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Palabras que no se dicen igual en Madrid y en Valencia (Diccionario para no perderse entre las dos ciudades)

Ningún artículo del blog ha necesitado una gestación tan larga como este: son más de tres años y medio de investigación, atento a cada palabra, a cada expresión, a cada distinción, en definitiva, entre valencianos y madrileños. Porque estos dos pueblos, creedme, son muy parecidos. Mucho más parecidos de lo que creemos. Aunque muchos valencianos tomemos a los madrileños por una panda de pijos que invaden las playas en verano, y los madrileños creamos que los valencianos no han superado la Ruta del Bacalao (metamorfoseada en un plató de Mujeres, hombres y viceversa), en realidad no hay tantas cosas que nos distingan. En el día a día, de hecho, parecemos completamente idénticos. En todo el tiempo desde que vivo en Madrid, sólo hay una cosa, una, en la que los madrileños me han sorprendido: respetan la cola de la parada de autobús. Es un caso de civismo que no he visto jamás en Valencia, donde entran a los autobuses con la ley de la selva. Por lo demás, unos y otros somos más de lo mismo.
Donde más se distinguen (o nos distinguimos) madrileños y valencianos es en el lenguaje. El laísmo madrileño es un caso obvio, pero ni lo cometen todos los gatos, ni es su único elemento diferenciador. Cuando eres un valenciano que lleva años en Madrid (al punto que te consideras madrileño), llegas a descubrir un montón de peculiaridades de un sitio y del otro. Aunque dos regiones compartan un idioma, es increíble lo que este se puede adaptar a cada sitio sin darte cuenta. Hay diferencias muy sutiles, como la palabra crep, que en Valencia es «el crep» y en Madrid «la crep». Este cambio de género también sucede en otras palabras como regaliz, que en Valencia es femenino y en Madrid masculino (aunque no siempre es así). A veces sucede también con los acentos: la RAE sólo acepta ruin, como se dice en Madrid, pero en Valencia siempre lo he dicho y escrito ruín.
El asunto trasciende al significado de las palabras. Cuando descubrí las primeras, empecé a apuntarlas en el bloc de notas del teléfono móvil. Después de tanto tiempo, he recopilado un buen puñado de palabras que no significan lo mismo en la ciudad del oso y en la del murciélago. Os presento el Diccionario de Palabras Distintas, por si alguna vez os mudáis y sentís que os perdéis en una conversación. No es un diccionario de valenciano-castellano, sino del castellano de dos regiones. Por favor, si conocéis más de Valencia-Madrid, u otras regiones, apuntadlas en los comentarios. (Curiosamente hay muchas palabras del castellano de Valencia que no se dicen en Madrid, pero no ocurre tanto a la inversa).

