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Las moiras y yo

Democracias inconvenientes

Resulta irónico que lo peor que le pueda pasar a Occidente es que la democracia triunfe en países como Túnez o Egipto, donde la transparencia nunca queda demostrada en las ocasiones electorales. Los líderes de estos países, dictadores más o menos restrictivos, han sido aliados de Europa y Estados Unidos durante años, y se han encargado de silenciar cualquier movimiento ultra-islamista dentro de sus territorios. Ahora sus votantes son más votantes y sus democracias más democracias, pero a Occidente le va a costar nuevos enemigos y radicales. No hay más que ver lo que pasó en Palestina cuando se abrió un proceso democrático regional: los radicales de Hamas ganaron y el remedio fue peor que la enfermedad. Los palestinos son más radicales en democracia que en con régimen. Si nos vamos más lejos tenemos el ejemplo de Irán, que sufrió unas revueltas similares en 1979. Los iraníes son más democráticos hoy que entonces, cuando el Shah dirigía el país, pero ¿acaso son más libres? Si habéis visto la película Persépolis, quizá os hagáis una idea de lo que quiero decir. Parece incuestionable que la democracia es mejor que un régimen, pero a ninguno de nosotros occidentales nos conviene que el islamismo radical aflore en estos países hasta ahora controlados. No nos conviene, y a la vez, es nuestra obligación moral como países democráticos ayudarlos a dar el paso a la democracia real. Aunque implique un peligro para nuestros continentes. Ahí lo irónico.

Para todos los buenos

No me obsesiona la cultura. La palabra en sí me chirría, como si fuese una serie infinita de preceptos que todos debemos conoces. Prefiero descubrir por gusto, aprender por placer, completarme a base de curiosidad. Me quema la lengua si descalifico a alguien por su incultura. Me preocupa poco si se ríen de mí; cómo no, si quien lo hace se descalifica por él, por mí y por todos los demás.
Me preocupa, eso sí, la bondad. Una palabra que ya nos suena a novela de Dickens, viejuna y alejada, pero que comprende lo máximo que busco. No quiero ser más listo. No quiero ser más culto. Simplemente quiero ser buena persona.
Por eso me entusiasmo cuando encuentro personas de buen corazón y aborrezco a los cultos de malas intenciones. En este declive de la sociedad del bienestar del que tanto hablamos, lamento que la gente se alarme por la pérdida de cultura y no de las nobles intenciones.
Podría escribir páginas y páginas sobre este tema, pero no me voy a explayar. Lo mío es una declaración de intenciones muy breve: he renunciado a ser culto por ser bueno. Si la cultura se cruza en mi camino, bienvenido sea, pero con el proyecto de ser buena persona ya tengo para rato. Ojalá comprendáis la magnitud del problema. No nos hemos vuelto locos: más bien mezquinos. El mundo no va a ir mejor porque todos conozcamos los máximos exponentes de los prerrafaelistas o la generación del veintisiete. El mundo sólo irá mejor si nos empeñamos en ser buenos.

Antología de mis superpoderes #3: la simpatía

Después de la telepatía y el vuelo, un nuevo superpoder que me encantaría tener.
Juro que lo intento, pero no me sale. Lo de simpático me cuesta más que el teletransporte.

Invisible light, de Scissor Sisters

Un gran video para una gran canción. Lo sumo ya a la lista de Crónicas Salemitas en Spotify.

Los Cinco Requisitos para ser un Auténtico Madrileño

En un episodio reciente de Cómo conocí a vuestra madre, la canadiense Robin tenía que cumplir cinco requisitos para poder considerarse una auténtica neoyorquina. Yo llevo año y medio en Madrid y he desarrollado varias teorías sobre quién puede llamarse a sí mismo madrileño. Mi primera se refería a cortarse el pelo en la ciudad, y eso fue precisamente lo que hice cuando cumplí mis primeros seis meses aquí. No te cortas el pelo cuando haces turismo, ni tampoco en un sitio en el que sólo estás de paso. Sin embargo, ir a una peluquería implica muchas consecuencias aunque no te des cuenta.
Sin embargo, la teoría de la peluquería me encajaba con cualquier ciudad, pero no se refería exclusivamente al bautismo madrileño. Por eso, y siguiendo la idea de Nueva York, he elaborado mi lista (absolutamente particular. ¡No iba a incluir algo que no hubiese hecho!) de los Cinco Requisitos para ser un Auténtico Madrileño:

