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Diez (a tiempo para 2013)

He tardado una eternidad, pero por fin he terminado una novelita que me ha tenido ocupado más de nueve meses. Nueve de pura redacción, porque el tiempo para ideas y planificación ni lo cuento. He necesitado más meses que nunca no porque sea lo más largo que he escrito (no lo es), sino porque 2013 ha sido un año muy complicado. Tan complicado que por muy mala que sea la novelita me doy con un canto en los dientes por ponerle punto y final.
Mi satisfacción es doble porque con Mftlp, la décima novelita que escribo, es la primera que es una continuación propiamente dicha. Es la segunda parte de Lcdmf, tres años después, con (casi) los mismos personajes. Era mi reto: escribir un relato largo con personajes que ya había trabajado. Vale, ya he superado el reto y puedo decirlo: es lo peor que he escrito en mucho tiempo. La libreta (y pico) donde he escrito la novelita irá a parar a un cajón y no me tomaré la molestia ni de corregirla, porque no merece la pena el esfuerzo, pero me he quedado a gusto al poner el último punto. Simplemente demostrar que podía escribirla. Y mejor aún: escribirla en 2013, a pesar de 2013. Nunca he tenido tantos obstáculos (y afortunadamente trabajo) para impedirlo.
Como normalmente la gente me pregunta por qué no publico, la verdad es muy simple: he propuesto algunas novelitas, pero no han interesado. Otras nunca las ha leído nadie porque las guardé bajo llave nada más terminarlas, algo que suele sorprender cuando lo cuento. No sé por qué. Se puede escribir por el simple placer de hacerlo. Y mi satisfacción mayor con esta última era esa, por idiota que parezca: saber que nunca llegaría a ninguna editorial, primero por ser malísima, y segundo porque continúa la historia de un libro que no está publicado. Una reivindicación de la escritura como autocomplacencia: aun así, la escribo. Qué liberación.
Como creo en la escritura como un ejercicio de puro egoísmo, me sorprenden los escritores que sólo escriben segundas partes «si la primera funciona». No pienso igual. Escribes la segunda parte si toca, si te apetece, si es necesaria. Escribirla por simple cuestión mercantil no es hacerle justicia. Y por eso especialmente quería escribir esta: por trabajar una historia con cero pretensiones, de verdad de la buena. Sin que nadie la pida, sin que nadie la vaya a leer. ¿Que para qué sirve, entonces? Para nada. Pero para mí lo significa todo.

F. N. y p. a. n. dos mil catorce


Lo mío con las postales viene de lejos.

No digáis que es justo

No somos los malos. No relativizamos ni despreciamos el sufrimiento de las víctima. No estamos desprovistos de corazón, ni tampoco olvidamos los años más oscuros. Hacemos nuestro aquello de «vencedores y vencidos» para apoyar a los primeros y denostar a los segundos. Pero sobre todas las cosas, por encima de las lágrimas y el sentimiento de impotencia, tenemos un sentido de justicia desarrollado. De tanto repetir lo del Estado de derecho, hemos acabado por creérnoslo. Y ahora no nos podemos quedar de brazos cruzados cuando la calle se llena de protestas, de comentarios indignados y de acusaciones de filoetarras sólo porque la justicia debe tratar con justicia a los miserables. Oigo que no la merecen, cuando llevan toda la vida diciendo que contra las armas sólo están las leyes. Ahora, por lo visto, no toca.
El Tribunal Europeo de los Derechos Humanos ha dado la razón a la etarra Inés del Río en su litigio contra España. Un tribunal (¿Qué suena a más justicia que eso?) de derechos humanos (los etarras, incluso con su grupo sanguíneo abertzale, todavía entran en la categoría de humanos). Un fallo que empuja a nuestro país a liberar a la demandante ipso facto y a indemnizarla por todo el tiempo de descuento que ha pasado en prisión. Encima, a pagarle con nuestros impuestos. Quema.
Que un tribunal dé la razón a un individuo que ha matado a veinticuatro personas (y no de una, sino por entregas) cabrea. Que ni siquiera cumpla treinta años de prisión cuando la condenaron a 3.828 primaveras entre rejas, es para mosquearse. Pero que el Estado de derecho, máximo garante de la justicia, haga trampas para conseguir sus fines, eso sí que es para preocuparse y temer por nuestra democracia misma.
A la etarra Del Río no le importan los derechos humanos salvo cuando la benefician, pero no por eso queda al margen del sistema. Para los que llegan tarde o vienen de lejos, la polémica surge porque no le aplicarán la doctrina Parot. Sintetizando mucho, lo que pretendía la justicia era que Del Río y otros reos no pudiesen beneficiarse de las reducciones de condena (trabajo en prisión, buena conducta, hacer la ola al alcaide) en la práctica, ya que la doctrina rebaja los años a partir de las penas completas (en el caso de Del Río, 3.828 años) en vez de a descontarlos a la pena máxima real del sistema español, que son treinta años. Las cosas como son: cuando te quedan casi cuatro mil años entre rejas, tiempo suficiente para dos venidas y pico de Cristo, te importa un pito si los 3.828 años de pena te los dejan en 3.500. Para lo que vas a vivir, el descuento te vale poco. Como si te quitan dos mil.
Nuestra justicia no funciona bien: parte de una constitución que no nos creemos ni los más constitucionalistas; legislan unos políticos que sólo piensan en su electorado; los jueces interpretan muchas veces según las presiones de los anteriores, que separación de poderes y eso qué es; e incluso cuando nosotros los demócratas escribimos las reglas del juego y apartamos a los asesinos del proceso de elaboración de las normas, cuando hacemos la ley como nos da la gana porque para eso es nuestra ley, incluso en esos casos, queremos saltarnos la ley a la torera y hacer las cosas a voluntad de los gritos del populacho. Con dos cojones. El Estado de derecho dicta las normas, pero también hace sus trampitas.
Que no os engañen: no he leído un sólo argumento de peso entre todas las columnas (¡y editoriales, así, a lo grande!) que se han publicado estos días en defensa de la doctrina Parot. Lo más que dicen es que es una injusticia que una mequetrefe como Del Río tenga libertad. Que sí, que ha cumplido su pena (¡lo admiten!) pero a renglón seguido matizan que eso no se puede consentir. Más tiempo, tiene que quedarse más tiempo. Que de 3.828 años de pena no cumpla ni los treinta es algo que no se puede consentir.
Los políticos han echado más leña al fuego. Cómo no, con la Asociación de Víctimas del Terrorismo azuzándolos por detrás. He leído declaraciones vergonzosas de políticos de PP, PSOE y UPyD. Lo mismo de periodistas. Saben (porque no se ruborizan al admitirlo) que la justicia española vulneró la ley, pero consideran que los derechos humanos son algo demasiado valioso para aplicárselos a una hijaputa. La justicia ha obrado mal, pero el fin justifica los medios. Dirán. Sin embargo, a mí no me enerva tanto que una etarra salga de prisión como que la banda que-nunca-se-ha-ido se cargue de argumentos para seguir con su discurso de Estado terrorista. Me indigna que tengan un poquito de razón. Me mata que les den argumentos como balas. España, ni ningún país democrático, se puede permitir titubear. La derrota de ETA será con la ley hasta el final y no con truquitos legislativos que luego nos cuestan millones en indemnizaciones a los miserables. Si estos políticos fuesen honestos de verdad, y no los cobardes que se esconden bajo doctrinas, propondrían la cadena perpetua. Las cosas por su nombre. Pero cualquier otra cosa, tramposa y de tapadillo, es un bálsamo para el pueblo que pide sangre. Los que hoy dicen que no hay derecho a que Del Río esté ya en la calle, no dicen que tienen las herramientas para reformar la ley y tener a los asesinos del futuro entre rejas hasta la muerte. Mostremos todos nuestras auténticas caras. Hasta entonces, y mientras no se atrevan a hacer en tiempos de calma lo que no hicieron en años de sangre, luchemos hasta el final por una sociedad con vencedores y vencidos, sí, pero también por un Estado de derecho hasta el final. Hasta el final. Las trampas son una derrota del Estado de derecho, y un filón de argumentos para los que no tenían que seguir aquí. Cómo me jode volver a escribir de ETA en este blog después de más de dos años. Cómo me jode que unos asesinos tengan por una vez razón.

Cormoran Strike no es Harry Potter (Mi crítica de «The Cuckoo's Calling», la novela negra de Rowling-Galbraith)

