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Yo estoy con Sortu

Este blog, que otrora publicaba artículos de política un día sí otro también, hace tiempo que prefiere que lo hagan otros. No se trata de una repentina decepción ni que el asunto me aburra de pronto: es que desde que vivo en Madrid, hablo lo menos de política y lo que aquí escribo, es el poso de lo que hablo. Si no la hablo, no la escribo, así de simple. Ha tenido que venir Sortu para obligarme a regresar al ruedo.
Una introducción rápida para los que leen este blog desde fuera (que son unos cuantos) y los nacionales que se enteran de la actualidad por aquí (algo que me da escalofríos, pero procuraré ser más claro que los medios de comunicación): Sortu es un nuevo partido político independentista vasco que se presenta a las elecciones locales del próximo mes de mayo. Como siempre, el resto de partidos se lanza a las listas en busca de la Apuesta de ETA de Esta Vez, por la tendencia de los terroristas a presentarse camuflados en cada convocatoria electoral, y el azar ha querido que en 2011 le haya tocado a Sortu. ¿Resultado? Que el partido no ha podido completar su inscripción. El Tribunal Supremo, dividido, ha votado que se trata de ETA camuflada. La votación no ha sido unánime, pero al caso es lo mismo.
Con Sortu me he tomado más molestias que con los libros malos que llegan a mis manos. No he leído las diez primeras páginas del informe, ni las cincuenta, sino que lo he leído de cabo a rabo. Me he empollado el informe del Tribunal Supremo (que no me resultó tan sencillo de encontrar) para ver si de verdad existen motivos para la no legalización del partido, y lo que he encontrado es nada. Papel mojado. Brindis al sol. Un trabajo de juntaletras que escribe mucho pero no dice nada. Una zancadilla al Estado de Derecho que tanto presumen de defender y que se supone que es ETA, y sólo ETA, la que quiere destruir. Con esto vemos una vez más que no hace falta querer destruir un Estado para desprestigiarlo (y por lo tanto, debilitarlo) con cada decisión digna de república bananera. Irónicamente, lo que acusan a ETA de hacer.
Pero hablaré más claro: no creo que el informe del Tribunal Supremo pruebe nada cuando dice que Sortu es la continuidad de ETA. Por supuesto que lo dice, pero su afirmación queda en la mera hipótesis, y se pierde por los mares de la duda cuando se trata de aportar pruebas. Cuando se desengrana el informe, uno se sorprende con la cantidad de vueltas que da sobre la misma idea: que en documentos incautados años atrás, ETA marcaba una hoja de ruta que pasaba por las instituciones. Pero no aporta nada más, y aquí terminan las "conexiones" entre el grupo terrorista y Sortu. A la hora de vinculaciones, el texto prefiere repetir una y otra vez lo mismo, a falta de argumentos. Por qué tiene que ser Sortu la continuadora y no el Partido de los Tuiteadores o el del Olentzero, es algo que deja a la imaginación.
A falta de conexiones probadas, servidor se toma la molestia de leer la Ley de partidos, al menos la parte referente a terrorismo. Y el resultado no es más esperanzador que con el caso anterior: en este aspecto, exige que se condene la violencia y que los miembros del partido no tengan ninguna incapacidad para presentarse a un cargo electoral. Sortu dio la primera sorpresa cuando todos los titulares en su fundación eran personas con el historial limpio. Fue entonces cuando los medios y partidos se lanzaron a degüello exigiendo una condena al terrorismo, convencidos de que este escollo bloquearía una vez más la legalización de la mascarada de ETA. Nueva sorpresa: Sortu condenó la violencia. Para mí lo hizo con  la claridad del agua. Para otros no fue suficiente. Pero ¿qué no lo es? ¿La condena... o la ley que ellos mismos promulgaron? La condena del terrorismo tardó semanas en llegar, pero llegó de manera tajante (incluso días después, cuando se conoció una tentativa de asesinato a lehendakari, Sortu volvió a condenarlo ¡y hablamos de una tentativa, no de un atentado! sin que le preguntasen). Si el problema es que la ley se ha quedado corta para las cortas miras de los políticos de Madrid, en ese caso lo que tienen que hacer es espabilar por modificar su ley, y no reinventársela (pues la interpretación no puede ser más clara) para tumbar a quien la cumple. Es esperpéntico revisar las hemerotecas y recordar todas las veces que dijeron eso de «¡Que condenen el terrorismo si quieren estar en las elecciones!». Ni a quien lo hace le dejan. Todavía no he visto que ilegalicen partidos por promover la xenofobia u homofobia, tan punible, a ojos de la ley, como la promoción del terrorismo. Pero cuidado, respeto, que estamos en un país que presume de potencia mundial.
Tampoco han podido encontrar rastros delictivos en los nombres de los estatutos de Sortu. Y la gente dice «¡Pero son lo mismo!», pero ser lo mismo (incluso si lo fuesen) no significa ser los mismos. La ley no prohibe la inscripción de partidos para amigos, conocidos o vecinos de. De nuevo, su legislación se les ha quedado corta. Está claro que les gustaría que las prohibiciones se extendiesen a allegados y simpatizantes, ahora que sus previsiones se desbaratan. Sin embargo, de nuevo es Sortu quien supuestamente no cumple la ley. ¿Seguís bien la comedia? ¿Pasamos a la conclusión?
No sé si Sortu es o no es ETA. Lo que nuestra justicia deja claro es que no lo puede demostrar. Si es ETA, será la primera vez que crea un partido con todas los requisitos de la ley (a falta de que los de arriba la cumplan), algo impensable hace años. Si no se demuestra, estamos cometiendo un atropello democrático que seguramente llegará al tribunal europeo donde se obligará a España a pagar una compensación abismal, como ya ha ocurrido en el pasado (cuando la justicia clausuró un diario u Otegui y las injurias al Rey). Si con esto pretendemos que ETA no se financie con el dinero del Estado, estamos entrando al panteón de los idiotas por la puerta grande: bonita compensación la que tendremos que (volver a) pagar.
La gente, cuando suelto todo esto, me pregunta: «¿Pero de verdad lo crees? ¿Que Sortu no es ETA?». No importa lo que crea yo o los demás. En un Estado de Derecho, lo que prima es lo que se puede demostrar. Si los instrumentos de la justicia bloquean la inscripción de Sortu sin pruebas y sólo con hipótesis, es una posibilidad de dos: o juegan al Adivina quién sin mirar el tablero, algo indigno de un país serio; o lo que me preocupa más: que sí tengan pruebas de que Sortu es ETA, pero que esas pruebas no sean legalesy por lo tanto no se puedan mostrar a la luz. Irrefutables para los que las han visto, pero inconfesables a los ojos de la ley (su ley). No sé qué me da más miedo. Que os sean leves las elecciones.

