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Dos años en Madrid (en cómic)


Hoy cumplo dos años en Madrid. De mi experiencia en la capital he escrito casi de todo (los cinco requisitos para ser un auténtico madrileño, el día que me empadroné...) y también dibujé y escribí un cómic más largo que este cuando celebré mi primer aniversario. Lo que tiene la felicidad es que cualquier efeméride te pone contento. Si alguna vez te cambias a otra ciudad, te deseo tanta suerte como tuve yo. No sólo por las personas que he conocido aquí, sino también por las que conservo allá. Soy un maldito afortunado.
La de hoy es, además, la viñeta noventa y nueve de Crónicas Salemitas. Por eso te animo a que con motivo de la viñeta número cien, dejes algún comentario con tus favoritas o las más odiadas (y no sólo del último año). Muchas gracias por tu colaboración. Hasta la próxima.

Malos tiempos para la literatura juvenil

Los clásicos de la literatura juvenil no interesan a los jóvenes de ahora. Emilio Salgari, Julio Verne o Enid Blyton son tres buenos ejemplos de autores que arrasaron en el pasado pero que hoy sólo compran abuelos trasnochados como regalo de primera comunión. Sí, a nuestros padres les encantaron, pero es que son los mismos padres que se lo pasaron «pipa» con La casa de la pradera. No seamos injustos con nuestros ancestros: es lo que tenían a mano.
La literatura juvenil (en el rango de edad más amplio) sufrió su revolución industrial con Harry Potter, pero  otros ya habían marcado un tanto mucho antes. C.S. Lewis fue uno de los primeros con Las crónicas de Narnia, un clásico de más de medio siglo que en España hemos necesitado mucho tiempo para apreciar, y otros como María Gripe (Los escarabajos vuelan al atardecer) o Michael Ende (La historia interminable) también se atrevieron con historias que se salían de los cánones habituales y han pasado muy bien el paso del tiempo. No desayunan gachas ni se dedican a beber té, está claro. Uno de los autores más significativos de los años a.R. (antes de Rowling) es el genio Roald Dahl, que inició hoy hace medio siglo su carrera como escritor con una bibliografía impecable que se extendería hasta después de su muerte (y Dahl, a diferencia de Lewis, ha sido justamente laureado en nuestro país por su carrera de infantil-juvenil, pero todavía hay muchos que lo desconocen en su faceta adulta, igual de excelente). Los libros del escritor galés triunfan hoy igual que ayer porque son imperecederos. Leer Las brujas, El GFB o Charlie y la fábrica de chocolate, por citar tres ejemplos, es sumergirse en algunas de las joyas de la literatura juvenil.
Sin embargo, el auténtico boom editorial de la literatura juvenil llegó con Harry Potter en 1997. De la saga que vivió ya lo he dicho todo, pero es justo reconocer el mérito de otra saga que se inició un poco atrás, en 1995: La materia oscura de Philip Pullman. La trilogía es una joya de la literatura juvenil y de la literatura en general, aunque no haya tenido la misma repercusión que el niño mago. Las dos, publicadas casi a la vez, son de lo mejor que puede haber en una librería dedicada.
Pero hay otros contemporáneos que no son británicos y también se merecen mil honores. Cornelia Funke es una buena mina de historias por la que siento un respeto reverencial, aunque aburra y apasione a partes iguales. Quizá el francés Thimothée de Fombelle sea autor de una sola obra, pero de ser así, bien habrá merecido la pena su brillante Tobi Lolness. En lo nacional tampoco nos quedamos cortos: Elvira Lindo fue la reina en los noventa con su Manolito Gafotas, una saga políticamente incorrecta que vale para todos los lectores. Más recientemente, pero dura y permanece, es la corona de Laura Gallego, que rompió moldes con Memorias de Idhún y todavía quita el hipo con cada nuevo lanzamiento, capaz de demostrar que la narrativa juvenil que gusta no es la de los guerracivilistas ni anoréxicas, sino la de las historias que atrapan, las historias que no se han contado antes.
Pero entonces, si la cosa fue tan bien durante la década que duró la publicación de Harry Potter, y unos años de coletazo más, ¿por qué la calidad de los lanzamientos ha caído tan en picado? ¿Por qué desde el éxito de Crepúsculo no paramos de enganchar una moda tras otra a cada cuál peor? ¿Cómo hemos desviado nuestra atención -editores incluidos- de las auténticas apuestas literarias por obsesionarnos con historias de amor que sólo convencen a las de siempre y hemos dejado de apostar, salvo por los que son un seguro, en las novelas de verdad? La narrativa juvenil vende mucho, pero de unos años para ahora lo hace con una calidad funesta. Menos mal que todavía hay novedades que nos hacen recuperar la fe, porque los catálogos de hoy parecen más obra de redactoras del Cuore y Sálvame que de enamorados de la literatura. Los de ahora son éxitos encumbrados por quinceañeras que renegarán de sus gustos en cuatro días, y sus autores harían bien en abrocharse el cinturón antes de estrellarse con el olvido. No hay victoria más efímera que la que conceden las adolescentes menos exigentes, pero da la casualidad de que les estamos dando a ellas -y algunos ellos- la batuta de la tendencia actual. Estos años crepusculares serán de bonanza económica, pero aún más de pobreza literaria.
Hace un año participé como jurado en los premios anuales de literatura juvenil que organiza El Templo de las Mil Puertas en la categoría de novela española, y la selección de nominados no pudo ser más traumática. No había de dónde rascar. Ninguno de los bombazos editoriales nos seducía lo más mínimo. Mucho marketing pero poco ingenio. Al final seleccionamos sólo un par de títulos, y los dos habían pasado prácticamente desapercibidos por las librerías. Pero no hay que lamentarlo: al menos dos autores (o autoras) se atrevieron con algo arriesgado. Algo fuera del circuito de libros de papel couché.
Ojalá nos olvidemos pronto de las modas y volvamos a apostar por literatura de calidad. Aunque sea por el placer de releerla cuando seamos más viejos. Aunque sea por el gusto de regalar buenos libros a nuestros nietos cuando se dé la ocasión. Si una abuela del futuro regala a Moccia o Meyer en 2071, lamentaremos que los mayas no acertasen con el Apocalipsis que nos tenía que masacrar. O cruzaremos los dedos porque prefiera el videojuego del expositor de al lado.

