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Los peores regalos que me han hecho nunca

Siempre digo lo mismo, «No quiero regalos por mi cumpleaños», pero nada, les da igual. No le veo el sentido a gastarse el dinero porque sí, por el simple hecho de cumplir, cuando insisto en que nadie queda mal conmigo por ahorrárselo. Cuando quiero algo me lo compro con mi dinero, y mis caprichos son demasiado baratos como para que no me los pueda permitir. Por eso no entiendo que la gente insista en comprar cuando corren el riesgo de que no me gusten sus regalos, porque para colmo, heredé de mi padre el gen de se-me-nota-en-la-cara. Pero nada, seguirán regalándome por mis cumpleaños. Si es que me sabe fatal el esfuerzo y dinero que invierten.
Creo que ostento el dudoso récord del español que más veces se ha quedado sin regalo en los amigos invisibles, aunque en mi fuero interno he celebrado cada ocasión que me he ahorrado el incómodo momento de abrir el regalo. Y aunque a veces recibo presentes fabulosos, como cuando mis amigos me regalaron el cedé descatalogado de El rey león o un paquete de trufas Martínez (mis padres me enviaron una caja idéntica de trufas por mensajería el mismo día y sin ponerse de acuerdo. Lo que siento por esta bombonería valenciana es público), puedo presumir de haber recibido algunos de los peores regalos del universo, y no me refiero a la flauta o el patinete de rigor. Que nadie se sienta molesto por mi selección de los más desastres:


Los calzoncillos usados: el regalo de P. pasó a la historia de los Personajillos y desde entonces sólo nos acordamos de rezar para pedirle a Dios no tocarle en el sorteo de los papelitos. Lo peor de todo es que los calzoncillos (limpios, espero) estaban dentro de una caja de plástico cubierta con veinte capas de celo. Os juro que sudé la gota gorda para abrirla, así que podéis imaginar mi cara de póquer al descubrir lo que contenían. Luego esperé con cara de circunstancias a que me diesen el regalo de verdad, pero tres horas después me di por vencido y reconocí que eso era todo.


El videocaset de la primera gira de las Spice Girl: mi tío F. era joven y se fió de los dependientes de Fnac cuando preguntó qué le podía gustar a un chaval de diez años. Yo estaba histérico de emoción porque era el primer amigo invisible en el que participaba toda la familia y esto me sirvió de escarmiento. Nunca más quise saber del asunto.


La fotocopia de un número no premiado de la bonoloto: este regalo, al igual que los calzoncillos usados, se tomaría a broma si no fuese porque fue el único regalo, porque además era mi dieciocho cumpleaños y a eso hay que añadir que quien me lo hizo es mi padrino. Recuerdo que ni siquiera se atrevió a dármelo en persona, sino que utilizó a mi abuela de mensajera. Abrí el sobre con mi nombre esperando encontrar un billete con una jugosa cantidad de euros y lo único que vi fue la fotocopia de un número sin premio de la bonoloto (digo yo que si no tenía premio por lo menos me podría haber dado el original). Para echar más leña al fuego, escribió a un margen del papel «Que votes mucho», porque sólo tres días después se celebraba el referéndum del Tratado de Lisboa e iba a estrenar mi derecho a voto de inmediato. Ese fue el regalo que mi padrino me hizo por la mayoría de edad y que todavía no ha sido superado por ningún otro de la familia. Todos me envidian por mi suerte.
    Que mi antología no suene a rencor, porque de todos estos regalos guardo buenos momentos y no reflejan en absoluto la calidad de las personas que me los dieron (que son muy buenas, pero como todos, no siempre aciertan). De los otros, de los sin más, nunca me acuerdo. Ahora os toca a vosotros: ¿cuál es el peor regalo que os han hecho nunca?

