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«Libreros (iv)»: Los libros más robados


Puedes leer las anteriores entregas del webcómic Libreros aquí.

Mis días como Cayo Martínez o el lanzamiento de «Pulgarcito»

Hace un año me propusieron escribir el texto de una adaptación libre de Pulgarcito, siguiendo las migas que me dejaba la ilustradora Patricia Metola en sus ilustraciones. Los ilustradores cuentan, los escritores escriben. Con unos bocetos tan interesantes y una versión del clásico ligeramente distinta a la de los hermanos Grimm, no me lo tuve que pensar dos veces: acepté al instante y escribí hasta consumir las velas.
Fotografía © Patricia Metola 
Por plazos del mundo editorial, el álbum ilustrado Pulgarcito llega hoy a las librerías de mano de Narval Editores. Lo firma Patricia Metola, que se ha superado con las ilustraciones, y un tal Cayo Martínez, que no es sino yo y mi gusto por los seudónimos. Mi segundo nombre y segundo apellido. Tampoco es una mentira tan gorda.
Ya lo podéis comprar en todas las librerías españolas, en Amazon.es, CasadelLibro.com, Fnac.es y a través de la web de la editorial. Espero que os guste.

Tengo la impresión

Los vascos son los bastos. Los gallegos, los indecisos. A los catalanes les toca tacaños, a los madrileños chulos y a los andaluces, vagos. Con semejante «prejuiciero» español, los valencianos podíamos sentirnos satisfechos por haber pasado prácticamente desapercibidos. Porque a pesar de chistes rápidos sobre bacalaos y pastilleros, nuestra fama era prácticamente nula. Ni buena ni mala. Ni fu ni fa. Una normalidad absoluta.
Hoy somos el ridículo de España, y la frontera de nuestras vergüenzas la ponen sólo los medios de comunicación. Si no, se hablaría de nosotros desde Valparaíso hasta Pekín, sin ser humano que comprendiese nada. ¿Por qué los valencianos votan a Camps? ¿Por qué revalidan la mayoría absoluta de un político imputado?
Ni el paisaje es como lo retrata la prensa, ni los valencianos hacen nada por su paisaje. Demasiados años vertiendo toneladas de hormigón, como para tumbar a golpe de titular lo que constituye el pensamiento (casi) único valenciano. En el juicio moral popular, los acusados no son culpables. O lo son, aceptamos regalo como hecho reprobable, pero entonces ocurre que no es para tanto. Podrían haber robado más, se dice. Qué pasaría si gobernasen los otros, repiten con miedo a países. Lo que diga un jurado de nueve personas importa poco cuando un millón doscientos once mil votos lo proclamaron inocente. Un inocente envenenado, de los de si lo ha hecho qué más da, pero absuelto como él quería. Las urnas no resuelven los pleitos de los tribunales, pero son capaces de socavar la moral y enaltecer el ánimo con más fuerza que cualquier fallo del tribunal internacional de justicia.
No se trata de si Camps salió inocente o culpable. Lo que duele es su aprobación popular, el aplauso a su mala praxis. La de la pompa y la tontería. La de los aeropuertos mausoleos y competiciones de la jet set. La de poco pan y mucho circo. Pero teníamos circo y pan, ahí lo extraordinario, pero el pan nos acabaría sentando mal y el circo nos hipotecó para que no pudiésemos comer ni curarnos. Lo último que perdimos fue el espectáculo. Hoy no tenemos ni eso.
Los valencianos son los nuevos andaluces de España. No sé cuántas veces he oído esa frase en el último año. Dicha con malicia hacia los valencianos, como si tuviésemos que avergonzarnos de ser como en el Sur, y más dañino hacia los andaluces, que se han cargado con nosequé fama injusta. Lo que sí nos hemos ganado nosotros, a fuerza de voto, es un gobierno de incompetentes que nos han llevado a la ruina mientras todavía sonaba la orquesta. No lo remediamos hace un año, en el momento de enviarlos al infierno. Ni seguro que los echaríamos hoy, si nos convocasen de nuevo a las urnas. Camps, o el que fuese, revalidaría su vergüenza. Ay qué malos son los otros. O serán, que no lo sabemos. Tonterías cuando lo único seguro es que los que están son malísimos y no hay manera de superarlos.
Pero algo está cambiando. Apenas se apreció en las últimas elecciones, pero la marea azul perdió un poco de fuego. Ya no era para tanto. Ganó, pero de menos. Como si ya no convenciese a tantos.
Tengo la impresión de que los valencianos despiertan del sueño. Ese que primero fue bueno y sin saber cuándo se transformó en pesadilla. Ya no les gusta (no nos gusta) lo que vemos y se empieza a levantar la voz. Basta ya. Chorizos, impresentables, malos gestores en definitiva, provocadores, seamos justos, de una Valencia que fue la envidia de España porque ni España ni Valencia supo hasta demasiado tarde el precio de su mentira. Quizá no los derroquemos en las elecciones de 2015. Ni tampoco salgan en 2019. Pero el descontento es cada vez mayor y la oposición -no la de los políticos: la del pueblo- crece a cada día que pasa. Silenciosa, discreta. Pero en alza. El pueblo valenciano es muy digno. Sólo es cuestión de tiempo que despierte de su letargo.

