra que Belén Esteban. Voy a aplicarme a fondo su teoría del saber. Sufro demasiado por querer ser feliz a cada instante, y olvido demasiado rápido esos segundos en que de verdad lo fui.

El día mundial de la mujer

Porque gracias a Dios, ninguna mujer que quiero esperaba hoy que la aplaudiesen por su trabajo. Lo ha hecho y punto. Mejor o peor. Como el hombre que tenía al lado.

Mis primerísimas lecturas (ii)

Tras hablar de La Bruja Aburrida y Busi, prometí -aunque nadie esperaba que lo cumpliese, porque nadie lo ha solicitado- una continuación a aquella entrada en la que hablase de mi siguiente etapa como lector. Ya lo introduje entonces: Leo Leo, la colección de suscripción mensual que Bayard depositaba rigurosamente en mi buzón. O dicho de otra forma: mi confirmación como lector en la vida, o de cómo desde entonces he estado pendiente cada día del buzón.

Leo Leo, para quien no lo sepa, es un libro en rústica que incluye una historia con ilustraciones a color, actividades temáticas y un cómic de la familia Melitón como colofón final. Y lo extraordinario de Leo Leo es, era, que se escapaba de lo que acostumbrábamos a leer en el cole, historias más bien flojitas. Leo Leo trae (casi) siempre tramas emocionantes, y las ilustraciones también se salen de lo que se suele ver en la aburrida prescripción escolar. Será que salen de Francia, patria de mi ilustración favorita. Las "novelas" tenían una temática variada en cada número, y los personajes no se repetían salvo en alguna rarísima ocasión, muy muy excepcional. Mi historia favorita creo que era la de Las cien mentiras, que salió justo con el número cien, aunque cuando regreso al campo ojeo los números antiguos y no puedo evitar sentarme para rápidas relecturas. Algunas historias son maravillosas pese al paso del tiempo.
Los pasatiempos me aburrían bastante, pero el cómic de la familia Melitón era otro punto a favor. A diferencia de con el "cuento", los personajes del cómic siempre eran los mismos, aunque su aventura fuese distinta en cada ocasión (sería imposible mantener una trama continuada; Leo Leo lleva muuuchos años publicándose, y cada año engancha a una nueva generación).
Hala, ya está hecho. Por fin he hablado de Leo Leo. El demonio de la lectura dejará a acosarme al fin por haber saldado esta deuda con mi infancia.