    La vida secreta de los artistas

    Lo que convierte en artista a una persona es su arte, no la vida que lleva. Creía que teníamos eso claro cuando les perdonábamos los vicios y los llamábamos excéntricos en vez de locos, un eufemismo que guardamos también a los ricos, pero en verdad somos unos moralistas capaces de anteponer lo correcto a la herencia del arte. Nuestra balanza del bien es capaz de desterrar hasta el último de los genios sólo porque llevase una vida de monstruo. Y cuando por culpa de sus sombras renunciamos a sus obras, entonces somos nosotros los que damos un paso al frente para ser un poco más salvajes.
    Un caso reciente es Céline, un escritor francés al que le han negado las fiestas de la efeméride por haber sido un antisemita declarado. No es de los nuestros, dicen, de modo que hay que arrinconar su literatura. Creerán las autoridades y periodistas que han insuflado oxígeno al respeto entre razas, animales y hasta planetas, pero la única verdad es que hoy hay un escritor que se hizo célebre por sus escritos y al que hoy repudian no por sus escritos sino por su vida (incluso si su xenofobia se plasmase por escrito, sigue siendo una faceta de su vida que no es la de escritor). No he leído a Céline por más que Eme lo recomienda, pero se me ocurren muchos más artistas, de la pluma, de la pintura, del cine, de la música y hasta de la moda, que han sufrido una auténtica inquisición por esas partes de su alma que no eran las que creaban. Genios en mayor o menor medida que sufrieron, antes o después de muertos, el descrédito por unos errores que no tenían nada que ver con las razones que los habían encumbrado. Por este crimen los matamos, pero matamos también nuestra cultura y la cultura universal.
    Si un maltratador no limpiaría su imagen de hombre por ser un maestro de la pintura, pues seguiría siendo un maltratador a vista de todos, ¿por qué un maestro de la pintura deja de merecer nuestra admiración cuando descubrimos que maltrata a su pareja? ¿A qué criterio tan variable ceñimos nuestro medidor de artistas?
    Todos los seres humanos de este planeta, sin excepción, son almas grises. Algunos se acercan al negro más que otros, pero si somos capaces de ignorar a los artistas que no fueron soberbios en todos los aspectos de sus vidas, y no sólo en los que trabajaron, en ese caso perdemos todos. Tendríamos que mirarnos a nosotros mismos y juzgar cuál es nuestro color. Una vez descubramos que no somos transparentes, es hora de admirar a los genios por su talento, y no cometer la injusticia de enjuiciarlos por lo que nunca pidieron opinión. Para los excesos individuales, cada uno es su dueño. Para cuando perjudica a los de su alrededor, son los otros los que tienen que pedir cuentas. Pero en lo que respecta a nosotros, el resto de los mortales, preocupémonos por nosotros mismos y si queremos, admiremos su arte y separémoslo de lo demás. La culpa es de quien admira a la persona y después se lamenta por no encontrar en ella la perfección. Quien admira el arte del artista y no al artista en sí mismo, va más allá. Quien admira al artista en vez de su arte, corre el riesgo de perderse su creación cuando descubra lo que ya todos sabemos: que no hay nadie perfecto, ni siquiera los artistas. Menos mal que los políticamente correctos no tienen medios para investigar las vidas secretas de todos nuestros genios de ayer y hoy. De lo contrario, los libros de arte no encontrarían nadie de quien hablar.

    Temporada alta de fantasmas


    No sé a vosotros, pero a mí últimamente no paran de visitarme.

    Mis cinco artículos favoritos y los cinco más leídos

    Cumplidos los cuatro años, no está de más repasar algunos artículos de Crónicas Salemitas. Los siguientes son algunos de los que, creo, resumen mejor la época reciente del blog:

    1. Un año en Madrid (son tres entregas).
    2. Experimento de una escalera (y ii).
    3. El día que disparé a mi padre.
    4. Qué hizo Jesucristo en esos tres días - El cómic.
    5. Los zurdos tenemos poderes con la diestra.
    Estos son los cinco artículos más leídos, que no se corresponden ni mucho menos con mis favoritos:
    1. El mejor 2 de enero de nuestras vidas (de la de casi todos). Recibió más de 22.400 visitas como consecuencia de ser portada de la red social de enlaces Menéame. La leyó tanta gente que me rompe todas las estadísticas. Multiplica por más de diez la segunda más leída.
    2. Concurso de Crónicas Salemitas para blogueros y webmaters. Aprovecho para anunciar que sortearé un ejemplar de La guía secreta cuando pase los mil seguidores en Twitter, donde soy @el_croni.
    3. El grupo más famoso de todos los tiempos.
    4. Bajo el paraguas, un relato completo para quien lo quiera leer.
    5. Consejos para autores noveles.
    Os propongo un juego: visitad CrónicasSalemitas.com y pinchad sobre la caja misteriosa del encabezado. Sea cual sea el artículo que os aparezca, dejad un comentario. Aunque sea por saludar. Veamos qué sale.

    Pollasso, Pollázquez, Polla y Sopolla

    El otro día vi este vídeo que han grabado los estudiantes de último curso de Medicina en la Universidad de Valencia (porque participa mi amiga Sisi, si no cómo) y lo vi hasta el final. Un hito para mí, acostumbrado a aburrirme ante cualquier vídeo largo (quiero decir: de más de veinte segundos) de YouTube. No sólo eso: es que ayer volví a verlo. Señal de que me gusta, y mucho. Hay que reconocer que el resultado es una pasada (aunque la elección de la música es cuestionable).

