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Las madres de mis amigos

El manual del caballero moderno insiste mucho en mantener una relación cordial con las madres de los amigos. Son unas expertas analistas de los modales de los jóvenes, y no se les pasa ningún fallo o acierto. Gánatelas y tu vida estará tocada por la suerte. Oféndelas y sabrás lo que es el final.
La teoría la aprendí muy pronto. Si mi madre prestaba tanta atención a mis amigos que la saludaban por la calle, que se hacían la cama al dormir en casa o ayudaban con la mesa, las otras no podían ser menos. Procuré ser el chico correcto del que luego dijesen «Qué amigo tan educado tienes», e incluso he empezado a desarrollar nuevos vicios con la edad. Desde hace poco, me intereso por las familias. Cuando uno le pregunta a sus amigos cómo están sus padres, tiene que admitir que ya no es tan joven.
Por desgracia, mi imagen de amigo educado de vuestros hijos ha tocado fondo en varias ocasiones. Es hasta cierto punto normal cuando muchos de ellos me conocen desde que tengo cinco años, o doce, y me han visto en las fases más estúpidas de la vida (¿alguien salió airoso de la edad del pavo?). Me he esforzado a fondo para convertirme en el perfecto caballero moderno, pero sigo cometiendo errores garrafales. Y en mis encuentros más vergonzosos con las madres de mis amigos, tengo algunos recuerdos especialmente humillantes. Lo que escribo a continuación no lo saben todos ellos (sus madres sí, me temo). He modificado algunas localizaciones, sexos y contextos, todo por preservar la amistad. Si alguno se descubre en estas líneas, le pido que repase sus propias meteduras de pata con otras madres antes de juzgar lo que hice yo.

Mi amigo F., por ejemplo, no supo hasta que se lo conté hace unas semanas que su madre me subió una vez la bragueta del pantalón. Dicho así se piensa lo peor, pero creedme: lo que ocurrió fue peor que lo que estáis pensando. Cien por cien humillante, cero por cien sexual. No sé si ella se acordará del incidente, pero por si acaso, y porque nunca lo cuente, todos los años le envío una postal de Navidad. F. siempre ha creído que era a él a quien se la enviaba, claro que también desconocía el secreto humillante que comparto con su madre. No sé por qué le causó tanta gracia cuando le revelé al fin la historia. He visto familias que bajaban de casta por menos.

R. sí que no tiene ni idea (o eso quiero pensar) de lo que me pasó con su madre, y tendrán que pasar cincuenta años para que se lo cuente (supongo que mi lecho de muerte será un buen momento, o una posdata en el testamento). Pongo por delante que tengo mucho cariño a su madre, pero en el momento de la historia, ella acababa de decirle algo a la madre de otro amigo tan equivocado y letal que había causado muchos problemas. Problemas serios, de hecho. Típica confidencia mal documentada que acaba en desastre nuclear. La misma noche fuimos al cine varios amigos, y algunos no se habían enterado de lo último. Recuerdo sentarme en la sexta fila en plena arenga pasional, soltando por mi boca cada insulto que se me pasaba por la boca dirigido a la madre de R. Vaya, tengo que añadir que en cuanto a insultos, puedo llegar a ser muy creativo, pero nadie valoró eso. Cuando ya no me quedaba saliva de tanto despotricar contra la madre de R. por todos los problemas que había provocado, mi amigo me dio un codazo, me dijo que mirase atrás y ahí estaba: la flamante madre de mi amigo R., sonriendo a lo Pantoja y musitando un «Buenas noches» entre dientes. Estaba sentada justo detrás de mí, ni un asiento más lejos. No había que ser adivino para saber que lo había escuchado todo. Desde entonces no me atrevo a llamar a R. a casa y me camuflo con la pared cada vez que me la cruzo en la calle.