Diccionario de castellano Valencia-Madrid:
acudir: ir adonde ya hay alguien. No es que en Madrid no se entienda, pero en algunos círculos me han dicho que es casi un cultismo. En Valencia, sin embargo, es muy coloquial.
ahora luego: cuando un valenciano no lo va a hacer ahora, pero lo hará luego. Ahora luego ordeno la habitación, ahora luego hago eso que no me apetece nada pero te tengo que convencer de que lo voy a hacer.
almorzar: en Valencia se refiere estrictamente a la comida de la media mañana (la que hacíamos en el recreo del cole, por ejemplo). En Madrid, es la comida del mediodía.
alpiste: en Madrid no sólo es lo que se da de comer a los pájaros. También son los frutos secos de aperitivo (sinónimo del cacao de Valencia) o el dinero con el que cuenta uno.
apardalado: en Valencia, «atontado».vTambién se utiliza «pardal» (que es «pájaro» en valenciano, pero con el mismo significado de «atontado»).
barra de cuarto: en Valencia es la típica barra de pan. En Madrid es más típico decir «pistola».
búho: en Madrid, autobús nocturno. En Valencia es casi una leyenda urbana. No he subido a uno jamás.
cacao: fruto seco de aperitivo (Valencia). También crema de labios.
cachirulo: cometa, ese juguetito para hacer volar cuando pega el viento. En Valencia lo llamamos de las dos formas indistintamente. Es de las pocas palabras típicamente valencianas de esta lista que recoge el diccionario de la RAE.
café del tiempo: café con hielo (Valencia).
calarse: ver chopar.
camal: pernera del pantalón (Valencia). En este caso, la adopción de la palabra en valenciano es clarísima (cama es pierna).
carpesano: carpeta con anillas (Valencia). 
chaqueta: en Valencia se emplea con frecuencia como sinónimo de abrigo. En Madrid, cosas del frío, la diferencia está más clara.
charrar: hablar en confianza, normalmente de trivilidades (Valencia).
chispas: ver filipinas.
chopar: mojarse mucho con la lluvia (Valencia), calarse.
chungo: persona con mala pinta. En Valencia es una palabra a la orden del día, pero en Madrid se escucha menos. Espera... ¿no será porque Valencia está llena de gente con mala pinta...? Maldición.
corva: parte de la pierna por donde se dobla la rodilla. En Madrid no llama la atención, pero lo más seguro es que en Valencia no sepan de qué estás hablando. 
¿cuánto cuesta?: si un valenciano le pregunta a un madrileño cuánto cuesta ir de un sitio a otro, seguramente pensará que le pregunta por el dinero que cuesta. Sin embargo, también se utiliza para preguntar el tiempo que lleva el viaje.
cubalitro: copón con bebida de alcohol que en Madrid llaman mini (lo cuál nunca entenderé). En otros lugares de España es cachi.
dar de sí: ver desbocar.
desbocar: en Valencia, se dice así cuando se da de sí una prenda (como cuando se deforma una manga de tanto ensancharla).
descambiar: cambiar algo (un vulgarismo con mucha fuerza en Madrid).
deslunado: en Valencia, patio de luces.
embozar: atascar un desagüe (en Valencia).
empastrar: en Valencia, mezclar algo hasta estropearlo o hacerlo inteligible. El resultado es lo que conocemos como un «empastre».
encanar(se): llorar con mucha fuerza, sin poder parar (Valencia).
entaponar: taponar.
esclafarse: en Valencia, ponerse cómodo (excesivamente cómodo, más bien) en el sillón. 
espardeña: alpargata (en Valencia se utilizan las dos indistintamente, pero «espardeña» tiene una connotación más pija). Es curioso, porque cuando he llevado espardeñas/alpargatas en Madrid (lo cuál sucede con mucha frecuencia en verano), me dicen que parezco de pueblo. Supongo que no pasan el calor que en la capital del Turia. Otro artículo de la vestimenta donde Madrid y Valencia son antípodas son los gemelos de la camisa. Me los puse una vez en Madrid y todavía estoy escuchando las risas. Allí sólo los ven en bodas y juras de presidentes del gobierno (como mínimo). En Valencia no los llevamos todos los días, pero tampoco llaman la atención.
espenta: en Valencia, la espenta es el arrojo. Decimos que alguien tiene espenta cuando tiene iniciativa.
espolsar: sacudir un objeto para quitar la suciedad (en Valencia), como el mantel tras la comida o las sábanas para ventilarlas.
estrenas: otra forma de decir aguinaldo en Valencia (aunque esta también se utiliza).
filipinas: expresión que se grita cuando dos personas dicen la misma palabra a la vez (en Madrid es más típico chispas).
finca: en Valencia, finca también es sinónimo de un bloque de pisos (cada número de una calle). Si oyes a un valenciano hablar de su finca, no significa necesariamente que vive en un latifundio lleno de bueyes. También puede referirse al edificio donde está su piso en el barrio más humilde de la ciudad.