    Y el vídeo tiene mérito, muchísimo, pero no es la única razón por la que me gusta. Existe un motivo personal, y es que yo pasé mucho tiempo por los pasillos de este edificio, el de Medicina, y reconozco cada rincón de la grabación. No es que me matriculase alguna vez en la carrera, qué va. De hecho, mis días allí son de mucho antes, en primaria, antes incluso de cambiarme de colegio. Pasé todas mis tardes desde los diez hasta los doce años en los pasillos de esta facultad. Fueron unos de mis días más divertidos, con una pandilla de amigos a la que no se le resistía puerta, y que traspasó en más de una ocasión la legalidad. Irrumpimos clases y rompimos mobiliario. Dibujamos mapas detallados del edificio para llegar hasta donde no habíamos llegado. Nos conocían todos los de allí, desde los profesores hasta los alumnos, pasando por las mujeres de la limpieza. Incluso participé como caricaturista en el diario de la facultad, y todo siendo un niño. Los presentes nos adoraban o nos odiaban, según a quién preguntabas. Los de laboratorio nos dejaban presenciar incluso sus experimentos con ratas y en el depósito de cadáveres (conectado con el clínico universitario de al lado) juramos y perjuramos que vimos más de un muerto. De esto último todavía hay diversidad de opiniones. Todo esto lo hacíamos entre las cinco de la tarde y las siete, hora a la que nuestras familias empezaban a llamarse las unas a las otras preguntándose por nuestro paradero.
    De aquello quedan muchas anécdotas. A Eme le encanta la presunta guerra de cartones de tubos de neón; la ha contado tantas veces que ha llegado a creer que estuvo presente. En verdad no fue guerra, sino más bien intento de homicidio, pero hubiésemos necesitado doscientos años para matar a alguien con una arma tan blanda. A mí me gustó mucho todo lo que dibujamos en aquella época, básicamente escenas guarras salidas de mentes calenturientas de once años, y que plasmábamos en cualquier pizarra que se cruzase por nuestro camino. Lo mejor eran los seudónimos artísticos de los cuatro amigos que hicimos aquello: Pollasso, Pollázquez, Polla y Sopolla (por Picasso, Velázquez, Goya y Sorolla. Una vulgaridad que no he repetido desde esos días). Éramos unos genios incomprendidos. Si alguna vez visitas la facultad de Medicina de Valencia y ves esas firmas estampadas en algún rincón, recuerda que yo fui uno de ellos. Ojalá existan hoy cuatro nuevos niños dispuestos a repetir todas nuestras hazañas, aunque saltándose la parte vandálica. Claro que entonces no hubiese sido ni la mitad de divertido...

    Pasadas las elecciones

    En la hora de la verdad casi nadie habla de la plaza de la Solución. Los jóvenes pedíamos reflexión de voto y eso es lo que ha habido. Si ha sido prácticamente lo mismo que vaticinaban las encuestas hace un mes, es otro asunto.
    El PP ha arrasado hasta donde nunca había entrado. No es para lamentarse: cualquier cambio después de treinta años es más que positivo, y ojalá tomen nota los ciudadanos de Valencia y Madrid para las próximas elecciones, porque sus comunidades autónomas y ciudades también necesitan ventilarse. Consiguen Castilla-La Mancha, consiguen las capitales andaluzas, son los más votados en Extremadura y Aragón... Esto es sólo el principio de lo que se viene el año que viene en las generales.
    El PSOE, por una vez, ha sido humilde. Reconocieron al segundo de cerrar las runas que la noche iba a ser negra para los suyos y Zapatero, un cobarde cuando se trata de admitir derrotas, dio la cara por primera vez en la historia. Ahora vienen los tiempos de primarias, una asignatura democrática de la que no han oído hablar los populares.
    IU sube, aunque no triunfa, quizá porque su éxito es el fracaso del otro. UPyD es la gran sorpresa en Madrid (los militantes dudaban si entrarían en la Asamblea, y las urnas les han dado hasta ocho escaños) pero no cuaja en todos los rincones de España. Teniendo en cuenta que el discurso de la lengua común (sin detrimento de la cooficial) es piedra angular del partido, ¿por qué no han entrado en ninguna de las comunidades autónomas con dos lenguas, ni en las elecciones de ayer ni en las de Galicia ni Cataluña? Alguien dirá que sí están en el País Vasco, pero precisamente el País Vasco es la región donde el castellano está más asimilado por los nacionalistas. No es la razón por la que los vascos votaron UPyD, desde luego. Esto es una reflexión en voz alta: hay muy buenos motivos para elegir UPyD. Lo curioso es dónde ganan.
    Y entre todos ellos, Bildu es el gran ganador. Yo ya dije que estoy con Sortu, y si lo de este partido es igual, no puedo sino reafirmar mi apoyo. No, no digo que aplauda sus políticas ni propuestas, porque están en las antípodas de lo que yo opino, pero como demócrata que soy, me alegra que el que ha sido el segundo partido más votado en el País Vasco haya podido concurrir en las elecciones, cuando hace un mes estuvo a punto de no hacerlo. Las elecciones no serían tales si dejasen al margen una formación con semejante apoyo social. Ya podemos dar las gracias a los medios de comunicación y políticos por hacerles la campaña gratis y dar alas al independentismo más radical. Por poco que me gusten las intenciones de Bildu, no sentiré que se ha hecho justicia hasta que los indemnicen por haberlos llamado terroristas impunemente. No se ha demostrado que lo son y por lo tanto, son inocentes. Si dicen que Bildu es ETA, entonces es mentira que ETA ya no tiene respaldo popular. ¿En qué de todo nos engañan? La vergüenza no es que los abertzales triunfen en las elecciones, sino que se hacen llamar demócratas no quieran que participen.