Fotografía © @el_croni
Estábamos advertidos: J.K. Rowling aireó su intención de escribir novela negra desde mucho antes de que Harry se enfrentase contra lord Voldemort en su duelo final, y a ninguno de los lectores de entonces podía sorprendernos. Siempre he pensado que la saga que vivió lo hizo más por las tramas de misterio que por la magia. Si Rowling podía manejar el suspense de ese modo en Hogwarts, qué no podría hacer con detectives.
Tampoco hemos sido unos linces para descubrir a la autora que se escondía bajo el seudónimo de Robert Galbraith. The Sunday Times se enteró por el tuit de la-amiga-de-la-mujer-de, una cadena de cotilleo digna de peluquería, pero tendríamos que haberlo deducido con un simple vistazo a la web del agente literario de Rowling: Galbraith y ella comparten representante y editorial, y de él se omitía la foto y se destacaba como un misterioso escritor de policiaca. Uno pensaría que blanco y en botella, pero tuvieron que irse de la lengua para que nos enterásemos. Todo menos unos buenos detectives.
The Cuckoo's Calling, la primera novela negra de J.K. Rowling, va precisamente de eso: de buenos detectives. O por lo menos de uno en particular, Cormoran Strike, protagonista indiscutible de este libro y de los que vienen. Sí, tendremos saga. Lo que está por ver es si Rowling (perdón, Galbraith) tiene un arco argumental cerrado, a lo siete cursos, o si durará mientras a la escritora (perdón, escritor) le apetezca.
Como no tuve la lucidez para descubrir The Cuckoo's Calling en sus meses de incógnito, tuve que esperar a la filtración para conocerlo y comprarlo. No soy lector de novela negra, pero cuando has leído todo Harry Potter (y cuando digo todo me refiero a mucho más que los siete libros. Si yo os contara) y la novela casi infantil The Casual Vacancy (porque no toma a los lectores por adultos), no te puedes hacer el indiferente con un nuevo lanzamiento de Rowling. Hay que leerlo para opinar, ya sea para bien, mal o regular. Y eso hice.
The Cuckoo's Calling es una novela decente. Con un estilo cuidado y una trama absorbente, nos traslada a un Londres de altos vuelos (Londres, que no Edimburgo. A pesar de ser escocesa de adopción, a Rowling le sigue tirando Inglaterra para sus novelas. No me digáis que Hogwarts está en Escocia, porque no se menciona ni una sola vez en los siete libros. Publicidad cero). Sin ánimo de destripar, la historia gira alrededor del presunto suicidio de una top model de familia bien. El caso llega hasta Cormoran Strike, un detective con un pasado muy interesante pero con un presente más bien caótico. Un investigador con una vida personal desastrosa: ya sé lo que estáis pensando. Pero Cormoran tiene un perfil cautivador, que sumado a Robin Ellacott, su nueva secretaria eventual (no se puede permitir pagar a una indefinida), crea un tándem que es el peso fuerte de la novela. Robin es el contrapunto de Cormoran y un personaje imprescindible, el otro pilar sobre el que se apoya el libro. Prometida con un contable, se encuentra trabajando de casualidad en lo que siempre soñó en secreto de pequeña: una agencia de detectives.
Como toda saga que se quiera considerar tal, Cormoran Strike (supongo que tendremos que llamarla así, porque Cormoran y Robin suena a superhéroes) necesita de filones argumentales a medio y largo plazo y de otros que concluyan en la misma entrega. The Cuckoo's Calling tiene de todo, pero cuando uno lee la última página, se queda con la sensación de que el plato fuerte está por venir. El caso del primer libro merece un aprobado, aunque la atención decae a medida que se resuelve. No es tan brillante como uno podría esperar de Rowling (es un cumplido, no un ataque) pero llega al notable. El panorama que se atisba para las próximas entregas, sin embargo, promete mucho: los cabos sueltos del primer libro, los misterios por resolver (y muy bien colocados para quien espere la segunda o novena parte) y, en definitiva, la relación entre los personajes, trabajada a fuego lento por quien supo mantener una tensión sexual infantil y adolescente durante siete libros: puro mérito.
El primer libro de la saga me ha dejado buen sabor de boca, y puestos a elegir, prefiero que me gusten los personajes al caso, porque este termina aquí, mientras que a ellos seguiré viéndolos (o leyéndolos) en los próximos años. The Cuckoo's Calling no se parece a Harry Potter (le falta un poco más de inteligencia, un final de los que te quitas el sombrero. No lo hay) y ni a The Casual Vacancy (tiene menos literatura, pero sin ciertas escenas patéticas de los vecinos de Pagford). Es, como las otras, una lectura en la que merece la pena pararse. Y muchos, como yo, descubrirán las virtudes de la novela negra con Cormoran. Si Harry enganchó a una generación a la lectura, Galbraith puede hacer lo mismo con un género a veces considerado de segunda. Habrá que estar atento a la segunda parte para opinar de la saga con propiedad. Porque Rowling será Galbraith, pero Cormoran no es Harry. Gracias a Dios.

Crónica de un viaje a Japón: Tokio (i)

Después de décadas recibiendo japoneses en nuestras tierras (los eternos «chinos», aunque sean nipones de pasaporte), con flujos eternos de turistas asiáticos recorriendo la Ciudad de las Artes o interrumpiéndome el paso en la acera de Cibeles, llegó la hora de cambiar las tornas y conocer a nuestros amigos en su ambiente, en el país del sol naciente. La ocasión lo merecía: un vuelo casi low cost en la mejor temporada del año: la flor del cerezo. O unos días después, vale, pero de todos modos nunca me han entusiasmado las flores.
Casi todo el mundo quiere visitar Japón alguna vez. A mí me llamaba desde hacía años, y eso que de pequeño no me dejaban ver Bola de dragón y tampoco me empapé de Humor amarillo. Sin embargo, me moría por ir. Será la literatura, los (pocos) mangas que he leído, el cine que no acabo de entender o su comida con la que sí me entiendo mucho, pero Japón me atraía. La ocasión llegó de pronto y la aproveché.
A pesar de la poca antelación con la que organizamos el viaje, tuvimos en cuenta algunos consejos que debes seguir si te animas a visitar el archipiélago. Me fie (e hice bien) de los foros de viajeros, donde nos sugirieron itinerarios para los pocos días que estábamos en Japón. Pasamos de los lugares frikis más emblemáticos (ninguno de nosotros podía considerarse otaku o mangaka ni remotamente), que ocupaban el 90% de cualquier ruta propuesta; eso nos dejaba tiempo para visitar los sitios verdaderamente interesantes. Le quitas horas a los edificios de jugones y cómics y te queda muchísimo para disfrutar del otro Japón. Un Japón que también mola. El Japón que yo quería.
Uno de los consejos más importantes que me dieron fue comprar una JR Pass. Se trata de un billete de tren que, durante un periodo determinado de tiempo, te permite viajar por prácticamente toda la red ferroviaria de Japón. Es un billete exclusivo para turistas extranjeros, que rentabilizas a los pocos viajes y que (atención) sólo puedes comprar fuera del país. Si esperas a llegar allí para hacerte con la JR Pass lo llevas claro. Primer consejo: comprar la tarjeta en cualquier agencia de viajes autorizada. La JR Pass, además, permite viajar por varias de las líneas de metro de Tokio (la red subterránea se la reparten entre distintas empresas, un lío). Si encima eliges un hotel que esté cerca de una, te ahorrarás un pellizco en transporte urbano. Lo otro que es aconsejable comprar antes de viajar a Japón es la entrada al Museo Ghibli de Hayao Miyazaki. Seguramente puedas hacerlo en la misma oficina turística donde te vendan la JR Pass. Esto es importante, porque el museo no vende entradas en la taquilla, y para conseguirlas en Japón tienes que entendértelas con un cajero automático de nosequé compañía de banco.
Esta es una máquina expendedora SENCILLA.
Las había hasta con dolby surround.
Pero volvamos al viaje. Al momento en que aterrizó el avión. Una vez nos hicimos con las maletas y validamos nuestra JR Pass (la sacas en Madrid, pero la validas al llegar a la oficina correspondiente del aeropuerto de Tokio), tomamos el metro hasta el primer hotel. Ya en el andén se notaba que Japón es muy distinto a España. Incluso en algo tan elemental como una máquina expendedora de comida, parece que nos lleven un siglo de ventaja. Nada de un panel con diez botoncitos a combinar para comprar un KitKat: las máquinas expendedoras japonesas tienen pantallas táctiles que ya querrían la mitad de casas españolas, con sus videos de publicidad y animaciones a cada segundo. Una de las primeras cosas que comprende uno cuando llega a Japón es la afición que tienen a los monigotes-mascota para cualquier situación. En España cuesta imaginar una mascota tipo Pocoyó para una marca de fregonas o para explicar cómo hacer una cola en las taquillas del Prado. En Japón está a la orden del día.
Con muchas dudas (yo era el encargado de buscar la ruta al hotel, y lo había dejado para el último momento) llegamos hasta Kōtō, el barrio donde dormiríamos. Al día siguiente partíamos a Kioto, y la primera parada en la capital era circunstancial. Como la estancia completa la haríamos a la vuelta, decidimos probar una experiencia fuerte para empezar: una noche en un hotel cápsula. Elegimos el Tokyo Kiba Hotel, donde por un ojo de la cara pudimos dormir en el espacio más pequeño de nuestras vidas.
Para mi alivio, acerté con la ruta de metro. Llegamos al hotel (un edificio estrecho junto a una carretera elevada, un paisaje de diez) y tuvimos nuestro primer conflicto lingüístico. En la oficina de la JR Pass del aeropuerto nos habíamos entendido más o menos bien, pero con dificultades. Al llegar al hotel cápsula descubrimos (y lo confirmaríamos varias veces al día hasta el final) que si los japoneses de a pie saben tan poco inglés como los españoles, los japoneses que trabajan con el turismo saben todavía menos que los nuestros. No lo hubiese imaginado en la vida.
Llegué a mi cápsula con reservas. No me siento cómodo en los espacios cerrados (todavía recuerdo cómo tuve que dar media vuelta cuando me proponía entrar a las tripas de una pirámide de Giza. Y sólo había dado tres pasos...), y la idea de dormir en una especie de cajón-congelador no me seducía en absoluto. Sin embargo, las cápsulas tienen una cortinilla de mimbre en vez de puerta, de modo que nadie puede encerrarte. La desventaja es que pierdes mucha intimidad, pero así es imposible sentir claustrofobia. El hotel contaba con decenas de cápsulas en fila, con pasillos larguísimos lleno de celdas a doble altura. Si las cortinillas tienen que amortiguar el ruido de un pasillo repleto de viajeros, la experiencia de ruido debe de ser horrible en temporada alta. Por suerte, no había nadie más con nosotros.
El típico pasillo de un hotel cápsula.
Antes de salir a ver Tokio curioseamos un poco el hotel. Nos facilitaron taquillas para las maletas, pijamas y hasta cepillo de dientes. Ni siquiera en eso nos parecemos: es bastante habitual que los hoteles te ofrezcan cepillos de dientes de usar y tirar. La pasta de dientes ya está entre las cerdas para que no tengas que comprarla: simplemente abres el plástico, te cepillas y lo usas (quizá te dure un cepillado más, pero quién va a apurar el gel cuando tienes cientos de cepillos desechables esperándote en recepción). Es un inventazo, pero me pregunto dónde acumularán tanta basura.
El hotel cápsula tiene otra desventaja, y es que tienes que compartir baño. En esto también me sentí un viajero del pasado: nunca he visto un retrete con tantos botones y sonidos. Tenía tantas funciones que llegué a dudar si había utilizado alguna vez un váter. Lost in Translation total.
Como todavía podíamos robarle unas horas al día, fuimos a conocer el barrio. No sin cierta dificultad, la recepcionista nos recomendó un templo budista cercano. Mientras íbamos de camino me fijaba en todos los viandantes y me divertía comprobar cómo cambian las proporciones: cuando vas a Japón, los nipones son la mayoría. De hecho, durante toda la semana tuve la impresión de que éramos muy pocos los occidentales. Esperaba ver más turistas. ¡Es Japón! Uno cree que todo el mundo se muere por ir.
Por fin llegamos al templo en cuestión, que seguro que tiene un nombre complicadísimo porque no lo consigo recordar. Otra recomendación: cuando visites Japón, empápate de su mitología con antelación. Es muy frustrante ver perros, dragones y señores gordos y no hacerse a la idea de lo que representan. Haz los deberes antes, porque lo disfrutarás mucho más.
Además del templo, imprescindible, dimos los primeros bocados a la comida japonesa local, la de los puestos callejeros. Ahí conocí por primera vez en mi vida lo que es el azar, porque te tienes que conformar con señalar una bola y pagar antes de descubrir si es carne, guisante o dulce. Cuando no sabes japonés, comer en Japón es casi una situación de riesgo. Menos mal que soy de buen comer y no le hago ascos a casi nada.
También presté mucha atención a los japoneses. Una cosa es verlos en España, uniformados de turistas y con la cámara de fotos siempre a mano, y otra cosa muy distinta es contemplarlos en su país, donde hacen las cosas del día a día. A excepción de algunas mujeres en quimono (y con calcetines blancos bajo las sandalias, al más puro estilo Benidorm), visten igual que los madrileños. Muy sobrio y normal. Sobre todo las mujeres. Los hombres, curiosamente, arriesgan más. Pero en general la vestimenta de la calle es tan occidental que aburre. Tienes que mirarlos a los ojos para recordar que estás en Asia.
Una vez agotado el barrio, nos fuimos a dormir. La experiencia en la cápsula no fue tan mal (aunque no entendía nada de lo que echaban en la televisión). Había que dormir. Próximo destino: Kioto.