Tuitear puede matar

Un blog que mola

Nada. Siempre que le pido a la gente que me recomiende blogs guays, nada. Pero hace poco piqué con Let's Pacheco y estoy enganchado. Soy fan total del padre de la criatura. Así que para que no se diga, os recomiendo el último blog al que me he suscrito, cuando ya ni recuerdo cuál fue el anterior. Tendréis que visitarlo para opinar, pero luego no me vengáis de conversos a decirme «Tus viñetas son súper cutres». Siempre lo fueron, lo sé. Y las comparaciones son odiosas. Disfrutad de la restauradora y su familia.
Posdata: sigo abierto a nuevas sugerencias de blog. Pero cortaos con las autopromos, anda. A menos que vuestros blogs sean morrocotudos.

El cuestionario de los bibliófilos

Hoy es el día del libro y toca celebrarlo. Qué mejor manera de hacerlo que con un cuestionario, ahora que ha pasado tanto tiempo desde que respondí al de 101 cosas de mí o el de Proust. Este es sólo de libros. Podéis (de hecho, os animo a ello) responderlo en los comentarios. Empiezo yo para romper el hielo.


El último libro que he leído: una novela no publicada.


Un libro que cambió mi forma de pensar: Las uvas de la ira (Steinbeck).


El último libro que me hizo llorar: Criadas y señoras (Stockett). Al margen de que es un libro con un público mucho más amplio que lo que sugiere su portada, tiene una escena final que me tocó la fibra.

El último libro que me hizo reír: Sujetos pasivos (García-Roméu).

Un libro prestado que no me han devuelto: uno de relatos de Roald Dahl que tuve que volver a comprar.

Un libro prestado que no he devuelto... todavía: tengo varios por devolver. Los devuelvo siempre. Incluso si he perdido trato con la persona, me encargo de que le llegue de alguna forma. Pasó una vez.

Un libro que volvería a leer: un puñado de ellos (ya hablé de algunas de mis relecturas obligatorias). Supongo que todos mis libros favoritos, una vez pasados los años.