    Cuatro años de Crónicas Salemitas

    Si este blog naciese hoy, se llamaría Crónicas Salemeras y no Salemitas, para ser fieles al gentilicio de Salem. Pero ya que es demasiado tarde para enmendar el error, intento mejorar en otros aspectos. Por esa razón CrónicasSalemitas.com estrena nuevo diseño en este día, con nuevos dibujos, maquetación e incluso animación, además de accesos rápidos a las principales secciones (viñetas, política, literatura y las más personales), o hasta una caja sorpresa que os llevará a una entrada distinta cada vez, sin distinciones. Ya me queda claro que no visitáis el blog por su aspecto, pero el hecho de que no sea tan cutre tranquiliza un poco mi conciencia. Estoy muy satisfecho con el resultado. ¿Qué os parece el nuevo diseño a vosotros?
    Lo que importa a fin de cuentas es el contenido, y después de más de mil entradas y cuatro años, todavía disfruto con cada nuevo artículo que escribo o viñeta que dibujo. Cuando crees que ya no queda nadie a quien le interesa lo que haces, alguien llega y te dice: «Es la mejor entrada que he leído, y eso que te sigo desde el principio». Por ese afán de comunicar, entretener y hacer pensar sigo con esto. Os doy las gracias a todos los que siguen aquí, ya sea a través del .com (hoy tenéis que visitarlo sin falta, que estrena diseño), Twitter, Facebook o cualquiera otra herramienta de Internet. Gracias dobles a los que pincháis sobre Me gusta o retuiteáis. Gracias a los que comentáis en todas las entradas, o los que comentáis en una de cada diez, gracias igualmente a los que sólo comentáis una vez al año, en la entrada del aniversario, la única vez que os pido que digáis «Esta visita es mía». Podéis aprovechar esta ocasión para decís desde dónde escribís y la razón por la que seguís el blog.
    El nuevo diseño no se podría haber hecho sin la inestimable ayuda de Vito, amigo y programador. De hecho, él es quien se va a encargar de publicar los cambios desde Chile mientras yo estoy en la plaza (y dejo esta entrada programada para la medianoche). Esto es cambio, y no, no me refiero al blog.

    Lo más parecido a una revolución

    Lo teníamos todo y de golpe no nos quedó nada. Los jóvenes españoles vivíamos en un estado permanente de felicidad sin problemas de los que preocuparnos hasta que el domingo, a una semana de las elecciones, ha estallado todo. Porque hay una crisis económica y hemos necesitado tres años para levantar la voz, pero lo que es más grave, y que viene de mucho más lejos, es la crisis política que vivimos desde mucho antes, y que nos arrastrará por todavía más tiempo. Hemos dicho basta. Y esta generación, tan tranquila, tan falta de ideales, tan cómoda, protagoniza estos días, en la plaza principal de cada ciudad, lo más parecido a una revolución que ha tenido nunca. Recuerdo las calles abarrotadas de silencio en las manifestaciones del 11M. Recuerdo el sonido penetrante de las caceroladas por Irak. Sin embargo, esta es la primera vez que la gente sale a la calle en masa porque ya no aguanta más. Esto está a punto de ser historia, y no debemos parar hasta conseguirlo.
    Ayer echaba en falta unos objetivos claros en las concentraciones. Hoy ya los conocemos, y el primero es claro: reforma de la Ley electoral. No queremos que el PP y el PSOE sigan repartiéndose el pastel mientras nos vamos al garete. No podemos consentir que la democracia sea una dictadura de cuatro años. El domingo hay que ir a votar en masa, lo que sea, pero votar para cambiar.
    Antes, el sábado, se celebrará una manifestación que promete ser multitudinaria. Casi la prohiben por organizarse en jornada de reflexión, pero que no os engañen: lo que les duele a los grandes políticos no es que se haga pensar a los votantes en el día anterior. Lo que les da miedo, y motivos no les falta, es que la jornada de reflexión auténtica ha comenzado una semana antes y el runrún es imparable. El pueblo empieza a pensar, y el PP y el PSOE tiene la intuición de que el pueblo no piensa en ellos. Sé responsable con tu voto. Toma la plaza.