Amaral sigue molando

Hace años, en un programa musical de televisión, conocí un grupo llamado Amaral con su videoclip Sin ti no soy nada. La canción me gustó, pero tuve cargo de conciencia por lo que parecía una banda con una estética de Camela (y a mí no me puede gustar Camela). Por un malentendido (y un vestuario de parque de atracciones) creí que Amaral era la delicatessen cañí, y me cuide mucho de mantener mi aprobación al grupo en secreto. Como lo mío con Belén Esteban. Necesité volver a verlos (y escucharlos, sobre todo escucharlos) para comprender que mi creencia se basaba en un malentendido y que Amaral era, y es, básicamente diferente.
Me gustó el disco que los lanzó, Estrella de mar, y me fascinó Pájaros en la cabeza, que me sigue pareciendo soberbio (El universo sobre mí, Revolución, Marta, Sebas y los demás... Básicamente todas). Luego, claro, llega el típico disco que te desencanta y abre una brecha entre el grupo y tú. Conmigo fue Gato negro · Dragón rojo, que ni fu ni fa, ni la pincho ni me la descargo. Pero pese a ello, Amaral siempre ha sonado en mi iPod, y cuando alguien echa un vistazo a mi lista de reproducción (no hay peor psicoanálisis que este), se sorprende de que escuche algo «comercial», en contra de la mayoría de músicos que pululan por mis auriculares (¿pero qué concepto tenéis de mí?). Es que Amaral mola y lo reivindico. De los grupos de éxito de este país, es de lo mejorcito con diferencia. Tiene un éxito más que merecido y a mí me encanta escucharlo.
Ahora, cuando pensaba que los aragoneses no volverían a hacer nada guay, suena en todas partes el Hacia lo salvaje, elepé de su próximo disco. Y joder, Amaral sigue molando. El tema se va directo a la lista salemita de Spotify. Os la dejo también a continuación, además de una posdata que no tiene nada que ver.

Posdata que no tiene nada que ver: quiero dedicar una entrada especial a las cien viñetas de Crónicas Salemitas. Si te animas, comenta aquí mismo cuál ha sido tu favorita, o la que te hizo quitar el blog de Favoritos, o lo que se te pase por la cabeza. No hace falta que sea una viñeta reciente. Hay casi cien para elegir. Gracias y buenas noches.