Cuatro años en Madrid

Quizá porque uno no elige el día que nace, vivo con más ilusión mis aniversarios madrileños que los cumpleaños. Yo decidí venir aquí, yo asumí las consecuencias. Hoy cumplo cuatro años en Madrid y no me pongo de acuerdo sobre si es un montón de tiempo o nada. Lo único seguro es que quiero seguir en la ciudad. No todos pueden decir que viven en la ciudad en la que querrían estar, la ciudad en la que querrían morir. Si me tengo que morir, que la Parca me pille en Madrid.

Todos los «madridversarios» dibujo una historieta para recordarlo. El primer año publiqué una trilogía, el segundo año escenifiqué mi apocalipsis ideal (lo que sea, pero en Madrid) y el tercero, vaya, coincidió con que el blog estaba cerrado. Como me apetecía celebrar mi «madridversario» de todos modos, dibujé una historieta que sólo salió en la cuenta de Facebook y Twitter. Por eso la publico ahora aquí (y también porque este año no tengo tiempo para dibujar nada, pero esperad al lustro madrileño, esperad...). Mientras tanto, gracias a todos los que habéis hecho de esta ciudad la mejor del mundo. No iba a ser por Cibeles, idiotas. Es por vosotros.


Crímenes peores

Hace un par de meses, entre movimientos de sobres y chismorreos ducales, una noticia de peso pasó sin pena ni gloria. La medioprotagonizaba Angelina Jolie, actriz, que todavía será uno de los personajes del año por una causa ajena a su carrera cinematográfica, pero tampoco por esta. No, lo de su operación de pecho fue después, y no tiene nada que ver la noticia que se escurrió entre chorizos. De lo que habló la primera vez fue de violaciones en conflictos bélicos. Es muy posible que no lo recuerdes. Estamos a cosas mucho más importantes.
Las guerras sacan lo peor de cada pueblo. Se roba, se mata y a veces, por qué no, se viola. La agresión sexual se acepta como un problema inevitable de los conflictos, cuando la realidad es que es un simple capricho de los criminales, que aprovechan el caos para practicar la depravación.
Sería ingenuo pensar que las violaciones no tienen nada que ver con las guerras, pero no es así: los hay que violan a niños y mujeres aprovechando el descontrol y la ausencia de ley, pero en muchos casos estas violaciones son un arma más del conflicto, cuando los combatientes las emplean para humillar y destruir, como quien coloca una mina antipersona en lo más profundo de su enemigo. Los violadores lo hacen a veces por iniciativa propia, otras por orden de su superior, en un afán de llevar un paso más la destrucción de la guerra. Lo hemos visto en el mundo desde que nos alcanza la memoria: pueblos donde no quedó un hombre en pie, pero todas las mujeres tuvieron que cargar en su útero un hijo de su enemigo. También hay lugares, en la misma Europa contemporánea, donde las mujeres hubiesen deseado la suerte de las que murieron, porque por lo menos no tuvieron que malvivir con las consecuencias psicológicas de las violaciones de sus enemigos. Seguirán heridas de mente por mucho tiempo. También los republicanos violaron a monjas en la Guerra Civil, y los nacionales hicieron lo propio con las «rojas» porque, total, no les iba a importar siendo tan frescas. Repugnante todo.
Mientras tanto, la relatividad internacional ha hecho siempre la vista gorda con este tipo de crímenes y ha actuado con una alarmante pasividad, tratándolos de falacias en el peor de los casos y de «trastadas» en los más positivos. No iba con la guerra, punto. La concepción de violación de guerra es la misma desde la antigüedad, restándole importancia y separándolo de los crímenes de guerra comúnmente aceptados. Pero como Angelina Jolie dijo en su discurso ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, no son hechos ajenos. Merecen la misma persecución que cualquier otro crimen de guerra. Su fin no es ni más inocente ni menos destructivo, y flaco favor hacemos a nuestra especie, a nuestra dignidad humana, si no llamamos a estas violaciones por su nombre. La actriz, alineada con Acnur, la agencia de la ONU para refugiados, consiguió el apoyo por unanimidad a su propuesta de equiparación de crímenes. Que nadie se permita dudar al respecto, ni que una violación se persiga con menos ímpetu que cualquier otro crimen de guerra, porque puede ser tan nociva o más que el arma más peligrosa. No son acontecimientos accesorios: las violaciones de guerra son una estrategia bélica monstruosa que no puede quedar impune. Estas son las noticias que pasan sin pena ni gloria por la televisión, pero que significan mucho más que las trivialidades que nos angustian a diario.

La próxima viñeta la protagonizas TÚ

Como somos mil en Facebook...

Gabriel García Márquez en «La historia secreta de la literatura en cómic (xv)»



El Gabo es el primer autor vivo (y el último) de la serie La historia secreta de la literatura en cómic. Lee el resto de historietas aquí.

El Prado de los Megalómanos

© B. Díaz
No tienen motivos para preocuparse. Si creen que nos vamos a olvidar de ellos, que se queden tranquilos: han hecho méritos de sobra para escribir sus nombres en la historia reciente de España con tanta fuerza que traspasa el papel y estropear las páginas de detrás. La trayectoria de los políticos españoles y de la partitocracia desde que que España is different es tan extraordinaria, obra del mejor humorista, que no necesitan grabar sus nombres en piedra para que las futuras generaciones los tengan presentes en sus oraciones. Los españolitos tenemos una memoria muy corta y menos estímulo de reacción que un caballito de mar, pero de esta no nos olvidamos. Otra cosa no, pero rencorosos somos un rato.
Ellos, que no son precisamente discretos, tampoco van a dejar que su memoria se la lleve el viento, y decidieron que sus honorables (qué digo: honorabilísimas) personalidades merecían algo mucho más digno que una silla cómoda y un iPad por escaño: crearon el Prado de los Megalómanos. De ese modo, y como generalísimos ecuestres, nuestros políticos dieron el pistoletazo de salida a una época artística en la que los mejores pintores españoles (o no necesariamente los mejores, pero sí los más caros, los de más renombre) los inmortalizarían en lienzos monstruosos para satisfacción de su ego y castigo a nuestras retinas. Las placas de «Esto lo inauguró Fulanito» se habían quedado cortas.
No es la primera vez que los poderosos protagonizan los cuadros. El mecenazgo ha existido desde siempre, y sin él seguramente no contaríamos con obras claves como las de Goya o las de Velázquez. Por citar a dos entre un millón, porque antes o te pagaba el rico o no te pagaba nadie. Pero salir de una dictadura personalista y continuar con estas tretas de culto al poder, y a costa del dinero público, es imperdonable. Ni en un final de siglo XX ni mucho menos en el XXI. Los políticos, enamorados de ellos mismos, se han convertido en parodias de la maja desnuda a un precio elevadísimo para los españoles. Los pasillos y salones de las instituciones públicas se han llenado de retratos de presidentes de Gobierno, pero en este Prado de los Megalómanos también tenemos la planta dedicada a los retratos (o bustos, no se cortan con nada) de los ministros de Industria, y también el pasillo con los secretarios de Estado de Energía, y a poco que busques, encuentras la salita donde están inmortalizados los subsecretarios de los subsecretarios del departamento de bombillas incandescentes, todos ellos retratados por artistas con presupuestos que no se pagan con los impuestos mensuales de los empleados de una fábrica de tuercas.
Así es habitual que Antonio López pinte al exministro Álvarez-Cascos (los que mandan dicen que es la tradición, pero es que la tradición la han inventado ellos) o que Ripollés haga una estatua esperpéntica inspirado en Paco Fabra, todo a costa de nosotros. Así es habitual que un Mariano Rajoy, como presidente de España, no sólo cuente con su retrato o retratos presidenciales colgados en varios edificios institucionales (y siempre firmados por los mejores, estaría bueno), sino que se puede montar una exposición digna del Museo Thyssen-Bornemisza con todos los lienzos que le han dedicado en cada uno de los cargos que ha desempeñado antes: su retrato como vicepresidente de la Junta de Galicia, el de ministro de Administraciones Públicas, el de Ministro de Educación (que por supuesto necesita un cuadro distinto, porque si no queda un hueco horrible en el pasillo del ministerio), también su retrato como ministro de Interior, el de la Presidencia, el de vicepresidente primero, y así hasta siete retratos en su honor, de siete épocas distintas (he visto galerías con menos), para su satisfacción personal y sin ningún beneficio para nosotros.
A nuestros políticos les gustaría ser las meninas de los siglos venideros. Que la gente se pasee por los museos del futuro y tenga que mirarlos a los ojos para disfrutar de las obras de los pintores de hoy. Eso sí que es una herencia, y no lo que dejó Zapatero. En este país hay suficientes retratos y bustos de políticos para llenar cinco Prados con sus sótanos.
El segundo problema es que, al final, el dinero se lo llevan los de siempre. El mecenazgo de las instituciones consiste en pagar a los que ya cobran mucho, no en dar una oportunidad a los recién llegados. El tercer problema es que los políticos se creen que esta es la única forma de promocionar las artes, cuando podrían hacerlo de muchas otras formas. Y mucho menos ególatras. El fusilamiento de Torrijos es un buen ejemplo de ello: fue un encargo del gobierno de Sagasta como recuerdo a la defensa de las libertades. Pero sería mucho pedir que los político de hoy le encargasen a Antonio López un cuadro del que podamos sentirnos orgullosos. A lo mejor es que no encuentran inspiración en nuestra historia reciente. La Transición, la lucha cívica contra el terrorismo, incluso el hartazgo del 15-M: para qué. Mejor cogen nuestro dinero y encargan sus retratos. Así sus vergüenzas se verán por los siglos de los siglos. Bien pensado, es un alivio que los cantares no tengan la popularidad de los años del Cid Campeador, o nuestros políticos les encargarían versos en su tributo a Marías o Vargas Llosa. La pintura sería sólo el principio. Lástima que no se les haya ocurrido antes.