    El estallido de la burbuja universitaria

    Primero fue la burbuja inmobiliaria y todos nos echamos a la cabeza. Descubrimos que nuestras casas no valían lo que habíamos pagado y que nos habíamos volcado en una economía que no era otra cosa que una ilusión. Nuestra economía se vino abajo. Ni siquiera han hecho leyes ni cambiado costumbres para que esto no se repita: volveremos a hacer del ladrillo nuestra guillotina. En cuanto las cosas vuelvan a ir bien, volverá la burbuja.
    Pero nadie nos advirtió de la burbuja universitaria, pese a que se distingue en muy poco de la inmobiliaria. La burbuja universitaria es el resultado de la política de nadie sin universidad, y que por ser tantos, más que lo que podía asumir nuestra sociedad, ha perdido su valor por completo. Como los pisos que compramos: más que nunca y de peor calidad. Hace treinta años se estudiaba una carrera y se compraba un piso con todas las garantías. Hoy, precisamente porque lo han querido hacer todos, se ha hundido el sistema.
    Las dos burbujas no son idénticas, desde luego, pero representan individualmente algunas de las ilusiones que hemos alimentado en los últimos años. Si antes era un honor estudiar una carrera universitaria, hoy es lo más común del mundo. Tan común que todo el mundo lo hace, tan tan común que ya no tiene ni valor hacerlo. Antes llegabas hasta el fin del mundo con tu licenciatura en el currículum. Hoy llegas tarde a todas las ofertas, porque los trabajos que se ofertan igual valen para un licenciado que para uno que no, y al final el que lleva más años trabajando es el que gana en experiencia. El que pasó cinco años en la facultad tiene que todo su tiempo de desventaja.
    No todas las carreras universitarias significan paro, pero tampoco todas han provocado esta burbuja. Sin embargo, tenemos que aceptar, para no repetirlo, que han sido las mismas políticas pro-universitarias las que la han infravalorado a los universitarios. Dos especialmente: en primer lugar, sus listas infinitas de admitidos en públicas y privadas, no importa cuánto paro las siguiese, y segundo, la obsesión por convertir en licenciatura cualquier estudio que se terciase, aunque eso significase ampliar los años, contratar más profesores, disponer de centros y todos los ingredientes para disparar un gasto de educación que más hubiese valido para los colegios. Nuestra sociedad creó de la virtud una obligación, y al final, el que no estaba licenciado, era poco menos que nada. Un chiste, como si la universidad nos elevase a los cielos, hasta el punto de hacernos creer que no existían otras vías profesionales. Nos olvidamos de que los más grandes o bien no estudiaron una carrera, o jamás se dedicaron a sus estudios. Lo olvidamos por arrogancia.
    Al final, todo son universitarios. Dijeron que sin una carrera no llegarían a ningún sitio, pero la realidad es que ya no tiene ningún mérito ser licenciado. El peso en el currículum es casi el del graduado escolar: todos lo tienen, ergo nadie destaca. El título está devaluado.
    Y los jóvenes están enfadados, claro que sí. Los han engañado por completo. Les vendieron el paraíso y hoy están solos en el averno. No hay trabajo, ni digno ni humillante. No hay demanda para su oferta universitaria. La burbuja inmobiliaria es lo de menos, porque no tienen dinero ni para pagar el peor alquiler. ¡Ya les gustaría a ellos preocuparse por una hipoteca, pero ni la sueñan! Son la generación perdida por la burbuja universitaria.

    Por qué yo no podría ser una estrella musical

    Me lo preguntan dos o tres veces de semana: «Con esa voz que tienes y el don para escribir letras, ¿por qué no te dedicas a la música? ¡Serías un rock star y yo tu groupi!». La respuesta es que el mundo del entretenimiento no está preparado para una estrella como yo. Se me ocurren muchos motivos por los que me echarían de un concierto a patadas, pero aquí os adelanto tres.

    No puedo recordar más de dos versos seguidos de una canción.
    (De hecho, la gente me dice que ni siquiera acierto con esos dos versos. Ya os digo que soy un memoria pez).



    No soporto que la gente cante en conciertos.
    Si he pagado por escuchar al cantante, no sé por qué el público que me rodea se cree que prefiero oírlos a ellos.


    No me gustan los bises (cuando el músico dice que es la última y luego hay cinco más).
    Mis conciertos se acabarían cuando yo lo dijese, sin trampas. Lo de «¡Otra! ¡Otra!» no iba a servir de nada.

    Visto en librería (ii)

    Después de la primera edición de Visto en librería, viene la segunda con más sorpresas librescas. Las tiendas de libros son un pozo sin fondo de curiosidades para los más bibliófilos, así que atentos, que vendrán más capítulos.

    Los que más las sufren las avalanchas de títulos son los libreros, que se enfrentan a diario con decenas (cuando no cientos) de ejemplares del último best seller. En Navidad me crucé con estas cajas vacías del último de Geronimo Stilton, abandonadas en un pasillo de El Corte Inglés. El simpático ratón ya ha escrito cinco viajes sobre sus viajes al Reino de la Fantasía, pero los que tienen que colocar sus libros no se muestran tan amables con las aficiones turísticas del editor. Alguien se quedó a gusto al escribir esta nota en la caja:

    Aprovecho para decir que me encanta Geronimo. Fuera bromas, es una saga que a cualquier editor le gustaría publicar.

