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Pelis de zombis

No puedo con las películas de miedo. A ver, no es que me aterren, sino que tengo hipersensibilidad para los sustos. Soy el único que salta del asiento en películas como Up! o Tiana y el sapo (para satisfacción de la sala que siempre busca el friki de la sesión), y de las películas de miedo de verdad ni hablamos. Porque el terror psicológico es una anécdota en los cines, pero el de sustos está a la orden del día y yo soy carne de cañón. Da igual que el sonido ambiente lo avance o que el protagonista se asome a un pasillo donde tintinea la luz: por más evidente que parezca, yo soy el clásico espectador de la sala que botará un metro sobre el suelo. Aunque esté con los ojos cerrados.
Por eso no entiendo por qué insisto en ver películas de zombies. Me paso la mayor parte del tiempo mirando hacia otro lado, pero una atracción digna de cuerpo celeste empuja mi vista hacia la pantalla y disfruto y sufro a la vez de lo mejor del peor cine de la cartelera. Lo que algunos llaman placer basura, que es cuando sabes que algo es malo, y sin embargo te gusta. Una película de zombis no pasará ni a la crónica anual, pero logra entretenerme. Ya he dicho muchas veces que mi relación con el cine es bastante mala, no hace falta que venga a decírmelo ninguna eminencia.
Me encantó la primera de Resident Evil (las siguientes ya no, aunque las vi. Ya es bastante). Me encantó Rec, aunque de la secuela mejor ni hablamos. 28 días después también mola, y las continuaciones son bastante dignas. Soy leyenda tiene su punto, aunque el final es de esos de haber-cortado-veinte-minutos-antes-de-hacer-el-ridículo. Y luego están los puntos y aparte como Zombieland, una comedia de zombis muy digna. Una vez intenté ver aquella miniserie británica de zombis en Gran Hermano. El concepto estaba genial, pero era demasiado larga para mi poca paciencia. Menos mal que hay alternativas más cortas.
La literatura zombi, al contrario, me resulta insoportable. Jamás leería un libro de este subgénero por mi propia voluntad, pero he tenido que leer más de una decena por trabajo. Al final ocurre lo lógico: que el cerebro se te ablanda de tanto diálogo a base de gruñidos. Si se trata de zombis, no es lo mismo ver que leer.

No es un mes para presidir

Al final, se hizo la luz. Zapatero anuncia adelanto de las elecciones generalísimas para el 20 de noviembre, cuando por fin expresaremos quién queremos que nos saque (mejor que peor) de la crisis. Ha apurado hasta el final la decisión, perjudicando la estabilidad del país y su recuperación, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Si alguien lo considera el peor presidente de la democracia moderna, es porque hemos tenido muy pocos presidentes. Por desgracia, se vendrán más y más nefastos.
Zapatero ha allanado el camino de la estupidez y ha partido un pastel para que cada uno coja su trozo. La presidencia le vino tan de sorpresa que ha sido capaz de todo por mantenerla. Primero fue regalando las competencias del Estado a las Comunidades Autónomas a cambio de apoyos presupuestarios y después, cuando revalidado el poder y con la lección aprendida decidió que gobernaría solo, volvió a aferrarse al poder negándonos la crisis. No ha habido legislatura buena porque Zapatero no sabría hacerlo, pero tampoco me gustaría que saliese por la puerta de atrás. Si acaso, por la de en medio.
El Zapatero más nocivo para nuestra economía y cohesión del país (aunque algún día presumirá que con él ganamos el Mundial. Tiempo al tiempo) también ha sido el de grandes avances sociales. Fue valiente y la memoria (la nuestra, no la que la ley nos imponga) lo recordará también por los progresos. Pasar de república bananera a referente internacional en derechos individuales no es moco de pavo. Que a Zapatero se lo juzgue por todo. Y que cuando vengan peores, veamos cómo de malo era este. Fue nefasto. Pero no tuvo maldad, sólo una ineptitud y una visión de la realidad, la de los buenos y malos de los cuentos, la del hombre iluminado, que no se puede consentir en un presidente.

