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El cobarde Mo Yan no habla

(c) Peter Lyden
España tiene un problema a la hora de encasillar a sus hordas. Si siete millones de españoles son capaces de gritar y lloriquear como animales durante la final de la Copa del Rey, nadie se sorprende por ello. Tampoco los miramos raro. Pero si yo estoy delante del ordenador siguiendo en directo desde Suecia el anuncio del nuevo premio Nobel de Literatura, con la misma expectación que sienten otros en el penalti del final, el friki soy yo. A mí que me presenten al tonto que decide las varas de medir.
La última vez, el portavoz pronunció un nombre que no recordaba haber escuchado jamás: Mo Yan.
Corrí a buscar en Internet y descubrí que sí conocía uno de sus libros, Grandes pechos, amplias caderas, aunque no lo había leído. Recuerdo que me llamó la atención cuando se publicó, pero no le presté más atención. Los otros títulos de una colección influyen, y la narrativa de adultos de la editorial Kailas no me decía nada. También tenían autoayuda. Una vocecita de mi cerebro mandó el dato al contenedor y no volví a caer en Mo Yan hasta que lo proclamaron nuevo premio Nobel. Maldición. Da rabia que te pillen sin haberlo leído.
Ya sé que los premios son lo que son, pero al Nobel todavía le tengo respeto. No es que esté de acuerdo con todas sus decisiones (Hemingway, ¿por qué tú?), pero algunos de mis escritores favoritos lo han ganado, como John Steinbeck, Gabriel García Márquez o José Saramago, y también otros a los que admiro mucho, como Heinrich Böll o Camilo José Cela. La de los Nobel es una lista reducidísima, y si bien no tienen por qué ser necesariamente Los Mejores, es raro que sean escritores malos.
Me decidí a leer algo de Mo Yan cuanto antes. Cuando la prensa empezó a cargar tintas contra él, me entraron más ganas todavía. No sabía a quién creer: unos lo acusaban de comunista y otros de luchar contra el régimen. El comentario más inteligente se lo escuché a su editor español: «Para opinar hay que leerlo». Y a eso que fui.
Leí Las baladas del ajo. Más bien, lo devoré; tuve una de esas sensaciones que sólo te da la lectura; viajé hasta la China reciente por el precio de un libro, y conocí una visión del país que no te cuentan en las películas. Disfruté con la pluma de Mo Yan (aunque más hubiese disfrutado si la traducción fuese directamente del chino, y no del inglés, como comprobé después). Aprendí muchísimo sobre su cultura (como que en China, el apellido va primero y el nombre de pila después. He necesitado veinticinco años para descubrirlo, ya sé que no tengo perdón), y me sorprendió con qué libertad escribe el autor sobre el régimen. Porque entre las muchas críticas que recibe Mo Yan es que es cobarde con el régimen, cuando no simpatizante, pero la realidad de la novela es otra: no pasa por la política de puntillas, sino todo lo contrario. La misma trama de Las baladas del ajo deja en muy mal lugar a su administración, con unos representantes que mandan plantar ajo a toda una región y que después se desentienden de la sobreabundante cosecha. La cosa se lía con razón.
Encantado con la primera lectura, y convencido de que me queda mucho buen Mo Yan por leer, continué con Rana. No tenía más elección: es el único título que Kailas ha traducido directamente del castellano, porque para leer una traducción del inglés, la leo en inglés y punto, yo que puedo. Esta vez, el cobarde Mo Yan tampoco evita las cuestiones espinosas y centra la historia en un tema sobre el que el régimen tiene mucho (o todo) que decir: la planificación familiar, es decir, la prohibición de tener más de un hijo por pareja.
El cobarde Mo Yan mete el dedo en la llaga. Y lo fascinante no es que patalee al gobierno de su país, no: lo mejor es que reparte por igual. Mo Yan muestra a miembros del Partido que son unos absolutos fanáticos, y tampoco ahorra tintas para políticas injustas o estúpidas decididas por los de arriba. Pero lo que escuece de Mo Yan, si es que algún detractor lo ha leído, es que entre los miembros del Partido también hay gente buena, y justicia, y sentido de la honradez. No hay blancos ni negros. Los enemigos de China querrían que Mo Yan escribiese cuentos de hadas con ogros que son comunistas, pero él lo hace un poco mejor. Los miembros del régimen preferirían que obviase cualquier detalle de corrupción en el sistema. Mo Yan es en realidad y seudónimo y significa «no hables». Quizá no hable mucho, pero sí escribe, y lo hace con conocimiento de causa y desde la razón. De lo que le gusta y de lo que no. Me gustaría escuchar lo que Mo Yan tiene que decir, pero si su opinión está en los libros, creo que ya lo sé (después lo he conocido mejor con una entrevista y se ha confirmado lo que creía: o sea, que sus libros no engañan en nada). Podría contártelo en una línea, lo que necesita el jurado del premio Nobel para describir los méritos de cada premiado. Pero te lo pongo mejor: léelo. Después, y no antes, opina.

