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Que retiren Los Simpson

Recuerdo el boom de Los Simpson en España. Yo era muy pequeño y mis padres discutían sobre si se trataba de una serie infantil o no, pero el hecho de tener hermanos mayores hizo que la balanza se volcase a su favor. Al principio me gustaba: Homer me parecía un imbécil sin gracia y Bart el típico payaso, pero tenía suficiente con el resto del reparto. Hoy, por desgracia, siento que he visto demasiado.
No es que me afecte la ley de Murphy de las series. Más bien, que Antena 3 y Fox han repetido tantas veces los capítulos -porque hay público que los ve, no culpemos a las cadenas- que han llegado a hartarme. No les doy ni tres segundos de tiempo. Incluso si se trata de un capítulo nuevo (y hay muchos nuevos para mí, porque hace años que dejé de verla) prefiero tragarme anuncios de detergente que ver cómo hacen lo mismo una y otra vez. No sólo se repiten los capítulos: es que en cada nueva entrega, los personajes pecan de hacer exactamente lo mismo. Es su juego, sí, pero yo no participo.
Supongo que el día que dejen de emitirse -ese día llegará. Todo llega, aunque nadie lo crea- se repasará su contribución cultural. Es imposible vivir en el siglo XXI sin hacer algo que recuerde a nosequé episodio de Los Simpson, sin que esto te recuerde a la vez que Lisa tal, o sobrevivir a una noche de fiesta sin que alguien te cite una frase de la serie (y qué frases. Me quito el sombrero, pero nada más). Incluso los que no la vemos, sentimos su presencia constante. Yo vivo con miedo a que me obliguen a dejar Los Simpson en un momento de zapping, y si fui a ver la película, fue sólo por no sufrir una exclusión social digna del apartheid. Si no pido en serio que retiren la serie no es porque me guste, sino porque temo una crisis humanitaria mundial. Pero los de mi calaña ya saboreamos el momento. Sabemos, con una seguridad que da miedo, que Padre de familia es mucho mejor. Más absurda, más guarra y en ocasiones estirada hasta el insulto, pero mucho mejor. Si Padre de familia estuviese a mediodía en vez de Los Simpson, los lunes se recibirían con clamor popular. Pero no, seguiremos soportando a los de Groening por más tiempo. Mientras no nos metan Padre made in USA, sobreviviré. Eso sí que es morir.

Ahora que la música en catalán está de moda

10 milles per veure una bona armadura, el último disco de Manel, no es el más vendido en España porque nos apetece dárnosla de progres. Lo es porque es una joya musical, como ya se podía intuir por los dos singles que adelantaron (Aniversari y Boomerang, pero sin desmerecer otras canciones del disco, como Belvolgut). Y el hecho de que canten en catalán no tiene ninguna relevancia: Lady Gaga es otro éxito en ventas y ni un cinco por cien de los compradores entiende una palabra de lo que dice. A Manel lo entienden muchos más de la mitad de sus seguidores, así que ateniéndonos a los porcentajes de comprador-que-no-entiende-la-letra, el verdadero fenómeno sociológico de estudio en este país debería ser lo de los anglosajones.
A Manel lo sigo desde hace más de un año y ya les dediqué una entrada, Esos españoles de mierda (donde reflexioné sobre la reacción de algunos energúmenos con la música en catalán. Dije todo lo que quise decir), pero no me olvido de otros grupazos que cantan en la misma lengua. Coged boli y papel, porque se viene la Gran Selección del señor C:

Antònia Font, mallorquines y genios. Para iniciarse, nada mejor que Tots els motors. Se me ponen los pelos de punta cuando la escucho.


Mishima, del que ya recomendé Tot torna a començar.
Els Amics de les Arts, que también había aparecido por aquí con cosas como Jean-Luc.
La Casa Azul. ¿Sorprendido de ver a la "banda" de Guille Milkyway en una lista de recomendaciones de música en catalán? Dos de mis temas favoritos los canta en esta lengua, Superherois y Vull saber-ho tot de tu.

Por supuesto, todas las recomendaciones las podéis escuchar en la lista spotifyera de Crónicas Salemitas. Yo os dejo, que me estoy mentalizando para el concierto que Manel dará en Madrid. Si queréis recomendar algún otro grupo que canta en catalán, todo vuestro.