VER A LOS GEMELOS HEAVIES DE GRAN VÍA ¡FUERA DE GRAN VÍA! (y confiar que dé suerte)
Son un símbolo de la calle más popular de la Ciudad. Ahora bien: verlos en otro punto de Madrid tiene más efecto que una pata de conejo.
PERDER EL ÚLTIMO METRO POR CULPA DEL TRANSBORDO-TRAMPA DE NOVICIADO y coger un L de vuelta a casa
En honor a todos los que creímos una vez que Plaza España era casi línea roja. Dios sabe que no.
CONOCER LA CANCIÓN DE CORTILANDIA
(y visitarlo cada Navidad)
Si no lo has visto, es que no tuviste infancia.
PONER UN APODO AL ACCESO DE CERCANÍA DE SOL y que lo conozcan tus amigos

La ballena, la oruga, el bolo volcao... A falta de nombre oficial, habrá que ponerle uno.
COMER EN EL CHINO DEL PÁRKING DE PLAZA ESPAÑA
(y sobrevivir en el intento)
Porque el olor a chino de la plaza tenía que venir de algún lado, ¿no?

Otro requisito sería subir a todas las líneas de metro, pero lo omití porque todavía me falta la 11. No será por falta de ideas. Y tú ¿qué requisitos ves imprescindibles para ser un auténtico madrileño? ¿Y para ser un auténtico ciudadano de tu ciudad, sea cual sea?

"Eso" no es un parlamento

La noticia de que el Senado se convierta en una torre (alta) de Babel me ha caído como una jarra de agua fría, y he necesitado un día entero para comprender la razón de mi inquietud.
No era porque se hablen cuatro lenguas además de la común: respeto cada una de ella y reivindico el derecho de todos a expresarse en la que quieran, sea cual sea, nunca menos ni más que el castellano. Tampoco porque lo hiciesen en Madrid, territorio monolíngüe: a fin de cuentas, la ubicación de la capital es anecdótica y la situación de esta no puede condicionar lo que se hable, o cómo se hable, en una institución nacional.
Seguí pensando a qué podía deberse mi cabreo: ¿el gasto? ¿Que cada sesión de pleno nos cueste lo que un obrero tardará media vida en tributar? Cómo se le explica eso a un trabajador, que sus impuestos se emplean en traducciones inútiles para personas que se entienden. Oír a los políticos decir que el gasto sólo es una milésima parte del presupuesto del Senado (lo que refuerza mi idea de que la institución en sí merece suprimirse o, por lo menos, replantearse) o que hoy somos más libres, sea cual sea su sentido de libertad. Todo esto puede chocarme, pero si bien prefiero, por cuestiones prácticas, que los políticos se expresen en castellano en cualquier institución nacional, defiendo todavía más que si quieren, puedan hacerlo en las lenguas co-oficiales. Lo que debe ser contra lo que querría que fuese. Tener derecho a salirte del margen y, a la vez, aceptar que más conviene, por comunicación y ahorro, escribir recto y de corrido.
He necesitado reflexionarlo más para descubrir por fin el motivo de mi indignación, lo que me molesta de este Senado plurilíngüe: no es un sentimiento contra las otras lenguas ni un deseo de austeridad, qué va. La razón es otra. Es que en realidad, no creo que esos intérpretes sirvan de nada. Y entonces lo he visto todo muy claro. Nuestros senadores, en la ola de la mediocridad, hacen lo que el resto de parlamentarios de esta querida España: no van al hemiciclo a hablar, escuchar y entretanto debatir. Qué va. Esos tragaperras van a la sala única y exclusivamente para apretar un botón. Se preparan un discurso que sólo escuchan unos pocos, jamás los opositores, y no modifican ni una línea aunque el político de enfrente les haya formulado una cuestión: la réplica ya está redactada desde dos días atrás en la sede del partido, oh milagro, cuando ni siquiera podían saber qué les iba a decir el otro porque-eso-en-política-no-importa. Este político tampoco espera que lo hagan, porque su discurso, sí sí, se mantendrá igualmente inalterable sea cual sea el transcurso de la votación o las sabias palabras del más listo de los oradores. Ninguno improvisa. Ninguno interactúa. Ninguno, en definitiva, parlamenta, lo que se esperaría por definición de cualquier parlamento en funciones. Para semejante teatrillo orquestado no necesito intérpretes. Nadie se pondrá los cascos si no es para escuchar la Cope o la Ser. Esto es, en definitiva, lo que me ha indignado de nuestro Senado de babel: no que se hablen todas las lenguas, sino que se tomen tantas molestias cuando nadie va allí para escuchar. No se merecen ningún respeto, porque ellos no se lo tienen a la democracia, ni a la confianza que los españoles depositan con su voto, ni mucho menos a la institución. A la mierda, foder, a la merda, itzali eman.