Y aunque parezca imposible, no es el único presidente que pierdo abruptamente en una semana. Camps, de todo menos honorable presidente de la Comunidad Valenciana, se va cuando no ha pasado ni un mes de jurar el cargo, y nos deja un nuevo presidente para cuatro años al que no poníamos ni cara. Pues en este tiempo nos vamos a hartar de conocerlo, és clar. Digo mi presidente porque todavía voté en Valencia por las autonómicas, aunque será la última, y he tenido que soportar todo tipo de comentarios en Madrid. Comentarios que, por cierto, tenían mucha razón. Camps se llenaba la boca de glorias y salves al reino, pero ha sido la mayor vergüenza para los valencianos desde que Lucrecia Borgia hizo jornada de piernas abiertas en el Vaticano allá por el siglo XVII. Lo de su éxito no se entendía y no se puede comprender. ¿Que es inocente? Entonces se habrá ganado su cargo ministerial, no hay de qué preocuparse. Pero si no lo es, y eso no lo digo yo ni tú, sino un juez, espero no volver a verlo en los años venideros. Ni en Valencia ni en Madrid. Vamos: no me he mudado a la capital para cruzármelo ahora en Génova. Eso sería una broma del destino de pésimo humor.

Crónicas Salemitas a través de los tiempos

Cuando el blog cumplió su cuarto aniversario, procuré darle un aspecto visual más atractivo, pero también lo hice con la estrategia de aumentar el tráfico de visitas: por eso el menú superior del diseño actual tiene botones directos a las suscripciones de Twitter y Facebook, enlaces directos a las principales secciones y una caja misteriosa que lleva a un artículo aleatorio. La broma no ha ido mal: más de un 50% de visitas mensuales más desde mayo (aunque digo yo que si no hay contenido, no hay más que hacer).
Sin embargo, Crónicas Salemitas ha tenido varios diseños a lo largo de estos cuatro años (y contando). Aquí lo que fuimos, para los que han llegado más tarde:




Gracias a @freshwater por las imágenes, que las guardó con motivo de la entrada número mil. La que no he recuperado es la del diseño rojo (el penúltimo). Si alguien conserva una captura, puede enviármela al email que aparece al final de la web. Y si alguien quiere gritar lo mucho que ha empeorado el diseño desde el de los puntitos, es un momento fabuloso para hacerlo.

Mi mejor amigo en Facebook


Lo que quería escribir hoy en verdad ya lo expresé en Suerte de amigos. Lo único, que me reafirmo en mi prejuicio de no fiarme de la gente que no conserva a los amigos de más de cinco años de antigüedad. De los amigos de la infancia ya ni hablamos. Es un prejuicio que sólo me ha fallado en una ocasión.

