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Una canción de amor que no provoque urticaria


No entiendo por qué la música dedica un porcentaje tan alto de su creación al amor, tan desproporcionado, cuando este asunto, aunque presente en otras artes como la literatura o la pintura, no está tan establecido. Las canciones que cuentan historias, como si fuesen novelas, me resultan mucho más interesantes. Las canciones de amor son un déjà vu constante.
Sin embargo, esta canción de Bla, Tú fíjate, me encanta porque es una canción de amor distinta. Quizá diga mucho más que la mayoría de ellas, a pesar de tomarse (aparéntemente) tan poco en serio. La agrego a la lista de Spotify de CrónicasSalemitas.com, a quien la siga. Si alguien quiere rescatar del olvido otra buena canción de amor, este es el momento.

Los aburridos

No hablan de nada. O viven en una permanente conversación de ascensor, aun si habitan un bajo sin vecinos. Son las criaturas más aburridas sobre la faz de la Tierra, con permiso del caballito de mar. No les gusta hacer (ni que hagas) nada, no les gusta hablar (ni que hables) de nada, no les gusta ni gustar. Sencillamente se quedan parados, callados, esperando a que los entretengas con tu incomodidad. Son terroristas de la diversión.
La vida cruel nos reserva un aburrido por temporada. Estás tan contento, caminando por el mundo como si no existiesen barreras, y de pronto y sin avisar se te planta delante uno de ellos. Con su silencio sepulcral. Su «bueno...», su «no sé», su permanente indecisión y hastío capaz de inducirte al suicidio. Porque cualquiera aguanta con ellos unas horas cuando hay baldosas que contar, pero a ver quién resiste a la larga sombra del aburrimiento por más de un día. Le preguntas a Dios qué has hecho para merecer esto.
Pero nunca los trates con crueldad. No son aburridos por placer, como las catilinarias de Nothomb. Son aburridos porque les ha tocado ese papel y su papel consiste en probarnos. En comprobar nuestra capacidad para sacar un poco de diversión de semejante sopor carnal. Si te cruzas con uno de ellos, ármate de valor y desarrolla un basto universo mental que te libre de los tentáculos de su presencia de plomo. Invéntate amigos imaginarios, ¡incluso primas segundas imaginarias!, si hace falta; lo que sea por sobrevivir.
Una vez creí que los hipócritas eran los peores, pero no. Por muy terribles que sean, no cuentan con la capacidad de un aburrido. Un hipócrita puede sacarte de tus casillas, que no es tanto. Un aburrido es capaz de chupar hasta el último aliento de tu alma, y todo sin que te des cuenta. Sin la más mínima mala intención, pero destructivo hasta decir basta. ¿O es que tú nunca te has cruzado con un aburrido existencial?

Correos que en el siglo XX estuvieron bien pero que en 2011 ya dan miedete

Una cuestión de lógica

Cuando España legalizó el matrimonio gay en 2004, se convirtió en el cuarto país en el mundo en reconocerlo. Convencimos al mundo de que no éramos el reino de católicos que se pensaban ni una panda de paletos. Convencimos a los demás cuando ni nosotros estábamos convencidos, pero hoy, gracias a esa ley que quizá no hubiese progresado por referéndum, hemos aprendido a respetarlo y defenderlo. Una ley que no sólo concedía derechos a uno, sino que inculcaba unos valores a los otros. Es una cuestión de lógica: si no perjudica a nadie pero sí beneficio a muchos, ¿con qué dignidad puede prohibirse?
Pocas leyes sociales han significado un avance tan notable en nuestra historia: la abolición de la esclavitud, la igualdad entre los dos sexos y hoy, el matrimonio gay. Si nos escandaliza comprobar cómo hay países donde las mujeres están anuladas por sus padres o maridos o donde una persona pierde toda su condición y dignidad como propiedad de un negrero, no por eso podemos preocuparnos menos por la persecución que sufren los homosexuales en países con menos suerte que el nuestro, donde su condición sexual puede llevarlos a la horca. Tendremos que repetir mil veces la palabra «patíbulo» para comprender la magnitud del problema: ser gay es sinónimo de criminal según dónde te encuentres. El matrimonio gay es el último eslabón de una carrera llena de obstáculos mortales.
Cuando se abolió la esclavitud, los hombres se sintieron plenamente satisfechos con su progreso; cuando se aprobó la igualdad entre el hombre y la mujer, también creímos que habíamos tocado techo; hoy, que España ha llegado más allá, que ha superado el tercer escalón que significa el matrimonio gay, también creemos que está todo hecho. Seguro que no. ¿Cuál será la siguiente barrera legal que derribemos?