    También es comercial, y hasta límites insospechados, El secreto de Rhonda Byrne. Desconozco el misterio que esconde, pero la editorial Urano debe considerarlo un ensayo muy sesudo, de esos que ni el físico Hawking entendería, para que se decidan a publicar El secreto para jóvenes. La nueva publicación de autoayuda en fase hormonal, ahora que la SuperPop ya no se imprime. Si alguien lo ha leído, lo animo a que nos lo cuente en los comentarios.

    El último descubrimiento de mis paseos por librerías es mi favorito, porque pone de manifiesto lo poco que se revisan algunas portadas antes de imprimirlas. Mientras se vuelven locos corrigiendo los interiores, algunos dan por hecho que con el poco espacio de la cubierta es imposible equivocarse... pero no. He visto incluso autores que no se correspondían en la cubierta con el lomo, sólo porque alguien había olvidado modificar toda la plantilla. Para prueba la portada de Manual de traducción inversa, de Anglo didáctica. El diseñador se ha tomado la molestia en el concepto de portada, con unos pececillos tragando burbujas con dibujos de banderas (a modo de «lenguas»). Aparece la bandera estadounidense, la británica... Pero cuando se trata de la bandera española, el diseñador no lo tiene tan claro. Ni la constitucional, ni la franquista ni la republicana, va más lejos. Este tiene que ser un nacionalista radical de esos que dicen que el castellano lo carga el diablo, porque si no no se explica... Atentos a la bandera española que se traga el pez de un inocente manual de traducción. Lo podéis comprobar en cualquier librería. Algunos deberían fiarse menos de Google Imágenes.

    Debates y debates


    debate.
    (De debatir).
    1. m. controversia (‖ discusión).
    2. m. Contienda, lucha, combate.


    ~ político.
    1. m. Suma de mítines sincronizados sin ningún tipo de conexión entre sí, en el que cada político lee su mensaje sin responder a las preguntas del otro.


    Visto lo visto, tampoco es tan grave si partidos con posibilidades de representación, como UPyD, son vetados en los debates televisivos. Para mítines ya los escucho uno a uno, y los hay que hasta dejan preguntar. Lo que me pregunto es si los medios de comunicación van a seguir vetando al partido de Rosa Díez ahora que el nobel Vargas Llosa ha dicho que los apoyará en la campaña. No hay que ser un lince para saber que sí.

    Puestos a hacer cuotas para mujeres

    A Zapatero le gustaría pasar a la Historia como el presidente de la igualdad, y nadie le negará el acierto en un puñado de leyes. En otras, por desgracia, más merece una medalla por populista. Una de esas perlas es, sin lugar a dudas, la ley que obliga a un mínimo del cuarenta por cien de un sexo dentro de las empresas. Y mientras hacemos la ola porque la ley no obliga sólo a que el mínimo sea de mujeres y no de hombres (una igualdad que Zapatero olvidó en la ley de violencia de género, cuando dejó al margen a hombres maltratados, a la par que a todas las parejas homosexuales), no podemos olvidarnos de los y las que se quedan sin trabajo por culpa de esta política. Personas más capacitadas que sus contrincantes pero con el único delito de no ser del sexo que la empresa necesita para cubrir la cuota.
    Harto de este gobierno intervencionista, me pregunto por qué no ha seguido adelante con sus delirios de cuotas. Hay muchos más campos donde se puede intervenir, campos donde hace más falta y se comete menos daño. Si las autoridades me pueden decir a mí que el próximo contratado en mi empresa tiene que ser un hombre o una mujer, cuando puede no coincidir con mi mejor candidato, no entiendo por qué no atacan el principal pilar de comunicación: la publicidad. Si con estas leyes, lo que se pretende es dar visibilidad a un sexo donde antes no se reconocía, ¿por qué no imponer cuotas en la visibilidad misma?
    No sé vosotros, pero yo estoy un poco harto de que los anuncios de limpieza los protagonicen siempre mujeres y los de coches, los hombres. Y a riesgo de equivocarme, imagino que esto tiene mucho que ver con el miedo de las empresas a ser "las primeras en cambiar"y que las ventas caigan en picado. Seguro que no faltan los publicistas deseosos de cambiar las tornas, pero el miedo a un fracaso comercial los detiene. ¿No sería más lógico, puestos a trabajar con cuotas, que estas rompiesen con la imagen sexista de la publicidad y pusiese a todos los anunciantes en igualdad de condiciones? Si los hombres y las mujeres consumen mayoritariamente los mismos productos, ¿por qué la publicidad sigue comportándose como si nada hubiese cambiado?
    Con lo poco que me gustan las cuotas, no se me ocurre un mejor uso que éste. Que dejen de preocuparse por cuántos hombres y mujeres hay en cada empresa, donde lo que importa es su capacidad profesional, y que cuiden un poco más la imagen sexista que da la publicidad, donde los hombres no saben lo que es una fregona y las mujeres no tienen ni idea de conducir. Un campo con mucha difusión y donde en verdad, no hay perjuicio por las cuotas. El beneficio está claro. Si tiene que existir la cuota, que sea en algo como esto.