Las cosas que son los negros

Esto es, si esperas un poco, un artículo de libros.
Cuando era niño, mi mundo era única y exclusivamente de blancos. Todavía faltaba un poco para que los españoles conociésemos la inmigración en nuestra tierra, y mis únicas referencias negras eran El show de Bill Cosby y una familia vecina de mestizos valenciano-ecuatoguineanos absolutamente normal. Supongo que el hecho de que la madre de mi amigo fuese tan blanca como los míos y su padre, negro como el betún,  tuvo algo que ver: su color de piel me afectaba lo mismo que si era diestro o más alto que yo. No había nada de peculiar. A esa edad ni siquiera me planteé que el mundo pudiese tener un problema con ellos.
Entonces, con diez u once años, leí Trueno de William Armstrong, un relato juvenil que retrata la América negra de la primera mitad del siglo XX. Lo que descubrí me dejó preocupado: hay gente que cree a los negros inferiores y, no contenta con ello, los persigue y maltrata. Si me hubiesen dicho que Mozambique ejecuta a todos los rubios, o que China tortura a los obesos, no me habría producido mayor impresión. Porque aunque dejaron de emitir El show de Bill Cosby en televisión, y mis vecinos valenciano-ecuatoguineanos se mudaron a otro lugar, conservaba un recuerdo muy nítido de lo que era un negro. Se me ocurrían un millón de semejanzas con los blancos, pero la memoria se me escurría cuando trataba de dar con un hecho diferenciador más allá del color.
Más adelante, España se llenó de los nuevos españoles. Los latinoamericanos nos devolvieron la visita quinientos años después, Europa del Este entró en cada uno de nuestros puntos cardinales y lo mismo con los africanos, que nos obligaron a distinguir una patera de un cayuco, aunque a mí nunca me ha quedado clara la diferencia. Los negros ya no decían «¿He sido yo?», ahora nos animaban a comprar pulseras o cedés a la salida del metro.
Sin embargo, nuestro país se ha comportado de forma ejemplar con los inmigrantes. Monstruos aparte, se ha integrado a todo el que ha estado dispuesto a ello y no hemos vivido una situación de racismo ni remotamente similar a la que ocurrió en los Estados Unidos. Sí, el país de las libertades: libertad para tener esclavos, libertad para empuñar un arma. Libertad para tantas cosas que al final la palabra está atada y enjaulada de hipotecas. Seguí mirando hacia su historia con curiosidad, y leí otros títulos donde el racismo estaba presente.
Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, es uno de mis libros favoritos. Es imposible tener alma y no sentir consideración por Atticus Finch, un abogado blanco que sufre las consecuencias de apoyar a un negro inocente. La rectitud del personaje me marcó: un hombre capaz de todo por defender lo que cree justo, sin importarle las consecuencias. Eso era lo que quería transmitir a sus hijos, y no los insultos ni amenazas que recibía. La dignidad frente a la vergüenza y cobardía, pese a lo doloroso.
Por un tiempo seguí con curiosidad el éxito de The Help, un éxito reciente en Estados Unidos. La historia de las criadas negras de los sesenta (y de cómo las trataban sus jefas blancas) picó mi curiosidad. Tardé un tiempo en descubrir que se trataba del traducido como Criadas y señoras, de Kathryn Stockett, pero no necesité tanto en devorarlo. Lo más interesante de la lectura es conocer la situación de los negros casi un siglo después de la abolición de la esclavitud. Cómo siguen los abusos y la marginación, aunque medie un contrato de trabajo de por medio. El hecho de que los acusen de transmitir enfermedades y ser sucios, y que sin embargo los exploten para que preparen sus cenas y cocinen sus casas, raya el humor inglés. De no ser porque esto sucedió en Estados Unidos.
Otro título reciente, aunque no ha tenido el mismo éxito de ventas, es La vida secreta de las abejas de Sue Monk Kidd. Ya escribí de este libro hace tiempo. Lo único que me queda hacer es recomendaros la lectura.
El último libro que he leído es, en verdad, un primero: La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe. Se publicó en 1852, antes de la Guerra de la Secesión, cuando la esclavitud todavía era legal. No es narrativa histórica, sino un relato de la época con todos los pormenores de la realidad: familias que se rompían porque el amo vendía a cualquiera de sus miembros, negros que se veían obligados por sus amos a volver a casarse porque su matrimonio anterior no tenía ninguna validez legal, negros que no servían como testigos en juicios, negros que, en resumidas cuentas, eran posesiones de sus señores blancos al mismo nivel que el horno de la cocina o la lamparita del salón. Los negros eran cosas sin más. El libro de Harriet Beecher Stowe no es ninguna joya de la literatura y tiene un discurso cristiano de avisadme-cuando-hayáis-terminao, pero cuenta con la rigurosidad de quien lo ha visto con sus propios ojos y el mérito de concienciar a media nación.
Y todavía hay quien se pregunta qué tiene de extraordinario que un negro (o mestizo con más aspecto de negro que blanco, me es igual) sea presidente de Estados Unidos. Es que apenas ha pasado tiempo desde que cortaron sus cadenas. Menos desde su derecho a voto. Quizá haya que conocer más de su historia para comprender la proeza. No será por falta de libros.