La telebasura que devoro

Apenas tengo tiempo para la televisión, y sólo la enciendo para tres programas: el espacio de debate político de Las mañanas de Cuatro, el dedicado a literatura Página 2 y Sálvame, el esperpento nacional. Una selección muy rigurosa, sí señor.
Por eso me he sorprendido a mí mismo al engancharme a un nuevo programa, el reality show Alaska y Mario, que sigue durante ocho capítulos los preparativos de la boda más kitch desde Farruquito. Me he sorprendido o no, porque el programa prometía desde el mismo día que lo anunciaron. Lo he seguido semana a semana y casi lloro con el sí, quiero. Y joper*, lo he pasado mal por no poder comentarlo con nadie, así que sentíos libres, si lo habéis visto, de decir lo que os ha parecido en los comentarios. Todavía estáis a tiempo de verlo online. Si Dios hizo el hombre a su imagen y semejanza, y la tele es nuestro reflejo, Alaska y Mario (y Sálvame) es Dios.

*A. me llamó el otro día por teléfono para decirme que desde que vivo en Madrid digo muchas más palabrotas en el blog. Un caballero como yo no puede escuchar eso sin avergonzarse.

Persecución por la ciudad

 
Me pasa con más frecuencia de lo que debería reconocer.

Una serie del 11M

Tenía que ocurrir, lo que no esperaba es que fuese tan pronto.
Yo, que viví el 11 de marzo de 2004 tan lejos del epicentro como Valencia, que no tuve que sufrir la tensión de que los míos respondiesen al teléfono, que ni siquiera tenía edad para hacer cola y donar sangre, no estoy preparado para una serie (ni película, ni miniserie) del atentado, así que no quiero imaginar los que lo sufrieron de mucho más cerca que yo.
No es como el 11S, o el maremoto de Asia, ni tan siquiera el tan reciente terremoto de Japón. Todo eso, pese a su proximidad en el tiempo, se contrapone con una gran brecha de distancia en el espacio. Los dramas de los otros son de los otros, y yo apenas los veo como acontecimientos históricos. Murieron miles o millones, pero en el prisma que supone el sofá frente a la televisión no hay tanta diferencia con las guerras napoleónicas o la segunda guerra mundial. Sí, lo vemos en vivo porque contamos con los medios, pero el sufrimiento queda reservado a la esfera televisiva de tal forma que difícilmente afecta a nuestro ánimo al salir a comprar el pan. Con el 11M, sin embargo, el dolor es cercano y la herida sigue abierta, es nuestro drama. El atentado no puede funcionar como una obra de semificción porque jamás la hemos sacado de nuestra esfera personal. No podemos engañarnos a nosotros de semejante forma. Es como pedirle a la duquesa de Alba o la Pantoja que se tomen en serio las series que hacen de ellas.
Preferiría que no hiciesen una serie del 11M, al menos hasta que llegue una nueva hornada de telespectadores que no lo vivieron en absoluto, pero no es algo que se pueda prohibir. Lo único, cambiar de canal o apagar la tele quien no quiera verlo. Lo que me resulta sorprendente es que exista alguien que lo quiera ver. Con una vez en la vida, creo que ya tengo bastante.