galería: en Valencia se llama así a la terraza cubierta donde se suele tender la ropa.
ganchitos: risketos (esas cosas que nos ponían los dedos naranjas en los cumpleaños).
guarrazo: en Madrid, caída con derrape.
hacer una película: en Valencia preguntas por las películas que hacen en el cine para referirte a las que ponen en el ABC Park o el Lys; las que puedes ir a ver en cartel, básicamente. En Madrid, el único que «hace una película» es el director y los actores. Las películas están en en el cine, no las hacen.
longaniza: en Valencia, la longaniza es el embutido más artesanal. Salchicha se emplea sólo para los envasados de fábrica (tipo Óscar Mayer). En Madrid, salchicha es genérico para los dos.
lumi: asidua de la calle Montera, es decir, PUTA (Madrid).
mini: ver cubalitro.
mocho: en Valencia, fregona.
mollete: en Madrid, pieza de pan plano y redondo.
mostoso: húmedo y mugriento. La bayeta de la cocina cuando no la limpias, por ejemplo (Valencia).
niqui: en Madrid es otra forma de referirse al polo, la prenda de vestir.
oliva: aceituna (Valencia). 
paella: además de la comida (como es obvio), en Valencia también se llama «paella» al recipiente. Fuera es más común llamarlo «paellero». Esta falta de variedad de vocabulario también afecta a «fallas», que se utiliza tanto para monumentos,  corporaciones y fiestas a la vez.
papas: los valencianos distinguen claramente las patatas fritas de McDonalds de las de bolsa (tipo Lay's), que los madrileños también llaman «patatas fritas de bolsa». A estas los valencianos las llaman simplemente papas. A las patatas en estado natural no las llaman papas (como hacen los canarios), sino patatas, igual que los madrileños.
paraeta: puesto de feria o de comida en Valencia.
Pascua: es el modo popular de referirse a la Semana Santa en Valencia. Prueba de ello son dos de los bocados típicos de estas fechas: la mona de Pascua (con su huevo) y la longaniza de Pascua. El asunto Semana Santa/Pascua tiene su miga porque teóricamente, la pascua empieza al terminar la Semana Santa. Al final no sé cómo los valencianos han acabado sustituyendo un término por otro: quizá influya el hecho de que las vacaciones se alargan un poco por la festividad de San Vicente, juntándose ya con la Pascua propiamente dicha, y de ahí la confusión. Si alguien puede arrojar luz en los comentarios, que no se corte.
pelarse clase: faltar a clase, hacer pellas (en Valencia).
picatostes: ver tostones.
poner a parir: me encanta la cantidad de acepciones que dan los valencianos a «poner a parir» o derivados. En Valencia, «poner a parir» significa criticar a alguien o poner a alguien al límite de sus nervios, también se dice que un sitio «está a parir» cuando no cabe ni un alfiler.
rajar: en Madrid es sinónimo de hablar mucho. En Valencia, sinónimo de criticar negativamente.
rampa: calambre en la pierna (en Valencia).
rentar: apetecer (en Madrid). 
repelar: rebañar un plato (en Valencia).
resopar: en Valencia, cenar por segunda vez (normalmente a primeras horas de la madrugada). He oído recenar alguna vez, pero las menos.
retortero, al: en Madrid, tienes alguien «al retortero» cuando está interesado en ti. Para algo más que venderte algo, claro. 
rosquilleta: producto de panadería (muy bueno con jamón serrano, por cierto).
salchicha: ver longaniza.
sucar: mojar en el plato (en Valencia). Aquí se nota otra vez la influencia del valenciano. Es curioso, porque la mayoría de peculiaridades del castellano de Valencia frente al de Madrid tienen que ver con comida.
suéter: en Valencia, es otro modo de llamar al jersey (lo más correcto sería decir que sudadera, porque suéter viene del inglés sweater, pero se utiliza indistintamente).
teléfono escacharrado: como se conoce en Madrid al juego infantil del teléfono loco.
tener angustia: sentirse mal (en Valencia). 
terrao: la azotea de un edificio (en Valencia). Al principio de vivir en Madrid vivía con dos personas del norte de España. Cuando les pregunté si la finca (el edificio) tenía terrao (azotea), casi me tomaron por loco. Después dijeron que no lo sabían, lo que a mí me sorprendió porque ya llevaban años viviendo en el edificio. No es raro: en el norte, es muy normal que los edificios tengan tejado por la lluvia. Los terraos o azoteas son más típicos de otras zonas como Valencia o Madrid, donde no llueve tanto.
torrá: en Valencia, barbacoa.
tostones: picatostes (en Valencia).
zapatillas: tengo comprobado que ninguna palabra en España cambia tanto de región a región como zapatillas/playeras/tenis/deportivas. Las que te pones para hacer deporte, vamos. ¿Cómo las llamas tú?