Los zurdos tenemos poderes con la diestra

Mi amiga Ana está nerviosa. Normal: aquella niña regordeta que conocí a los cinco años está preparándose una oposición, y claro, no es lo mismo hacer erizos de arcilla que presentarte a una examen de gran nivel. Algo tenía que hacer. Por eso me he servido de un antiguo mito valenciano que sostiene que todos los zurdos (cuando los zurdos eran obra del diablo, y de eso no hace ni dos días) pueden escribir hechizos todopoderosos si emplean la mano derecha. La caligrafía es bastante horrenda, pero el alcance del sortilegio puede ser total. Incluso si lo del sortilegio no es tan efectivo como esperamos (que lo será, yo lo sé), Ana le mostrará el dibujo al tribunal a ver si les conmueve el corazón. Yo le he dicho que no se atreverán a suspender a una chica tan lista, tan guapa y con un amigo retrasao, y ella me ha prometido que si aprueba, lo enmarcará y lo colgará en su despacho de fiscal. Mientras tanto, la leyenda se ha extendido por todos los rincones del mundo. Todos quieren que sus amigos zurdos escriban con la diestra el sortilegio que los salvará. La tradición también dice que nunca podremos utilizar nuestro don en nuestro favor, así que mi gozo en un pozo. Esto de tener poderes es toda una responsabilidad.

Películas de Disney que no se recuerdan lo que se merecen

Hay películas de Disney que considero joyas de la animación y que nunca aparecen entre las listas de las mejores. Una de ellas es Tarón y el caldero mágico, que estoy deseando ver cómo le ha ido el paso del tiempo. Otra genialidad es Basil el ratón superdetective, que tenía un dibujo -y una historia- que ya querrían algunos de los "clásicos". Sin embargo, si hay una historia que creo que nunca se ha valorado lo suficiente en la factoría disney, esa es Los rescatadores. Sí, son dos películas, pero es que las dos son soberbias.
Nunca recuerdo cuál es la primera, pero es que aquí no cabe lo de segunda parte mala. Tiene el mérito de crear una trama diferente para cada ocasión, con un escenario radicalmente distinto y unos malos en las antípodas de los de la anterior, ¡y aun así conservar la esencia de la saga sin traicionarla! Hombre, una aventura con niños secuestrados es un dramón en toda regla, pero que la misma película te haga reír y sentir tensión demuestra un talento que ya querrían muchos guionistas para sí. A ver cuándo se dejan de secuelas aburridas en Disney, y se dedican a una que merece la pena de verdad: la tercera de Los rescatadores. Estoy esperándola.