¿Dónde está Shakira?

La cantante Shakira fue un peso pesado de la música respetada por todos hasta que se transformó para convertirse en un peso pesado de la música que sólo respetan sus nuevos fans y los antiguos que no la han abandonado. Los productores de las discográficas manejarán cifras económicas mucho más fiables que el termómetro de la calle, pero es vox populi que la colombiana no es lo que era. Que qué hace imitando a Madonna. Que por qué, si ella no lo necesita. Que antes le pasábamos tanto movimiento porque cantaba guay, pero ahora que sólo es movimiento, habrá que replantear su lugar en el salón de la fama.
No sé si Shakira ha cambiado, pero desde luego lo ha hecho su música. Sigue teniendo temas bailables, pero no me gustan ni la mitad que los antiguos. No sé, yo sólo soy una opinión, pero es que los que suscriben mis palabras son miles. Shakira lleva años en picado, algunos dicen que desde que se tiñó de rubio -todavía sacó canciones potentes, como Suerte, así que no soy de esos- y otros creen que la cosa se torció con Loba, cuando cambió su vestuario por uno idéntico al de la última época de Madonna. Unos y otros renegamos de la nueva versión de la artista.
En realidad, no me atrevo a decir que la nueva sea mala. Y cuando digo nueva me refiero a ella como música, que en lo personal no sé ni me importa lo que quiera hacer. Lo que sé es que el último disco que compré de ella lo hice a ciegas -y sordomudo-, con la seguridad de que sería algo bueno. Vaya si me equivoqué. La cosa no mejoró después de Fijación oral; de hecho, Shakira se mantuvo coherente con su desvío. Yo preferí sus orígenes y pre-evoluciones. Cada uno que escoja la que más le guste.
Como con Dover me ha ocurrido precisamente lo contrario, que tiene temas nuevos que me parecen geniales, mientras que los viejos seguidores vomitan sobre lo último. Con Lori Meyers, sin embargo, he necesitado el último disco para coger gusto a los primeros. Me figuro que todos habremos vivido la transformación a peor de un solista o grupo que nos mola. O a mejor, cuando el pasado era infame. Estamos en nuestro derecho de criticar cualquiera de sus etapas, pero sobre todo lo demás, los artistas son libres de cambiar hasta las antípodas de sus orígenes, si con eso se sienten mejor. No seamos tan injustos de lapidarlos sólo porque ya no nos gustan. ¿Quiénes somos nosotros para decir lo que tienen que hacer con su estilo? Shakira habrá cambiado por completo. Pero a quien le gustaba la otra Shakira, o el viejo Dover, o lo otro o lo demás, siempre le queda la opción de recurrir a los antiguos discos y ponerlos en modo repetición hasta sus últimos días. Demos libertad hasta para equivocarse, en el hipotético caso de que un cambio de estilo elegido libremente pueda considerarse equivocación. Hasta eso es cuestionable.