Un libro para regalar a ciegas: Matar a un ruiseñor (Lee).

Un libro que me sorprendió para bien: El esbirro (Kourdakov). Los libros que eliges no te pueden sorprender tanto, pero este fue lectura obligatoria en el colegio y tiró por tierra todos mis prejuicios.

Un libro que robé: Harry Potter and the Chamber of Secrets (Rowling), primera edición. Aquí conté todo. Prometo que la devolveré. Sólo tengo que volver a Reino Unido.

Un libro que encontré perdido: La maldición de los Dain (Hammet), en el metro de Valencia.

El autor del que tengo más libros: Laura Gallego y Roald Dahl. Creo que tengo sus bibliografías completas.

Un libro valioso: al margen del que robé, que no es mío y tengo pendiente devolver, no tengo primeras ediciones especialmente valiosas. Todos los de Tolkien en castellano regalo de mi padre (que los compró a medida que salieron), una sexta edición de Las uvas de la ira que encontré por cinco euros en Malasaña y Las Reliquias de la Muerte dedicado por Rowling.

Un libro que llevo tiempo queriendo leer: El Quijote (Cervantes).

Un libro que prohibiría: de nuevo El Quijote. Así seguro que lo leía yo y lo leían veinte millones más.

El próximo libro que voy a leer:  en la mesita de noche tengo La evolución de Carlpurnia Tate (Kelly) y El maravilloso viaje de Nils Holgersson (Lagerlöf). El problema es que siempre voy adelantando lecturas más urgentes.

Autores que se aprovechan de otros

Si bien a todos nos parece una locura que un desconocido saque a la venta una novela con los personajes de Harry Potter o desarrollada en Hogwarts (no un ensayo o libro de estudio, que ya puedo saber por dónde saldrá alguno), lo cierto es que nuestros hijos comprarán libros no oficiales con todas las garantías del derecho. Todavía es pronto para hablar de la saga de Rowling, pero dentro de cuarenta años, y esto sí lo viviremos nosotros, los derechos de Tolkien llegarán a su fin y cualquiera podrá publicar al precio que quiera sus propios relatos (fanfics, pero con remuneración completamente legal) de Bilbo Bolsón y el resto de hobbits de la Comarca. Ya ha ocurrido con personajes como Peter Pan, de la que han surgido todo tipo de novelas, y El mago de Oz, que cuenta con uno de los fanfictions más sobresalientes de la literatura, Wicked. ¿Por qué nos parece tan natural que Gregory Maguire escriba sobre un universo que no inventó él y sin embargo nos escandalizamos ante la idea de que alguien quiera hacer dinero con una novela usando los personajes de La materia oscura? La única diferencia legal es que en un caso han pasado más de setenta años desde la muerte del autor original, requisito para explotar una idea de la que no se es dueño, mientras que el otro sigue vivo. Pero ¿nuestra aceptación es una cuestión legal o más bien moral, que coincide con la concepción de que no se debe escribir ficción de la ficción de un escritor que todavía puede escribir sobre su mundo?
El autor de la obra original siempre contará con el honor de haber creado el imaginario, pero aceptemos la idea de que el que venga después, sin pedir permiso ni necesitarlo, pueda ser capaz de superarlo: servirse de los mismos ingredientes, pero desarrollar un plato todavía más extraordinario. Wicked es un buen ejemplo de ello, con sus propias secuelas y hasta un musical que triunfa en Broadway. Irónicamente, Maguire se ha servido del universo de Oz sin pagar ni un duro, pero él, como autor vivo, ha creado su propia esfera de propiedad intelectual alrededor de su obra. Hoy día, es más dueño de su concepción de Oz que cualquiera de los herederos de Baum, el creador del mundo original.
Supongo que eso marca una diferencia: la de escribir sobre los personajes o hacerlo sobre su mundo. El mundo es más general y no requiere psicología, solamente un estudio a fondo de los datos conocidos en la obra primera. Sin embargo, los personajes, por poco que los toques, son una alteración. Ya cambias sus hechos y muy fácilmente, sus conductas. Mucho más fácil traicionar al escritor que se restriega en su tumba. Si se trata de un fanfiction de librería, es posible que estemos más interesados en leer un nuevo libro ambientado en Hogwarts que uno con Harry por protagonista. Lo mismo con el resto de universos.
Ahora quiero que habléis vosotros: ¿os parece bien que autores como Gregory Maguire publiquen novelas desarrolladas en Oz? ¿Qué sagas, todavía con los derechos en manos de sus autores o herederos, darán de sí las mejores novelas no oficiales del futuro? Mejor dicho: ¿cuáles os gustaría leer? ¿Puede un extraño superar la obra original con una novela que no deja de ser fan? Espero vuestros comentarios. Que empiece el debate.