Si Cuba vuelve a pertenecer a España

España se recuperó de la pérdida de la isla caribeña hace tiempo, pero seguimos empleando la expresión «Más se perdió en Cuba» para matizar que siempre puede haber algo peor. Lo del 98 debió cubrir todas las expectativas de los de entonces.
Nuestro país ha cambiado mucho desde finales del siglo XIX y todavía más desde la Conquista. Ya no somos un imperio donde no se pone el sol, sino un simple Estado con dificultades para que lo tomen en serio. Tampoco enviamos a nuestro ejército a hacer la guerra, ahora se dedica a la ayuda humanitaria. Y aquel orgullo y fiereza por el que nos hicimos conocidos una vez, hoy queda reservado para los libros de Historia. Puede parecer que España esté peor ahora, pero nuestro país también vive una democracia muy decente, ha hecho los deberes en derechos sociales y pertenece a la Unión Europea, un club económico de primer nivel. España se ha transformado radicalmente en los últimos cien años, pero es probable que casi todos los cambios hayan sido para bien. Está muy lejos del país que abandonó Cuba con su independencia.
No escribiría todo esto si no fuese por el movimiento por la reincorporación de Cuba a España que pulula por Facebook. Estoy lejos de tomármelo en serio, pero no hay nada de malo en hacer un poco de política ficción. Porque a fin de cuentas, no hace tanto que la isla perteneció a España. Y lo más importante: en el caso de una supuesta anexión, Cuba sería la primera en ganar.
El movimiento propone que Cuba pase a ser la decimoctava comunidad autónoma española. Se trataría de una situación política inédita para la isla, que se independizó de España mucho antes de que trabajásemos en estos términos. Los cubanos, después de más de un siglo de autodeterminación, serían muy celosos de cederle la soberanía a nadie. Pero el traspaso de poderes a veces tiene sus ventajas, tal y como conocemos en la Unión: mientras España renuncia al mando en determinadas decisiones, se beneficia de las ventajas del club. Los cubanos podrían comprobar los beneficios de ser españoles y europeos en detrimento de una cesión de poderes que tampoco iban a lamentar. El crecimiento económico de la isla sería notable en cuestión de unos pocos años. No es lo mismo pertenecer a Mercosur que a la Unión Europea. En ninguno de los casos, con todos los respetos a la primera.
Quizá la España de las autonomías no sea suficiente para los cubanos, pero quién sabe hacia dónde vamos y si un hipotético federalismo futuro pueda ser de su interés. En cualquier caso, todo esto es pura ficción. Cuba será de los cubanos, aunque hoy es sólo de un señor. Y los cubanos serán lo que ellos quieran, les convenga más o menos, se equivoquen o no. Ojalá pueda visitarla antes de que caiga la dictadura para formarme una opinión. Aunque no hace falta que me esperen, cubanos. Pueden levantarse ya mismo y hacer la auténtica y verdadera revolución. La otra se fue al garete hace mucho tiempo.

Este artículo está programado para publicarse automáticamente. Tengo un buen puñado de artículos en "Borradores" muy útiles para cuando estoy de viaje.