    Las madres de mis amigos

    El manual del caballero moderno insiste mucho en mantener una relación cordial con las madres de los amigos. Son unas expertas analistas de los modales de los jóvenes, y no se les pasa ningún fallo o acierto. Gánatelas y tu vida estará tocada por la suerte. Oféndelas y sabrás lo que es el final.
    La teoría la aprendí muy pronto. Si mi madre prestaba tanta atención a mis amigos que la saludaban por la calle, que se hacían la cama al dormir en casa o ayudaban con la mesa, las otras no podían ser menos. Procuré ser el chico correcto del que luego dijesen «Qué amigo tan educado tienes», e incluso he empezado a desarrollar nuevos vicios con la edad. Desde hace poco, me intereso por las familias. Cuando uno le pregunta a sus amigos cómo están sus padres, tiene que admitir que ya no es tan joven.
    Por desgracia, mi imagen de amigo educado de vuestros hijos ha tocado fondo en varias ocasiones. Es hasta cierto punto normal cuando muchos de ellos me conocen desde que tengo cinco años, o doce, y me han visto en las fases más estúpidas de la vida (¿alguien salió airoso de la edad del pavo?). Me he esforzado a fondo para convertirme en el perfecto caballero moderno, pero sigo cometiendo errores garrafales. Y en mis encuentros más vergonzosos con las madres de mis amigos, tengo algunos recuerdos especialmente humillantes. Lo que escribo a continuación no lo saben todos ellos (sus madres sí, me temo). He modificado algunas localizaciones, sexos y contextos, todo por preservar la amistad. Si alguno se descubre en estas líneas, le pido que repase sus propias meteduras de pata con otras madres antes de juzgar lo que hice yo.

    Mi amigo F., por ejemplo, no supo hasta que se lo conté hace unas semanas que su madre me subió una vez la bragueta del pantalón. Dicho así se piensa lo peor, pero creedme: lo que ocurrió fue peor que lo que estáis pensando. Cien por cien humillante, cero por cien sexual. No sé si ella se acordará del incidente, pero por si acaso, y porque nunca lo cuente, todos los años le envío una postal de Navidad. F. siempre ha creído que era a él a quien se la enviaba, claro que también desconocía el secreto humillante que comparto con su madre. No sé por qué le causó tanta gracia cuando le revelé al fin la historia. He visto familias que bajaban de casta por menos.

    R. sí que no tiene ni idea (o eso quiero pensar) de lo que me pasó con su madre, y tendrán que pasar cincuenta años para que se lo cuente (supongo que mi lecho de muerte será un buen momento, o una posdata en el testamento). Pongo por delante que tengo mucho cariño a su madre, pero en el momento de la historia, ella acababa de decirle algo a la madre de otro amigo tan equivocado y letal que había causado muchos problemas. Problemas serios, de hecho. Típica confidencia mal documentada que acaba en desastre nuclear. La misma noche fuimos al cine varios amigos, y algunos no se habían enterado de lo último. Recuerdo sentarme en la sexta fila en plena arenga pasional, soltando por mi boca cada insulto que se me pasaba por la boca dirigido a la madre de R. Vaya, tengo que añadir que en cuanto a insultos, puedo llegar a ser muy creativo, pero nadie valoró eso. Cuando ya no me quedaba saliva de tanto despotricar contra la madre de R. por todos los problemas que había provocado, mi amigo me dio un codazo, me dijo que mirase atrás y ahí estaba: la flamante madre de mi amigo R., sonriendo a lo Pantoja y musitando un «Buenas noches» entre dientes. Estaba sentada justo detrás de mí, ni un asiento más lejos. No había que ser adivino para saber que lo había escuchado todo. Desde entonces no me atrevo a llamar a R. a casa y me camuflo con la pared cada vez que me la cruzo en la calle.