«Aniversari» de Manel

La semana pasada estuve en la actuación en directo que Manel dio en la Fnac de Madrid y todavía no me he recuperado. Fue uno de los mejores conciertos de mi vida. Qué cosas, la canción que mejor suena en el disco, Aniversari, es la que peor tocaron (pero igualmente estuvieron soberbios). El tema me parece brillante. Aquí podéis leer la letra si no entendéis catalán (pero no os quedéis con las ganas de ver el video. Es buenísimo, de verdad).

Nacionalismos que empeoran viajando

Dicen que el nacionalismo se cura viajando, pero en lo que respecta a los catalanes, esta afirmación no podría ser menos cierta: por favor, que no visiten jamás Valencia o Madrid. Con el odio visceral que se profesa por ellos en las dos provincias, se puede volver independentista hasta al más españolito de Cataluña.
Después de veintidós años viviendo en la ciudad del Turia, pensaba que no había un pueblo que odiase más a los catalanes que el valenciano. Ahora que llevo más de año y medio en Madrid tengo mis reservas, y miedo me da qué opinarán de ellos en otros lugares de España que no conozco. Por supuesto que hay críticas razonadas, dirigidas a políticos populistas y demagogos, y tampoco voy a negar que hay catalanes de la calle que sólo actúan en pos de la animadversión. Pero el desprecio, cuando menos, de un gran porcentaje de la sociedad (y hablo de dos ciudades que conozco, pero miedo me da qué ocurrirá en el resto del mapa) no se dirige solamente a ellos, sino a todos los catalanes en conjunto. A diario se escuchan comentarios xenófobos (porque por supuesto que es xenofobia. ¿Qué es si no?) amparados en corrillos privados que jamás se repetirían en la esfera pública ni en un medio de comunicación. Los catalanes sólo conocen una minúscula parte del odio que se profesa por ellos, pero si tuviesen que escuchar las barbaridades que se dicen, muchos más que los anecdóticos votarían sí por separarse de España. No entiendo a estos españoles que se oponen radicalmente a la independencia y sin embargo, odian la región con toda su alma. ¿Para qué quieres algo que aborreces? ¿Para martirizarte?
Gracias que todos ellos guardan las formas cuando tienen a un catalán al lado. Quizá frunzan el ceño, o les dé por silbar el himno nacional, pero se cuidan mucho de no repetir las barbaridades que dicen en petit comité. Menos mal que los catalanes no se hacen a la idea de lo que de verdad se dice de ellos. Menos mal que no todos son igual de irrespetuosos, y son capaces de ver que no todos los catalanes son iguales. Es más: que son capaces de respetar a los catalanes que no piensan igual y están en las antípodas de su ideología, porque hasta eso se debe respetar. Si luego los otros son unos reaccionarios, a mi plum. Aquello que nos decían de pequeños, "Trata a los demás como quieres que te traten", debería ser nuestro lema hasta la muerte, y no sólo durante primaria.

Por qué Crónicas Salemitas valida los comentarios

De vez en cuando (muy de vez en cuando, pero ocurre) alguien pregunta por qué en este blog se validan los comentarios. Por si no sabes qué significa eso, lo explico brevemente: quiere decir que cuando alguien opina en una entrada, el comentario no aparece público hasta que yo (C.) lo apruebo. El último que hizo esta observación fue un poco más allá: dijo que esto se podía considerar un tipo de censura previa. Y para terminar, agregó que no es muy distinto de lo que se hacía en el franquismo.