Y si digo que soy de derechas, ¿qué?

Lourdes Hernández, la joven cantautora madrileña que se esconde tras el nombre artístico de Russian Red, ha provocado cierto revuelo mediático al reconocer que es de derechas. Su comentario fue muy escueto, de dos palabras, cuando le preguntaron por qué ideología se decantaba, pero ha sido suficiente para que los medios se pregunten cuál es el ideario oficial de los creadores y si existe cierto miedo a salirse del guión. La cantidad de artículos que han dedicado estos días al asunto prueba hasta qué punto no se puede apoyar a la derecha con normalidad.
Mientras La Razón a Intereconomía han celebrado el primer ascenso de una artista de derechas desde los años de Sara Montiel, otros, como el músico Nacho Vegas, la descalifican de forma humillante. «Quiero pensar que no sabía muy bien de lo que hablaba», como si la derecha fuese cosa de tontos o demonios. Imagino que eso deja a la izquierda en un estatus respetable e intelectual.
Ser de derechas no tiene nada de malo, lo preocupante es tener que explicarlo en una democracia del siglo XXI. La cantante de Russian Red no se ha alineado con el Partido Popular, ni con España 2000, ni con siglas de ningún tipo, de modo que cuando dice que es de derechas, se limita a defender la economía liberal. El resto de aspectos, como religión, patriotismo o similares, ya lo pone cada partido en cuestión. A la vista está que la derecha (y la izquierda) de cada país trata estos asuntos de forma diferente, de modo que no podemos cometer el error de meter tantas definiciones en el mismo saco. La chica de Russian Red prefiere la derecha porque, si sabe de lo que habla, es partidaria de mayor libertad económica en detrimento del intervencionismo del Estado. Ni más ni menos. Y hay tantos argumentos a favor como en contra. La derecha ha mejorado la vida de los españoles igual que la izquierda: cada cuál en su momento y a su medida. Pretender que una es la buena y la otra es la mala es creerse las películas de Disney.
Lo triste no es que falten artistas de derechas, sino que se cuiden tanto de decirlo. La polémica de Lourdes Hernández no hace sino confirmar las sospechas: no se puede ir contracorriente de la izquierda que les concede las subvenciones pero que pagan todos los españoles. Eso no es la diversidad de la que tanto presumen, ni tampoco la libertad. Más bien es un pensamiento único que al final, lo único que demuestra es que es el no pensamiento. Mal futuro nos espera si son la corriente.

Ocho

«¿Tú escribes?» es una pregunta comprometida del tipo de cuánto cobras o a quién quieres más, y huyo a la velocidad del rayo cuando adivino que la van a pronunciar. Sé las preguntas que vendrán después: «¿Y qué escribes? ¿Y por qué no lo publicas? ¿Puedo leerlo?». Mejor no decir nada.
Pero soy un animal de contradicciones. Cuando dedico más de dos años a una novela, no puedo poner el punto y final y callármelo. Ayer terminé el primer borrador de Lcdmf y a pesar del desgaste mental, estoy contento. Con esta ya van ocho novelas, pero me gusta más que la mayoría. Hace un año terminé CeeA y la he guardado en el fondo de un cajón para que nadie pueda leerla. Esta última, sin embargo, puede que se la enseñe a algún amigo en cuanto la revise y corrija.
He necesitado más tiempo de lo normal. Dediqué muchos meses a la planificación, y todavía más a dar con el tono adecuado de la voz protagonista. Incluso cuando ya llevaba cinco capítulos escritos y pensaba que había llegado a ese punto en el que no hay vuelta atrás, sufrí un bloqueo de más de medio año y me convencí de que jamás podría terminarlo.
Hace unos meses me indigné conmigo mismo por tirar la toalla. La historia y los personajes de Lcdmf me gustan mucho, y había pasado buenos ratos escribiéndola. Así que me lancé, no he parado de consumir en ello cada minuto libre de mi vida y por fin está listo el primer borrador. Ahora sólo quiero descansar un poco y pensar qué es lo próximo que escribo. Por lo menos, ya tengo tema para la próxima postal de Navidad. Gracias por leer estas entradas que no interesan a nadie salvo a mí.