Suerte de amigos

«Dice mucho de ti que conserves amigos de la infancia». Eme escuchó esta frase hace unas semanas y me la repitió unos días después, en una cafetería de Valencia. Los dos, igual que el resto de mis amigos, vemos con normalidad seguir unidos aunque hayan pasado cinco años desde que terminamos el colegio o, en el caso de mi grupo de amigos de primaria, once. Eme me repitió la frase tal cuál y me dejó desconcertado. Tiene que ver con algo a lo que doy vueltas desde hace tiempo.
Esa misma noche, cuando salí con mi grupo de amigos más antiguos (los que conocí entre la guardería y los diez años), Mu conoció a un chico en la barra. Él le preguntó con quién iba y ella respondió que con sus amigos del colegio. «¿Todavía vas al cole?», preguntó el chico boquiabierto. Su colega lo corrigió antes de que Mu pudiese decir nada: «Tío, algunos no han perdido a los amigos del colegio aunque hayan terminado la universidad». Supongo que él todavía estará alucinando.
El mundo está llena de gente maravillosa, personas con las que puedes pasarlo fenomenal. Ahora bien: no todo el mundo está hecho para tener amigos, y eso explica las reacciones de la gente que no lo entiende. No puedes medir una persona por su número de amigos, pero no estaría de más observar cómo los trata. Cómo te trata. Necesitarás muy poco tiempo para comprender por qué algunos no conservan amigos de la infancia. Da igual que la amistad no sea un arte marcial; hay que saber trabajarla, y quien no es capaz de distinguir un amigo de un colega, es básicamente porque no ha tenido uno jamás. No es alarmante. Si no lo has conocido, no tienes nada que añorar. Tampoco se es menos persona ni tienes menos derechos. Puedes no tener amigos y ser un tío diez.
Eme y yo dimos vueltas a este tema y al café. Al principio nos pareció frustrante un futuro sólo con nuevos colegas y no nuevos amigos que sumar, pero visto lo visto, estamos encantados con nuestra suerte. Nosotros ya hemos conocido la amistad mientras que los hay que no lo harán nunca. En realidad somos unos sortudos. No hay nada más que añadir.

La fama de los valencianos

Be dice que los valencianos tenemos fama de raros. También he oído que nos atribuyen tradición de juerguistas, supongo que por hitos como la ruta del bacalao. En el siglo XVIII, José Cadalso escribió que los valencianos son vistos como «hombres de sobrada ligereza, atribuyéndose este defecto al clima y suela; pretendiendo algunos, que hasta en los mismos alimentos falta aquel xugo que se halla en los de otros paises. Mi imparcialidad no me permite someterme a esta preocupación por general que sea; ántes debo observar, que los valencianos de este siglo son los españoles que mas progresos hacen en las ciencias positivas y lenguas ninerías».
Si me animo a escribir esto, es porque el otro día me encontré con un libro muy curioso buscando en una librería de viejo. Se titula Valencia siglo XIX vista por tres ilustres viajeros y contiene las crónicas del barón Davillier, Gustavo Doré y Edmundo de Amicis, los tres visitantes de la ciudad del Túria hace dos siglos. El libro me hizo reír a carcajadas por la calle, mientras leía algunos fragmentos. De entrada un refrán muy malintencionado de la época que me dejó patitieso«En Valencia la carne es yerba, la yerba es agua, el hombre mujer y la mujer nada». Suerte que Amicis sale en defensa de mi pueblo para decir que la valenciana es la mujer más hermosa del país, aunque «no es tan excitante como la andaluza». Pues vaya. También dice que los valencianos somos los más feroces y crueles de España, a juzgar por la fama que nos atribuyen en el resto de la península. Hablamos de dos siglos atrás, cuando la ausencia total de pastillas de éxtasis en los fines de semana nos obligaba a aficionarnos a luchas con cuchillos, según el cronista. Lo de ciudad peligrosa es algo que no ha cambiado.
En realidad, los valencianos no salimos tan mal parados en el reparto de estereotipos nacionales. A los catalanes siempre se les carga el sambenito de tacaños, a los vascos nos gusta imaginarlos poniendo bombas en eso que se salen a fumar el cigarrito del bar, y los andaluces serán, según el resto de españolitos, los eternos vagos. Si nos quieren llamar raros, pastilleros o crueles, lo mismo da. En Madrid he comprobado que algunos también tienen un lío tremendo entre valencianos y catalanes, como si CiU gobernase hasta en levante y el nacionalismo estuviese a la orden del día, cuando la realidad es que es sólo una anécdota en nuestro parlamento, a diferencia de como ocurre en el catalán. Da igual, con los prejuicios cada uno tiene lo suyo.
¿Qué impresión se tiene de los valencianos desde fuera? ¿De qué tienen fama? Y los españoles en general, ¿de qué tenemos fama entre los latinoamericanos? ¿Cómo crees que ven tu región desde otros puntos del país y del mundo? Participa en los comentarios para crear un mapa de estereotipos. No ayudaremos a combatirlos, pero por lo menos podemos reírnos un rato.