Tengo un twitter pervertido

Que nadie me malinterprete cuando digo que he pervertido mi twitter: no es que mi cuenta @el_croni se haya convertido en un altavoz de chistes verdes, sino que ha perdido su esencia por completo. Si es que yo no quería tuitear, pero al final me animé a hacerlo y mira. Dos años y pico después, se me ha olvidado por completo para qué lo quería.
Me registré en Twitter con el propósito de acercar este blog. Durante meses sólo funcionó como un mero redireccionador de entradas, sin ningún contenido extra. Al tiempo, y por que no se dijese, empecé a escribir algunas perlas entre medias: mensajes breves que en otra época hubiese escrito en la sección de Pensamientos en voz alta. Al principio seguía a medio centenar de personas, pero cuando comprobé lo caótico que era leer tanto mensaje seguido y lo poco que me interesaban (que me cuenten cosas morbosas o divertidas. Los "estoy cenando" puedo imaginarlos sin red social), cribé por una lista más escueta. No seguí a los que se registraron después. Tampoco miento si digo que apenas sigo, propiamente dicho, a los que followeo ahora. Ni a una tercera parte, vamos. Que los quiero mucho a todos, pero sigo a la mayoría por puro compromiso. Pues no es plan.
No sé cómo, pero Twitter se ha convertido en una especie de Facebook: sumar seguidores y seguidos, como si no pudiésemos leer lo que hacen sin necesidad de darle al follow. No necesito seguir a nadie para leer lo que hace (a excepción de que tenga candado. Ahí chitón), así que por lo mismo, igual me da que me sigan que si me leen entrando a mi perfil. Que a todos nos gustan los números redondos y que nos sigan diez o cien en vez de ocho o ciento dieciséis, pero la cosa no debería pasar de ahí. A menos que te siga Obama o Guille Milkyway, no se me ocurre dónde está la emoción de que te siga nadie. Lo importante es quien te lean, ¿no? La calidad, no el número.
Claro que mi relación con Twitter tenía que ir a peor: que lo utilicen para fisgarme. Para saber cómo soy. El otro día me contaron una historia de esas de "Te lo cuento pero creo que no te vas a reír", del tipo Hay una persona que se ha leído tu blog de pe a pa y mira a quién sigues por twitter por una historia con la que ni siquiera tengo relación. No, no me divertí, y me preocupó que hubiese personas dispuestas a seguir a conocidos (los míos) de desconocidos (que soy yo) con el propósito de montar un puzle exclusivo para un loco de atar. Lo más triste de esta historia es que ni siquiera era yo el objeto de la obsesión, sino que era un simple allegado. Si por lo menos tuviese un psicópata pisándome los talones la anécdota merecería un poco de emoción, pero no, sólo me reservan un puñetero papel de secundario.
El resultado de esto último ha sido desligarme de todas las cuentas privadas de amigos y conocidos que no tienen protección. Voy a lamentar muy pocas pérdidas (no es que no me resulten interesantes sus personalidades, pero a algunos ya les había dicho en privado que eran un poco plomos con tanto tuit), pero también me ahorraré tener que explicarme cada vez que alguien me diga que lo siga de una vez. Conversaciones privadas en medios privados, por favor. Hay que aprender a dejar los replies personales para los encuentros en cafés, que nunca se sabe quién nos está leyendo. Para terminar, una anécdota que sólo me podría pasar a mí: hace un año, cuando dejé un trabajo, escribí un tuit en el que decía que era el último día de una época desagradable (y algo más). Pues bien: el que era mi jefe lo leyó a las horas de decir adiós, y no os cuento el email tan simpático que me envió a continuación (irónicamente, me fui porque detestaba trabajar en una oficina con más cámaras que Gran Hermano, y no voy a entrar en la cuestión legal sino moral, y él lo remató todo paseándose por mi blog y leyendo con lupa hasta mis tuits. El Gran Hermano te vigila, ya lo decía yo). Si no aprendí una lección aquel día, lo hago hoy. Twitter, si lo quieres privado, con candao. Si no, cuidado con lo que puedes decir.

Soy de Madrid

Ayer, a las doce del mediodía, en la oficina del padrón municipal, me convertí en madrileño oficial. Más de año y medio después de llegar a la ciudad con lo puesto, y mucho después de sentirme de aquí, firmé como conforme el documento que me inscribía como ciudadano de Madrid. Me faltó agregar "requeteconforme" al margen. Estoy orgulloso de mi ciudadanía.
Cuando compartí mis intenciones con los madrileños, su respuesta fue uniforme y global:
Ajá.
En Madrid están más que acostumbrados a que venga gente de fuera. Uno más o uno menos en el padrón no va a afectarlos, ni cambiará su impresión sobre mí. La capital de España, para hacer honor a la verdad, es hospitalaria desde el primer día de todos. Uno puede sentirse de aquí tras darse dos vueltas por la Gran Vía, después de un almuerzo en el Retiro o tras el primer plantón en Callao. La condición de empadronado no cambia para el resto, pero sí para mí. Me lo han preguntado una docena de veces en las últimas semanas: ¿Y para qué te empadronas? Mi respuesta es simple y rebosante de lógica: ¿Y por qué no? Vivo aquí y no tengo intención de moverme. La pregunta debería ser por qué sigo empadronado en Valencia después diecinueve meses fuera y cuando no pienso volver. Esto, que suena tan bien por escrito, no cayó tan bien cuando se lo conté a mis amigos valencianos este finde pasado. Su respuesta, igual que la de los madrileños, también fue uniforme y global:
Ejem.
Yo me quedaba esperando un nuevo comentario. Después de mucho insistir, todos decían algo parecido a esto:
Lo que pasa es que reniegas de tu sangre valenciana. Si te importase, seguirías empadronado aquí. Madrid por aquí, Madrid por allá, bla bla bla.
El valenciano no está acostumbrado a la emigración e inmigración nacional como ocurre en Madrid. En los veintidós años que viví en la capital del Túria, conocí muy pocos casos de gente que venía o se tenía que ir. Éramos los que éramos, como nuestros padres, abuelos, y ancestros hasta los años del Conquistador. Igual que cuesta imaginar que alguien que se instala en Valencia pueda llegar a ser valenciano de verdad, lo mismo sucede a la inversa. Pero yo no renuncio a mi identidad, ni a mi patria, que siempre será la ciudad en la que nací. Todas las personas que conozco en Madrid pueden confirmar que no tardo ni tres minutos en decir de dónde vengo, y con un orgullo que no cabe en mí. Que no se confunda patriotismo con fascismo, por favor. No me siento mejor que nadie por ser de donde soy. Y qué cosas, suma y sigue, hoy puedo decir alegremente que soy de Valencia y de Madrid. Quién sabe de dónde más seré.