No es que el comentario me molestase ni tampoco que le dé la razón. Sin embargo, como defensor de la libertad de expresión que pretendo ser, tengo que admitir que el sistema de comentarios de Crónicas Salemitas puede llevar a una autocensura de los comentaristas. Es posible que alguien no se exprese de la misma forma cuando piensa que lo van a leer todos que si cree que el comentario sólo me va a llegar a mí. Quizá se corte y escriba una opinión descafeinada con el propósito de que pase la validación. Soy consciente de que esto puede ocurrir, aunque puedo afirmar que nadie me ha comentado nunca que se haya cortado en sus comentarios, y además, la autocensura se la impone cada uno a sí mismo. Yo jamás he censurado ninguna opinión. Os animo a que no lo hagáis vosotros.
¿Por qué, entonces, este blog valida los comentarios?
La primera razón es ridícula, pero la más poderosa: porque de ese modo, el autor de las entradas puede leer todas las opiniones a medida que van llegando. Otra opción sería que se me notificasen por e-mail, pero mi relación con el spam es bastante mala, y no quiero que vaya a peor. Aprobar para leer, tan simple como eso.
La segunda razón es evitar trols. ¿Cuántos comentarios insultantes pensáis que se han escrito entre los casi 12.000 que se han publicado desde 2007? Os lo digo a ojo: menos de diez. O de veinte, pero la proporción sigue siendo minúscula. La razón, aparte de que los lectores salemitas son la vichisuá de la blogosfera (vamos, que sois lo mejorcito), es obvia: como los trols tienen que pasar por la validación igual que el resto, se ahorran la molestia de escribir sus troladas. Podéis imaginar cómo cambiaría la proporción si los comentarios no se validasen, ¿verdad? Seguramente los comentarios trols se contarían por más de mil en todo este tiempo. Comparado con la miseria que se han producido con la situación actual, la validación de comentarios me sigue pareciendo un buen argumento a favor.
La tercera y última razón para validar comentarios es una garantía tanto para vosotros como para mí. Antes he hablado de la libertad de expresión, pero si bien es cierto que quiero que en este blog no falte, también hay que tener en cuenta que no cuento con las herramientas normales para combatir los excesos de la verborrea: me refiero a cuando una opinión se transforma en una injuria. Y esto no sólo puede ir contra mí: las subidas de tono se producen muy frecuentemente (más de la mitad de las ocasiones) entre los propios comentaristas. Si una persona suelta una barbaridad castigable en la calle, la justicia puede actuar contra él, pero ¿qué hago yo contra un comentarista que se pasa de la raya? ¿Tengo que ir a una comisaría, o testificar cuando otro denuncie? ¿Arriesgarme a que este blog se meta en problemas o pueda llegar a cerrar por culpa del comentario de un tercero? Ni la justicia se merece más casos, ni yo tengo tantas ganas. La validación nos ahorra malos tragos a todos.
Precisamente porque los comentarios se validan, también podéis escribir bajo anonimato. Hay otros blogs donde debes firmar con un nick, aquí ni siquiera eso. Como todo lo que se valida entra dentro de lo considerado libertad de expresión, no hace falta estampar la firma.
Uno podrá decir: ¿Y cómo sabemos que no estás borrando comentarios que no te gustan? Pero quien sea asiduo a los comentarios de este blog, sabrá que se han validado muchos que me acribillaban de todas las maneras. Me han cuestionado de todas las maneras y puesto a caldo por cada cosa que he hecho. Todo eso se ha validado, y para prueba la hemeroteca. Cuánta gente estaría convencida de que el suyo no iba a pasar y por supuesto, ha pasado. Ya lo digo: aquí hay libertad de expresión, y cuando más libre, más divertido. Tendré que leer (y por supuesto, los validaré) comentarios muy desagradables, que me atacan sin ningún tipo de razón (o a veces, sí, con mucha), pero es parte del juego al que me someto. Me gusta, qué le vamos a hacer. De censura nada. No dejéis de opinar.

Las diez canciones más vergonzosas de mi iPod

Si es que es normal: tres años (casi cuatro) recomendando música celestial desde este blog dan para que los lectores salemitas se piensen que mi iPod es la mayor conjunción de obras maestras del universo, y no la que anunció Leire Pajín. No hay más que seguir mi lista de Spotify para ver la luz al final del túnel y no volver a escuchar a Justin Bieber, Mozart y esas cosas del montón.
Pero Crónicas Salemitas no sería lo mismo si no sacase los colores a su autor y lo ridiculizase a la primera de cambio. Vale, lo reconozco: mi iPod también tiene temas que dan vergüenza ajena (aunque me hago a la idea de que mis recomendaciones habituales avergüenzan a más de uno, pero tú. Qué le vamos a hacer), canciones que entraron por noches muy sonadas o momentos sentimentales y que han sobrevivido a cada cambio de reproductor. No volveré a ser vuestro gurú musical después de esto. Si supieseis la vergüenza que he pasado cuando alguien escuchaba mi lista y le salía uno de estos... Pero ¿quién no tiene cosas así en su iPod? ¿Estamos orgullosos de cada tema que escuchamos? Hagamos un trato: yo publico la de las diez canciones que más me avergüenzan de mi iPod y vosotros haced la vuestra. Los motivos que nos llevaron a descargarlas e incluso escucharlas con satisfacción (¡hasta tararearlas en la intimidad!) nos los guardamos mejor en nuestra memoria.