La frase de tu vida

Cada casa tiene sus normas. En algunas se vuelve antes de las once, en otras está prohibido el reguetón so pena de muerte y en la mía uno no puede irse sin elegir su frase. La que más lo representa; su leitmotiv, para entendernos. No es que obligue a cada recién llegado a juntar palabras a la virulé, sino que lo llevo a la cocina y lo planto frente al catálogo de veinte frases de sobrecito de azúcar hasta que da con la suya.
No sé si esto habla bien de mis invitados, pero nadie ha pedido nunca explicaciones. Entienden la petición a la primera, guardan un respetuoso silencio y no paran (a veces tardan diez segundos, otras veces cinco minutos) hasta que de pronto interrumpen lo que estoy haciendo con un «Ya tengo mi frase». Y nunca dudan entre dos opciones ni tampoco renuncian al reto. Hasta hoy, todos han salido de casa con una frase bajo el brazo.
La elección de frase de mis invitados me provoca una curiosidad insana. Ellos no lo saben, pero con un imán de tres palabras revelan más que con su libro favorito o el tipo de desayuno que hacen. No juzgo a nadie por su elección, tranquilos, pero me gusta conocer un poquito más de la gente que ya conozco. Porque por mucho que conozca a mis amigos (por mucho que creáis conocerlos) es prácticamente imposible adivinar cuál elegirían. Haced la prueba e intentad adivinar la frase de vuestros mejores amigos. Después pedidles que elijan la suya. No os frustréis si os habéis equivocado, que aquí entra aquello de que una cosa es lo que creemos que somos y otra lo que otros creen. Pues con la frase no iba a ser menos.
Las veinte frases dan para mucho. Veinte frases para veinte grupos, lo que deja a los nueve del eneagrama en una categoría de chichinabo. Entre las opciones, me gusta la gente que elige «Soy feliz». ¿Quién no quiere a gente feliz cerca? Me gusta mucho cuando alguien escoge «Cuida a tus amigos» (que todos tomen nota de esta, aunque no la escojan de lema). La de «Recibes lo que das» me da un poco de mal rollo, porque no sé si tomarla a buenas o a malas, igual que «La vida es breve». Hay frases empalagosas como «Te quiero» y preocupantes como «Quiéreme» (puedo jurar y juro que nadie las ha elegido en mi casa). Con tanta variedad es difícil no dar con una, pero lo cierto es que cuando encontré estos imanes ya había elegido mi frase. Casualidades de la vida, había un imán con una que ya había adoptado unos años atrás. Hasta tuve un iPod con la frase grabada, justo antes de mi nombre. Era justo «Sé tu mismo», que todavía hoy revalido. No es la mejor del mundo (¿por qué ser uno mismo, cuando se puede ser mejor?) pero no puedo desprenderme de mi leitmotiv a la torera. A veces sería capaz de hacer idioteces por tomar el camino fácil y, como me conozco, sé que después me arrepentiría. Por eso está bien recordarse lo que uno es, que en verdad es aquello en lo que uno cree, para no hacer el idiota. O hacer el idiota, sí, pero sin hacer daño a nadie. En eso consiste mi «Sé tu mismo», aunque podría ser «Vive y deja vivir» o «Sé bueno». Lo de ser bueno está infravalorado. La gente prefiere ser inteligente, lo cuál, irónicamente, es una enorme estupidez. Una cosa es tener unos principios sólidos y otra muy distinta llevarlos hasta el final. Mi reto es para toda la vida.
Hace unos días hice un alto en el Prado para volver a ver mi cuadro favorito, El fusilamiento de Torrijos del valenciano Antonio Gisbert. Unos minutos después hablé con A.A. por teléfono, quien conoce bien el cuadro y me regaló una postal antes de saber que es mi preferido. Cuando le dije que es una pintura que me llena de optimismo, A. no se lo creía. «Pero si terminan fatal», me dijo. Razón no le falta: todos muertos, con sus ideales. Puede que el desenlace de los personajes sea catastrófico, pero me parece un final admirable: esos hombres murieron haciendo lo que creían, siendo ellos mismos. Ser tú mismo es fácil en algunas circunstancias, pero no cuando la vida te aprieta y los caminos fáciles son los más tentadores. Para mí, Torrijos y sus compañeros terminaron bien, aunque no sirviese de nada. Terminaron fieles a lo que creían y eso no se ve todos los días. Nosotros no nos enfrentamos a reyezuelos absolutistas, pero sí a retos diarios en los que decidimos entre ser egoístas y pasar de puntillas o marcar la diferencia. Ojalá hubiese más Torrijos en el mundo. Ojalá la gente creyese en algo, algo bueno y noble, y estuviese dispuesta a todo por defender su causa hasta morir.
Ahora te toca a ti: ¿cuál es tu frase?


A por la #CadenaPerpetua

Debemos de ser muy listos. Un pueblo de antología. Basta ver lo bien que votamos para comprender que estamos tocados por la gracia de Dios. Y como el PP es el principal beneficiado de este nuestro don  para separar la sal del azúcar y los benditos de los de cuidao, quiere marcarse otro hito en su legislatura de los sueños (esta se va a recordar por muchas décadas. Todos la pifian antes de salir, pero los de Rajoy han sido de traca desde el primer día) y se inventa eso de la «cadena perpetua revisable». A estos les gustan los líos de altura.
Las cosas en su contexto: España sigue siendo una democracia joven, con sus complejitos de posdictadura, y el hecho de que la Constitución apostase por la reinserción social en vez de por el aquí-te-quedas tiene mucho que ver con el cuadro del que salíamos; cualquiera se quiere parecer a Franco. Hay muchos países de larga tradición democrática donde conviven con la cadena perpetua y nadie se escandaliza ni los llama a consultas. Ninguno debería escandalizarse si el partido gobernante quiere someternos a un debate en profundidad sobre lo que queremos hacer con nuestros reos más peligrosos: es lo lógico y lo natural, y lo propio sería discutirlo en las instituciones. Pero claro, el PP no quiere esto. El PP no hace las cosas como un país normal. El PP dinamita la reinserción social (que de todos modos era un fraude y uno de los principales fracasos de nuestra democracia por una carencia evidente de medios) para sacarse de la manga la cadena perpetua a lo Rajoy Style: #CadenaPerpetua con trending topic
Así, en el invento más genuino de este equipo de gobierno (y ahí no falta el ministro Gallardón, el lobito con piel de cordero que no estaba a ese lado de la línea por casualidad), crean la cadena perpetua inexistente en España pero lo hacen por la puerta de atrás. De tapadillo, como las cosas que nos dan vergüenza. Y lo que inventan no es una cadena perpetua para delitos gor-dí-si-mos y continuados (yo qué sé: ahogar a cincuenta viejas con calcetines sudados o envenenar los bocadillos de nocilla en un campamento durante años. No tengo la imaginación del villano), sino que deciden que esta cadena perpetua Rajoy Style, este salto cuantitativo en los derechos y obligaciones de los españoles (tremendo en el campo penal), se aplicará únicamente cuando «la sociedad considera que no hay años bastantes para que una persona recupere la libertad por el daño realizado». Lo has entendido bien: la razón para que uno se pase cincuenta años en prisión en vez de veinte no es el delito, sino lo que piense la sociedad. Si las prisiones estuviesen en los pueblos, uno no salía hasta después de muerto.
La duda es razonable: si es la sociedad quien considera que el reo debe permanecer en prisión ¿cómo pone el juez ese termómetro? ¿Va preguntando uno por uno, o echa un vistazo a las pancartas en la puerta del juzgado? ¿Se fía por los minutos que dedican al caso en el telediario o propone dos hashtags (#CadenaPerpetua y #LibertadPorFavor) a ver cuál es antes trending topic? ¿Nos hemos vuelto locos?
Por lo menos, el gobierno dice que sólo lo aplicará a casos de terrorismo. La Asociación de Víctimas ya está preparando sus #QueNoSalga y las pancartas, pero esta excepción no nos puede tranquilizar. Una vez abierta la veda de la cadena perpetua para el terrorismo (la cadena perpetua más chapucera y cuestionable del mundo, porque se basa en una percepción popular en vez del delito en cuestión. ¡Así es España!), cualquier delito para seguirlo después. Si aprueban esta reforma, cualquier modificación posterior para ampliar los delitos será muy fácil. Las penas ya no serán las que marque el Código Penal, sino los locos que acusan con el dedo a la puerta del juzgado. El pueblo, que lincha a la menor. Si queremos cadena perpetua (y lo podemos debatir, que nadie se eche las manos a la cabeza) tiene que ser con unos fundamentos, y no a base de trending topic. Si el gobierno sigue adelante con esto, podemos hablar de la reforma más grave y dañina de la legislatura.