Letizia Ortiz Pídele Perdón

La princesa de Asturias es la protagonista del último gran video de Internet. No desmerezcamos la cinta sólo porque sale un famoso: si en vez de Letizia se tratase de la alcaldesa de Villacaspín, también disfrutaríamos con las mil veces que repite "pídele perdón" o la cara de frustración que pone cuando las niñas no se besan, como si reconciliar a dos primas se tratase de la empresa más importante de su vida. Solo que para colmo la prota, sí, es Letizia Ortiz, lo que aumenta la diversión del video. Qué grande.
Podéis verlo aquí.

Matar a Dios (o un viaje de vuelta a «La materia oscura»)


Hace diez años leí, a ritmo de publicación, la trilogía La materia oscura que firma Philip Pullman. Enseguida se convirtieron en unos de mis libros favoritos, aunque cuando tienes entre diez y doce años, todavía te queda mucho por leer. Ahora, una década más tarde, y con cientos de libros consumados entre medias, releo la obra magna de Pullman y me reafirmo en que es una historia soberbia. Claro que mis argumentos de hoy, con veintitrés, no tienen nada que ver con los de antes. Seguramente se parecerán muy poco a los que pueda tener dentro de otros tantos lustros. Eso por no mencionar lo que me queda...
Cuando leí de niño Luces del Norte, La daga y El catalejo lacado, me entusiasmó la infinidad de mundos que exploraban, los daemonions que acompañaban siempre a los personajes y la acción de cada capítulo. La imaginación de Pullman sigue asombrándome más de diez años después, pero lo que más me ha impresionado en esta relectura son los asuntos que menos me interesaron en la primera: la intriga política, el debate teológico y la psicología de todos los personajes, entre otros temas. Las cuestiones que más prescindibles me parecieron la primera vez, curiosamente. Las curiosidades no pueden ser las mismas con tantos años de diferencia, sobre todo a estas edades.
La materia oscura es una lectura obligatoria tanto por su narración brillante como por su historia ambiciosa. Es una trilogía con unos personajes muy trabajados, repletos de luces y sombras, con diálogos muy cuidados y descripciones sobresalientes. La trama del libro no es tampoco para tomársela a broma: la destrucción de Dios, que ha provocado tanto mal desde sus inicios y que actúa impunemente con el brazo de la Iglesia. Poco tiempo atrás nadie hubiese creído la posibilidad de derrotar al Todopoderoso, pero una profecía puede cambiarlo todo.
Pullman ha sido acusado de fomentar el ateísmo sin razón. En verdad, La materia oscura no niega la existencia de Dios, sino que lo reconoce como un ser negativo y digno de merecer la muerte. No es lo mismo, aunque imagino que este argumento tampoco convencerá a los devotos. En cualquier caso, se crea o no, el valor literario de la trilogía es incuestionable y merece ser leída por niños, jóvenes y mayores. De hecho, es de esa clase de libros que no están dirigidos a una edad, sino a todas, con la virtud de que cada uno le dará una lectura distinta y disfrutará desde el principio hasta el final. He leído pocas novelas tan ambiciosas como la trilogía de Pullman, y no me refiero sólo a la literatura juvenil, donde las modas ñoñas hincaron el diente hace años para no dejar ver el sol a nada que no pase el corte. Son muy pocos los autores capaces de escribir esto. Otra pregunta interesante es cuántos editores están dispuestos a publicar un libro con un objetivo final tan políticamente incorrecto, en esta época en la que nuestra hipersensibilidad nos obliga a decir "persona de color" donde antes era "negro". Es emocionante comprobar que quedan libros sin miedos ni referentes.
Aunque parezca imposible, tener mala memoria puede ser a veces una bendición: la suerte de poder leer una joya literaria por segunda ocasión como si fuese la primera vez.

Ya puedo tachar La materia oscura de mi lista de relecturas pendientes.