Editar a un extranjero

En materia de edición literaria, España lo ha visto prácticamente todo. Se publica más de lo que se lee, y todo lo que se publica, más que menos se edita. El bonito papel del editor.
En nuestro país, hasta el escritor más consagrado tiene que enfrentarse a su editor para discutir el detalle más nimio de su novela (y quien no lo acepta, flaco favor hace a su libro). Las discusiones traspasan las cuestiones económicas de los adelantos o la promoción para trascender al terreno púramente literario. El editor y el escritor son personas como nosotros, pero discuten con pasión de cuestiones inexistentes. Los puedes ver debatir sobre el nombre de un personaje con el mismo fervor que dos futboleros lo hacen sobre el último derbi. Chocan por ese final, para uno cursi y para otro necesario, o por la extensión del quinto capítulo, que uno quiere recortar y el otro dejar impoluto. El editor y el escritor hacen de la ficción de la novela, sin saberlo, una realidad en la que trabajan y con la que se ganan los garbanzos.
Por desgracia, esta relación singular desaparece cuando el libro es una traducción proveniente del extranjero. La mayoría de editores (y también los escritores) consideran que cuando un título ya ha sido editado en su país de origen, no merece la pena volver a echarle mano. Total, ¿qué se puede hacer que no haya hecho el editor original? Por eso nos acostumbramos a que todos los best sellers extranjeros y también los títulos más humildes nos lleguen tal y como los concibieron en su casa, sin cambiar absolutamente nada, y nadie se sorprende cuando lo más que conoce el escritor de su editorial extranjera es el responsable de comunicación, en el hipotequísimo caso de que participe en la promoción. En la mayoría de casos, ni eso.
Lo curioso es que no ocurre en todos los países por igual. En otros lugares, sin importar el desarrollo de su industria editorial, sí comprenden que la labor de un editor de texto no se limita a los autores de la propia lengua, sino también a aquellos que han traducido. Hay editoriales estadounidenses que le piden a nuestros autores españoles descripciones más exhaustivas de los personajes, y editoriales alemanas que se atreven hasta proponer un cambio de final. No hace falta llegar tan lejos en la edición de otras lenguas, pero eso no significa que se deba respetar el texto original como si el editor del país de origen no se pudiese equivocar. ¿Os imagináis a Ken Follett desarrollando la segunda escena del capítulo diez de Los pilares de la tierra en exclusiva para la edición en castellano? ¿O a J.K. Rowling agregando una descripción del retrato del pasillo de Encantamientos a petición de su editora española? Esto, que a nosotros nos choca tanto, es una práctica más habitual de lo que creéis cuando nuestros autores son los traducidos. Cuánto mejorarían algunos títulos extranjeros (y quizá, se hubiesen ahorrado un fracaso en nuestra tierra) si se extendiese la práctica de editar aunque sea un poco a los escritores extranjeros que publicamos en España. No es una cuestión de soberbia. Es el simple hecho de querer lo mejor para el libro, y en eso estamos todos unidos.

Huir de París a las 23.59

El otro día caí en una sesión de Medianoche en París, la última de Woody Allen, en un acto de despiste y traición. Me apetecía verla y no tanto, de las de me-espero-a-que-salga-el-dvd, pero mis acompañantes se aprovecharon de mi estado de distracción y ahí que fuimos al cine Ideal a tragarnos la última del director neoyorquino. Una vez más, la crítica la ha calado. Según qué crítica, claro, pero pocas obras maestras de Woody Allen han sido atacadas por los expertos. Las malas, las calan todas.