    Q. no es mi amigo, pero la historia con su madre también tiene tela, y forma parte del Top Cinco de Momentos Más Bochornosos de Mi Existencia. Tenemos que remontarnos unos años atrás, y además tengo que explicar un poco de Q.: en resumidas cuentas, era el chico más raro del colegio. Se puede ser raro bien o raro siniestro: Q. es un caso evidente de lo segundo.
    La madre de Q. era aún peor. Había absorbido a su hijo por completo y no consentía que se relacionase con nadie. Cuando los compañeros de su hijo ya teníamos la cabeza puesta en qué carrera íbamos a hacer, ella se dedicaba a llamar a nuestras madres para decir «Qué bien está educado tu hijo» (la primera vez) o «Tu hijo es el mismísimo demonio» (como me ocurrió a partir de la segunda llamada. Mi madre todavía no se ha superado del shock. No todos los días la acusan a una de parir al Anticristo).
    Esa noche tuvimos un acto escolar y la madre de Q., bendita samaritana, se ofreció a llevarnos a casa en el todoterreno. Mis amigos y yo estábamos disfrutando de cada uno de sus delirios, así que aceptamos su ofrecimiento sin dudar. ¿Conduciría en sentido contrario? ¿Se subiría a las aceras? ¿Nos intentaría sumar a su secta en el trayecto de coche?
    Volved dos párrafos atrás. Ya he dicho que la madre de Q. llamaba a nuestras madres para decirles que éramos hijos de Satanás. ¿Qué no sería capaz de hacer si descubría la dirección de mi casa? En un segundo de lucidez adolescente, decidí que lo mejor era darle una dirección falsa. Me dejaría a dos manzanas de casa y luego haría el camino restante a pie, sin riesgo de que apareciese cualquier día en la cocina echando espuma por la boca. Un plan brillante.
    La madre de Q. paró el coche donde le dije, bajé y los despedí desde aquel portal de edificio que no me pertenecía. Incluso los despedí con la mano, a ver si así mejoraba un poco su opinión de mí.
    -Buenas noches ¡y gracias!
    Yo tan encantador, pero me iba a durar poco.
    -No nos vamos hasta que entres en casa -respondió la madre de Q.
    Menudo bajón. ¡Si yo no vivía ahí! Mi plan inteligente había sido un fiasco.
    -No, no, marchaos -insistí con una sonrisa en los labios-. Si yo entro ya.
    -Te esperamos -repitió la madre de Q.
    Y ahí estaba yo, intentando abrir un portal que no era el mío con unas llaves que lógicamente, no entraban en la cerradura. La posibilidad de llamar al telefonillo de cualquier vecino quedaba descartada por la hora. También que entrase o saliese alguien. Debían estar todos durmiendo.
    -¿Pasa algo? -me preguntaron desde el coche.
    -Va todo bien, tranquilos. Os podéis ir...
    Pero la madre de Q. no pensaba pulsar el acelerador ni en un millón de años. Mientras tanto yo seguía fingiendo que aquella era mi casa, sin valor para mirar al coche, deseando que aquella escena terminase cuanto antes.
    No sé cuánto tiempo pasó cuando decidí volver al coche. Fueron los ocho pasos más bochornosos que he dado jamás. Abrir la puerta del todoterreno, entrar y decir con la voz rota:
    -Esta no es mi casa.
    La madre de Q. me llevó hasta mi auténtico portal sin hacer muchas preguntas. Ese fue el día que decidió que con chavales tan subnormales, que no saben ni dónde viven, su hijo estaba mucho mejor con ella. Cuánta razón tenía.

    La historia secreta de la literatura en cómic (i): Las Brönte

    Si os mola la historieta, podéis darle al Me gusta en Facebook, retuitearla por Twitter o enseñársela a vuestra abuela, que me hace ilusión cuando entra gente nueva al blog. Si no os mola, podéis hacer lo mismo pero añadiendo un «qué cutre» después.

    Osama ha muerto. ¡Viva Obama!

    Mi cerebro sale de su letargo matinal cuando entro a la prensa digital y leo «EEUU mata a Bin Laden». Rápido y efectivo, como el atentado del 11-S: ha caído el terrorista más buscado del mundo. Cuando la crisis más nos azota, aparece al fin el billete de quinientos euros.
    Hace poco leí que el ejército estadounidense estaba desesperado por atraparlo. Me sorprendió reencontrarme con Bin Laden, porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que leí algo sobre él. Hoy tengo que celebrar la noticia de su ejecución como un bien al mundo.
    Lástima que no pueda sumarme a las celebraciones. Una operación militar a matar no es para brindar con cava. Lo propio es un enjuiciamiento, sean cuales sean las circunstancias. Se supone que la pena capital debería ser la pena máxima, y no algo que se hace en lugar de todo lo demás. No importa si las víctimas son una, mil o un millón, todos tenemos derechos legales, todos. Y si Bin Laden es sentenciado por sus crímenes, incluso si después lo ejecutan legalmente (por la ley estadounidense, o la paquistaní), todos salimos reforzados. Sí, también la libertad a la que ese demonio removió los cimientos. No la valorarán tanto cuando son capaces de olvidarse de los derechos más básicos para darle caza.
    Gracias a Dios que nuestro país tiene un poco más de decencia y que no hay cabeza de ETA que caiga ejecutado en una operación militar. De hecho, no se ejecutan ni después, aunque para eso ya hay gustos. Lo que nadie debería cuestionar, defienda la pena capital o no, es que el derecho a juicio es inherente a la persona. Sintiéndolo mucho, esta tarde no estaré en Times Square celebrando un nuevo fracaso de los valores de Occidente. Tampoco iré a la Cibeles a celebrarlo: porque no me olvido que él también fue el responsable último del día más negro de nuestra historia moderna, y no por eso le deseo la muerte. Lo que deseaba ya no se podrá cumplir. Justicia, no guillotina.

    Friedensreich Hundertwasser

    Si volviese a Viena, procuraría ser mejor turista que la vez que fui a visitar a Eme en su Erasmus. Friedensreich Hundertwasser es un artista austriaco que merece la pena conocer.