  1. Dadi Yankee - La gata.
  2. El canto del loco - Aquellos años locos.
  3. Ella baila sola - Despídete.
  4. Enrique Iglesias - Héroe.
  5. El sueño de Morfeo - Esa soy yo.
  6. Joselito - La campanera.
  7. Miranda - Don.
  8. Raffaella Carrá - Explota mi corazón.
  9. Rocío Jurado - Como una ola.
  10. Tatu - Not gonna get us.

Dios, si después de esto seguís visitando el blog, haced el favor de no saludarme por la calle.

Por el placer de escribir

Todos conocemos a gente que pinta y eso no significa que tengan talento para vender sus cuadros. También a los típicos que se pasan horas detrás del balón, y nadie espera de ellos que jueguen en la primera división. ¿Por qué es distinto cuando uno escribe? ¿Quién ha dicho que todo el mundo pueda publicar?
De las siete novelas que he terminado hasta la fecha, tres quedaron en el cajón y nunca las ha leído nadie. Las otras cuatro, muy diferentes entre sí, las han leído algunos amigos, con valoraciones más o menos positivas, y las he enviado a editoriales (aunque irónicamente, todas las veces me he olvidado de seguir a rajatabla mis propios consejos para autores noveles). Nunca jamás se han puesto en contacto conmigo ni me han expresado el más mínimo interés por la publicación. Ni qué decir que lo entiendo perfectamente.
Tampoco padezco el síndrome del escritor anti-sistema, ese que culpa al mercado de su nulo tirón y se proclama la repanocha de la literatura underground. Sencillamente no les gusta lo que hago, punto, no hay más. Comprendo perfectamente sus motivos y asumo que la escritura nunca será mi carrera profesional, sin dramatismos, reproches ni cócteles molotov.
Pero nada de esto me quita las ganas de escribir. Lo hago con las mismas ganas de siempre y pensando sólo en mí, porque cuando uno no vende, ¿qué más le dan las exigencias del mercado? Estoy libre de presión para hacer lo que quiera. Y nadie me puede reprochar escribir mal o tratar los temas más aburridos del mundo, porque el único propósito de cada línea que escribo es pasarlo bien. Como quien pinta un cuadro para su salón. O el que juega al fútbol en el campus de la universidad. La satisfacción de hacer lo que a uno le gusta por el simple placer de hacerlo.
Si hay un vicio de escritor con el que no me identifico, es ese de "Escribiré la segunda parte si la primera se vende". Yo concibo escribir como un placer, no como una cuestión de oferta y demanda. Por eso escribo igual las secuelas de esas historias de las que nadie conoce ni la primera parte, porque no podría tomarme en serio a mí mismo si no lo hiciese. A fin de cuentas los personajes son míos, y no de una editorial o lector. Soy yo quien se queda a medias cuando no termina una historia. Si a nadie le interesa o no tiene ninguna calidad, no es algo por lo que me tenga que preocupar.
Reivindiquemos la escritura como una afición y no como una actividad de obligatoria salida comercial. No existe arte en el mundo de la que el cien por cien de sus practicantes puedan hacer profesión, pero con la narrativa parece que estemos obligados a ello, o que somos unos fracasados si todos nos dicen No. Yo hace tiempo que asumí que la máxima carrera que podría hacer en el fútbol es aguador. También comprendo que no doy la talla para vender dibujos ni en El Retiro ni la Malvarrosa. Si escribo por el placer de escribir, no puede ser más alarmante que el resto.

Con hospitales cada vez menos públicos...

... sólo faltaba que los bancos también metiesen mano en ellos.

Conductas perniciosas del metro (i)

De entre todos los motivos para estar en contra del e-book, me quedo con uno: será mucho más difícil averiguar qué libro está leyendo el viajero de al lado. Difícil, pero no imposible.