La España que nos queda

Al cuerno las crisis identitarias: España tiene un problema mucho más urgente y se llama crisis económica. 2011 se erige como el año en que terminará el gran bache y todos los españolitos respiramos aliviados. Algunos encontrarán trabajo más pronto que tarde. Otros no lo harán nunca. Pero la sensación que nos grabarán en el cráneo es que España va bien y punto en boca.
España no va bien. España va fatal. España va mucho peor de lo que creyeron los mal llamados catastrofistas de 2008, aquellos gafes a los que se acusó de antipatriotismo. España está peor que entonces y estará peor que ahora porque es un país con una economía deficiente y una industrialización de país mediocre, un berenjenal económico que se va camino de convertirse en caótico con todos los países más pobres y con menos derechos sociales que van a nuestra zaga y no tardarán, si no lo han hecho ya, en igualar nuestro poco potencial productivo. España sigue produciendo como en los setenta. ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿En qué energías o producción puntera destacamos? ¿Qué bien de primer mundo fabricamos? ¿En qué nos podemos llamar líderes?
Lo que ha cambiado entre los setenta y la actualidad es el pelotazo del ladrillo. Ya lo dijo el ministro Solbes en operativo: "España no puede seguir siendo un país de obreros y camareros". Se refería a que teníamos que cambiar nuestro modelo de productividad de obra y bar, aunque nunca entendí lo segundo: mientras que las inmobiliarias juegan con la especulación que tanto daño ha hecho a este país, se me escapa el símil con los bares. Es igual. El caso es que la España del ministro Solbes y de la actual Salgado no han hecho esfuerzos porque ese modelo productivo cambie. Ni el PP de Rajoy ha propuesto tampoco nada. De todos los planes para salir de la crisis, ninguna invertía en la reconversión de España. Sólo hay que ver en qué consistió el plan E: seguir dando trabajo a los obreros para que no creciesen las listas del paro. Trabajos, por cierto, que en ningún momento repercutirían en el producto interior bruto del país. Una subnormalidad a la que los españoles tenemos que decir basta.
Mi exabrupto no es suficiente. España ha recibido un aviso al que no ha hecho caso. Nuestro presidente ha sido cortoplacista, la oposición ha sido improductiva. La situación de este país no ha variado apenas de la de hace ocho años. Lo único que ha hecho el ejecutivo ha sido poner parches, uno para contener el circo y otro para pegarse el culo al sillón del poder. Nuestra clase política es tan mediocre que no hará nada por salvar nuestra economía si eso los separa de sus lujosas dietas de cada mes.
Pero el panorama es más grave que nunca. No existen dos soluciones de salvación para una crisis que se repite. La inversión en inversión, desarrollo e innovación de los presupuestos de 2010 es menor que la de 2009, igual que la de 2009 fue un recorte respecto a la de 2008. España, mientras tanto, se agarra e insufla oxígeno al modelo productivo decadente que la ha llevado a la crisis y le señala la soga. Pero asumámoslo, ese modelo productivo es decadente. Es el modelo de un país en vías de desarrollo, y no el de un país desarrollado. Somos unos ilusos si pretendemos competir en modelo con los países por desarrollar, y a la vez queremos estar a la altura de los desarrollados. Nuestros dirigentes no mueven un dedo por levantar este país y sólo se dedican a agitar el brazo del muerto para que nos pensemos que sigue vivo. No sé cuántas personas son conscientes del peligro en el que nos encontramos y lo mal -no mal como ahora. Peor- que lo vamos a pasar cuando ni los parches tengan capacidad de tapar. No hay responsables en la Moncloa con voluntad de que España apunte hacia arriba en 2030: se conforman con que no se hunda para las elecciones que están por venir. Y están jugando con nuestro dinero, nuestro bienestar y lo que es más preocupante, nuestro futuro. No sé qué se supone que debemos hacer para frenar este suicidio en pos de unos políticos vanidosos que no les importa nada más que su sueldo y futuro inmediato. Pero hay que hacer algo, y hay que hacer algo pronto. Nos lo estamos jugando todo.