La saga que vivió: «Harry Potter» a posteriori

Han pasado cuatro años desde la publicación del último libro de Harry Potter y todavía no le había dedicado ni media entrada del blog. Sólo un puñado de referencias y algunas experiencias colaterales, pero hoy, con la perspectiva del tiempo, creo que puedo desquitarme de una vez por todas. Qué ha sido la saga para la literatura y qué ha sido para mí.
Cuando leí el primer título, mi librero ni siquiera lo conocía. La piedra filosofal aterrizó en España sumido en el anonimato, mientras que en otros países empezaba a reclamar atención. Como los grandes éxitos editoriales, Harry Potter no satisfacía ninguna moda. Todo lo contrario: cualquier editor le hubiese criticado el excesivo número de páginas, la cantidad ingesta de personajes y un cuaderno entero de "errores" más. Era el mercado de finales de los noventa, no el de hoy. Rowling ha asentado las bases de la literatura juvenil de a partir de entonces, pero es que ella se enfrentó a unas medidas que no habían sufrido alteración desde la muerte del genio Roald Dahl. Su éxito comercial es a estas alturas indiscutible. Pero todavía hay quien cuestiona su calidad.
En mi visión de la literatura, un buen libro debe encontrar el equilibrio entre dos pilares: el argumental y el narrativo. Hay escritores con una pluma magistral y, sin embargo, son incapaces de crear una buena historia al servicio de su prosa. Otros tienen un talento sin fronteras para las tramas, pero se pierden a la hora de escribir. J.K. Rowling, en mi opinión, creó un argumento soberbio de increíble complejidad mientras que en lo narrativo ha demostrado ser sencillamente buena. En la suma de las dos sale muy bien parada, pero esa falta de estilo es para algunos imperdonable. Me figuro que para ellos, el estilo será lo único importante. Yo estoy seguro de que cuando escriba para adultos va a demostrar de lo que es capaz, a juzgar por su pluma cuando ha escrito artículos o discursos fuera de lo conocido.
Enid Blyton se adelantó a Rowling en las sagas divididas por cursos escolares (ahí están Las torres de Malory o Santa Clara), pero esta última ha sido quien le ha sacado más provecho al asunto. Tanto si juzgamos los libros en conjunto como por separado, el resultado es notable. Pero una de las peculiaridades principales de este macroproyecto es sin duda la coherencia entre los títulos; las pistas de principio a fin; los cabos sueltos que se atan cuando menos te lo esperas. Le duela a quien le duela, la saga de Harry Potter ya se ha hecho su sitio en la historia de la literatura y no hay que tener complejos para reconocerle sus méritos. No tengo lugar a dudas de que dentro de tres generaciones la leerán con la misma emoción.
Albus Dumbledore y Severus Snape, por ejemplo, son dos de los personajes más complejos que he leído jamás. Rowling tuvo siete libros para desarrollarlos y los aprovechó hasta la última página. El hecho de que todavía discutamos sobre si el Príncipe Mestizo era bueno o malo (como yo creo que es) no es trivial: demuestra la profundidad de su psicología y el talento de J.K. Rowling para crear cada personalidad. No se puede leer el primer libro (o aún peor: ni leerlo) y tachar la saga de basura por el mero hecho de ser fantasía, o best seller, o juvenil. Si eso es un defecto, el Parnaso se puede hundir.
En verdad, nunca he visto Harry Potter como un libro de fantasía. O sí, pero yo leí una saga de misterio. La fantasía se apoyaba en el misterio y no al revés. Los hay que leyeron unos libros de aventuras. Y quien se quedó con la historia de amor. Hay tantas lecturas como lectores. A mí me da igual que J.K. Rowling se haya hecho rica con sus libros. Como si hubo niños que le cogieron el gusto a leer. Lo que me importa es que es una saga brillante, a la altura de las mejores, con unas virtudes que sólo un necio podría cuestionar.
Harry Potter no termina con el estreno de la última película. O bien terminó con la publicación del séptimo libro, o nunca lo hará mientras haya un lector dispuesto a leerlo o releerlo.

No dormir nunca más

De vez en cuando me despierto con la Pregunta de la Semana, esa que hago a todo el mundo en una especie de estudio sociológico a pequeña escala. Una vez fue el lado del que sonreímos (yo soy zurdo de sonrisa. Algún día explicaré esto), otra la de obeso o enano (aunque esa es de Eme, si se trata de dar crédito) y la última es la de la pastilla de no dormir. La Pregunta de la Semana ha resultado más interesante de lo normal porque he descubierto hasta qué punto voy contra la opinión general. Os digo que estaba convencido de que todos responderían lo mismo que yo.
Allá va: si te diesen la oportunidad de no necesitar dormir, y poder hacer vida normal con veinte minutos diarios de descanso en el sillón, ¿lo aceptarías, o preferirías seguir durmiendo como hasta ahora? Para mí es muy fácil: prefiero no dormir y aprovechar el tiempo. A mi día le faltan un puñado de horas. Vamos, que me digan dónde tengo que firmar para renunciar al sueño.
Lo raro es que no todos opinan igual, y la mayoría de la gente a la que he pregunta me responde que no renuncia al sueño por nada. A mí se me haría extraño no tener nunca más mi sueño más repetido, pero creo que podría sobrevivir sin él. También me hablan del gustirritín de la cama justo antes de sonar el despertador, ese ratito de duermevela, pero no me compensa por esos veinte años de vida que al final serán los que haya desperdiciado durmiendo, con todo lo que podría hacer, los libros que podría leer, los viajes que podría hacer, las personas que podría conocer y tantas cosas que quedan en el tintero y que no las hacemos por falta de tiempo, un tiempo que desperdiciamos sin darnos cuenta al cerrar los ojos. ¿A nadie más le faltan horas al final del día? ¿Vale más el placer de dormir que el placer de hacerlo todo? Turno de comentarios.