Vuelve «Libreros», el webcómic sobre libreros


«Libreros» regresa después de más de un año de parón. Puedes seguir las anteriores historietas aquí.

Mi día como interventor

Hace dos años, después de las elecciones municipales y autonómicas, escribí un post con mi experiencia (o entrada, o artículo, o como demonios lo queráis llamar. Post es un anglicismo demasiado evidente y artículo o columna resulta demasiado pretencioso para alguien como yo). Aunque no milito en ningún partido político, durante esa campaña colaboré con UPyD y me pidieron (como a cualquiera que pasa medio minuto por ahí. No os creáis que existe un proceso de selección de ningún tipo) participar en la jornada electoral como apoderado. Dije que sí. Todavía no sabía lo que me esperaba (porque ser interventor es, sobre todo, un aburrimiento. Y naturalmente lo haces gratis).
Después de escribir mi experiencia de aquel día, decidí guardar el texto en un cajón y jamás lo publiqué. Voy a hacer memoria: creo que lo hice porque no quería significarme tan abiertamente por un partido político, y decir a las claras que había colaborado en un colegio electoral, durante una jornada de elecciones, me parecía una declaración a los cuatro vientos. La otra opción era ocultar las siglas del partido para el que había sido interventor, pero bien pensado, eso sería peor: prefiero posicionarme por uno que ser sospechoso de colaborar con otro; no hay más que ver el patio. Supongo que ahora me da un poco igual lo que piense nadie porque estoy muy lejos de ser el votante perfecto, que defiende a su partido sobre todas las cosas. Como sigo sin tener el carné de ninguno, no tengo que rendir cuentas. Tampoco me hace falta recular. No tengo nada de lo que avergonzarme. Si recupero este artículo ahora, es por dos motivos: a) no tenía ninguno para este domingo (el más poderoso) y b) conviene recordar que hay muchos modos de falsificar unos resultados, y si esto ocurre en un colegio electoral de Madrid, no quiero pensar lo que pasará en una aldea abertzale adonde no va ningún apoderado de la oposición. También porque quiero pensar que la urna no son las elecciones, sino el final de las elecciones, y que hay muchas más formas de violar la democracia que cambiar las papeletas de sitio. Eso lo digo por Maduro en Venezuela, donde no dudo (o prefiero no dudar) que sus votos son los que dice, pero eso no lo convierte en más democrático, cuando ha aplastado los principios democráticos en cada fase hasta antes de abrir el colegio electoral. Que la votación sea de acuerdo a la ley es lo de menos, cuando el proceso previo ha apestado desde el principio. Una junta electoral no sólo debe sumar papeletas, sino velar por la dignidad de la democracia desde el minuto uno. Maduro no tiene ni idea de qué va eso. Pero no me enrollo más. Esto es lo que escribí en mayo de 2011:

El 22 de mayo ejercí de apoderado en un colegio electoral, lo que significa que tuve que cuidar porque el proceso fuese lo más limpio posible. Yo como representante de UPyD, frente a seis del PSOE y casi una quincena del PP. De IU ni rastro, así que me atribuí la responsabilidad personal de que sus papeletas estuviesen visibles de sol a sol. Una de las costumbres más típicas de las jornadas electorales, como fotografiar a las monjas votantes o a la novia que pasa por la urna antes de ir al altar, consiste en tapar las papeletas de los partidos que no te gustan. Así la gente no las encuentra y no las puede votar. A muchos les da palo preguntar dónde están las papeletas de X partido, así que votan en blanco o eligen cualquier otra opción. Es un éxito para los saboteadores. Durante la jornada electoral vi como la pila de UPyD e IU desaparecía unas cuantas veces, mientras que la del PSOE y PP estaba siempre visible. Me ocupé de rescatar la de los comunistas tantas veces como la de los magentas; me gustaría pensar que ahí donde no hay interventores de todos los partidos, hacen lo mismo con otros. Si no a qué jugamos a la democracia.
El ambiente entre apoderados fue bueno todo el día, hasta el momento del escrutinio: ahí es cuando algunos, no importan las siglas, sacaron su peor rostro. Querían que las papeletas partidas por la mitad contasen a su favor, pese a que el votante había querido expresar precisamente su repulsa (y yo vi a más de uno romper la papeleta con saña un segundo antes de meterla en la papeleta. ¿Cómo le sentaría a ese que luego su voto sumase al que quería criticar?). Si había treinta papeletas rotas del PP y otras tantas del PSOE, se las contaban como votos buenos. «Es lo que hemos hecho siempre», me dijeron sin ninguna vergüenza. Lo mismo con las tachaduras y anotaciones del orden de «chorizos»: también querían sumarse los votos como válidos. No es que quisiesen: es que así lo llevaban haciendo desde hacía nosecuantas convocatorias electorales. Yo, que soy tan ingenuo como para creer que nadie puede jugar tan sucio en democracia, tuve que acabar llamando al responsable de centro (que obviamente, me dio la razón). Los otros seguían erre que erre con que «El manual no dice expresamente que una papeleta partida en dos no sea una papeleta». El manual está escrito para gente con sentido común, no para relativistas de la democracia. Gracias que no llegó la sangre al río. El responsable del Ministerio de Interior se puso de mi parte, y a partir de ahí hicieron la de donde dije digo digo Diego.
El proceso, tan riguroso desde que se abren hasta que se cierran las urnas, pierde todo su rigor al empezar el recuento. Presencié seis escrutinios y en los seis, podrían haber manipulado los resultados de cualquier forma: estaba cada uno tan concentrado en lo suyo, sin mirar lo que hacía el de al lado, que cualquier apoderado podría haber abierto su mochila, sacar papeletas de su partido y dar un cambiazo de votos por los suyos. Estoy seguro de que no ocurrió en mi colegio electoral, pero por lo que presencié en las seis mesas, podría haber ocurrido en todas. Miedo me da lo que ocurrirá en otros lugares.
Lo que salió de algunos sobres también es interesante, porque al final las papeletas rotas son lo de menos: los hubo que escribían peroratas en papel de libreta («¡El sistema es un fraude!» y otras sentencias del estilo), los que hacían dibujos o incluso el que se curraba un voto en blanco con una auténtica papeleta en blanco en el interior. Hubo quien se me acercó al salir del colegio electoral para preguntarme si UPyD es el partido de Rosa Díez, «porque acabo de votar y espero no haber metido la pata», o el que nos decía que todo era una mentira. Otro compañero me contó que la hermana de cierta presidenta votó en su colegio y le dijo: «Yo voto a UPyD en generales, europeas y municipales, salvo en autonómicas, pero porque está mi hermana».