«Libreros (iii)», un webcómic de libreros


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«Los mamuts, los ogros, los extraterrestres y mi hermana pequeña»

Esta es la historia de un artículo y una recomendación. El primero, el de una editora que escribe en Internet. No encuentro el texto en cuestión, pero sí recuerdo la conclusión: si algo te gusta, recomiéndalo. Dilo. No te lo quedes para ti, porque el boca a boca (y no una campaña de marketing) es lo único que salva los libros de la desaparición. De nada sirve que una obra entusiasme a un lector si este se lo guarda como un secreto. Si no lo comparte y nadie más se atreve a probar, es muy posible que los libreros devuelvan el libro al almacén de la editorial, y quién sabe el tiempo que puede pasar hasta que alguien lo reclame de nuevo. Eso si no lo destruyen para hacer hueco en el almacén, el destino más catastrófico. Para cuando el lector satisfecho se acuerde de él y lo quiera regalar, el título habrá pasado a engrosar la lista maldita de los descatalogados. Menudo final.
Yo no tengo perdón. Leo el artículo, me conciencio de la importancia de CORRER LA VOZ y luego, vaya, me olvido por completo. Con mi olvido contribuyo a que otros se olviden de él (o que jamás conozcan) y entonces, tachán, ya está hecho. Otro gran libro que entusiasma pero lo hace en secreto. «Éxito» en la intimidad. Y hoy me acuerdo de él, porque en verdad no lo he olvidado, y me decido a decir lo que podría haber escrito antes de Navidad cuando pensabais qué regalar a esa sobrinita que no se está quieta o al amigo que sabe apreciar un buen álbum ilustrado más allá de los prejuicios. Hoy os recomiendo Los mamuts, los ogros, los extraterrestres y mi hermana pequeña, una joyita ilustrada por Nathalie Choux y escrita por Alex Cousseau.
No es un álbum normal. En este cuento, el protagonista es un poco el lector. Y el lector es un poco el protagonista, que no es lo mismo, pero hay que leerlo para comprender. El prota quiere saber si los mamuts existieron (desde la piel de un mamut. Es la magia de la imaginación) y su padre se ofrece a aclarar todas sus dudas: «Estamos en un libro. Eso significa que hay un señor que escribe esta historia y una señora que hace los dibujos». El papá mamut no se corta, ¿eh?
Luego pregunta por los ogros, por los extraterrestres y hasta por su hermana. Cosas que existieron una vez, cosas que siguen haciéndolo, cosas que existen pero sólo si crees y cosas que existirán si nos guiñamos el ojo. Es un álbum muy original que invita a reflexionar sobre la imaginación y, ya puestos, a pasar un rato divertido. El texto es brillante y las ilustraciones están a la altura. No es un álbum normal, ya lo he dicho antes, y ha entusiasmado a todas las personas a las que se lo he recomendado (igual que a quien me lo recomendó). El pequeño mamut se preguntó dónde está el lector (ese que hace realidad su historia, aunque sea en la imaginación, para que nadie le diga que no existe) así que aquí hay uno que levanta la voz. ¡Me ha encantado! Si te gusta, o te gusta otro, no te lo guardes para ti. Porque tu silencio perezoso puede hacer desaparecer al mamut y a otros que son como él. Quien dice mamuts también dice libros. Existen, pero si nadie se acuerda de ellos, es como si no existiesen más.