(Actualizado a 10 de enero de 2017)

Mi tirolés interior (y sus tres temas favoritos)

Para no afinar, canto con demasiada frecuencia. Supongo que tiene una explicación científica: es poner el cerebro en stand by y mi tirolés interior entra en acción, da igual lo que esté haciendo. Canto sin darme cuenta (la gente que me rodea, sin embargo, lo sufre mucho) y tengo una capacidad asombrosa para que se me peguen las canciones que acaban de sonar, aunque ni siquiera les estuviese prestando atención. Es curioso, porque a pesar de mi capacidad extraordinaria para cantar sin darme cuenta e impregnarme de lo que suene cerca, soy incapaz de aprenderme dos versos seguidos de una canción. Esa es la segunda parte de la maldición de mi tirolés interior: que no ha memorizado una canción en su vida. Ni cinco palabras juntas. Es imposible. Por más esfuerzo que ponga. Las canciones de mi cabeza son adaptaciones más libres que el concepto de Rajoy de la democracia.
Mi tirolés interior, aparte de imitar (y destrozar) las canciones que suenan cerca, tiene predilección por una selección exquisita de temas. A poco que se me conozca, es muy fácil oírme cantar El ciclo de la vida (mi tirolés interior se curra mucho los coros africanos. Es que tengo una vocación frustrada con el suajili), Noam Chomsky de Astrud o Al vent de Raimon (esta es muy curiosa, porque mi tirolés sólo la canta cuando se dan dos circunstancias: paseo por Tribunal y L.O. está cerca. He conseguido que odie el tema con toda su alma). Sin embargo, hay un podio clarísimo de los temas que más canto cuando desconecto el cerebro, y se mantiene inalterable desde hace años. No hay ninguna razón lógica para esta selección y no consigo quitármelas de la cabeza. Es como una enfermedad. Lástima que ni por esas me aprendo la letra.

Nunca debí enamorarme de Camela
No me gusta Camela. No los conozco de nada. Y ni siquiera me sé el verso principal de la canción (mi tirolés canta «Nunca quise enamorarme» en vez de «debí» y no hay modo de hacerle cambiar de opinión). Es subconsciente tiene túneles extrañísimos, y a mí me encantaría saber quién fue el demonio que me pegó esta canción.


Smelly Cat de Phoebe Buffay
Es la canción que tarareo desde hace más años sin conseguir quitarme de la cabeza. Hay personas que van al psiquiatra por menos, estoy seguro. Creo que Phoebe es buenamente culpable de mi gusto por las canciones tontas.


Con las manos en la masa de Vainica Doble
Pero el puesto número uno, la canción con la que más he mortificado a los seres humanos que me rodean en los últimos años, la que mejor me he llegado a aprender (pero todavía me falta, a pesar de que mi tirolés la canta varias veces al día) es sin duda Con las manos en la masa de Vainica Doble. No hace falta decir que no vi el programa de cocina que popularizó el tema, porque ni siquiera había nacido: lo conocí mucho después. La canción por lo menos me gusta, aunque la tengo un poco machacada. Da igual: mi tirolés no respeta ni eso. Si alguna vez vais por el metro de Madrid y escucháis los primeros versos de esta canción (o una adaptación libre; para el caso es lo mismo), cuidado: ando cerca y pego canciones.