¿Quién nos ha dado vela en ese entierro?

La comunidad internacional aprueba la intervención en Libia en pos de la salvación de sus ciudadanos mientras el delirante Gadafi grita que no se inmiscuyan en asuntos de índole nacional. Nadie o casi nadie se alarma esta vez porque el mundo (el mundo occidental, básicamente) se organice para entrar en un país sin permiso y tome las armas, pero regresa el debate de siempre: ¿los propósitos democráticos son suficientes para invadir -pues no hay otra definición- un territorio extranjero?
Gadafi fue hasta hace dos días el amigo árabe de Estados Unidos y Europa. Quien entonces era un excéntrico, hoy no es más que un loco de atar, pero el resto de las piezas del tablero se mueve rápidamente para arrinconarlo contra el paredón. Nadie hace un examen de conciencia del tipo ¿Cómo pude apoyarlo hasta ahora? Se le aniquila y no hay más que hablar.
No es la primera vez que Occidente despliega su armamento en defensa de la libertad, ni tampoco que lo hace contra un enemigo que otrora fue aliado. Y dejando al margen los intereses encubiertos (petróleo, bases militares o la posibilidad de construir un Marina d'Or oriental), ¿el fin justifica los medios? ¿Tenemos autoridad moral para hacer el bien allá donde no pertenecemos?
España vivió más de tres décadas de dictadura. Si Estados Unidos -o cualquier otro país- hubiese intervenido nuestro país, seguramente habríamos alcanzado la democracia mucho antes. Sin embargo, y a riesgo de equivocarme (no viví esa época, y son los perseguidos de entonces quien tienen auténtica potestad para hablar, no yo), me cuesta creer que nuestra sociedad fuese la de hoy en día, tan libre, si hubiésemos debido nuestra liberación a una nación extranjera. Nos fue bien esperando el momento, aunque ojalá hubiese llegado antes. Lo hicimos a nuestra manera. Nadie nos dijo cómo se hace una democracia, nadie llegó como adalid de la civilización. Fuimos -fueron, españolitos de entonces- los creadores del mismo nuevo Estado. ¿Quién, sino el nacional, puede reinventar su nación?
Por eso no acabo de formarme una opinión con Libia. Quiero que disfruten de la democracia y se dé fin a la opresión, pero soy escéptico con las intenciones occidentales. Incluso si los propósitos de nuestros líderes fuesen honestos, dudo que su intromisión sea la mejor solución. Claro que hay que hacer algo, pero no sé qué es. En lo que a mí como español me afecta, doy gracias porque nosotros fuimos principio, desarrollo y fin de nuestra propia transición.

La entrada que tuve que borrar y hoy vuelve aquí

Hace año y medio, me aconsejaron borrar la entrada Ascenso y caída: La Guía Secreta de Harry Potter será descatalogada. Lo hice porque por lo visto (yo nunca lo vi) existía un acuerdo de confidencialidad entre Ediciones B y los abogados de Rowling. Sin embargo, una vez el libro vendió el final de la segunda tirada y ya no quedaba posibilidad de publicidad (porque me diréis el beneficio de publicitar algo que ya no se vende: nulo), los abogados de Rowling anunciaron el acuerdo a bombo y platillo. De modo que si ellos lo hicieron, yo no voy a ser menos, sobre todo porque yo nunca firmé por mi silencio.
No borré la entrada, sino que la guardé como "borrador", de modo que ni los comentarios se perdiesen. También la contabilicé cuando la entrada mil. Así que si tenéis curiosidad, esta es la entrada que me hicieron retirar: Ascenso y caída: La Guía Secreta de Harry Potter será descatalogada. Los comentarios vuelven a estar abiertos, por si por una de esas la señorita Rowling se anima.