Los genios y los subnormales

La Comunidad de Madrid plantea crear un bachillerato para los excelentes, con su propio centro exclusivo para las medias más altas. Atrás quedaron los insultos de empollón, las lecciones repetidas como bucles por culpa de los más lentos, y se abren las puertas a la primera élite escolar, antes del tiempo de universidades.
Esta noticia casi me hubiese pasado desapercibida de no ser por una conversación que tuve días atrás. En ella, otras personas decían que había que terminar con la generosidad de la educación universitaria gratuita, ya que por culpa de unos cuantos, los mejores no podían avanzar. Lo que propone el gobierno madrileño es anterior, en la fase final escolar, pero el problema viene a ser el mismo, o casi. Al menos, me sirve igual para mi reflexión.
Porque siempre he sido un estudiante flojo tirando a malo. Era de los de aprobar en la última convocatoria, cuando veía la luz, me preparaba y si me daba podía sacar un nueve y medio o diez. Mientras tanto, mi media oscilaba entre el cero y el cuatro, en un vaivén infinito que traía por el camino de la amargura a mis padres y los profesores pero que a mí me traía sin cuidao. Total, llegado el punto aprobaba. Eso era lo importante para mí.
No obstante, siempre me he rodeado de empollones (bueno: en el colegio hasta los más malotes eran más empollones que yo, pero corramos un tupido velo), y no recuerdo haber retrasado el temario jamás. No era de los que molestaba: si tenía que distraerme, prefería hacerlo dibujando o contando baldosas, pero nada que perjudicase a los demás. Dudo que mi promedio de cromañón haya afectado lo más mínimo al rendimiento de mis compañeros y amigos, a riesgo de equivocarme.
No los perjudiqué, pero apuesto a que su compañía siempre fue un beneficio. Qué habría sido de mí si me hubiesen abandonado en una clase de tontos. Con unos compañeros tan listos, lo tuve más fácil para aprender y aprovecharme de sus explicaciones por los pasillos. Si aprobé ciertas asignaturas, se lo debo a ellos más que al profesor. Quién sabe qué hubiese sido yo de haber caído en el aula de los mediocres, donde me correspondía. Vale, es posible que yo no responda al cien por cien al arquetipo del mal alumno, porque ni me interesaban las mismas cosas ni me expresaba como tal, pero las medidas de Aguirre no distinguen entre unos y otros. Mi expediente hubiese apestado un poquito más. Y luego, para aumentar la diversión, nos hubiesen hecho por separado aquel test de coeficiente intelectual y los profesores habrían tenido la misma reacción. "Señor Reyna, felicidades", como si un número sobre equis sustituyese cada suspenso anterior.
--Anímate a estudiar dos carreras en vez de una --me volvería a decir la psicóloga en esta realidad paralela--. Sigue aprovechando las clases como hasta ahora.
--¿Yo? --Porque mi sorpresa sería idéntica en los dos mundos--. Pero si soy el alumno más mediocre. Usted no ha visto mis notas, ¿verdad? He suspendido cuatro de diez.
La psicóloga demostraría de nuevo no mi fracaso escolar, sino el ridículo de nuestro sistema educativo, y se pondría a repasar -como lo hizo entonces- sus apuntes en busca de una explicación. Se preguntaría si no se equivocaron al separarnos entre excelentes y no tan. Claro que lo que no cuentan es que su sistema educativo es tan eficiente como sus test de coeficiente intelectual. Su credibilidad es nula.
--No puede ser... --se excusaría.
Pero puede pasar y pasó, claro que en ninguno de los dos universos se entiende lo más mínimo. Yo sé que fui un estudiante mediocre y que desaproveché en buena medida la educación, pero prometo que aproveché cada segundo que pasé cerca de mis amigos, que sí aprovechaban las clases. En otra aula, la de los fracasados, no tendría nada de lo que hablar, y qué me digan qué es lo que podría aprender. Gracias a Dios que los excelentes todavía siguen entre nosotros.
Gracias a Dios que esta entrada no la escriben los excelentes, porque puedo imaginar cuál hubiese sido su opinión.