Dictaduras que merecen la pena

El mundo está lleno de villanos. No lo digo yo: lo dicen los políticos y periodistas, que encuentran enemigos hasta en las Antípodas (mejor en las Antípodas que haciendo frontera, seguro). Los enemigos de las Antípodas tampoco se quedan cortos y desde sus púlpitos y televisiones nos la juran en los mismos términos. A ver si os creéis que los archienemigos del Mundo Guay no nos odian en igual medida: si nuestros líderes sueltan misiles dialécticos contra el norcoreanísimo, este las suelta más gordas en el Canal Nacional. Cuando los nuestros ladran contra la opresión del régimen chino, no penséis que ellos se quedan de rositas sin echar pestes de nuestro sistema. O cuando llamamos a Chávez todas esas cosas horribles que riman con -ictador, él tampoco se queda calla... Espera, él sí que está muerto, pero tendríais que ver las perlitas del delfín Maduro: menuda boca.
La nube del pensamiento occidental tiene muy clara la lista de dictaduras del mundo (más o menos dictaduras según la deuda externa que nos compran), y la oposición de turno siempre está atizando al gobierno para ponerle los puntos sobre las íes a esos déspotas dictadorcillos que la lían parda en sus naciones. Luego llegarán al poder y se olvidarán de las proclamas libertadoras, pero ya se encargará la nueva oposición (la que antes no hacía nada) de asumir el rol antidictaduras. Es la esencia misma del bipartidismo. En este juego eterno, estamos muy acostumbrados a tratar a Venezuela como una seudodemocracia gobernada por un dictador compravotos, a Cuba como un país tercermundista donde la gente tiene que trabajar una semana para conectarse cinco minutos a Internet, y a Corea del Norte como el ejemplo más vivo del absolutismo integral. A excepción de cuatro gatos trasnochados, que todavía se creen que en La Habana se vive mejor que en Madrid (como tienen que vender un millón de pulseritas para visitar Cuba, nunca sabrán la verdad), desde la izquierda moderada hasta la derecha más radical asumen que en estos países falta libertad. No necesitamos ponernos de acuerdo en este punto. Sus líderes son un ejemplo tan perfecto de villanos que hacen bueno hasta a Rajoy. Estos hombres tranquilizan la conciencia de los occidentales; es un alivio que el mal se manifiesta con tanta claridad. Lo engorroso llega cuando juega a las ambigüedades.
¿Qué es China? ¿Quién sabe escribir bien el nombre de su presidente? ¿Y de su primer ministro? Es una dictadura, sí, desde el momento en que sólo existe un partido, pero ¿son todas las dictaduras iguales? ¿Viven igual en China que en Cuba? ¿Es mejor la vida de los chinos ahora que en la época feudal? Si preguntásemos por la educación, sanidad y el pan que se llevan a la boca, seguramente sí: el groso de la población ha progresado. El comunismo (y la dictadura que lo sostiene, a fin de cuentas) ha mejorado la vida de los chinos en muchos puntos, pero no podemos contentarnos con comparar la China comunista con la feudal, porque sería renunciar a una opción que todavía está por llegar: ¿cómo vivirían mejor los chinos, con un estado comunista como el actual o en una democracia como la nuestra? Tendrían libertad de expresión, elecciones libres y un millón de derechos derivados. A primeras suena muy apetecible, pero ¿tendrían más para comer? ¿Acaso lo tenemos nosotros? La vivienda ¿sería más cara o más barata? La pobreza ¿aumentaría o disminuiría?
Cuando escucho voces tan críticas con los sistemas comunistas, asiento en la mayoría de puntos. Con unas ausencias de libertad tan flagrantes, no hay quién los defienda. Pero a las voces críticas con los sistemas comunistas, les pediría también que reconociesen aquellos problemas que sus sistemas han superado (o superado parcialmente) y nosotros no, eso cuando los hemos agravado con la libertad de mercados. Nuestro capitalismo, con todas sus ventajas, desangra a la gente con hipotecas abusivas y los echa de sus casas cuando se queda con hambre. Nuestro capitalismo no hace nada por las personas en paro, y rebaja los derechos de los pocos que tienen trabajo. Nuestro capitalismo empuja a las personas a los comedores sociales mientras los supermercados tiran toneladas de comida al final de cada jornada. Nuestro capitalismo también es una locura, y aunque nos dé más libertad que las dictaduras a las que señalamos, provoca a su vez unas deficiencias coyunturales, en asuntos de extrema necesidad, que países como China y Singapur, con todos sus defectos, podrían darnos lecciones de solidaridad y orden de prioridades. Porque es una cuestión de prioridades: ¿qué preferimos? ¿El estómago lleno o la libertad? A la gente le importa un bledo la censura cuando no tiene un plato de arroz que llevarse a la boca. Y con esto no digo que sea más valiosa una dictadura comunista que una democracia: adonde voy es a que como no nos esforcemos por mejorar esta democracia, y subsanar los errores enormes que están arrastrándonos a la pobreza, los pobres (los desgraciadamente nuevos pobres) quizá prefieran mañana el sistema de los chinos al nuestro, con todos sus defectos. Quizá se conformen con un techo, trabajo y comida antes que con un parlamento multicolor. Los chinos y singapurenses han priorizado lo primero frente a lo segundo (o les han obligado a priorizar, pero viven con ello). Nosotros estábamos muy contentos con la libertad, porque tampoco nos faltaba lo otro. Pero como no nos esforcemos por contener a este capitalismo, y lo humanicemos un poco, el capitalismo se irá al garete y también perderemos la libertad. Por supuesto que las dictaduras comunistas han hecho cosas horribles, pero también algunas positivas. Qué nos van a decir a nosotros, que con nuestro sistema hemos visto el cielo y el infierno. Pero no demonicemos a los otros porque quizá nos puedan enseñar algo que en medio de esta situación nacional tan inhóspita hemos olvidado. Yo quiero la democracia por encima de todo, pero no a cualquier precio. Si los ciudadanos llegan a la conclusión de que el pan vale más que el voto (aunque luego se equivoquen y la alternativa sea un fraude. Pero ¡ay si se convencen de ello!), podemos pasar por unos días muy grises. Hay una alternativa: admitir qué han hecho bien los villanos, qué estaba mal en esos países para que los haya que adoren a personajes como Chávez, averiguar en qué han mejorado la vida estos liberticidas a los suyos, y asumir nuestros errores para ponerlos al lado de la libertad y crear el mejor de los sistemas. No se puede renunciar a nuestros derechos, pero el camino tampoco pasa por dejar de lado los otros derechos del pueblo, ni abandonarlos frente a un capitalismo al que no hemos puesto correa ni bozal. Si la gente llega a la conclusión de que hay dictaduras que merecen la pena, es que hemos fracasado con esta democracia.