Los videojuegos de mi vida

Mi Play Station 2 las hace de aburrido DVD. En Madrid no tengo ni un sólo videojuego, y los que tenía poco van a hacer en un cajón de mi ciudad natal. Cuando echo una partida es raro que no me aburra antes del cuarto de hora. Sacando cuentas, no creo que haya jugado ni sesenta minutos entre los últimos cinco años.
En realidad no fue siempre así. Si ahora me canso de cualquier juego antes de probarlo unos segundos, de pequeño conocía todas las videoconsolas y hasta me compraba revistas especializadas del sector. Tuve la Game Gear, la Master System, la Mega Drive, la Game Boy Color y la Advance, la Dreamcast (que todavía prefiero a las otras), la Play Station 1, la 2 (que es mi reproductor de películas actual) y casi la 3, si cuenta que es de mi hermano y sólo la veo cuando hago una visita a Valencia. Ayer probé el Gran Turismo 5 -sólo di una vuelta y a tres kilómetros por hora. Más turismo que otra cosa- y aluciné con el circuito urbano de Madrid. Era puro realismo, incluso con las cafeterías auténticas por las que paso todos los días. Pero qué queréis que os diga: el avance de gráficos en las últimas generaciones de "maquinitas" no es ni la mitad de innovador que lo era antes. Ahora la lucha va por otros derroteros, y yo no tengo ningún entusiasmo en ponerme al día con la industria.
Recuerdo, eso sí, algunos juegos. Uno de mis favoritos es ChuChu Rocket!, que Sega regaló a todos los clientes que Dreamcast que lo pedían. No eran los gráficos sino el ingenio, un romperse el coco que el tiempo demostró que tenía mucho que hacer en los videojuegos. De la misma videoconsola me encantó Jet Set Radio, que mezclaba grafitis con patinaje sobre ruedas. Una pasada.
De la primera Play Station no puedo olvidar Metal Gear Solid, al que no pude resistirme. Lo jugaba a medias con mi hermano y no paramos hasta llegar al final. La segunda parte ya me cogió falto de ganas, que no pasé ni la primera escena. Creo que también influyó que cada vez era más torpe con el mando.
Caí en la primera generación de Pokémon, aunque las siguientes cada vez me pillaban más fuera. Me hubiese gustado probar Zelda, pero o no tenía la consola o el título no me resultaba atractivo. Mario era muy divertido -los de plataformas siempre fueron mis favoritos- pero siempre me quedé con ganas de jugar a los juegos más apetitosos, justo aquellos de los que no tenía la consola.
Ahora puedes jugar a videojuegos súper elaborados sin necesidad de maquinita. Basta con un buen móvil, pero ni por esas me engancho. Juego que descargo, juego que borro unas semanas después. No sé, ahora me resulta inconcebible dedicar mi tiempo a un videojuego. Siento que dejo muchas cosas sin hacer, cosas más importantes y urgentes, pero todavía leo con curiosidad los reportajes sobre las últimas ferias de videojuegos aunque sólo sea por saber. A veces veo títulos a los que me animaría a jugar siete minutos y los siete minutos los pasaría con la boca abierta, emocionado. Pero el aburrimiento caería sobre mí un instante después. Ya no estoy hecho de la misma pasta.

Atención: estás en edad de casar

En mi grupo de amigos de más pequeño nos conocemos prácticamente desde que tenemos uso de razón. Hemos vivido juntos cada paso de nuestras vidas, cada tropiezo hacia lo que todavía no me creo que consideren madurez, y hacemos nuestras propias cábalas de quién será el primero de los ocho en esto o aquello, como casarse. La primera boda de mi grupo de amigos de la infancia -en realidad, todas- promete ser muy emocionante, supongo porque todos hemos idealizado en nuestra mente nuestra mesa en el banquete, una para nosotros solitos con un asiento libre para cuando el novio o novia en cuestión se aburra de la nupcial y pueda venir con el resto de la pandilla a divertirse un rato. Es posible que esto sólo me lo haya imaginado yo, pero en cualquier caso, pinta que será la boda más divertida. Supongo que la barra libre tendrá algo que ver.
Lo que prefiero no pensar es el vértigo que sentiré cuando un amigo mío, de este grupo o aquel, diga que se casa. Porque la alegría es inevitable, pero nadie habla de la enorme presión que sientes un segundo después. La impresión se agudiza con los amigos más antiguos, aquellos que hicimos cuando todavía éramos niños, porque una imagen y la otra, la del pasado y la del presente, no vuelve a encajar jamás. Al menos no puedes concebir a ese chico tan pequeño en el altar, y entonces adviertes que el tiempo no pasa en balde y que te haces mayor. Por ahora ninguno se ha comprometido, de modo que lo escrito no pasa de una suposición por comprobar.
Sin embargo, el otro día nos enteramos que un compañero de primaria, uno con el que nunca tuvimos amistad, se ha comprometido y se casará muy pronto. Mi reacción tuvo varios estados que pasaron desde la alucinación hasta el ahogamiento por sentir la soga de la edad, y eso que se trata de una persona a la que no veo desde hace más de doce años (que se dice pronto) y a la que seguramente no reconocería por la calle. Lo que no esperaba es que no todos mis amigos compartiesen mi reacción de agobio. Eme, más práctica, lo vio radicalmente al revés: dijo que la noticia le hacía sentir rabiosamente joven (textual).
Y yo me quedé pensando. ¿Cómo es posible que la misma noticia, la boda de un antiguo compañero de colegio, provoque dos reacciones tan opuestas? Una se siente jovencísima y otro viejo hasta morir. Tiene mucho que ver con la personalidad y que cada uno ve la vida de distinta forma. Voy a aplicarme el cuento y tomarme las cosas con más calma. Otro propósito de 2011.