Medianoche en París es un sketch de hora y cuarenta minutos, un argumento que servía en un corto pero que resulta irrespirable en una película tan larga. Es una película de humor, pero no hace gracia. Y es sumamente pedante. Rebosa preguntas de trivial por los cuatros costados, y se aprovecha de personajes del París de los años veinte para desarrollar unos chistes culturetas que hacen menos gracia a más que los conozcas, y ninguna si no sabes de quiénes hablan. Me pasé los cien minutos de película rezando para que llegase el alba y que jamás tuviese que repetir una medianoche en París. No con un guión tan pobre.
Ya veremos con qué nos sorprende en su próxima película. Con tal de que no sea tan mala como El sueño de Casandra, me doy por satisfecho. Uno no puede producir una joya al año ni aunque sea Woody Allen.

Una de esas entradas que ignoráis soberanamente


Pongo canciones por el simple gusto de ver cómo os la saltáis y pasáis a la siguiente entrada. Esta es Face, de Zombie Kids.

Hijos de todos, abortos de ellas

La naturaleza ha concedido a la mujer un papel primordial en la creación, pero la ley es la responsable de su supremacía. A medida que la sociedad avanza y equipara los derechos de la mujer con los del hombre, en ocasiones se olvida de contrarrestar con las obligaciones que conllevan su nueva situación. El aborto, en concreto, es uno de los temas más espinosos que existen y de los pocos que han conseguido que no pueda definir una opinión. Lo que me parece más evidente, en pro de una civilización con hombres y mujeres iguales, es que la mujer debe renunciar a su papel de única responsable del aborto si pretende que el hombre sea también responsable del hijo. No se puede tener el privilegio sin la obligación, ni la obligación sin el privilegio. La legislación actual ignora el papel del padre sobre el gestante, negándole toda decisión sobre su continuación, pero lo obliga sin excusas a la hora de reconocerlo. No puede detener el aborto si desea el hijo, pero está obligado a tenerlo si la mujer sigue adelante con ello. Ella decide en lo bueno y en lo malo, sin que el hombre tenga derecho a decir nada. La realidad, amparada por la ley, es todavía más retorcida: la mujer puede obligar al hombre a asumir la paternidad aunque este no quiera, pero nadie la obliga a reconocerle al padre que ha tenido un hijo si quiere callarlo. Por supuesto que ser mujer en un embarazo es mucho más complicado que ser un hombre, pero eso no es excusa para aplastar la igualdad por el camino.
¿Hay solución? Supongo. La respuesta no puede consistir en obligar a la mujer a tener un hijo si esta no tiene (aunque sea el deseo expreso del padre), pero si estamos de acuerdo en que ella y sólo ella es quien decide sobre si tenerlo o abortar, es imprescindible que el hombre sea preguntado al respecto: ¿Quieres o no quieres tenerlo? Si no quiere, que la mujer se convierta en única responsable del pequeño, pues es su decisión exclusiva ser madre. Si él quiere tenerlo, ni siquiera se produce la ansiada igualdad: ella aborta si es su deseo. No es una situación justa, pero ni tan desigual como la que tenemos. Puede que el aborto sea una decisión individual, pero ser padres es cosa de dos, y una mujer que ha tenido la oportunidad de abortar y ha renunciado a ella jamás debería obligar a un hombre a ser padre. El aborto, guste o no, es un derecho en nuestro sistema legal. La paternidad es una obligación.

Roald Dahl en «La historia secreta de la literatura en cómic (ii)»



Roald Dahl, el genio de la novela infantil y maestro del relato corto de adultos, es el protagonista del segundo episodio de La historia secreta de la literatura en cómic, después del capítulo de las hermanas Brönte.
Si os gusta la viñeta, os animo a que pinchéis al Me gusta en la página salemita de Facebook o hagáis un retweet. Así de paso participáis en el sorteo de La guía secreta de Harry Potter.
Se aceptan propuestas para el próximo protagonista de La historia secreta de la literatura en cómic.