Palabrita de The New York Times

Vivo en un sinvivir: soy adicto a la prensa digital española (visito elmundo.es y elpais.com tantas veces al día que me da vergüenza admitirlo), me entero de las noticias por el «Última hora» o «Urgente» de arriba, y las suelo leer cuando todavía tienen los comentarios a cero. Soy un lector responsable (me trago los anuncios de sus videos incluso cuando birlan videos de YouTube de los que no tienen derechos. ¡Ay, qué pillines!) pero me temo que mi fidelidad pende de un hilo. No sé si la prensa contagia el pesimismo a los españoles, o si son los españoles los que se lo contagian a la prensa, pero ya no se toman en serio ni ellos.
Me fascina la admiración que nuestros periódicos sienten por la prensa internacional. La prensa internacional no es un periódico con ese nombre, al contrario de lo que pueda parecer con titulares como «La prensa internacional dice» o «La prensa internacional alerta de». La prensa internacional no es otra cosa que la suma de todos, como Hacienda, e igual que la Hacienda, la prensa internacional son todos pero unos más que otros. Vamos: que cuando los periódicos patrios hablan de la prensa internacional, se refieren a los periódicos que les interesan. Cogen los titulares de los dos o tres diarios que les dan la razón (o que pueden provocar el sensacionalismo que buscan) y le dan autoridad de Enunciado Mundial Comprobadísimo. Los periódicos españoles nunca escriben «la prensa internacional dice» para sostener algo con lo que no comulgan, ¡estaría bueno! No no, nuestros periodistas sólo acuden a la prensa internacional cuando les conviene reafirmar su línea editorial, cuando llevan semanas dándonos la traca con su monotema y consiguen que el diario de Nueva York o la gaceta de Berlín les dedique una columnita en la novena página de la sección de Internacional. Entonces se dan por satisfechos: da igual cuál sea la realidad de la ciudadanía española, que si The New York Times lo dice, es palabrita de The New York Times: eso se aplica a nuestros líderes, paro, economía y hasta gastronomía. Porque ya pueden decir Arzak, Adrià y nuestra abuela cuál es el mejor restaurante de España, que si la prensa internacional elige otro, nos callamos y aceptamos el designio mundial. Por algo es la prensa internacional.
No sé cómo tendríamos que imaginarnos a la prensa internacional, pero en lo referente a España, no tiendo a hacerles mucho caso. Cómo se lo voy a hacer, si nuestros periódicos tienen plantillas con decenas de periodistas dedicados a nuestros asuntos, y la prensa internacional tiene, si es que se lo puede permitir, un pobrecito periodista asentado en Madrid para cubrir toda la información nacional y escribir algún articulillo cuando su jefe de redacción lo mande. En ninguna cabeza cabe que un corresponsal en país extranjero sepa más de la situación que cincuenta periodistas que juegan en casa, pero en España, que nos queremos tan poco, aceptamos eso y mucho más. Ya podemos hablar de lo desgastado que está Rajoy, que tienen que venir The Guardian y The Telegraph para demostrarnos que lo está de verdad. A ver quién se supone que le ha contado la historia a los corresponsales extranjeros: pues nosotros mismos, así que estamos en el mismo punto que al principio. Para enterarme de la realidad española no necesito la prensa internacional a menos que quiera saber hasta qué punto los vecinos están al tanto de nuestro circo, pero de ahí a tomar el circo que cuentan como si fuese nuestra realidad hay un trecho. O si no recordad el reportaje fotográfico sobre la España de la crisis que publicó The New York Times. Si esa es la prensa internacional de la que nos tenemos que fiar como revelación de la Virgen, yo apostato de estos medios.