De mi encuentro con Dumbledore en King's Cross, más o menos

Buscando a Arturito (o R2-D2)

Una vez, alguien me regaló un muñeco de R2-D2 que venía con el Happy Meal. Me dijo que lo tenía que llamar «Arturito», tal y como hacen en su país. Yo lo acepté encantado, lo llevé a casa y lo coloqué entre la pareja de jirafas de madera que B. guardaba de África. El cuadro no podía quedar mejor.
Un tiempo después, D. escondió a Arturito. Dijo que no le gustaba, pero B. y yo no tardamos en volverlo a poner. Lo escondió de nuevo y no paramos hasta encontrarlo y devolverlo a su paraje natural, junto a las jirafas. Entonces D. se marchó, y B. y yo nos mudamos a una nueva casa, y como nos hizo gracia la broma, iniciamos un juego que comenzó hace un año y que ha terminado hoy. Consistía en que cada semana uno escondía a Arturito en cualquier rincón de la casa y el otro lo tenía que encontrar. Cualquier recoveco de la zona común, por inaccesible que fuese. Una vez descubierto, se devolvía junto a las jirafas hasta el próximo lunes. Y vuelta a empezar.
Naturalmente, B. era mucho mejor que yo. Mis escondites eran retorcidos (sobre la caja del timbre en el techo, dentro de una olla a presión en el altillo, entre los cojines viejos de un armario...) pero ella siempre lo encontraba antes de un día o dos. Mi mala memoria me ponía en desventaja, porque siempre dudaba si ya había buscado en este sitio o aquel, y al final miraba diez veces en el interior de la caja vacía del router y ninguna detrás del diccionario bilingüe de español-francés. De un modo u otro, Arturito era una de tantas cosas que nos unía.
La búsqueda semanal de Arturito duró un tiempo hasta un día que perdí la ilusión. B. me animaba a encontrarlo, pero yo rehusaba. El robot de juguete perdió todo el significado para mí. Ya no me emocionaba barrer cada rincón de la casa para buscarlo. Y así, durante más de medio año, el pobre robot quedó olvidado al fondo del dispensador de bolsas Rationell Variera del Ikea. Con Arturito también quedaron enterrados momentos felices que no llegaríamos a vivir. Al tiempo, B. ni siquiera me preguntaba por él. Ella también perdió la ilusión porque yo la forcé a ello.
Pero al final, cuando B. contaba los días para irse para siempre, recuperé la ilusión. Recordé porqué era tan importante el juego: no por el robot, ni por la emoción de encontrarlo. Recordé que lo que me emocionaba era la unión con B., aquí también, y que cuando se trata de lo más importante, uno no puede pararse a pensar en si el juego es para tontos o subnormales. Se juega y punto, porque hay mucho que ganar. Rastreé la casa durante horas hasta que lo encontré en el escondite que B. había elegido cuidadosamente seis meses atrás. Henchido de felicidad, lo dejé junto a las dos jirafas, sus antiguas y casi olvidadas amigas, para que B. lo viese al entrar a casa. El lunes siguiente me tocó esconderlo a mí y B., por supuesto, sólo necesitó un par de días para encontrarlo. Entonces lo escondió de nuevo y ese escondrijo, quién lo diría, sería su última vez.
B. se marchó de casa, tal y como sabíamos que debía ocurrir. Pero entre los mil recuerdos que dejó, todavía quedaba Arturito y su misterioso paradero. Se fue sin revelarme la solución, e incluso me preguntaba por teléfono si ya había dado con él. De eso hace dos meses. Hasta hoy.
He mirado la estantería del trastero y me he preguntado cuántas veces había buscado en sus recovecos. Detrás de los libros, dentro de la maceta, bajo el tapón del bote insecticida. Podía ser la décima ocasión. O la primera, a juzgar por mi mala memoria. Reconozco que no le había puesto demasiado interés a la búsqueda precisamente por el miedo a terminar el juego. En cuanto diese con él, la partida con B. habría terminado para siempre. Siempre es demasiado tiempo como para darse prisa en alcanzarlo.
Sin embargo, ahí estaba. Arturito. Donde B. lo escondió por última vez, en el hueco del taburete subido a lo alto de la estantería del trastero (un taburete que sé que caerá algún día y me sorprenderá justo abajo. Le tengo mucho respeto). Un sitio perfecto para los olvidados.
El descubrimiento ha sido el fin de un juego privado que sólo podíamos entender los dos. Prueba superada cuando prefería que la partida no terminase jamás. Pero lo ha hecho al fin, porque así es como son a veces las cosas. Los juegos se terminan y las personas, por mucho que las quieras y necesites a tu lado, a veces también se tienen que marchar. Arturito tampoco volverá a ver a las jirafas porque B. se las llevó con la mudanza. Pero qué cosas, ha encontrado un nuevo sitio en mi escritorio. No es tan sofisticado, ni tampoco está ordenado. Y sin embargo, lo tendré siempre a la vista para acordarme de B. Su juego, en cierto modo, continúa. Ese fue, desde el principio, su único papel.