Antonio Gisbert y su obra

Encontrar una galería virtual con los cuadros del pintor valenciano Antonio Gisbert es más complicado de lo que parece, por no decir imposible. Si el Museo del Prado necesitó más de un siglo para sacar de su sótano El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros (y eso que Gisbert había sido un siglo atrás director de la institución), encontrar el resto de sus obras es una tarea demoniaca. A continuación otros ejemplos de su talento:


Las tres gracias




Amadeo I frente al féretro del general Prim

Hobbits que votan a Sauron



El castellano de Madrid y el de Valencia tienen muchas peculiaridades que adviertes poco a poco. Hay infinidad de expresiones y palabras que se utilizan a diario en una ciudad y que en la otra suenan a chino, como «resopón», que es como los valencianos llamamos a la comida que se hace de madrugada, o «almuerzo», que para los madrileños es sinónimo de comida, pero para los valencianos es lo que se hace a media mañana. Da la sensación de que los valencianos comen mucho más que los madrileños. Normal que haya bajado peso desde que me empadroné en Madrid.

Porque puede estallar la guerra

Sólo un ingenuo puede creer que estamos libres de futuras guerras como las dos mundiales. Que la paz está asegurada gracias a las actuales instituciones internacionales. Dios mío, si nos hundimos con la última, cómo se nos podría ocurrir desatar la tercera. Pero desde luego que habrá una tercera guerra mundial antes o después si cada vez nos acordamos peor de la última, y las organizaciones con vocación para evitarlas están más desacreditadas que nunca. Basta la soberbia de un solo hombre (o mujer) para poner en jaque a todo el planeta. La paz mundial no es resistente y la guerra demasiado atractiva para algunos. Las alianzas del capitalismo son, a fin de cuentas, alianzas puntuales de mercado.
Mi pregunta no es si viviremos o no una guerra (porque quizá nosotros nos salvemos, pero dudo que nuestros hijos también), sino si estaremos preparados para ella. No me refiero a España como país, ni a una Unión Europea que está todavía más tocada que España. Me refiero a nuestra preparación individual, la capacidad que podemos tener cada uno de nosotros para enfrentarnos a la crudeza de una guerra en primera persona. Nada de batallas en Oriente Media, hablo de masacres dentro de nuestra patria.
Somos tan inocentes que ni nos lo planteamos. Por hacer, no hacemos ni el servicio militar. La guerra nos suena a lejos, a asunto de otros, como si el mundo no diese mil vueltas y pudiese presentarse en nuestra puerta. Pero puede hacerlo: ¿cómo reaccionarías ante una declaración de guerra? ¿Te alistarías en el ejército aunque eso significase matar, o desertarías? ¿Crees que existen motivos para luchar -cuáles-, o todas las guerras son estúpidas? ¿Cabe en tu cabeza la rendición?
Ojalá que llegue muy tarde y no tengamos que comprobar lo poco preparados que estamos. Me siento orgulloso de un país cuyo ejército entiende más de ayuda humanitaria que de guerras. Pero la posibilidad está ahí, la posibilidad real.