Destrucciones comunes

Ser un misterio en Facebook

Durante mucho tiempo me resistí a Facebook (pero también lo hice con Twitter, y mira hoy, @el_croni tiene que reconocer que más de un millar de tuits no se escriben solos), pero al final caí como el resto y creé dos cuentas distintas: una como El Cronista de Salem y otra para uso personal. Como no quería que cualquiera cotillease mis fotos, me registré como Hernán Cortés. Tampoco es que fuese fan de Hernán Cortés, pero siempre me ha parecido un nombre muy sonoro. Si se tratase de admiración, hubiese escogido un millón de personajes históricos antes que él. Sí, la duplicidad de cuentas va contra la normativa de Facebook, pero Dios sabe los intentos que he hecho por eliminar esta última cuenta con nombre de conquistador y lo máximo a lo que llego es a la desactivación. Si la única forma que tengo para que la supriman es autoinculparme, proclamo mi falta a los cuatro vientos.
Sin embargo, las circunstancias cambian y algunos casos me exigían una cuenta de Facebook con mi nombre real. La gente no quiere Cronistas entre sus amigos, y qué decir de Hernán Cortés. Creé el nuevo perfil a regañadientes, pero esta vez conociendo todas las opciones de privacidad. Si tenía que pasar por el aro, al menos lo haría a mi modo: mi cuenta personal no muestra las fotos en las que estoy etiquetado, ni tampoco tengo tablón. No aparece mi lista de amigos ni mi teléfono ni mi email. Solamente mi nombre, con una imagen de perfil, mi fecha de cumpleaños (por eso de que se acuerden de felicitarme. No os vayáis a pensar que fue un despiste al desactivar las opciones) y mis gustos, no sea que al fin encuentre un alma gemela para los conciertos de los grupos raros. Tampoco agrego a desconocidos, pero sí añado a gente más relajado que antes. Total: no hay nada interesante en mi perfil. Es un cortarrollos para los cotillas que se pasan horas buceando entre los muros y álbumes de los demás. No será a mi costa.
Tan contento yo con mi nuevo perfil apto para todos los públicos cuando alguien cercano, de los que no tenía como Hernán Cortés y me insistía para que me crease Facebook una y otra vez, encontró una nueva excusa para quejarse:
--No te puedo escribir en el muro.
--Ya lo sé. Es que no tengo muro.
--Sí, sí... Eso es que tienes algo que ocultar.
Vaya. No querer mostrar es ocultar. Pues si lo ven así, sí, no quiero exhibirme. Pero ¿significa eso que tenga nada que esconder? ¿Es más natural que la gente escriba en el muro, a ojos de todos, lo que es un mensaje para una sola persona? Porque respeto que lo hagan, pero que me comprendan si prefiero ahorrarme toda esa sobreexposición. A unos no les interesa si he salido de fiesta con otros. Y a otros, si me voy de viaje con los siguientes. Facebook, igual que el resto de redes sociales, tiene la virtud de crear más lazos de comunicación que antes, ¿pero quién ha dicho que yo quiera tanto? ¿Por qué debería decirle al mundo dónde me encuentro en cada momento, por mucho que Twitter me sirva de altavoz? What's App, el chat para iPhones y demás móviles, también tiene sus ventajas, pero ¿acaso no estáis hartos de tener que responder a todo al instante, de estar localizables las veinticuatro horas del día? ¿De que cualquiera os pueda decir "hola" en cualquier momento? ¿La posibilidad de la comunicación máxima es el éxtasis de las relaciones sociales, o el empobrecimiento?
Qué poca credibilidad de discurso cuando escribo todo esto desde un blog. Buenas noches o buenos días.