Os dejo con una canción de Astrud muy a tono con la entrada de hoy.

El rey enamorado: una historia real del siglo xx

La película El discurso del rey tiene por telón de fondo una de las historias más interesantes de la monarquía del siglo XX: la de Eduardo VIII, tío paterno de la reina Isabel. La mayoría de españoles ignora que la actual monarca británica sólo accedió al trono por una cuestión de azar, ya que era su tío -y sus consiguientes hijos- los que debían perpetuar el linaje de los Windsor y la antigua corona inglesa. ¿Qué ocurrió para que no fuese así? Eduardo VIII tuvo la ocurrencia de enamorarse de una estadounidense (vulgar para muchos. Estadounidense a secas para la opinión general) dos veces divorciada. El gobierno y el pueblo no querían que contrajese nupcias con la señorita Simpson, y su amor por ella era tan fuerte que abdicó, se quitó la corona a la edad de cuarenta años y vivió como un simple mortal el resto de su vida, hasta 1972. Durante más de treinta años, observó junto a su amada norteamericana cómo su hermano pequeño lo sucedía como rey y cómo su sobrinita Isabel hacía lo propio unos años más tarde. Pero él tenía a Wallis Simpson, y eso es todo lo que necesitaba para ser feliz. Resulta emocionante pensar que estas historias todavía pueden ser posibles.

Pero El discurso del rey es una película biográfica de Jorge VI, padre de la actual reina Isabel II de Reino Unido, que recoge un corto periodo entre sus últimos años como tercero en la línea de sucesión hasta el momento en que sin creérselo, se convierte en monarca del imperio. La película cuenta con un Colin Firth alarmantemente simplón con una Helena Bonham Carter mediocre como nunca en su carrera, aunque sospecho que la culpa la tiene el guión, gran decepción del conjunto. Al salir del cine me decían que el error estaba en que la historia no daba de sí; un discurso ¿es para montar un largometraje? Pero en realidad no creo que este sea el motivo por el que El discurso del rey es una película tan poco apasionante. El mérito de un narrador reside en alimentar la emoción con cualquier historia. ¿No conocéis personas a las que les pasa de todo y personas a las que nunca les ocurre nada? ¿No tendrá algo que ver con el mérito de los primeros a provocar historias donde nos segundos no han sentido el más mínimo estímulo?
La reina es otra película de Buckingham Palace con acontecimientos que podrían parecer poco relevantes: cómo vivió Isabel II los días posteriores a la muerte de lady Di. Y sin embargo, el guionista consiguió crear una historia cautivadora, donde logras sufrir y emocionarte en la piel de la mismísima reina de Inglaterra. Ese es el mérito del que carece El discurso del rey: que la historia no está bien contada, y que los personajes reaccionan de formas de todo menos creíbles.

El mejor 2 de enero de nuestras vidas (de la de casi todos)


En realidad soy más cauto con la nueva ley del tabaco. Mi alegría no tiene nada que ver con que los fumadores vean más cerca el final de su adicción, sino con la tranquilidad de no tener que volver a respirar su humo. Algunos lo soportamos muy mal, y nos resulta tan incómodo o más como el vicio al que fuma. Eso no legitima las exageraciones de la ley que acaba incluso con las peceras de los aeropuertos. Todo tiene un límite. No se puede prohibir hasta la asfixia. En cualquier caso, es un 2 de enero para estar contentos. Feliz 2011 sin humo.

Posdata: reto de escribir unas rimas ridículas superado. Así cualquiera tacha los propósitos del año antes de la noche de reyes.