Gana «La guía secreta de Harry Potter» con Twitter


Desde que se agotó La guía secreta de Harry Potter, la única obra que reúne toda la información de la saga que Rowling reveló en todos los medios distintos a los siete libros, sois muchos (MUCHOS) los que me han pedido un ejemplar de mil formas. Dado que no soy la editorial, no puedo venderlo ni distribuir la versión digital, pero sí me queda la opción de regalarlo. Por eso, y con motivo de que @el_croni ha superado la barrera de los mil seguidores, se me ha ocurrido hacer un sorteo en Twitter para quien quiera conseguir el libro de manera excepcional, ya que hoy en día no se puede obtener de otra forma. Tenéis la oportunidad de ganar La guía secreta de Harry Potter totalmente gratis y desde cualquier lugar del mundo, sin restricciones de país.
Para participar en el sorteo sólo hay que ser usuario de Twitter y tuitear vuestra entrada favorita de CronicasSalemitas.com mediante el botón de «Twittear» que aparece al final de la misma. Tenéis hasta el domingo 12 de junio incluido para participar y el ganador del ejemplar de La guía secreta de Harry Potter se anunciará en la semana siguiente. Me pondré en contacto con el ganador para solicitarle su dirección postal y enviarle el libro dedicado sin ningún coste.
Para evitar el pillaje de las cuentas fantasma (personas que participan desde cinco o más cuentas distintas) sólo entrarán en sorteo aquellos usuarios de Twitter que tengan un mínimo de quince seguidores y veinte tuits/tweet, además de ser una cuenta pública sin candado. Cada usuario podrá tuitear hasta tres entradas de CrónicasSalemitas.com para aumentar sus posibilidades de ganar, pero no más. Podrán participar usuarios de todos los rincones del mundo sin distinción. El blog no se hace responsable de las perdidas que pueda ocasionar el servicio de correos.
Ahora sólo queda decir: ¡mucha suerte!

El Ministerio de la Cuarta Lengua

Cuando uno vive en Madrid, confía en que no tendrá que volver a oír hablar del eterno debate del valenciano-catalán. Pero no, la disputa me persigue a veces hasta la capital, y seguro que aunque me refugiase en Kuala Lumpur, todavía tendría que oír del asunto. Yo me harté hace tiempo de la cuestión y dije todo lo que tenía que decir. No voy a volver a eso.
Me resulta más interesante el extraño reconocimiento que hacen del valenciano las instituciones del Estado. Porque oír de ella en Valencia no tiene mérito, pero es más raro escuchar de la diferencia entre valenciano y catalán cuando uno viaja al centro de España. El valenciano ¿es o no es la cuarta lengua oficial? Ateniéndonos a lo práctico: si el valenciano se recoge en el estatuto de la comunidad, y el estatuto está aprobado en las cortes españolas, sí, se supone que tiene el mismo rango que el catalán, gallego y vascuence. Ninguna de las cuatro se ha "oficializado" con más solemnidad que las otras. Podemos hacer mil análisis del estatuto valenciano, pero el dato objetivo es que está aprobado, y nos guste o no, tiene tanto reconocimiento como los de las otras comunidades autónomas.
Sin embargo, con el valenciano se produce una dualidad, de hoy-te-reconozco-pero-mañana-no, que no ocurre con el resto. Se supone que las páginas de instituciones públicas del Estado tienen que estar traducidas a todas las lenguas co-oficiales, pero aquí no todas lo ven igual. ¿Por qué ministerios como el de Sanidad y Cultura sí admiten el valenciano como lengua en sus traducciones y otros como el de Economía (aunque qué cosas, la web de Hacienda lo hace), Interior o Defensa no? ¿No demuestra poca seriedad?
Quien recuerde la campaña electoral de Zapatero de 2008, sabrá que su eslogan en catalán tuvo una traducción distinta a la del valenciano. ¿Por qué, si son la misma lengua? Lo mismo podríamos preguntarle a empresas nacionales como el Grupo PRISA, que a pesar de su línea editorial catalanista en la edición valenciana de El País (muy respetable), por otro lado mantiene dos sellos editoriales distintos de Alfaguara Infantil en valenciano (Voramar) y catalán (Altea), con sus traducciones y sedes diferenciadas. ¿Cómo puede decir que son lo mismo y mientras tanto mantener una actividad editorial que contradice lo anterior?
Pese a lo anterior, no me preocupa el eterno debate. Ojalá todos puedan superarlo de una vez, y sea cual sea su conclusión, puedan mirarse a la cara para dar fin a rencillas centenarias. Pero más que cómo se comporta cada uno en casa, me intriga la doble vara de medir que hacen las instituciones, partidos y empresas del valenciano. Yo no entro a discutir si es una lengua, dialecto o la misma cosa. Lo que me sorprende es la capacidad que tienen algunos de creer todo y nada a la vez, según los intereses políticos y económicos.