Semana propicia para fachas


Lo de los españoles y el sentimiento nacional es digno de estudio sociológico, empeñados en culpar al franquismo, como si el dictador hubiese inventado España, la lengua y la bandera. Por eso lo del mundial de España fue extraordinario: no por pasar de cuartos, que también, sino por invocar un patriotismo sano y natural que no recordábamos desde que inventamos la paella. Hay que estar enfermo para confundir esto con fascismo.

J.R.R. Tolkien en «La historia secreta de la literatura en cómic (iii)»

 

J.R.R. Tolkien pasará a la Historia por ser el único escritor capaz de dilatar la descripción de una simple hoja de árbol durante siete páginas y media, además de por ser el creador de El señor de los anillos. Antes por esta sección, pasaron las hermanas Brönte y Roald Dahl. Si te mola la historieta, puedes pinchar al Me gustaretuitearla o contársela a la vecina. Así el blog tendrá muchas visitas y yo me podré retirar a vivir a Albacete.

Un dictador en el congelador

Treinta y seis años muerto y todavía genera polémica. Los hay que no soportan que Francisco Franco, generalísimo de la España pos y predemocrática, esté sepultado en el Valle de los Caídos, un mausoleo dedicado a las víctimas de la Guerra Civil. No sólo que esté sepultado, porque a su alrededor hay más de treinta mil cadáveres de caídos, sino que lo haga en un lugar privilegiado de la basílica, en su máximo papel de padre de los españoles. Hasta para caer muerto lo tenía que hacer sobre el resto.
Hoy la opinión pública se replantea la función del Valle de los Caídos, y en esa función, dónde debe permanecer Franco, si es que debe permanecer en algún sitio. Por un lado están los que quieren preservar su recuerdo y voluntad, allá donde todos puedan ir a venerarlo. Para llevarles la contraria hay un buen número de detractores que se niegan a que un dictador descanse frente al altar de una basílica que es, a efectos legales, patrimonio nacional. ¿Debemos mantener su cadáver donde está o es imprescindible trasladarlo a donde no hiera sensibilidades?
El rollo anterior no es sólo por ubicar a los lectores extranjeros; el rollo anterior es un repaso mental de los hechos para tratar de formarme una opinión, porque no lo tengo tan claro. Comprendo los argumentos de los primeros, tan nostálgicos ellos, y los de los segundos, que tienen todo el derecho a pasearse por el patrimonio de todos sin obligación a cruzarse con la tumba del gran liberticida del siglo XX. Me pongo en la piel de todos pero ¿a quién voy a engañar? Voy con estos últimos por una simple cuestión de respeto a la Historia, de amor propio, y no es de recibo que se homenajee a nadie que, crisis de República al margen, mantuvo a un pueblo bajo su yugo durante casi cuatro décadas. No hay que ser represaliado o descendiente para que la tumba de Franco moleste: basta con querer un poco nuestro sistema democrático, comprobar el retraso que llevamos con países de nuestro alrededor y querernos un poco para aceptar que sus consecuencias nos perjudican a todos, da igual si nacimos en 1926 o 1987.
Por eso Franco molesta, lo mismo que los no menos hijos de puta que desde el otro bando hicieron barbaridades similares. Sí, por mucho menos tiempo, pero las hubiesen seguido haciendo de haber ganado la guerra. Los perdedores sufrieron primero la horca, y después la persecución y manipulación, durante la eternidad de la dictadura. No ha sido hasta ahora, con la Ley de la Memoria Histórica, cuando se ha echado la vista atrás y el Estado, con todos sus poderes, se ha comprometido a contar su verdad. El problema, señores, es que si lo que fueron los perdedores no es lo que nos contó Franco, tampoco es la maravilla que algunos pretenden contarnos. El nivel está tan por los suelos que no sé cómo hemos podido pasar página a eso. Qué digo: es que nunca hemos pasado página. Por eso estamos como estamos.
Por eso, a fin de cuentas, nos merecemos un Valle de los Caídos con su máxima esencia franquista. Por eso la Ley de la Memoria Histórica debe hacer lo propio y levantar el recuerdo de los otros caídos, que estaban caídos en el olvido, y ponerlos al nivel del Otro. Por eso, porque es nuestro pasado más reciente y mezquino, quiero un Franco con su lugar presidencial en la basílica y un cartelito al lado explicando a todo el que se acerque lo que hizo este tío, putada a putada, miseria a miseria, y una foto de los embalses si se tercia. Lo mismo con el bando republicano, con lo que hizo antes y después de estallar la guerra. No quiero una memoria selectiva. Quiero una memoria jodidamente tajante y exenta de sentimentalismos, porque para mi generación, con un poco de sentido común, estos personajes no deberían ser muy distintos a Pepe Botella, Carlos I o el Cid.
No quiero juicios de valor: quiero información y punto. Y por la misma razón que reconozco el valor histórico de cada recuerdo que nos han dejado los personajes de nuestro pasado, y lamento no disponer de más, no puedo ignorar que Franco ha sido uno de los españoles más relevantes y quiero que su recuerdo perdure para siempre, aunque tenga que taparme la nariz en el transcurso. Ahora dirán que Isabel la católica fue una santa. Pues no. Sin embargo, nadie se plantea sacar su cadáver de la Capilla Real de Granada y lanzarlo al mar al más puro estilo Bin Laden. Asumido lo que fue, nuestro objetivo debe ser preservarla.
Que Franco se quede en el Valle de los Caídos, pero que el Valle de los Caídos le dé el crédito de dictador que se merece. Que los represaliados también tengan la de cal y la de arena, para lo bueno y para lo malo. Y que con un poco de suerte, llegue el día en que estos miserables o engañados nos suenen tan lejanos y ajenos que no nos importe vivir en la plaza de José Miaja, la avenida del Ejército Popular de la República o la calle del Generalísimo. Son tan nosotros que tenemos que mirarlos para reconocernos. Yo no quiero renunciar a ninguna pieza de nuestro pasado, ya sea un discurso xenófobo, un edificio de dudoso gusto artístico o el nicho de un dictador. No es porque me gusten: más bien, es porque quiero tenerlos a la vista para que no se repita.