Corín Tellado en «La historia secreta de la literatura en cómic (x)»

La escritora de novela romántica es la décima autora que pasa por la sección La historia secreta de la literatura en cómic. En anteriores capítulos: las hermanas Brönte, el genio Roald DahlJ.R.R. Tolkienel anónimo de El lazarilloAgatha ChristieJulio CortázarAntoine de Saint-ExúperyDante Alighieri y León Tólstoi.

La imaginación

No sé si existe un estudio de la población que reconoce no tener ningún tipo de imaginación, pero sería interesante conocerlo. Una vez lanzados a encuestar, podríamos preguntar qué entiende cada uno por imaginación, qué es lo más imaginativo que ha hecho en la vida y cuánto la valora. Veríamos si los que no la tienen la echan en falta, o si serían capaces de prescindir de ella los que presumen de buena dosis. Es probable que valorar la falta de imaginación exija un ejercicio de imaginación que impida a uno lamentar lo que no tiene. Bendita su suerte.
¿Existe una sequía generalizada de imaginación, o es que la gente no es consciente de que la tiene? ¿Se nace con ella o se crea con el ejercicio? ¿Será un poco de las dos?
Tener imaginación no es sentarse frente al ordenador y escribir una novela. Tampoco coger el pincel y hartarse a pintar un lienzo. O también, pero no solo eso. Imagino la imaginación (valga la redundancia) como un ejercicio libre entre lo que estamos acostumbrados a hacer y lo que (casi) nadie ha hecho antes. Un mono podría escribir una copia idéntica de Cumbres borrascosas si le enseñásemos cómo. La imaginación está en escribir algo distinto, no en el ejercicio de escribir en sí.
Las artes han absorbido la imaginación como propia, pero lo mágico, lo más extraordinario, es desarrollar la imaginación a cada oportunidad. No hace falta tocar la flauta para componer: la imaginación también puede sacar la música de los ruidos de unas pisadas en el andén. Cuando un trillón de petardos explotan en cuestión de minutos y forman música, ¿quién es el que ha puesto su imaginación? Dudo que el pirotécnico tenga todos los méritos. Algo tendrá que ver el oído de los demás.
Son imaginación las rutas alternativas para ir al trabajo; es imaginación los condimentos que pones a la comida, hoy orégano mañana ralladura de limón; imaginación también es el día que fundas formalmente tu bar y dudas entre llamarlo Casa Dani, Gran Vía 32 o Susan Wich; incluso en el mismo bar de barrio, con su olor a fritanga y clientes carpetovetónicos, hay un ejercicio de imaginación cuando la cocinera elabora el menú del día y se le ocurre sacar partido al caldo de cocido que sobró ayer; imaginación la combinación de la ropa; imaginación la forma con la que saludas al portero de la finca, cuando ya no esperaba que le dijeses algo distinto a adiós; imaginación es el plan del viernes que no has hecho antes y también es imaginación el asunto que le pones a un e-mail. La imaginación, al final, no es sino la expresión creativa del libre albedrío.
¿De verdad existe alguien que no tenga nada de imaginación, ni podemos esforzarnos por hacer de cada día algo inédito?