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L nick d l @}-'- (o cómo destrozar un clásico)

Umberto Eco, autor de El nombre de la rosa, se ha propuesto adaptar su novela más famosa para los nuevos lectores, que no son otra cosa que los no lectores, mediante un proceso que consiste en aligerar la trama y simplificar el lenguaje. Umberto Eco pretende, en otras palabras, hacer del clásico adaptado de siempre (El Quijote en cien páginas o La celestina en cincuenta y seis) una obra en sí misma, con tijeretazo y transformación por el propio escritor. El asesino es el asesinado, como diría el pupilo Adso de Melk ante un crimen más desconcertante que el de su primera aventura.
Cada autor puede hacer lo que quiera con su obra, desde luego, pero mi yo lector mira hacia otro lado cada vez que se le cruza una lectura adaptada. No entiendo el beneficio de leer un Dickens descuartizado antes que un libro sencillo que, mejor o peor, no ha sufrido recortes. Lo entiendo menos cuando este mercado editorial funciona principalmente gracias a las lecturas obligatorias, y me pregunto qué profesor, o qué respeto le tiene a las joyas de la literatura, si cree que una adaptación es igual de válida. Si se lo tiene, que deje que los alumnos la lean íntegra. De lo contrario, sólo consigue que la mayoría de ellos jamás lea el texto completo «porque ya me he leído el libro», cuando se refieren a un simple folleto de protección oficial. Las lecturas adaptadas tienen la virtud de contar muy poco del original, pero destripar los puntos claves y el final con una exactitud envidiable. Que la lean, si les da la gana, cuando estén listos.
El caso de Eco es ligeramente distinto, porque no es la típica adaptación escolar, sino más bien una para lo que llama el nuevo público. El de Internet, tan acostumbrado a la rapidez y el lenguaje sencillo. Quizá Eco achaque a esto que su best seller no siga vendiendo los millones que antes, aunque nunca haya dejado de demandarse. A lo mejor cree que si los personajes de la nueva versión de su libro están registrados en Twitter o Facebook, enganchará nuevos lectores. Claro que se olvida de que con tantas violaciones de privacidad, Guillermo de Barkerville hubiese descubierto al asesino en la segunda página, cuando al culpable diese una pista en un tuit.
El nombre de la rosa está bien como está, a menos que Eco se haya propuesto que sea otra cosa distinta.
Lo que surja de su adaptación seguirá siendo un libro, pero dudo que permanezca como la obra que enganchó a millones de lectores y les hizo chupar la yema del dedo índice para llegar a toda velocidad hasta el final. Cuando llega a mis manos un clásico que tuvo revisión del autor, tiemblo por ignorar si el cambio fue positivo a funesto. Con el clásico moderno del italiano, que disfruté siendo joven y en plena era de Internet, no tengo dudas de que lo que resulte será más simplón, menos literatura. Si el nuevo siglo no está preparado para el libro, tendremos que aceptarlo como un treintañero que ya no tiene edad para ir en patinete.

1 comentario:

Sibila dijo...

BUen título el de la entrada ;)