Quiero vivir en la ciudad

Ni hombres o mujeres, ni parados ni trabajadores. La primera separación poblacional, que nos describe mejor que ninguna otra, es la de personas que quieren vivir en la ciudad y personas que no. Yo, que pasé veintidós años en Valencia capital, y llevo año y medio en la capital de Madrid, me pongo nervioso de pensar que hay gente de día y noche en pueblos de menos de quinientos mil habitantes. ¿Cómo los ayudo? ¿Qué puedo hacer por salvarlos de tan difícil existencia? Y cuando estoy a punto de lanzarme a crear la Plataforma de Rescate para la Gente de Pueblo, me sueltan que están tan felices y que un cuerno iban a vivir en la ciudad. Increíble, pero cierto. Me hablan de la tranquilidad, del aire y tantos chismes jipis que me pregunto si los tractores de campo no echarán humo de porro en vez de combustible. Me intriga tanto su determinación que los envidio, sí, porque nunca viví esos veranos en el pueblo, en calles donde todos se saludan y saben reconocer en el cielo los próximos cambios de tiempo. Me gustaría verme una semana allí, sin metro -aunque apenas utilizo el metro, es un consuelo saber que está-, ni starbucks ni bares en azoteas, ni paseos de media hora de vuelta a casa sin salir de la civilización, ni bocados a las tres de la mañana, ni museos, ni hm&s, ni conciertos, ni librerías de varios pisos, ni cines que lo proyectan todo. Claro que vosotros, los que vivís en pueblos, conocéis bien lo que tan especial lo vuestro. Me encantaría ser capaz de escribir un artículo de amor a los pueblos, pero lo intenté una vez y el resultado fue muy cuestionado. Si eres de pueblo, aprovecha la ocasión. Si eres de ciudad, reafírmate. Demostremos que las dos Españas no son el chiste ese de nacionales y republicanos. Las dos Españas son las de los de ciudad y los de pueblo.

Diana y Hayao

Ahora que la escritora Diana Wynne Jones se ha ido al parnaso de la fantasía a acompañar a otros como J.R.R. Tolkien o C.S. Lewis, es buen momento para recordar una de las joyas del género, El castillo ambulante, que perteneció al catálogo de SM durante unos años y que hoy en día edita Berenice.
En el país de Ingary, donde las botas de siete leguas y las capas de invisibilidad existen de verdad, Sophie Hatter ha atraído la desagradable atención de la Bruja del Páramo, quién la hechiza con un maleficio que la convierte en una anciana. Con la determinación de hacer lo adecuado, Sophie viaja al único lugar en el que cree que podrá encontrar ayuda, el castillo ambulante que merodea por las colinas cercanas. Pero el castillo pertenece al temible Mago Howl, que se alimenta, según dicen, de los corazones de jóvenes desprevenidas.
Con este libro me salté una de mis leyes básicas de lectura: lo leí después de ver la película. En mi defensa diré que cuando se estrenó en los cines, el libro era imposible de encontrar, y uno no puede esperar mucho tiempo porque nunca se sabe lo que dura Miyazaki en las salas. Por eso mi primera impresión de El castillo ambulante fue la de la película y vaya, me gustó. No soy fanático del director Hayao Miyazaki, pero la calidad visual de sus trabajos es incuestionable. También las historias que cuenta (a excepción de Ponyo en el acantilado, que me aburrió de principio a fin). Nausicaä, de hecho, es el único manga que recuerdo haber leído en toda mi vida. Ni que decir que me fascinó.
Por eso, cuando se reeditó el libro, me pensé dos veces leérmelo. Total, ya conocía la trama. Pero había oído hablar muy bien de Diana Wynne Jones, y los que habían leído el libro me lo recomendaban. Por eso me salté la ley básica (algún día publicaré la legislación completa del lector, para quien quiera someterse a su jurisdicción) y lo leí, y para mi sorpresa, el libro me gustó más. Y ocurrió algo más sorprendente todavía: descubrí que la historia de la película que menos me había entusiasmado, era original de Miyazaki y no de Jones. ¡Qué desastre agregar algo a la historia y que sea lo más aburrido! Pero la cosa seguía: es que lo que más me gustó del libro (y no lo diré para no destripárselo a nadie), el punto más original e impactante de la novela, ¡no salía en la película! Miyazaki lo borró de un plumazo. De modo que no me pude alegrar más de quebrar mis normas para descubrir que la película quita lo mejor del libro y agrega de cosecha propia lo peor. Todo esto sin desmerecer el filme, claro, que sigue siendo genial. Chapó por los dos. Pero si estáis pensando en conocer El castillo ambulante, aquí va mi recomendación: empezad por el libro. No es el típico debate letras con fotogramas: es que la novela es todavía mejor, si cabe.