Nuestra canción preferida de Mecano

Nunca me he considerado fan de Mecano, lo cuál no quita que me gusten muchas de sus canciones y guarde unas cuantas en el iPod. El grupo español por antonomasia no sufre el paso de los años, por más que pase el tiempo desde su disolución. Sin embargo, con tantos discos a sus espaldas, parece que siempre escuchamos las mismas canciones. El otro día descubrí por casualidad su disco Ya viene el sol, con temas que nunca había oído como "No pintamos nada", "Mosquito" o el que da nombre al disco y aluciné: ¡qué grandes canciones, y durante tantos años que los he desconocido! Me he propuesto escuchar el resto de la discografía desconocida -para mí- de Mecano, a ver qué sorpresas me llevo.
No es la primera vez que me pasa: con Franz Ferdinand, por ejemplo, tengo todos los discos, pero mi canción favorita, "L. Wells", no pertenece a ninguno de ellos y pasa bastante desapercibida entre los seguidores. Sé que mi favorita de Los Beatles tampoco es la de todo el mundo. Cuántas veces me sorprendo hablando de música con alguien y compruebo que pese a compartir grupos favoritos -lo cuál no es tan frecuente, creedme. Me dicen que tengo gustos un poco raritos-, nuestras preferidas no coinciden lo más mínimo. A veces, hasta nos enteramos de la existencia de esas canciones en el momento.
Termino con mi canción favorita de Mecano, al menos, por ahora. ¿Cuál es la tuya, si es que tienes una?

La C. es de Cayo, no de Cronista

Hoy me han soltado un ¡feliz en tu día! nada más descolgar el teléfono. Por un fracción de segundo he pensado que era mi cumpleaños, pero no, fue hace poco. La siguiente opción es san Pablo, pero es el 29 de junio. De modo que estaba en blanco.
-¡Pero si hoy es san Cayo! -insiste al otro lado de la línea-. ¡Felicidades!
Ah, san Cayo. Mi segundo nombre. Incluso los más raros tienen su santo, aunque el mío era tan típico como José si nos remontamos al imperio romano: mucho antes de que se pusiese de moda el Christian o Jonatán, los antiguos ponían a sus hijos Cayo como primero, y así conocemos a personajes de la Historia como Cayo Julio César o Cayo Calígula, entre otros. La página de Wikipedia lleva buena cuenta de ello.
Cuando tu primer nombre es tan típico como Pablo (recuerdo mi clase de secundaria: menos de veinte alumnos y tres Pablos en el aula), se tiene que compensar con una rareza de máximo nivel. Yo hubiese escogido otras opciones no menos magníficas como Napoleón, pero me tocó Cayo. Y teniendo en cuenta el significado que se le da a esta palabra (nadie piensa en la Antigua Roma cuando escuchan mi nombre, asumámoslo. La gente es más vasta), no ha sido tan fácil de llevar. Ni fácil ni tan complicado.
En realidad, aunque mi segundo nombre me acompaña desde el día que nací, o incluso antes (fui Cayo en primer lugar. Lo de Pablo fue un pacto de mi madre de ultimísimo momento), estuvo mucho tiempo escondido. Sí, tengo Cayo en la partida bautismal, y sí, también, en todos los documentos oficiales como el pasaporte o en dni. Si mi segundo nombre no se convirtió en motivo de mofas durante mi infancia fue sencillamente porque en mi colegio no lo supieron jamás, y yo me guardé mucho de decirlo. Mi madre se encargaba de matricularme y como no le gustaba, omitía el Cayo en todas las inscripciones. Nunca apareció ni en las listas de clase ni en los boletines de notas hasta que llegué a la universidad. De hecho, mis amigos no se enteraron hasta bastante tarde. Empecé a utilizar la C. (simplemente la inicial) aproximadamente a los diecisiete años, cuando ya no hay edad para chistes con los nombres. Así lo he hecho desde entonces.
Como nunca he utilizado mi nombre completo, tengo muy pocas anécdotas relacionadas. Los únicos que me han llamado Cayo son algunos tíos segundos, que por lo visto quedaron muy marcados el día del bautizo. Cada vez que llegaba a un sitio nuevo contenía la respiración al pasar lista, no fuese que esa vez sí saliese mi nombre al completo. Recuerdo especialmente un campamento de verano, con once años, cuando se me acercó un chaval a voz de grito diciéndome ¡Tú te llamas como yo, tú eres mi tocayo! No sabía lo que significaba esa palabra y pensaba que me habían descubierto. Qué alivio sentí cuando me dijo que se llamaba Pablo.
La gente está tan poco acostumbrada a mi segundo nombre que muchos piensan que se trata de mi primer apellido. Otros, que es un nombre artístico que me he sacado de la manga para darme aires de intelectual (lo cuál no quita que las iniciales me parecen muy elegantes. La mía, eso sí, es original). Yo pensaba que con Cayo Lara, el nuevo dirigente de Izquierda Unida, la gente se acostumbraría a mi nombre, pero tras tres años de mandato, doy fe de que el comunista sigue siendo un completo desconocido. Me siento tan desamparado (onomásticamente hablando) como al principio.
Cada vez que comento los nombres que les pondría a mis hijos, la gente se echa las manos a la cabeza y me dice que así los van a torturar. A mí nunca me supuso un trauma porque tenía un Pablo delante que escondía todo lo demás. Que se preparen mis hijos, porque los van a tener...