5 comentarios:

Enrique dijo...

En tu Twitter has mencionado a este autor alguna que otra vez pero con esta entrada creo que al final me he decidido: Quizás me lea uno de sus libros (a pesar de que no me llegase acabar el discurso transcrito que dio cuando le concedieron el Nobel).
El problema que tiene Mo Yan y posiblemente tengan otros muchos artistas (cineastas, escritores, etc.) es que muchas veces se valora mucho más a aquellos posicionados muy abiertamente en contra de los regímenes no vistos con buenos ojos. Sinceramente, creo que hay muchos artistas a los que no mencionan tanto precisamente por esta razón (aunque puede que me equivoque, claro).
Por otro lado, yo sí que sabía lo del orden de los apellidos en China, y no porque sea un entendido de la cultura del país, sino por haberme visto doscientas veces la película de «Mulán». Siempre que llaman por lista a la protagonista dicen "Fa Mulan" y no "Mulan Fa".

Naro dijo...

Mi caso fue distinto, leí esa misma entrevista que has citado cuando se publicó y al conocer al escritor opté por leer el libro mencionado en la entrevista "Ranas".
Es una lectura dura que te hace reflexionar, a parte de eso, creo que una persona puede pertenecer a un partido y al mismo tiempo criticarlo, pues de esta manera, aceptando criticas y cambiando, se mejora.

Anónimo dijo...

Sobre premios Nobel, te recomiendo Orhan Pamuk, escritor turco. Se encuentra entre mis favoritos, después de leer sus libros te da la sensación de que podrías estar en Estambul por primera vez y desenvolverte como si hubieras nacido allí.

Babilonia dijo...

Hummm... Ya me has dado un nuevo autor para pillarme un libro el día 23. Te lo agradezco. A cambio, te devolveré el favor y te invitaré a leer un autor que encuentro muy bueno: Sándor Márai. Todas sus traducciones en la editorial Salamandra son directamente del húngaro al español, así que puedes quedarte tranquilo. No ganó el Nobel y se ha redescubierto su obra hace poco tiempo (estando él ya muerto, claro). Pero creo que te gustará.

Y ya que lo comento, me ha llamado la atención que te fijaras en la traducción; mucha gente no lo hace. El chino se puso de moda hace relativamente poco tiempo, pero pronto tendremos hornadas enteras de traductores recién salidos de la facultad con chino como alguna de sus lenguas. Quizá entonces sea más fácil encontrar traducciones directas del chino al español hechas por españoles.

¿Que por qué eso es importante? Porque hay frases gramaticalmente correctísimas que un español no diría jamás. Y eso chirría. Me encanta la selección de autores eslavos que tiene la editorial Acantilado, pero deberían pagar más a sus correctores, si los tienen.

En fin, gracias por la recomendación.

jimeneydas dijo...

Sïguete con Chi Li, literatura neorrealista china, "Triste vida", está editada por Belacqua y es una obra excelente!