Q. no es mi amigo, pero la historia con su madre también tiene tela, y forma parte del Top Cinco de Momentos Más Bochornosos de Mi Existencia. Tenemos que remontarnos unos años atrás, y además tengo que explicar un poco de Q.: en resumidas cuentas, era el chico más raro del colegio. Se puede ser raro bien o raro siniestro: Q. es un caso evidente de lo segundo.
La madre de Q. era aún peor. Había absorbido a su hijo por completo y no consentía que se relacionase con nadie. Cuando los compañeros de su hijo ya teníamos la cabeza puesta en qué carrera íbamos a hacer, ella se dedicaba a llamar a nuestras madres para decir «Qué bien está educado tu hijo» (la primera vez) o «Tu hijo es el mismísimo demonio» (como me ocurrió a partir de la segunda llamada. Mi madre todavía no se ha superado del shock. No todos los días la acusan a una de parir al Anticristo).
Esa noche tuvimos un acto escolar y la madre de Q., bendita samaritana, se ofreció a llevarnos a casa en el todoterreno. Mis amigos y yo estábamos disfrutando de cada uno de sus delirios, así que aceptamos su ofrecimiento sin dudar. ¿Conduciría en sentido contrario? ¿Se subiría a las aceras? ¿Nos intentaría sumar a su secta en el trayecto de coche?
Volved dos párrafos atrás. Ya he dicho que la madre de Q. llamaba a nuestras madres para decirles que éramos hijos de Satanás. ¿Qué no sería capaz de hacer si descubría la dirección de mi casa? En un segundo de lucidez adolescente, decidí que lo mejor era darle una dirección falsa. Me dejaría a dos manzanas de casa y luego haría el camino restante a pie, sin riesgo de que apareciese cualquier día en la cocina echando espuma por la boca. Un plan brillante.
La madre de Q. paró el coche donde le dije, bajé y los despedí desde aquel portal de edificio que no me pertenecía. Incluso los despedí con la mano, a ver si así mejoraba un poco su opinión de mí.
-Buenas noches ¡y gracias!
Yo tan encantador, pero me iba a durar poco.
-No nos vamos hasta que entres en casa -respondió la madre de Q.
Menudo bajón. ¡Si yo no vivía ahí! Mi plan inteligente había sido un fiasco.
-No, no, marchaos -insistí con una sonrisa en los labios-. Si yo entro ya.
-Te esperamos -repitió la madre de Q.
Y ahí estaba yo, intentando abrir un portal que no era el mío con unas llaves que lógicamente, no entraban en la cerradura. La posibilidad de llamar al telefonillo de cualquier vecino quedaba descartada por la hora. También que entrase o saliese alguien. Debían estar todos durmiendo.
-¿Pasa algo? -me preguntaron desde el coche.
-Va todo bien, tranquilos. Os podéis ir...
Pero la madre de Q. no pensaba pulsar el acelerador ni en un millón de años. Mientras tanto yo seguía fingiendo que aquella era mi casa, sin valor para mirar al coche, deseando que aquella escena terminase cuanto antes.
No sé cuánto tiempo pasó cuando decidí volver al coche. Fueron los ocho pasos más bochornosos que he dado jamás. Abrir la puerta del todoterreno, entrar y decir con la voz rota:
-Esta no es mi casa.
La madre de Q. me llevó hasta mi auténtico portal sin hacer muchas preguntas. Ese fue el día que decidió que con chavales tan subnormales, que no saben ni dónde viven, su hijo estaba mucho mejor con ella. Cuánta razón tenía.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi no entender. Si la madre de Q. es la que os llevo en coche, ¿qué tiene que ver Ñ en todo eso?

Alia dijo...

Q bueno! me has hecho pasar verguenza y todo!

Sibila dijo...

jjaajajajajajajajaja, qué haces para merecer eso?

Anónimo dijo...

Cronista, debo decirte que me hiciste morir de risa!!

Excelente entrada =)

Miguel Torales dijo...

Jajaja ¡Por Dios! Que vergüenzaaa. Me hiciste reír mucho XD

Prigkinissa dijo...

Dios -digo... anticristo-, eres el típico protagonista metepatas de serie de tv o novela y yo sin saberlo.

Me ha encantado el final... Jajajajajajajajajajajajajajaja.

No puedo contarte ninguna parida de las mías, porque las tuyas son insuperables.

Francisca dijo...

Es definitivamente cruel reírse de lo cuentas, pero que se le va hacer, no se puede evitar.


Se agradece el hecho de que escribas episodios de esa "truculenta" vida tuya, que te pongas en ridículo y gratis-


¡Notable!


Gracias.

Anónimo dijo...

Madre de Dios :O ¡Qué cosas! Tengo suerte de ser chiquita y que estas cosas no me hayan pasado aún :D Gracias por hacer estos comentarios así no caeré en tus mismos errores ^^"