Caerme mal

No tengo mucha facilidad para disimular mi antipatía por algunos. En vez de fingir como los mejores hipócritas, cometo una serie infinita de errores que ponen de manifiesto mi opinión del que tengo delante: bufo cada dos por tres, pongo los ojos en blanco y elimino las oraciones subordinadas del diálogo, no sea que le resulten demasiado complicadas a mi interlocutor. El 90% de la gente que me cae mal, muy poca en números reales, puede presumir de desmontar la teoría de la evolución con un simple encefalograma. Lo que me suele caer mal es precisamente la falta de inteligencia sumada a la más absoluta soberbia.
Pero os juro que no me gusta que me lo noten. Lucho por eliminar mis vicios y tratarlos con la más absoluta educación. Humillarlos no tiene mérito y enfadarlos no produce placer. Por muy tercos que sean, merecen tanto respeto como el que más.
Con educación o con sinceridad. De vez en cuando me cruzo con personas que confunden las dos virtudes y se creen que no pueden coexistir, de modo que quien es sincero no puede ser educado y que quien es educado, tiene muy poco de sincero. Para ellos (y para mí, en mis horas bajas), una persona transparente no debe andarse con chinitas y buenos modales: si alguien te cae mal se lo haces ver, ya sea con señales de humo o tubos de neón. Al cuerno la educación y respeto, Satanás sabrá qué hacer con los hipócritas.
O quizá sea una cuestión de compensar y buscar el equilibrio. Me avergüenza ver el maltrato verbal entre personas que no se soportan, unilateral o bilateralmente, sólo porque se han creído los abanderados de la sinceridad. Al final lo importante no es que una persona sepa que te resulta insoportable porque nada va a cambiar. Lo que de verdad importa es que no crea lo contrario a base de cariño envenenado. Al final, cuando le demostramos a un imbécil nuestra aversión, nos volvemos tan gilipollas como el que más. Si nos vemos obligados a demostrar nuestro desprecio, o no sabemos de término medio, nos ganamos a pulso caer mal. Un esfuerzo general por ser más educados, empezando por servidor, y desde la educación, asentar una relación de sinceridad.

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