Esta entrada puede considerarse una continuación a otra que escribí en 2010.

Fotos raras de familias anormales

Teniendo en cuenta las pocas veces que recomiendo páginas, y mucho menos de humor, tendréis que hacerme caso si os recomiendo awkwardfamilyphotos.com (en el caso de que todavía no la hayáis visitado). Es una galería de fotos de familia a cada cuál más friki. De nada.

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Posdata: este fantasma es el de Margaret Thatcher, pero es una simple elección artística.

¿Qué cojones pasa en México?

Cuando las cifras de muertos y secuestros dejan de impresionarnos para aceptarlas con normalidad, es que la cosa ha llegado demasiado lejos. Lo de México me preocupa especialmente porque es un país hispano y por lo tanto, he conocido a mucha gente de allí. Me alarma porque no puedo soportar que nadie viva en ciertas zonas aterrorizado de día y de noche, que los narcotraficantes tengan el pulso ganado a las autoridades -eso cuando estas no participan en sus crímenes- y que apenas quede nadie con la suficiente valentía, o qué decir, demencia, como para ponerse un uniforme y plantarles cara. Yo no podría. Pero ver lo que ocurre sin tomar partido no es mucho mejor.
Lo que hace esta entrada diferente a la dedicada a otros países con conflictos es que hay muchos salemitas de allí. No tengo que especular y equivocarme: puedo cederles la palabra y que digan ellos cómo es vivir en México, cómo es naturalizar el drama, cómo es la realidad, el miedo, sin intermediarios mediáticos ni un océano de por medio. Mexicano, ¿qué pasa con México?

El abogado insatisfecho

No me imagino ejerciendo de abogado, aunque reconozco que no me hubiese importado.
"¡Pero si no te pega nada!", oigo decir cada dos por tres.
He tomado otro camino profesional, pero eso no significa que el derecho, y la abogacía en particular, no me resulte interesante. Fascinante no, pero interesante. No ignoro que podría haber sido mi profesión, y nunca se sabe lo que me puede deparar el futuro. Por lo menos la respeto.
Una de las cosas que más escuché en la carrera es que un abogado tiene que aceptar cualquier cliente. Lo acepto. Lo acepto y lo apoyo. Otra cosa, que teníamos que ganar bajo toda circunstancia. Aquí entran los matices.
Mi visión del abogado ideal es el que acepta cualquier caso, por peliagudo que sea, y busca todos los resquicios legales para que su cliente salga absuelto o reciba la menor pena posible. Si para eso hay que omitir la verdad, adelante: el trabajo de la justicia es descubrirla, no la del abogado defensor desvelarla. Ahora bien: hay un trecho enorme entre omitir la verdad y mentir. Y más aún, conocer la verdad, omitirla, y aprovecharte de ello para desprestigiar hasta lo grotesco a la acusación. No me importaría defender a un violador, por ejemplo. Ahora bien: conocer la verdad de mi cliente y aun así atreverme a insinuar que fue la acusación la que se insinuó, me parece de monstruo sin alma. No se puede aceptar todo.
Por estos y otros motivos sería un pésimo abogado, seguro.