El plasta que se sienta a mi lado

Una de las preguntas más típicas cuando se propone un plan es la de «¿Quién va?». Quién va para saber si me interesa apuntarme. Quién va para decidir si merece la pena que salga de casa o retrase ese otro encuentro para otro día. La pregunta me saca de quicio, pero no por el contenido, sino por las formas. Me pregunto lo mismo cada vez que alguien me propone algo y tengo dudas con el grupo. Lo complicado es averiguar quién se apunta sin preguntarlo directamente y menospreciar de una manera u otra a la persona que te lo está proponiendo. Como si esa persona no fuese suficiente reclamo para que te importe un bledo quién va o no va de los demás.
Pero las quedadas de pandillas multitudinarias, esas donde la amistad entre todos no es imprescindible, tiene otro must que me encanta observar: la posición en las mesas. A veces, llegar tarde a un restaurante puede arruinarte la cena. No porque se hayan comido los entrantes, sino por el plasta que te ha tocado al lado. No es lo mismo una mesa de seis que de veinte, donde al final se dividen varias conversaciones. Cuando somos muchos, algunos hacemos verdaderas cabriolas para sentarnos con los más interesantes, mientras huimos de los pelmazos como si se tratasen de testigos de Jehová. Eso te obliga a adelantarte a los demás en posturas muy Matrix o fingir que no puedes comer en ese sitio porque-soy-zurdo-y-nos-molestaríamos-toda-la-noche (una excusa que de todas formas es cierta. Pero ¡ay, mis zurdos! Sabemos cuándo se utiliza y cuándo no). Estar en el sector fondo muerte de la mesa puede aguarme la velada. Que los aburridos se alejen de mí.
Esto es como cuando vas al cine y te toca al lado del amigo de un amigo que no sabes quién es. Pues como que ya no te apetece tanto la peli. Sociología de pandilla en estado puro. Somos animales de estudio.

«La historia secreta de la literatura en cómic (iv)»: El anónimo del Lazarillo

Ya tocaba un autor español en La historia secreta de la literatura en cómic. Antes fueron las hermanas BrönteRoald Dahl y J.R.R. Tolkien. Esta es la clase de entradas que mola que pinches en el Me gusta de Facebook, retuiteescomentes o imprimas para la nevera. Se agradece.

Otros blogs que molan

Un clásico pony de
Hark, a vagrant.
Aquí va una recomendación bloguera sentida: Hark, a vagrant, está en inglés y mola. Lo hubiese recomendado antes de no ser porque ha estado unos meses parado. Merece la pena la estrellita de favorito.

Nota al margen, hace tres años y pico dediqué una entrada a los blogs activos que enlazan con Crónicas Salemitas, a pesar de que éste es tan carca que no vincula a ninguno. Creo que va siendo hora de volver a hacerlo, aunque sea por limpiar mi conciencia de asocial 2.0. Son AbraxamAlas de papel, AtlántidaCareciendo de vida, Castillos en el aire, Claro de lunaCrónicas de una merodeadoraCuéntame un cuento, De valentías y otras mentirasDientes leonescosDivagaciones de una Poulain, El cazador de libros, El cuaderno manchado de IrethEl imaginario de ideas, El infierno a mis pies, El secreto de la isla de ÁvalonEstantería azul, Facturas y alcohol, Fantasía no tiene límitesGuardiana de librosIt's, errelephant, La línea del ángel, La parada artística, La rosa azulLejos del futuroLibrohólicas, Living in your own world, London callingLo que me sobra en la cabeza, Mi mundo y yoMoonSpeakSoundMy secret place, Nerume, Opiniones de una Siriusina, Personalmente intransferibleRumores de brujas, The world of the letters and dreamsUna de cal y otra de arena, Un rincón de sueñosVen a Nordan,  Ventilando la vidaVivo entre letras y Zierzadas. Muchas gracias a todos. Espero no haberme dejado ninguno.

Enemigos de la limpieza general