No es que «Friends» no vuelva

Pertenezco a la (multitudinaria) generación Friends. Recuerdo ver los capítulos a mediodía, en una televisión minúscula, y discutir con mis hermanos sobre quién era el más insoportable del grupo (la incógnita se reducía a Phoebe o Joey. Yo apostaba por este). También recuerdo las noches de los domingos, cuando Canal+ estrenaba episodios nuevos y nos tragábamos los especiales previos, porque hace nueve años la idea de descargar series por Internet era inimaginable y apenas existían comunidades fans con las que intercambiar espóilers. Todavía descargábamos la música con Napster, con eso lo digo todo. Y recuerdo la emoción del episodio doble final, cuando conocimos el desenlace de cada uno, y la sensación de nostalgia absoluta en el momento en que los personajes dejaron las llaves de la casa principal en la encimera y abandonaban uno a uno el decorado más famoso que ha dado una serie de televisión. Aún hoy, casi una década después, se me ponen los pelos de punta al recordar el barrido a cámara lenta del salón vacío, para siempre, porque Friends no iba a ser Friends nunca más. Supongo que una de las virtudes del guión, además de ser muy divertido, es que nos metió en la ficción y los hicimos nuestros amigos.
Con un producto tan redondo que terminó más por cuestiones presupuestarias (¡y sin efectos especiales! Pura nómina de reparto) que de audiencia, es normal que no paren de salir rumores para el regreso. Con el décimo aniversario a la vuelta de la esquina se multiplican, y los creadores no quieren jugar a la doble decepción. Por eso sale Marta Kauffman (¿cuántas veces vimos su nombre en los créditos?), cocreadora de la serie, y desmiente que vayan a volver. Pero las declaraciones de Kauffman no terminan ahí, sino que van más lejos cuando explica: «Friends era sobre una época de tu vida en la que tus amigos son tu familia, y cuando después formas una familia, ya no hay necesidad». No es que los chicos de Friends no vuelvan, sino que para la creadora, prácticamente han dejado de existir como tal.
Las palabras de Kauffman llevan días dando vueltas a mi cabeza. De pronto me he descubierto siendo mucho más fan de la serie de lo que creía (estaba en la media de la Escala Fan) y preocupado por replicar a una verdad dolorosa: cuando creas una familia, renuncias a tu vida anterior.
Me preguntaba qué habría sido de Chandler, Monica, Rachel, Ross, Phoebe y Joey. ¿Se verían con los niños corriendo debajo de la mesa? ¿Sus conversaciones se transformarían en aburridos intercambios sobre pañales y vacunas, o mantendrían su esencia sin renunciar a la paternidad? ¿Seguirían siendo amigos, en resumen, o se transformarían en simples colegas que se reúnen de tanto en tanto, como en un aniversario de graduación?
Seguí pensándolo y comprendí que los destinos de los personajes de ficción no me importaban tanto. Estaría bien saber qué ocurrió diez años después, no lo niego, pero me da exactamente igual. Lo que me ha hecho pensar durante toda la semana es la declaración de la creadora y asumir esa losa en mi vida. En la de todos. En la de los que todavía estamos en esa juventud en la que los amigos son vitales, y que imaginamos que lo serán por siempre jamás. Muchos nos criamos con una idealización de la amistad alimentada por Friends, y ¡oye! no nos ha ido tan mal. La vida demuestra que se puede, que da igual la distancia o el tiempo, que tus amigos están ahí. Por eso, cuando Friends esa una figura tan idealista de la amistad, que la creadora te diga que se-acabó te cae como una jarra de agua fría. Y te lleva a preguntar: «¿Me ocurrirá a mí también? ¿Se acabará cuando crezcamos y formemos nuestras propias familias?».
Nunca sabes las vueltas que da la vida. Ni cuál es la experiencia de Kauffman para llegar a esa conclusión. Quizá sus amigos no eran tan buenos como los de su serie. O quizá dentro de quince años, cuando pase el tiempo, reciba una llamada y retoma una amistad que nunca debió abandonar. Quién sabe: quizá nos espera una madurez aburridísima, o distinta con sus virtudes y defectos, y recordemos esta época de nuestra vida, con amigos tan valiosos, como algo que fue bonito mientras duró. Pero no me lo creo. Prefiero pensar que nuestra historia de amistad no terminará aquí. Que nuestros hijos no sustituirán a nadie y serán nuevos personajes de nuestras vidas, fichajes de temporada (que se quedan para siempre). Si no, que me expliquen el «I'll be there for you».

El cobarde Mo Yan no habla

(c) Peter Lyden
España tiene un problema a la hora de encasillar a sus hordas. Si siete millones de españoles son capaces de gritar y lloriquear como animales durante la final de la Copa del Rey, nadie se sorprende por ello. Tampoco los miramos raro. Pero si yo estoy delante del ordenador siguiendo en directo desde Suecia el anuncio del nuevo premio Nobel de Literatura, con la misma expectación que sienten otros en el penalti del final, el friki soy yo. A mí que me presenten al tonto que decide las varas de medir.
La última vez, el portavoz pronunció un nombre que no recordaba haber escuchado jamás: Mo Yan.
Corrí a buscar en Internet y descubrí que sí conocía uno de sus libros, Grandes pechos, amplias caderas, aunque no lo había leído. Recuerdo que me llamó la atención cuando se publicó, pero no le presté más atención. Los otros títulos de una colección influyen, y la narrativa de adultos de la editorial Kailas no me decía nada. También tenían autoayuda. Una vocecita de mi cerebro mandó el dato al contenedor y no volví a caer en Mo Yan hasta que lo proclamaron nuevo premio Nobel. Maldición. Da rabia que te pillen sin haberlo leído.
Ya sé que los premios son lo que son, pero al Nobel todavía le tengo respeto. No es que esté de acuerdo con todas sus decisiones (Hemingway, ¿por qué tú?), pero algunos de mis escritores favoritos lo han ganado, como John Steinbeck, Gabriel García Márquez o José Saramago, y también otros a los que admiro mucho, como Heinrich Böll o Camilo José Cela. La de los Nobel es una lista reducidísima, y si bien no tienen por qué ser necesariamente Los Mejores, es raro que sean escritores malos.
Me decidí a leer algo de Mo Yan cuanto antes. Cuando la prensa empezó a cargar tintas contra él, me entraron más ganas todavía. No sabía a quién creer: unos lo acusaban de comunista y otros de luchar contra el régimen. El comentario más inteligente se lo escuché a su editor español: «Para opinar hay que leerlo». Y a eso que fui.
Leí Las baladas del ajo. Más bien, lo devoré; tuve una de esas sensaciones que sólo te da la lectura; viajé hasta la China reciente por el precio de un libro, y conocí una visión del país que no te cuentan en las películas. Disfruté con la pluma de Mo Yan (aunque más hubiese disfrutado si la traducción fuese directamente del chino, y no del inglés, como comprobé después). Aprendí muchísimo sobre su cultura (como que en China, el apellido va primero y el nombre de pila después. He necesitado veinticinco años para descubrirlo, ya sé que no tengo perdón), y me sorprendió con qué libertad escribe el autor sobre el régimen. Porque entre las muchas críticas que recibe Mo Yan es que es cobarde con el régimen, cuando no simpatizante, pero la realidad de la novela es otra: no pasa por la política de puntillas, sino todo lo contrario. La misma trama de Las baladas del ajo deja en muy mal lugar a su administración, con unos representantes que mandan plantar ajo a toda una región y que después se desentienden de la sobreabundante cosecha. La cosa se lía con razón.
Encantado con la primera lectura, y convencido de que me queda mucho buen Mo Yan por leer, continué con Rana. No tenía más elección: es el único título que Kailas ha traducido directamente del castellano, porque para leer una traducción del inglés, la leo en inglés y punto, yo que puedo. Esta vez, el cobarde Mo Yan tampoco evita las cuestiones espinosas y centra la historia en un tema sobre el que el régimen tiene mucho (o todo) que decir: la planificación familiar, es decir, la prohibición de tener más de un hijo por pareja.
El cobarde Mo Yan mete el dedo en la llaga. Y lo fascinante no es que patalee al gobierno de su país, no: lo mejor es que reparte por igual. Mo Yan muestra a miembros del Partido que son unos absolutos fanáticos, y tampoco ahorra tintas para políticas injustas o estúpidas decididas por los de arriba. Pero lo que escuece de Mo Yan, si es que algún detractor lo ha leído, es que entre los miembros del Partido también hay gente buena, y justicia, y sentido de la honradez. No hay blancos ni negros. Los enemigos de China querrían que Mo Yan escribiese cuentos de hadas con ogros que son comunistas, pero él lo hace un poco mejor. Los miembros del régimen preferirían que obviase cualquier detalle de corrupción en el sistema. Mo Yan es en realidad y seudónimo y significa «no hables». Quizá no hable mucho, pero sí escribe, y lo hace con conocimiento de causa y desde la razón. De lo que le gusta y de lo que no. Me gustaría escuchar lo que Mo Yan tiene que decir, pero si su opinión está en los libros, creo que ya lo sé (después lo he conocido mejor con una entrevista y se ha confirmado lo que creía: o sea, que sus libros no engañan en nada). Podría contártelo en una línea, lo que necesita el jurado del premio Nobel para describir los méritos de cada premiado. Pero te lo pongo mejor: léelo. Después, y no antes, opina.

Palabras que no se dicen igual en Madrid y en Valencia (Diccionario para no perderse entre las dos ciudades)

Ningún artículo del blog ha necesitado una gestación tan larga como este: son más de tres años y medio de investigación, atento a cada palabra, a cada expresión, a cada distinción, en definitiva, entre valencianos y madrileños. Porque estos dos pueblos, creedme, son muy parecidos. Mucho más parecidos de lo que creemos. Aunque muchos valencianos tomemos a los madrileños por una panda de pijos que invaden las playas en verano, y los madrileños creamos que los valencianos no han superado la Ruta del Bacalao (metamorfoseada en un plató de Mujeres, hombres y viceversa), en realidad no hay tantas cosas que nos distingan. En el día a día, de hecho, parecemos completamente idénticos. En todo el tiempo desde que vivo en Madrid, sólo hay una cosa, una, en la que los madrileños me han sorprendido: respetan la cola de la parada de autobús. Es un caso de civismo que no he visto jamás en Valencia, donde entran a los autobuses con la ley de la selva. Por lo demás, unos y otros somos más de lo mismo.
Donde más se distinguen (o nos distinguimos) madrileños y valencianos es en el lenguaje. El laísmo madrileño es un caso obvio, pero ni lo cometen todos los gatos, ni es su único elemento diferenciador. Cuando eres un valenciano que lleva años en Madrid (al punto que te consideras madrileño), llegas a descubrir un montón de peculiaridades de un sitio y del otro. Aunque dos regiones compartan un idioma, es increíble lo que este se puede adaptar a cada sitio sin darte cuenta. Hay diferencias muy sutiles, como la palabra crep, que en Valencia es «el crep» y en Madrid «la crep». Este cambio de género también sucede en otras palabras como regaliz, que en Valencia es femenino y en Madrid masculino (aunque no siempre es así). A veces sucede también con los acentos: la RAE sólo acepta ruin, como se dice en Madrid, pero en Valencia siempre lo he dicho y escrito ruín.
El asunto trasciende al significado de las palabras. Cuando descubrí las primeras, empecé a apuntarlas en el bloc de notas del teléfono móvil. Después de tanto tiempo, he recopilado un buen puñado de palabras que no significan lo mismo en la ciudad del oso y en la del murciélago. Os presento el Diccionario de Palabras Distintas, por si alguna vez os mudáis y sentís que os perdéis en una conversación. No es un diccionario de valenciano-castellano, sino del castellano de dos regiones. Por favor, si conocéis más de Valencia-Madrid, u otras regiones, apuntadlas en los comentarios. (Curiosamente hay muchas palabras del castellano de Valencia que no se dicen en Madrid, pero no ocurre tanto a la inversa).