Mi desencanto con la prensa internacional cuando habla de nuestros asuntos había llegado a mínimos históricos. Hasta que el último año. Entonces descubrí que los periodistas patrios no sólo utilizan a los extranjeros para reafirmar sus titulares y darse palmaditas en la espalda, sino que han encontrado una excusa perfecta para contar lo que no se atreven a contar. A ver cómo me explico: como hay ciertos asuntos que no está bien que publiquen los periódicos españoles (¡censura en el siglo XXI! ¿De qué estamos hablando?), por los compromisos y presiones de siempre, nuestros periodistas, que están un poco hasta las narices de los bozales de oro y que no van a dejar pasar noticias jugosas de las que venden periódicos con la que está cayendo, reinventan el «la prensa internacional dice» y lo convierten en «mira lo que dice la prensa internacional, porque yo no tengo huevos». Un ejemplo práctico:
—Redacción de turno. ¿Diga?
—Mire, soy la Casa Real. Esto que habéis publicado no nos gusta y...
—¿Nosotros? Qué va: lo ha publicado la prensa internacional. Lo único que hemos hecho ha sido informar de lo que otros han dicho.
Los tentáculos del Rey llegan lejos, pero The New York Times se le queda grande. Y no es que la prensa internacional no haya publicado lo impublicable hasta ahora (una revista italiana publicó fotos del Rey tomando el sol en pelotas, fotos que no llegaron a España por la censura autoimpuesta y menos mal), sino que ahora nuestros periodistas, que son un poco cobardes cuando se trata de reyezuelos e infantas, empiezan a perder el miedo a contar lo que otros cuentan, porque ellos no se atreven a contar. Porque quién iba a saber mejor de Corinna que los periodistas españoles, pero se hacen los locos y fingen que se enteran por la prensa internacional, como si la prensa internacional no bebiese de lo que nuestros periodistas cuentan off the record.
La primera vez que se habló en España de la amiga entrañable del Rey, se utilizó a la prensa internacional como excusa. Nuestros periódicos y revistas lanzaron a la portada los titulares extranjeros, escandalizadores, pero no tuvieron valor de firmar ningún dato con su nombre. Corinna no es la única afectada de este mal de la prensa extranjera: hace poco, la prensa española publicó que la prensa extranjera publicaba que la prensa española sufría presiones de parte de la Corona por el caso Nóos. A ver, que no ha quedado claro: nuestros periodistas dicen que los periodistas extranjeros dicen que los periodistas españoles (¡o sea, los primeros!) sufren presiones. Simplifiquemos: es como si yo publico en el blog que el blog Mendrugo publica que el blog Crónicas Salemitas sufre presiones por parte de un tío con corona. A ver: ¿y por qué no digo directamente que las sufro yo? Ah, claro: por la censura autoimpuesta. Si digo que la corona me presiona, se me cae el pelo. Pero si lo dice otro, yo siempre puedo escurrir el bulto, pero ahí dejo la duda para quien la quiera.
El síndrome de la prensa internacional está llegando a cuotas extremas. Si tengo que informar a un periódico extranjero de cuál es la realidad, para contarla de su parte, este periodismo se va a la mierda. Así no nos los vamos a creer. Tampoco nos engañemos: con esta actitud, el recorrido de la monarquía española puede ser muy corto. La esperanza de vida se les ha reducido en unos cuantos años, y de ellos depende perpetuarse o morir. Están viviendo sus horas más bajas. Mucho se habla últimamente de la Transición pendiente de la corona. Esta transición tampoco le iría mal a nuestros periodistas, para que se libren de una vez de las correas de los de arriba. Así seríamos todos un poquito más libres. Lo dice la prensa internacional.