Diccionario de castellano Valencia-Madrid:
acudir: ir adonde ya hay alguien. No es que en Madrid no se entienda, pero en algunos círculos me han dicho que es casi un cultismo. En Valencia, sin embargo, es muy coloquial.
ahora luego: cuando un valenciano no lo va a hacer ahora, pero lo hará luego. Ahora luego ordeno la habitación, ahora luego hago eso que no me apetece nada pero te tengo que convencer de que lo voy a hacer.
almorzar: en Valencia se refiere estrictamente a la comida de la media mañana (la que hacíamos en el recreo del cole, por ejemplo). En Madrid, es la comida del mediodía.
alpiste: en Madrid no sólo es lo que se da de comer a los pájaros. También son los frutos secos de aperitivo (sinónimo del cacao de Valencia) o el dinero con el que cuenta uno.
apardalado: en Valencia, «atontado».vTambién se utiliza «pardal» (que es «pájaro» en valenciano, pero con el mismo significado de «atontado»).
barra de cuarto: en Valencia es la típica barra de pan. En Madrid es más típico decir «pistola».
búho: en Madrid, autobús nocturno. En Valencia es casi una leyenda urbana. No he subido a uno jamás.
cacao: fruto seco de aperitivo (Valencia). También crema de labios.
cachirulo: cometa, ese juguetito para hacer volar cuando pega el viento. En Valencia lo llamamos de las dos formas indistintamente. Es de las pocas palabras típicamente valencianas de esta lista que recoge el diccionario de la RAE.
café del tiempo: café con hielo (Valencia).
calarse: ver chopar.
camal: pernera del pantalón (Valencia). En este caso, la adopción de la palabra en valenciano es clarísima (cama es pierna).
carpesano: carpeta con anillas (Valencia). 
chaqueta: en Valencia se emplea con frecuencia como sinónimo de abrigo. En Madrid, cosas del frío, la diferencia está más clara.
charrar: hablar en confianza, normalmente de trivilidades (Valencia).
chispas: ver filipinas.
chopar: mojarse mucho con la lluvia (Valencia), calarse.
chungo: persona con mala pinta. En Valencia es una palabra a la orden del día, pero en Madrid se escucha menos. Espera... ¿no será porque Valencia está llena de gente con mala pinta...? Maldición.
corva: parte de la pierna por donde se dobla la rodilla. En Madrid no llama la atención, pero lo más seguro es que en Valencia no sepan de qué estás hablando. 
¿cuánto cuesta?: si un valenciano le pregunta a un madrileño cuánto cuesta ir de un sitio a otro, seguramente pensará que le pregunta por el dinero que cuesta. Sin embargo, también se utiliza para preguntar el tiempo que lleva el viaje.
cubalitro: copón con bebida de alcohol que en Madrid llaman mini (lo cuál nunca entenderé). En otros lugares de España es cachi.
dar de sí: ver desbocar.
desbocar: en Valencia, se dice así cuando se da de sí una prenda (como cuando se deforma una manga de tanto ensancharla).
descambiar: cambiar algo (un vulgarismo con mucha fuerza en Madrid).
deslunado: en Valencia, patio de luces.
embozar: atascar un desagüe (en Valencia).
empastrar: en Valencia, mezclar algo hasta estropearlo o hacerlo inteligible. El resultado es lo que conocemos como un «empastre».
encanar(se): llorar con mucha fuerza, sin poder parar (Valencia).
entaponar: taponar.
esclafarse: en Valencia, ponerse cómodo (excesivamente cómodo, más bien) en el sillón. 
espardeña: alpargata (en Valencia se utilizan las dos indistintamente, pero «espardeña» tiene una connotación más pija). Es curioso, porque cuando he llevado espardeñas/alpargatas en Madrid (lo cuál sucede con mucha frecuencia en verano), me dicen que parezco de pueblo. Supongo que no pasan el calor que en la capital del Turia. Otro artículo de la vestimenta donde Madrid y Valencia son antípodas son los gemelos de la camisa. Me los puse una vez en Madrid y todavía estoy escuchando las risas. Allí sólo los ven en bodas y juras de presidentes del gobierno (como mínimo). En Valencia no los llevamos todos los días, pero tampoco llaman la atención.
espenta: en Valencia, la espenta es el arrojo. Decimos que alguien tiene espenta cuando tiene iniciativa.
espolsar: sacudir un objeto para quitar la suciedad (en Valencia), como el mantel tras la comida o las sábanas para ventilarlas.
estrenas: otra forma de decir aguinaldo en Valencia (aunque esta también se utiliza).
filipinas: expresión que se grita cuando dos personas dicen la misma palabra a la vez (en Madrid es más típico chispas).
finca: en Valencia, finca también es sinónimo de un bloque de pisos (cada número de una calle). Si oyes a un valenciano hablar de su finca, no significa necesariamente que vive en un latifundio lleno de bueyes. También puede referirse al edificio donde está su piso en el barrio más humilde de la ciudad.
galería: en Valencia se llama así a la terraza cubierta donde se suele tender la ropa.
ganchitos: risketos (esas cosas que nos ponían los dedos naranjas en los cumpleaños).
guarrazo: en Madrid, caída con derrape.
hacer una película: en Valencia preguntas por las películas que hacen en el cine para referirte a las que ponen en el ABC Park o el Lys; las que puedes ir a ver en cartel, básicamente. En Madrid, el único que «hace una película» es el director y los actores. Las películas están en en el cine, no las hacen.
longaniza: en Valencia, la longaniza es el embutido más artesanal. Salchicha se emplea sólo para los envasados de fábrica (tipo Óscar Mayer). En Madrid, salchicha es genérico para los dos.
lumi: asidua de la calle Montera, es decir, PUTA (Madrid).
mini: ver cubalitro.
mocho: en Valencia, fregona.
mollete: en Madrid, pieza de pan plano y redondo.
mostoso: húmedo y mugriento. La bayeta de la cocina cuando no la limpias, por ejemplo (Valencia).
niqui: en Madrid es otra forma de referirse al polo, la prenda de vestir.
oliva: aceituna (Valencia). 
paella: además de la comida (como es obvio), en Valencia también se llama «paella» al recipiente. Fuera es más común llamarlo «paellero». Esta falta de variedad de vocabulario también afecta a «fallas», que se utiliza tanto para monumentos,  corporaciones y fiestas a la vez.
papas: los valencianos distinguen claramente las patatas fritas de McDonalds de las de bolsa (tipo Lay's), que los madrileños también llaman «patatas fritas de bolsa». A estas los valencianos las llaman simplemente papas. A las patatas en estado natural no las llaman papas (como hacen los canarios), sino patatas, igual que los madrileños.
paraeta: puesto de feria o de comida en Valencia.
Pascua: es el modo popular de referirse a la Semana Santa en Valencia. Prueba de ello son dos de los bocados típicos de estas fechas: la mona de Pascua (con su huevo) y la longaniza de Pascua. El asunto Semana Santa/Pascua tiene su miga porque teóricamente, la pascua empieza al terminar la Semana Santa. Al final no sé cómo los valencianos han acabado sustituyendo un término por otro: quizá influya el hecho de que las vacaciones se alargan un poco por la festividad de San Vicente, juntándose ya con la Pascua propiamente dicha, y de ahí la confusión. Si alguien puede arrojar luz en los comentarios, que no se corte.
pelarse clase: faltar a clase, hacer pellas (en Valencia).
picatostes: ver tostones.
poner a parir: me encanta la cantidad de acepciones que dan los valencianos a «poner a parir» o derivados. En Valencia, «poner a parir» significa criticar a alguien o poner a alguien al límite de sus nervios, también se dice que un sitio «está a parir» cuando no cabe ni un alfiler.
rajar: en Madrid es sinónimo de hablar mucho. En Valencia, sinónimo de criticar negativamente.
rampa: calambre en la pierna (en Valencia).
rentar: apetecer (en Madrid). 
repelar: rebañar un plato (en Valencia).
resopar: en Valencia, cenar por segunda vez (normalmente a primeras horas de la madrugada). He oído recenar alguna vez, pero las menos.
retortero, al: en Madrid, tienes alguien «al retortero» cuando está interesado en ti. Para algo más que venderte algo, claro. 
rosquilleta: producto de panadería (muy bueno con jamón serrano, por cierto).
salchicha: ver longaniza.
sucar: mojar en el plato (en Valencia). Aquí se nota otra vez la influencia del valenciano. Es curioso, porque la mayoría de peculiaridades del castellano de Valencia frente al de Madrid tienen que ver con comida.
suéter: en Valencia, es otro modo de llamar al jersey (lo más correcto sería decir que sudadera, porque suéter viene del inglés sweater, pero se utiliza indistintamente).
teléfono escacharrado: como se conoce en Madrid al juego infantil del teléfono loco.
tener angustia: sentirse mal (en Valencia). 
terrao: la azotea de un edificio (en Valencia). Al principio de vivir en Madrid vivía con dos personas del norte de España. Cuando les pregunté si la finca (el edificio) tenía terrao (azotea), casi me tomaron por loco. Después dijeron que no lo sabían, lo que a mí me sorprendió porque ya llevaban años viviendo en el edificio. No es raro: en el norte, es muy normal que los edificios tengan tejado por la lluvia. Los terraos o azoteas son más típicos de otras zonas como Valencia o Madrid, donde no llueve tanto.
torrá: en Valencia, barbacoa.
tostones: picatostes (en Valencia).
zapatillas: tengo comprobado que ninguna palabra en España cambia tanto de región a región como zapatillas/playeras/tenis/deportivas. Las que te pones para hacer deporte, vamos. ¿Cómo las llamas tú?