El Papa y el músico

Es primavera cuando el anciano recuerda algo y sale de su despacho en dirección a la biblioteca. Podría haber mandado a cualquiera a buscar los libros que le interesan, pero no quiere que nadie conozca el tema que lo preocupa. Cruza varios pasillos, desconcierta a media docena de guardias (aunque ninguno osará preguntar adónde va, pues él tiene las llaves) y sorprende al bibliotecario, que no se explica a qué se debe semejante visita. Le va a preguntar cuando el anciano lo echa de la sala con educación. Lo tiene que averiguar sin ayuda. Sólo Dios sabe qué pasará si alguien conoce sus intenciones antes de que esté todo listo. Busca la sección que le interesa, echa un vistazo a los libros y escoge un par que podrían tener las respuestas. Después se sienta cerca de una ventana y se dispone a estudiar, a conocer las hipótesis y los antecedentes. Tiene poder para atar en la Tierra como en el Cielo, pero se va a retirar y eso es algo que uno tiene que dejar muy atado.
En Nueva York, los periodistas sospechan un terrible desenlace del otro. También es un hombre mayor, aunque no tanto, pero lleva tiempo recluido. Eso, en según qué ámbitos, no se perdona. Él, sobreexpuesto desde tan joven, lleva casi diez años apartado. Unos fotógrafos han llevado la imagen de su deterioro físico a la portada de una revista. Saltan las alarmas: se habla de que podría morirse pronto. El hombre tuerce la expresión cuando se entera y continúa trabajando en lo suyo, en secreto, igual que el primero.
Cuando Benedicto XVI renuncia, nadie podía imaginar que el gran estudioso del Vaticano pudiese romper una norma no escrita con tantos siglos de costumbre: uno es papa hasta la muerte. Pero aquel al que consideran un retroceso para la Iglesia está acostumbrado a hacer las cosas a su manera, y si bien ha viajado bastante poco desde la última fumata blanca, y no ha besado ningún suelo ni aplaudido en un concierto privado de U2, tampoco se ha quedado de brazos cruzados. Benedicto XVI ha perseguido la pederastia más que ningún papa anterior (y aun así, con mucha menos transparencia de lo que nos gustaría), ha dado el primer paso para que haya curas casados admitiendo a los anglicanos en sus filas y hasta ha aceptado el uso del preservativo para las prostitutas, si bien no le gustan nada ni una cosa ni la otra. Pero oigan, es un paso. Este papa no tiene ningún complejo en revisar la vida de Jesús (el Hijo del Jefe, el Jefe y la palomita milagros a la vez) y separar el mito de la realidad, aunque para ello cargue contra mulas y reyes magos. Por eso tampoco se iba a creer la chorrada de Papa hasta la Muerte, por mucho que lo hayan aceptado todos sus antecesores hasta la extenuación, y deja un mensaje claro y lógico: que los papas son hombres, y no tienen que aguantar más allá de lo que pueden. No se es mejor por apurar el pontificado hasta que te pudres por dentro y por fuera, ni tienes que dar al mundo una lección de sacrificio. No se me ocurre el momento en que Benedicto XVI tiene la idea y busca el modo de llevarla a cabo. Como mano derecha del anterior, veo más posible que le aconsejase la renuncia a Juan Pablo II, aunque este no le hiciese ni caso, y que atesorase la idea para cuando lo nombraron delegado de clase (Clase). Es fascinante que haya guardado el secreto por tanto tiempo, más temeroso de las propias intrigas vaticanas que de pesados periodistas, y que su hermanísimo, un cura alemán sin más currículum que ser hermano de, lo supiese antes que los mandamases púrpuras. Benedicto XVI ha hecho de un acto extraordinario, un acto de humildad: no se siente capacitado para seguir, y punto. Si alguien tiene que dar explicaciones, esos son los anteriores, que siguieron con el anillo por sus huevos; la auténtica soberbia.
De vuelta en Nueva York, David Bowie anuncia todo lo contrario: «Chicos, ni me he retirado ni estoy a punto de morir. De hecho tengo un disco nuevo que explica mi silencio de los últimos años. Estoy muy orgulloso. Espero que os guste». El cantante se ríe de los rumores que lo daban por terminal con un notición que nadie imaginaba; a ver quién se toma en serio los rumores después de escuchar los temas nuevos, que no parecen en absoluto obra de un moribundo. Benedicto XVI, por el contrario, anuncia su adiós en un puesto donde nadie espera deserciones. Uno tiene mucho que ofrecer, le pese a quien le pese. El otro asume sus limitaciones y se marcha al castillo a hacer lo que más le apetece: estudiar. Es ingenuo pensar que Bowie durará para siempre, o que un hombre de la talla intelectual de Ratzinger pueda estarse quieto por demasiado tiempo, pero los dos, a su modo, ponen de manifiesto que incluso a ciertas edades no hay nada escrito, y seguro que han disfrutado con lo absurdo de las especulaciones. Ninguno satisfecho con los plazos que les daban, ya fuese para obligarlos a trabajar hasta morir o para retirarlos antes de tiempo. Y hasta para callar bocas han usado sus plazos, sin decir palabra, esperando el momento para encender la traca. Que a cada uno le vaya bien con lo suyo. Faltan más hombres que demuestren que el futuro no está escrito, ni siquiera cuando tienes edad de estar en un geriátrico. La capacidad de sorprender no es exclusiva de los jóvenes, ni siquiera de los de mediana edad.