(Actualizado a 10 de enero de 2017)

Mi tirolés interior (y sus tres temas favoritos)

Para no afinar, canto con demasiada frecuencia. Supongo que tiene una explicación científica: es poner el cerebro en stand by y mi tirolés interior entra en acción, da igual lo que esté haciendo. Canto sin darme cuenta (la gente que me rodea, sin embargo, lo sufre mucho) y tengo una capacidad asombrosa para que se me peguen las canciones que acaban de sonar, aunque ni siquiera les estuviese prestando atención. Es curioso, porque a pesar de mi capacidad extraordinaria para cantar sin darme cuenta e impregnarme de lo que suene cerca, soy incapaz de aprenderme dos versos seguidos de una canción. Esa es la segunda parte de la maldición de mi tirolés interior: que no ha memorizado una canción en su vida. Ni cinco palabras juntas. Es imposible. Por más esfuerzo que ponga. Las canciones de mi cabeza son adaptaciones más libres que el concepto de Rajoy de la democracia.
Mi tirolés interior, aparte de imitar (y destrozar) las canciones que suenan cerca, tiene predilección por una selección exquisita de temas. A poco que se me conozca, es muy fácil oírme cantar El ciclo de la vida (mi tirolés interior se curra mucho los coros africanos. Es que tengo una vocación frustrada con el suajili), Noam Chomsky de Astrud o Al vent de Raimon (esta es muy curiosa, porque mi tirolés sólo la canta cuando se dan dos circunstancias: paseo por Tribunal y L.O. está cerca. He conseguido que odie el tema con toda su alma). Sin embargo, hay un podio clarísimo de los temas que más canto cuando desconecto el cerebro, y se mantiene inalterable desde hace años. No hay ninguna razón lógica para esta selección y no consigo quitármelas de la cabeza. Es como una enfermedad. Lástima que ni por esas me aprendo la letra.

Nunca debí enamorarme de Camela
No me gusta Camela. No los conozco de nada. Y ni siquiera me sé el verso principal de la canción (mi tirolés canta «Nunca quise enamorarme» en vez de «debí» y no hay modo de hacerle cambiar de opinión). Es subconsciente tiene túneles extrañísimos, y a mí me encantaría saber quién fue el demonio que me pegó esta canción.


Smelly Cat de Phoebe Buffay
Es la canción que tarareo desde hace más años sin conseguir quitarme de la cabeza. Hay personas que van al psiquiatra por menos, estoy seguro. Creo que Phoebe es buenamente culpable de mi gusto por las canciones tontas.


Con las manos en la masa de Vainica Doble
Pero el puesto número uno, la canción con la que más he mortificado a los seres humanos que me rodean en los últimos años, la que mejor me he llegado a aprender (pero todavía me falta, a pesar de que mi tirolés la canta varias veces al día) es sin duda Con las manos en la masa de Vainica Doble. No hace falta decir que no vi el programa de cocina que popularizó el tema, porque ni siquiera había nacido: lo conocí mucho después. La canción por lo menos me gusta, aunque la tengo un poco machacada. Da igual: mi tirolés no respeta ni eso. Si alguna vez vais por el metro de Madrid y escucháis los primeros versos de esta canción (o una adaptación libre; para el caso es lo mismo), cuidado: ando cerca y pego canciones.

Dictaduras que merecen la pena

El mundo está lleno de villanos. No lo digo yo: lo dicen los políticos y periodistas, que encuentran enemigos hasta en las Antípodas (mejor en las Antípodas que haciendo frontera, seguro). Los enemigos de las Antípodas tampoco se quedan cortos y desde sus púlpitos y televisiones nos la juran en los mismos términos. A ver si os creéis que los archienemigos del Mundo Guay no nos odian en igual medida: si nuestros líderes sueltan misiles dialécticos contra el norcoreanísimo, este las suelta más gordas en el Canal Nacional. Cuando los nuestros ladran contra la opresión del régimen chino, no penséis que ellos se quedan de rositas sin echar pestes de nuestro sistema. O cuando llamamos a Chávez todas esas cosas horribles que riman con -ictador, él tampoco se queda calla... Espera, él sí que está muerto, pero tendríais que ver las perlitas del delfín Maduro: menuda boca.
La nube del pensamiento occidental tiene muy clara la lista de dictaduras del mundo (más o menos dictaduras según la deuda externa que nos compran), y la oposición de turno siempre está atizando al gobierno para ponerle los puntos sobre las íes a esos déspotas dictadorcillos que la lían parda en sus naciones. Luego llegarán al poder y se olvidarán de las proclamas libertadoras, pero ya se encargará la nueva oposición (la que antes no hacía nada) de asumir el rol antidictaduras. Es la esencia misma del bipartidismo. En este juego eterno, estamos muy acostumbrados a tratar a Venezuela como una seudodemocracia gobernada por un dictador compravotos, a Cuba como un país tercermundista donde la gente tiene que trabajar una semana para conectarse cinco minutos a Internet, y a Corea del Norte como el ejemplo más vivo del absolutismo integral. A excepción de cuatro gatos trasnochados, que todavía se creen que en La Habana se vive mejor que en Madrid (como tienen que vender un millón de pulseritas para visitar Cuba, nunca sabrán la verdad), desde la izquierda moderada hasta la derecha más radical asumen que en estos países falta libertad. No necesitamos ponernos de acuerdo en este punto. Sus líderes son un ejemplo tan perfecto de villanos que hacen bueno hasta a Rajoy. Estos hombres tranquilizan la conciencia de los occidentales; es un alivio que el mal se manifiesta con tanta claridad. Lo engorroso llega cuando juega a las ambigüedades.
¿Qué es China? ¿Quién sabe escribir bien el nombre de su presidente? ¿Y de su primer ministro? Es una dictadura, sí, desde el momento en que sólo existe un partido, pero ¿son todas las dictaduras iguales? ¿Viven igual en China que en Cuba? ¿Es mejor la vida de los chinos ahora que en la época feudal? Si preguntásemos por la educación, sanidad y el pan que se llevan a la boca, seguramente sí: el groso de la población ha progresado. El comunismo (y la dictadura que lo sostiene, a fin de cuentas) ha mejorado la vida de los chinos en muchos puntos, pero no podemos contentarnos con comparar la China comunista con la feudal, porque sería renunciar a una opción que todavía está por llegar: ¿cómo vivirían mejor los chinos, con un estado comunista como el actual o en una democracia como la nuestra? Tendrían libertad de expresión, elecciones libres y un millón de derechos derivados. A primeras suena muy apetecible, pero ¿tendrían más para comer? ¿Acaso lo tenemos nosotros? La vivienda ¿sería más cara o más barata? La pobreza ¿aumentaría o disminuiría?
Cuando escucho voces tan críticas con los sistemas comunistas, asiento en la mayoría de puntos. Con unas ausencias de libertad tan flagrantes, no hay quién los defienda. Pero a las voces críticas con los sistemas comunistas, les pediría también que reconociesen aquellos problemas que sus sistemas han superado (o superado parcialmente) y nosotros no, eso cuando los hemos agravado con la libertad de mercados. Nuestro capitalismo, con todas sus ventajas, desangra a la gente con hipotecas abusivas y los echa de sus casas cuando se queda con hambre. Nuestro capitalismo no hace nada por las personas en paro, y rebaja los derechos de los pocos que tienen trabajo. Nuestro capitalismo empuja a las personas a los comedores sociales mientras los supermercados tiran toneladas de comida al final de cada jornada. Nuestro capitalismo también es una locura, y aunque nos dé más libertad que las dictaduras a las que señalamos, provoca a su vez unas deficiencias coyunturales, en asuntos de extrema necesidad, que países como China y Singapur, con todos sus defectos, podrían darnos lecciones de solidaridad y orden de prioridades. Porque es una cuestión de prioridades: ¿qué preferimos? ¿El estómago lleno o la libertad? A la gente le importa un bledo la censura cuando no tiene un plato de arroz que llevarse a la boca. Y con esto no digo que sea más valiosa una dictadura comunista que una democracia: adonde voy es a que como no nos esforcemos por mejorar esta democracia, y subsanar los errores enormes que están arrastrándonos a la pobreza, los pobres (los desgraciadamente nuevos pobres) quizá prefieran mañana el sistema de los chinos al nuestro, con todos sus defectos. Quizá se conformen con un techo, trabajo y comida antes que con un parlamento multicolor. Los chinos y singapurenses han priorizado lo primero frente a lo segundo (o les han obligado a priorizar, pero viven con ello). Nosotros estábamos muy contentos con la libertad, porque tampoco nos faltaba lo otro. Pero como no nos esforcemos por contener a este capitalismo, y lo humanicemos un poco, el capitalismo se irá al garete y también perderemos la libertad. Por supuesto que las dictaduras comunistas han hecho cosas horribles, pero también algunas positivas. Qué nos van a decir a nosotros, que con nuestro sistema hemos visto el cielo y el infierno. Pero no demonicemos a los otros porque quizá nos puedan enseñar algo que en medio de esta situación nacional tan inhóspita hemos olvidado. Yo quiero la democracia por encima de todo, pero no a cualquier precio. Si los ciudadanos llegan a la conclusión de que el pan vale más que el voto (aunque luego se equivoquen y la alternativa sea un fraude. Pero ¡ay si se convencen de ello!), podemos pasar por unos días muy grises. Hay una alternativa: admitir qué han hecho bien los villanos, qué estaba mal en esos países para que los haya que adoren a personajes como Chávez, averiguar en qué han mejorado la vida estos liberticidas a los suyos, y asumir nuestros errores para ponerlos al lado de la libertad y crear el mejor de los sistemas. No se puede renunciar a nuestros derechos, pero el camino tampoco pasa por dejar de lado los otros derechos del pueblo, ni abandonarlos frente a un capitalismo al que no hemos puesto correa ni bozal. Si la gente llega a la conclusión de que hay dictaduras que merecen la pena, es que hemos fracasado con esta democracia.